sábado, 28 de febrero de 2015

Contra la extrema juventud

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Erik Alonso,
Los procesos,
México, Fondo Editorial Tierra Adentro,
2014, 98 pp.

Cuando no soporto la asfixia que me produce el aire de jovialidad forzada que hoy contamina a la vida y la cultura, recuerdo que, por su inherente ausencia de grandes propósitos y para evitar el ridículo involuntario, los geniales conjurados shandys de los que escribió Enrique Vila-Matas muy pronto se dieron cuenta, en la segunda década del siglo xx, que no podían permitir en las filas de su sociedad secreta las actitudes propias de la extrema juventud. Supongo que otra razón fue por el desagradable prurito de querer conquistar el mundo que muestran las personas que se consideran de espíritu joven, entre quienes se encuentran los empresarios voraces, las estrellas de la farándula, los escritores de best sellers, los que se dedican a proyectar planes que imponen a los demás y en general toda esas personas que creen que con ellas ha nacido el mundo y que, por esa razón, el mundo núbil necesita de su molesta huella. “Es lo de siempre. Un abuso sobre otro […] No sé de dónde saldrá ese empeño de hacernos violentamente visibles”, dice Erik Alonso (Ciudad de México, 1988) en la página 94 de su libro Los procesos, donde también hace  este otro comentario contra la juventud extrema:
Es indudable, escribía Macedonio Fernández, que los comienzos totales no existen, o que no inician cuando se les inventa; que el mundo, tal vez, ha nacido antiguo. Nosotros también nacemos viejos. Vamos inventando comienzos totales, creyendo que inauguramos el mundo. Domesticamos el pasado ante la idea de la memoria. (p.34)
            De lo anterior me llama la atención un punto en particular. El hecho de que, para enunciar su verdad indudable, EA utiliza unas palabras dichas por un autor que murió muchísimos años antes de que él naciera. En este sentido, la escritura ensayísitca que él practica, con las continuas referencias de las que echa mano, funciona como una forma de hacer evidente la idea de que el mundo ha nacido antiguo y con él también lo que queremos decir. Un ejercicio de urbanidad y respeto ante lo ya existente que poco tiene que ver con el impulso iconoclasta que se piensa encontrar un autor novel, cosa que me lleva a formular dos preguntas: ¿es necesario que los creadores emergentes nieguen lo que les antecede para desarrollar una obra original?, ¿al rechazar las actitudes de la extrema juventud, Erik Alonso hizo un libro conservador?
            Aun con la conciencia de que el mundo ha nacido antiguo, evidentemente Los procesos no es un libro de ensayos tradicional. Hay en su estructura (a veces fragmentaria y con un fuerte acento narrativo) y en sus preocupaciones (el arte contemporáneo es, por ejemplo, uno de los referentes más presentes) un afán rupturista que lo hace rebasar la convencional línea que en ocasiones mantiene al ensayo literario anclado exclusivamente en una petrificante función crítica. Se trata de un afán que, por su método y espectro de intereses, me recuerda una frase de Vila-Matas donde habla del “desvelo continuo […] por encontrar eso nuevo que siempre estuvo ahí”. Dicho desvelo es una de las virtudes literarias más apreciables de Los procesos, que de cierta manera se puede leer como una apasionada expedición de redescubrimiento por las vírgenes provincias de lo familiar: la vieja casa de los abuelos, las repeticiones de las series televisivas que vimos en la adolescencia, la ciudad natal que de pronto muestra un aspecto inesperado, la oscura herencia de gestos y nostalgias que por vía sanguínea nos transmiten nuestros padres…  
La escritura de Erik es muy consciente de su cognación (de ahí los constantes pasajes autobiográficos y las indagaciones en las vidas de personajes que le interesan), sin que esto se confunda con un encierro sordo en el pasado. De hecho, una de las mayores preocupaciones plasmadas en esta obra es la manera plural en que habitamos el presente, ya sea desde la duda (con la pregunta que significativamente cierra el libro: “dónde estaría yo si no estuviese, justo en este momento, aquí”), desde la evanescencia (“´No hay nada más difícil que habitar el presente´ escribió Henri Bergson; quizá por esa imposibilidad de habitar lo inaprensible: lo que sucede mientras sentimos” (p.30)) o desde la certeza de que “lo que sucede no es sólo lo que nos pasa directamente, frente a frente, sino también lo que se recuerda” (p.50), teniendo en cuenta que esa seguridad es también incierta, pues el olvido surge sin que nos apercibamos de su actividad infatigable.
Con esto último se da a entender que “uno es una suma mermada por infinitas restas”, como dice Sergio Pitol en El arte de la fuga, obra que escribió aproximadamente a los sesenta años y que, por cierto, Erik confiesa haber releído e intentado imitar más que a cualquier otro libro en su vida (p.90), lo cual, ahora que lo pienso, me parece sorprendente pues encuentro entre ambos una similitud de tono que se pensaría difícil hallar en la ópera prima de un escritor tan joven como él.
La primera sensación que experimentará quien se acerque a Los procesos será la de escuchar una voz antigua, de volumen bajo pero sorpresivamente audible, muy atenta a esas vitales sustracciones o posibilidades anuladas que nos conforman: “Cada paso, cada gesto, está antecedido por uno anterior. Y también, en un sentido inverso, cada paso es la omisión de un camino que ya no tomamos” (p.50); “Toda casa, todo edificio, siempre podría ser un poco más. Hace falta detenerse para crear la idea de lo familiar. Las azoteas nos recuerdan, con su espacio vacío que funciona como detenimiento, que todo pudo haber sido diferente, que el edificio de dos pisos pudo tener tres o cuatro” (p.22). Ahora bien, lo interesante es que de los  textos de Alonso se deduce que no es necesario atravesar los caminos clausurados que nos constituyen: hay en sus ideas un impulso de quietud, de habitar con serenidad la casa incompleta que cada quien es sin intentar culminar un proyecto arquitectónico que, por otra parte, nunca existió, como “los comienzos totales no existen”.


A contracorriente de la imperante dinámica actual que rapta a nuestras vidas en su vértigo de celeridad e inmediatez –y cuyo correlato en el ámbito de la cultura es la ininterrumpida avalancha de libros, series televisivas y películas de tramas rápidas y comerciales que saturan el sistema nervioso del público–, la aparición de un libro como el de Erik significa la valiosa irrupción de una pausa, de un remanso en el que es posible detenerse para “crear la idea de lo familiar”, para pensar, esperar, respirar entre líneas. “Ante la tiranía de la búsqueda, podría decirse que no hay nada más difícil que la espera”, dice Erik (p.53), y formalmente lleva a cabo esta propuesta a través de los breves espacios en blanco que coloca entre muchos de sus párrafos, dando a la composición espacial del texto una rítmica serie de silencios y de tiempos vacíos para que la vista del lector repose y los pensamientos se sedimenten.
Tanto en la forma como en el contenido, su proyecto literario está basado en la utilización de las esperas, la trama soterrada, la construcción permanente contrapuesta al imperativo de lo concluido (“Contra el empeño de terminar todos los proyectos que iniciamos, mejor concluir los que podemos terminar. La vida no es una carrera de obstáculos” (p.24)) y la renuncia como oposición al ejercicio del control: “Haría falta, en vez de apelar tanto a la voluntad, esbozar una teoría fallida sobre lo inevitable” (p.26). Una postura ante la vida cuya piedra de toque es la pregunta filosófica que plantea la dicotomía entre actuar y no hacerlo, entre cooperar y darle la espalda al mundo: “hay ocasiones en que no queremos ser salvados, en que rehuimos a la trascendencia, en que el mundo es demasiado burdo para seguirle la pista” (p.53). Y pese a que Alonso diga: “Yo no tengo aplomo de Bartleby: hago lo que me piden aunque siempre preferiría no hacerlo” (p.27), es claro de qué lado de la decisión se encuentra.
            Me detengo. No sé que cómo serán recibidas las palabras que hasta ahora he redactado. Temo que, a ojos del público, no sean muy favorables, que muchos piensen que hablo de un aburrido y anacrónico autor de preocupaciones y maneras ascéticas, consideración que tal vez, para como están las cosas en el lamentable escaparate de la literatura y el mundo, sea un halago. Un halago que se podría aplicar también a otros libros geniales que han aparecido recientemente en México. Cuatro libros que, como el de Erik, renunciaron a ser el tipo de narrativa de entretenimiento que exige el mercado editorial y en cuyas páginas se respira un ánimo de negación generalizada. Me refiero a La escuela del aburrimiento, de Luigi Amara, La música en un tranvía checo, de Karla Olvera, Escritos para desocupados, de Vivian Abenshushan y Paraísos vulnerables, de Edgar Yepez.


En su libro, Amara cuenta que, antes de encerrarse en su cuarto por varios días con la intención de darle la espalda al mundo y aburrirse en soledad, recordó estas palabras de Fernando Pessoa: “Desprécialo todo, pero de modo que el despreciar no te cause molestias. No te juzgues superior a tu despreciar. El arte del desprecio está en eso”. Olvera, a propósito de las famosas palabras del Bartleby de Melville, escribió: “´Preferiría no hacerlo´ ha dejado de ser tan sólo una frase famosa en la literatura y se ha convertido en una postura vital que la gente asume en el mundo no ficcional”. Abenshushan, reflexionando sobre las maneras en que los escritores pueden “formular nuevas tácticas para superar la cultura de la decepción”, es decir, del mercado, propone renunciar al nombre y a la imagen propios y adoptar un pseudónimo, una personalidad afantasmada. Yepez no tiene reparos en confesar que las pocas veces que ha trabajado ha sido como subalterno: “acepté esos empleos porque, al igual que Walser, únicamente me siento cómodo y libre ´en las regiones inferiores´”. Y Alonso dice que sus aspiraciones no son grandes, que sólo “quisiera encontrar algo pequeño, como una orquídea, que me apasionara profundamente” (p.57).
Por su arte del desprecio, por la negación que practican y por su ausencia de grandes propósitos, se puede entender que a estos escritores les suceda lo mismo que Jean-Yves Jouannais, en el capítulo “El ascetismo olímpico” de su libro Artistas sin obra, dice que con frecuencia le pasa a las reputaciones de Felix Fénéon, Marcel Duchamp, Armand Robin o André Cadare, todos ellos artistas que, por haber optado en algún punto de sus carreras a favor del silencio y la renuncia, son catalogados dentro de “la categoría de la ascesis”, de la búsqueda de la virtud mediante la castración o la flagelación monástica. Sin embargo, acota Jouannais, la renuncia “no es para ellos una deflación de la vida, sino que, por el contrario, procede de un tiempo más largo, incluso exclusivo, consagrado a la vida misma”. Basta recordar las declaraciones de Duchamp, desertor por excelencia: “Me gusta más vivir, respirar, que trabajar”.
Del mismo modo, es erróneo considerar como muestras de debilidad o desprecio por la vida las ideas de Erik sobre el abandono de la voluntad. Ese error es el mismo que desde siempre se ha utilizado para descalificar a los que, desviándose ligeramente de la corriente general, son capaces de ver e inconformarse. Su tono antiguo y sus modales pausados son más bien un acto crítico: hay que recordar que la razón por la cual confiesa no querer perseguir al mundo no es simple abulia, sino rechazo militante a ese mundo que se ha vuelto “demasiado burdo para seguirle la pista”. Y si en la página veintisiete se atreve a decir: “Estúpida juventud. A esta edad, dicen todos, la vida apenas comienza”, es porque con esas palabras –según mi lectura– acusa a la idea de la extrema juventud de ser una dictadura que nos asfixia con  el “eterno reproche por no disfrutar suficiente” (p.49), con la obligación insensata de querer ser gigantes que lo abarquen todo.
Como diría Jouannais, las posturas negativas de Erik no significan una deflación de lo vital. Provienen, por el contrario, de un tiempo dedicado con sensibilidad a la existencia, una existencia cuyo verdadero goce radica en la modestia de saber que somos seres pequeños y no jóvenes estúpidamente prometedores, que la felicidad no nos espera en las ambiciones rutilantes sino en lo insignificante que tenemos al alcance de la mano. El sabio reconocimiento de que “no sólo el amor, [sino] la vida también es más grande que nosotros” (p.24).
Ya lo escribió Erik en un diminuto y hermoso párrafo de su libro (p.24):
“Lo difícil no es buscar sino reconocer las cosas que nos hacen sentir que el mundo, aunque sea por un momento, es de nuestro tamaño”.
Yo reconozco a Los procesos como una obra que le quitó al apabullante mundo en el que vivo mucho del horrendo peso que, a veces, amenaza con aplastarme. ¿Qué más se puede pedir?   


(Este texto fue publicado en el número de enero de 2015 de la revista Este País)


martes, 20 de enero de 2015

Hacer caso a lo que veo

Caminar y hablar de las cosas que uno encuentra abandonadas en la calle.
        Es rarísimo hallar dinero tirado. La basura es lo más común: envolturas de comida chatarra, latas, botes de plástico, papeles sucios, periódicos viejos, huesos de elote con un palito ensartado. Ya he escrito sobre la perturbadora cantidad de animales muertos que uno puede ver en la vía pública (pulse aquí y aquí si quiere leer al respecto).
        De vez en cuando, se puede ver algún mueble, una televisión, sillones. También libros, zapatos, comida, objetos de todo tipo, generalmente rotos, despostillados y en una etapa de su existencia en la que se han vuelto inservibles para lo que fueron creados. Sin embargo, la utilidad de lo que yace despreciado en la calle sorprende por el dispendio y la arrogancia de quienes lo desecharon.
        Es hermoso y poco común descubrir algo nuevo y lustroso que podemos estrenar.
        La mierda, por supuesto, ocupa un lugar especial, si no es que el primero en la lista de las cosas tiradas por los caminos de la ciudad.
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Una pelota rosa de plástico y un frasco de pintura color verde marca Vinci, a poca distancia uno del otro, yacen en un parque cualquiera de la Ciudad de México

En el cruce del Paseo de la Reforma y el Eje 1 norte, a unos cuantos pasos de la estación Garibaldi del metro, se encontraba ayer una camisa negra de rayas

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Después de una noche lluviosa y conversadora durante la que juré ante mi primo no volver a comprar un paquete completo de cigarrillos, el sol matinal caía con vitalidad sobre la banqueta húmeda del edificio donde vivo. Yo caminaba con mi perro en nuestro paseo consuetudinario y de pronto vi una cajetilla de tabaco que, lustrosa y geométrica, yacía en el suelo ostentando la llamativa tipografía de su marca comercial.
Con un puntapié escrutador, comprobé que estaba sellada. Rápidamente la guardé en mi pantalón. De inmediato supe que, al escuchar lo sucedido, mi primo no lo creería. Diría que soy un fingidor que urde mentiras para justificar ese tabaquismo que terminará por conducirme, después de un lapso no muy prolongado, a la muerte y al horno funerario, de donde mi cuerpo saldrá convertido en algo repugnante y parecido a lo que contienen los numerosos ceniceros que suelo rebozar por todos los rincones del departamento.

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En su novela Ciudad de cristal, Paul Auster cuenta cómo el escritor Daniel Quinn, en un demencial periplo donde la ficción se confunde con la realidad, se convierte de un día para otro en un detective privado. Su misión es vigilar a Peter Stillman, así que Quinn lo espía en sus extrañas caminatas diarias:

Lo que Stillman hacía en aquellos paseos continuaba siendo una especie de misterio para Quinn. Naturalmente, veía con sus propios ojos lo que sucedía, y lo anotaba todo cuidadosamente en su cuaderno rojo. […]
Mientras caminaba, Stillman no levantaba la vista. Mantenía los ojos siempre fijos en la acera, como si estuviera buscando algo. De hecho, de vez en cuando se agachaba, recogía algún objeto del suelo y lo examinaba atentamente, dándole vueltas y vueltas en la mano. A Quinn le hacía pensar en un arqueólogo inspeccionando un fragmento de una ruina prehistórica. En ocasiones, después de estudiar así un objeto, Stillman lo tiraba a la acera. Pero generalmente abría su bolsa y guardaba en ella el objeto cuidadosamente. Luego, metiendo la mano en uno de los bolsillos de su abrigo, sacaba un cuaderno rojo ­­–parecido al de Quinn pero más pequeño– y escribía en él con gran concentración durante un minuto o dos. […]
Según Quinn podía ver, los objetos que Stillman recogía carecían de valor. Parecían ser solamente cosas rotas, desechadas, trastos viejos. A lo largo de los días Quinn anotó un paraguas plegable despojado de la tela, la cabeza de una muñeca de goma, un guante negro, el casquillo de una bombilla rota, varios ejemplares de papel impreso (revistas empapadas, periódicos hechos pedazos), una fotografía rasgada, piezas de maquinaria y diversos desechos que no pudo identificar. El hecho de que Stillman se tomara tan en serio esta recogida de basura intrigaba a Quinn, pero no podía hacer otra cosa que observar, anotar en el cuaderno rojo lo que veía y quedarse estúpidamente en la superficie de las cosas. Al mismo tiempo le complacía saber que también Stillman tenía un cuaderno rojo, como si eso creara un vínculo secreto entre ellos. Quinn sospechaba que el cuaderno rojo de Stillman contenía respuestas a las preguntas que se habían ido acumulando en su cabeza, y empezó a planear diversas estratagemas para robárselo al viejo. Pero aún no había llegado el momento de dar ese paso.

***

Yo no tengo un cuaderno rojo, pero sí uno negro, lo cual me complace porque me lleva a pensar que quizás exista un vínculo que me une con Daniel Quinn y, sobre todo, con Peter Stillman, pues mi cuaderno negro cumple la misma función que la bolsa donde él guardaba los objetos que encontraba en la calle.

           Mi cuaderno negro es un álbum donde pego papeles, trozos de publicidad, boletos viejos y demás basura que encuentro. Es la bitácora caótica de mis movimientos, el revés de mi diario íntimo, la costura de mi autobiografía, el electrocardiograma de mi bote de basura, mi pasatiempo favorito, la estrategia más eficaz para limpiar mi escritorio, una vía para el autoconocimiento, un autorretrato abstracto, un libro de artista. 








 ***

Paul Auster continúa:
Aparte de recoger objetos en la calle, Stillman no parecía hacer nada. De vez en cuando se detenía en alguna parte para comer. […] La mayoría de los días pasaba por lo menos varias horas en Riverside Park, paseando metódicamente por los caminos asfaltados o abriéndose paso por entre los arbustos con un palo. Su búsqueda de objetos no cesaba entre el follaje. Piedras, hojas y ramitas acababan en su bolsa.

Y luego mi parte favorita:
Una vez, observó Quinn, incluso se agachó para recoger un cagallón seco de perro, lo olfateó cuidadosamente y se lo guardó.
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La mierda fresca de perro es caliente como la de todos los animales. Viene del interior del cuerpo, donde se mantiene una temperatura superior a la de la piel. En eso pienso mientras, con una bolsa de plástico a manera de guante, recojo la deyección de mi mascota. Entonces, acompañado de un escalofrío profundo, llega el recuerdo de las veces en que me ha cagado alguna ave: sobre mi brazo cae y resbala esa caca tibia y blanca, veteada de verde, muy parecida al material que el pintor extrae de los tubos de acrílico y, con el pincel, se dispone a desparramar en el lienzo para crear un bodegón:  mesa con mantel, utensilios diversos de cocina, recipientes con frutas y, en el centro, asediado por las moscas, un plato que contiene eso que es la imagen futura de todo lo que masticamos y deglutimos. La excelencia del pintor logra transmitir un efecto de calidez semejante al de la hedionda realidad. La obra es tan perfecta que se diría que apesta.
Bodegón #1
Acrílico y mierda de ave sobre tela

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 Me gustaría tocar la mierda de los reptiles. Tal vez sea fría, igual que su sangre.

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Si yo fuera una mierda callejera, me gustaría participar en los corros de las que se divierten embarrando zapatos.

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Fécula de arroz con agua… Sé que es un asunto muy vulgar
y que todos se disgustarán porque lo menciono. Pero lo hago
igual, de hecho me siento con libertad de incluir todo, incluso las tenazas
de despedida de las almas. Después de todo, estos objetos existen
 en nuestro mundo y todos los conocen. Admito que no figurarían
en una lista que otros puedan ver. Pero nunca pensé que estas  
notas serían leídas por nadie salvo yo misma, y por eso incluí todo lo que
se me ocurrió, por extraño o desagradable que fuera.

Sei Shônagon, El libro de la almohada, fragmento 92

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Es sumamente molesto que las suelas de los zapatos guarden la mierda que pisamos días atrás, sobre todo si tenemos la mala costumbre de acostarnos en la cama con los zapatos puestos.

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Mi prima C., que vive cerca de mi casa, me habló hace unos días para decirme que se iría de viaje el fin de semana, y que necesitaba saber si le podía hacer el favor de sacar a defecar a Fantom, su pequeño perro anciano. Le dije que sí, que no tenía ningún inconveniente. Cuando llegué a su departamento, vi un sobre con mi nombre encima de la mesa. Adentro había un billete de quinientos pesos y una nota de agradecimiento. Me pareció que el pago por mi favor era excesivo. En ese momento dejó de ser un favor y se convirtió en un trabajo remunerado. Ese mismo día me gasté el dinero en libros y cerveza. ¿Debería incluir esa actividad en mi lista de trabajos raros?


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Prima, te dedico este texto en agradecimiento por tu generosidad.

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Las heces de Fantom son pequeñísimas si las comparo con las de Bolillo, mi perro bulldog inglés. Parecen unas diminutas crayolas color café.

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Siempre me ha parecido estúpido recoger mierda y guardarla en bolsitas de plástico.

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Recuerdo el fragmento de un capítulo de Seinfeld: Jerry cuenta un chiste en el que los extraterrestres espían lo que sucede en el planeta Tierra, ven cómo algunas naciones someten a otras, cómo se ejerce el poder en este mundo. Entonces se preguntan quién es aquí el gran jefe. De pronto, observan las calles de Nueva York y descubren algo impensable y quizás humillante: los hombres sacan a pasear a las mascotas y se agachan para recoger con las manos sus heces, como si fueran esclavos. Los extraterrestres descubren cuál especie animal es la que domina el mundo…

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 Con frecuencia me viene a la mente esa tarde cuando, después de haber defecado en el baño de mi casa, salí a caminar por el sendero arbolado que conduce al hogar de quien era mi novia. El cielo se veía luminoso; el sol, oblicuo pero no invernal: lo que suele llamarse una hermosa tarde de estío. Recuerdo que mantuve en mi cuerpo largo tiempo la sensación de haber vaciado los intestinos y que por eso –más que por el inmejorable clima– me sentí lleno de vida.

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¿Las heces sufren también esa amenaza interior, vaga e incomprensible que nosotros llamamos “ansiedad”?

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En el trasfondo de toda fe, religiosa o política, está el primer capítulo del Génesis, del que se desprende que el mundo fue creado correctamente, que el ser humano es bueno y que, por lo tanto, es correcto multiplicarse. A esta fe la denominamos acuerdo categórico con el ser.
        Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros con puntos suspensivos, no era por motivos  morales. ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral!El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del váter!), o hemos sido creados de un modo inaceptable.
          De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch.
         Es una palabra alemana que nació a mediados del siglo xix y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.
Milan Kundera, La insoportable levedad del ser, sexta parte

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El kitsch es, según Jean-Yves Jouannais, “la invención, carente de originalidad por definición, del lugar común más corriente posible –el arte de la felicidad para uso de una amplia mayoría.” (Artistas sin obra, p. 122 de la edición de Acantildo).

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 Hay ciertas mierdas callejeras –las he examinado muy bien– cuya autoestima es bajísima, literalmente está por los suelos. Se nota que viven atormentadas por la humillación excesiva que infligen los peatones.

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"Hubo un tiempo, un tiempo prolongado, en el cual los hombres y las mujeres no dejaban sobre la tierra más que excrementos, gas carbónico, un poco de agua, algunas imágenes y las huellas de sus pies."  (Las sombras errantes, Pascal Quignard, p. 76 de la edición de La cifra).

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Bajo la manta de lo cotidiano luchan, como dos pequeños monstruos, la salvación y la perdición de la existencia.




jueves, 25 de diciembre de 2014

La soledad no es un momento



Cynan Jones, 
La tejonera,
traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer,
Madrid, Turner,
colección El cuarto de las maravillas, 
Madrid, 2014, 167 pp.









La novela de Cynan Jones La tejonera. Su minimalismo, contención y fulgores poéticos. Sus concentrados espacios en blanco.

Una novela de correspondencias y paralelismos: nada acontece si no es como correlato especular de un suceso gemelo. De ahí que cada escena sea un símbolo, cifra de algo más, y que los personajes cuenten con un doble, un animal –suerte de nahual tutelar– que los representa. De ahí también que todo funcione como señal oscura y meridiana a la vez. Y de ahí su descarnado realismo: porque la vida es un entramado de jeroglíficos y en cada gesto se anuncia nuestro destino, ese destino que carece de sentido y es abrumadoramente gratuito y terrible: la vida compuesta por una lluvia mensajes trascendentales que a nada responden, llovizna bajo la cual nos empapamos sin explicación.

El cosmos de la novela está basado en el juego de contrarios que su carácter especular postula: tejones y hombres, perros y corderos, masculino y femenino, vida y muerte, bosque y prado, amor y crueldad, recuerdo y olvido, gregarios y antisociales, matrimonio y viudez, vejez y juventud, mar y tierra, subterráneo y superficie, recién nacidos y nonatos, Daniel y el hombre corpulento. Ahora bien, en el cosmos humano de La tejonera todo antagonismo se resuelve en un punto que, aunque común y universal, no es simultáneo ni compartido: la trágica soledad y la certeza de que, aun en ese momento de lacerante exclusión, el mundo sigue su curso sin detenerse por nadie.

La soledad no es un momento sino la condición sine qua non.

La tejonera es –al menos en un cincuenta por ciento– una novela sobre el amor y su estúpida fragilidad, o mejor dicho sobre la magnificencia del amor y lo vulnerables, frágiles y diminutos que nos volvemos cuando el amor llega a nuestras vidas.


En el otro cincuenta por ciento, Cynan Jones, sin hacerlo explícito, atiende mejor que Kafka una metamorfosis, consigna el karma básico del cazador y la presa, describe los mecanismos de la crueldad y, para terminar, tiene la elegancia de no anudar los hilos de su narración. 


lunes, 20 de octubre de 2014

El rostro del misterio

Me sucedió algo curioso, que nunca me ha ocurrido antes
con un texto escrito, ni de otro autor y menos con uno escrito
por mí: miré unas fotos que había tomado y me puse a llorar.
Se trataba de imágenes de un hombre que al borde de la
carretera vendía perros de cerámica de tamaño natural.
MARIO BELLATIN, El libro uruguayo de los muertos

De no existir las imágenes fotográficas, estaríamos condenados a padecer la frustración del aposento doble, fenómeno de la percepción o estado psíquico descrito con delectación y abatimiento por Baudelaire en uno de sus Pequeños poemas en prosa. Ahí el poeta narra la fugaz ensoñación que lo impele a ver el cuchitril donde vive como “una sala verdaderamente espiritual, donde la atmósfera, estancada, tiene un ligero tinte rosa y azul”. Por efectos sensoriales, ese lugar muestra su faz oculta y latente; es perfecto y etéreo hasta que, de pronto, algún inoportuno llama a la puerta. Las epifanías sólo saben huir. El ruido rompe el encanto y el poeta es desterrado de ese paraíso artificial, arrojado de nuevo a la miserable realidad de su habitación, a “este mundo tan angosto, pero tan lleno de tedio.”

Muchos hemos experimentado ese episodio baudeleriano, y comprobamos que la frustración aumenta si, como el poeta, queremos consignar lo vislumbrado durante el ensueño. De ser así, la escritura hace un papel de subrogación lamentable cuya única ventaja radica, en el mejor de los casos, en ser un bello engarce de palabras. Se hace patente la necesidad de un cambio de método: quizá trocar la literatura por la fotografía. Porque contraria a la escritura –que a menudo se agota en el camino que ella misma traza–, la fotografía es un ejercicio que oscila entre el control que el autor ejerce y una suerte de alquimia que escapa de su voluntad. Es un proceso mediador que resuelve dos impulsos antagónicos en una ruta desconocida cuyo rumbo, señalado no tanto por el ojo artístico sino por la cámara en su función de brújula impredecible, conduce a realidades misteriosas que primero no vemos pero que después coinciden con la parte extraordinaria del aposento doble que menciona Baudelaire. La diferencia consiste en que, al tener en nuestras manos las copias reveladas, esa parte maravillosa no se borra como en el poema sino que permanece en forma de testimonio de lo insólito.

Es bajo este impulso que está construido el libro NIIT, de Marina Ruiz Vallejo, fotógrafa catalana ahora avecindada en el DF. Ella dice que su propósito fue subvertir lo consuetudinario a partir de una visión nocturna y azarosa: “Lo más difícil es retratar lo que uno ya conoce desde otro punto de vista”. Para eso tuvo que dejar fuera del juego todo lo meridiano y profesional: su habitual equipo fotográfico cedió el lugar a un modesto aparato marca Sonia que le costó cinco euros y que no permite al operador enfocar la toma. Encima colocó un flash que pesaba más que la propia cámara: “Me gusta el mundo de la noche donde todo se ilumina con luz artificial dando un aire y aspecto distinto.” Así armada, se dispuso a caminar y a disparar en escenarios que conocía de sobra. Algo que hizo con frecuencia fue arrojar objetos y congelar su movimiento sorprendido por el obturador. A propósito de “NIIT#5”, comenta: “En esta foto quería captar el momento justo cuando la piedra impactara contra el suelo, pero disparé antes o calculé mal, y quedó flotando; el azar tuvo mucho que ver, para bien, creo yo”. El resultado es la revelación del misterio, la imagen del instante en que se descorren los biombos de lo acostumbrado. Fantasmagoría real, la piedra deja de ser una piedra y se convierte en un hipnótico emisario proveniente del extremo oscuro del camino. Quien contempla la foto se siente como un viajero con un pie en el rompiente de tinieblas.  


El misterio ocurre en un parpadeo y, por lo general, no lo percibimos. Cuando dura un poco más, el mundo conspira contra él, alguien llama a la puerta, el ruido lo desvanece. De no existir los registros fotográficos, sería difícil asirlo y casi imposible reproducirlo; contaríamos con pocas posibilidades para sorprendernos en este mundo tan angosto y tan lleno de tedio. Es bajo esa luz que comprendo ahora esta otra frase de Baudelaire: “El culto a las imágenes (mi gran, mi única, mi primitiva pasión)”. Palabras clarividentes si se toma en cuenta que fueron escritas precisamente en la ciudad y en la época en que se gestaba el arte reproductor de imágenes, ejercicio que años después nos sigue presentado como ningún otro el rostro elusivo del misterio, las piedras flotantes que indican el camino de lo desconocido.   

(Este texto fue publicado aquí)

domingo, 19 de octubre de 2014

Días de biblioteca I

Lunes 6 de octubre de 2014


En la Biblioteca Central de la UNAM, a las 5:50 de la tarde, veo frente a mí, al pie de los hermosos ventanales que en su parte superior tienen láminas cuadradas de ónix ambarino, a dos jóvenes de mi edad. Ambos ven a través del vidrio que da a los jardines de Ciudad Universitaria. Sus miradas parecen melancólicas, pero si presto más atención a sus gestos, descubro que bromean entre ellos y lucen felices. Son totalmente diferentes. El de la derecha es de estatura muy baja, casi enano. El otro padece gigantismo: enorme, rostro de ogro tierno, cuerpo algo retorcido, lleva en su mano izquierda un bastón ridículamente pequeño, lo cual lo hace ver bondadoso y pobre. Sería mejor que portara un báculo nudoso y grande como él, un caduceo de viejo eremita; le daría un aspecto respetable e interesante que, además, se vería complementado si su amigo se vistiera de don Sebastián de Morra.


Al fondo, la parte superior de los ventanales con los cuadros de ónix

11 de septiembre de 2014

8:45 PM, Biblioteca Central. Desprecio a esa pandilla de estudiosos que, como yo, siempre están en esta biblioteca, todo el día.

La radical diferencia entre mi persona y ellos es que se comportan como si fueran los mejores amigos, se saludan y se despiden con una dulzura repugnante, con gestos de apoyo mutuo, de un respeto tan cariñoso y almibarado que me hace pensar que en realidad no pueden convivir más de un rato juntos y que, en el fondo, se odian y se envidian sus conocimientos. 

Yo estoy solo.

No saben que la mejor manera de estar en una biblioteca es la que mostraría un fugitivo que aquí se esconde porque a este lugar no llegan los policías. Sí, adoptar la actitud de un asesino serial que redacta sus confesiones y se prepara para la fuga definitiva o el suicidio en el único lugar de la ciudad donde hay el silencio necesario para esas tareas vitales.

***

Quienes entran en la Biblioteca primero se comparan con quienes no entran; luego le llega el turno a observar las diferencias que les apartan de los de dentro. No obstante, a muy pocos les preocupa concentrarse en estos mínimos procesos de diferenciación; la mayoría de los lectores se limitan a distinguir a los que se parecen a ellos de los que no, y es natural: al fin y al cabo, su única preocupación tiene que ver con el libro, con los libros, y no con los demás lectores; si no tienen un ansia excesiva por preguntar por el camino, quién sabe, puede que no traten de relacionarse con sus pares, y quizá no deberían hacerlo.
ENIS BATUR, Las bibliotecas de Dédalo 


jueves, 9 de octubre de 2014

En el café Louvre-Port Actif


Tenía una cita a las tres de la tarde en el centro de la ciudad con Erik Alonso, quien, según me dijo, se reúne todas las semanas en ese lugar con Edgar Yepez para platicar y acusar al mundo, como lo hacían Thomas Bernhard y Paul Wittgenstein en los cafetines de Viena. La perspectiva del encuentro tenía, para mí, cierto encanto, ya que las personas que vería escribieron dos libros portátiles y hermosos, adjetivos prohibidos en la crítica literaria pero que a mí me gusta usar como conjuro que ahuyenta la idea de convertirme en un ejemplar hacedor de reseñas y no en un escritor de ensayos del estilo, precisamente, de Erik y Edgar, con quienes esa tarde tomaría un café en una charla que desde un principio imaginé alegre, voluble y un poco chiflada, quizá presidida por el espíritu paseante de Montaigne.

Recuerdo poco de los temas que tocamos en el Louvre-Port Actif de la calle Regina, donde degustamos unos magníficos micris, que son granos de café de Harar, recubiertos de una espesa capa de azúcar. Casi no hablamos de literatura, pero todo fue, desde mi punto de vista, muy literario. Disfruté, por ejemplo, de las esporádicas intervenciones de Edgar, quien, además de mencionar al oscuro hermano gemelo de Superman (personaje que aparece en la película Superman III, cuya existencia yo desconocía y que ahora me parece un espécimen notable de Doppelgänger), hizo varios comentarios sobre la importancia de permanecer soltero o, al menos, de actuar como si uno lo fuera: “en el fondo, eso es lo principal”, concluyó Yepez, y sus tres interlocutores fingimos no darnos cuenta de que citaba textualmente las famosas palabras de Marcel Duchamp referentes al celibato. Digo tres interlocutores porque a la parte final de la reunión llegó el escritor Juan Pablo Anaya vestido cómicamente como el profesor Aníbal Acha-Benavides, uno de los personajes de su excelente libro Kant y los extraterrestres. 

Café Louvre-Port Actif, ubicado en el cruce de las calles Regina e Isabel la Católica

Las cosas sucedían como magnetizadas por una energía rara e insolente: en el preciso momento en que Yepez terminó de hablar, Anaya vio pasar a una mujer hermosa y se lanzó a correr tras ella, a lo cual Edgar reaccionó diciendo que no debíamos dejarlo solo, que lo correcto era acompañarlo en su persecución galante. Yo asentí. Por su parte, Erik se disculpó y dijo que, aunque de todos modos preferiría no ser parte de la persecución, no podía ir con nosotros porque tenía un compromiso en la librería Rosario Castellanos, donde participaría en una mesa de diálogo en torno a lo que suele considerarse escritura de ficción y de no ficción. Nos advirtió, sin embargo, que él no creía en esa dicotomía forzada, pero que le parecía interesante el hecho de que, por ser ensayista, lo clasificaran como escritor de no ficción. Los tres hicimos movimientos pensativos con la cabeza y permanecimos en silencio unos segundos mientras Juan Pablo desaparecía en la esquina de la calle. Con paciencia y cortesía, Edgar y yo esperamos a que Erik abordara un taxi. Luego corrimos en busca de Anaya pero ya no lo encontramos; se internó en la arabesca medina chilanga, se metió en alguno de los muchos Pasajes del Noroeste que existen en esta ciudad y sólo se supo de él días después, cuando alguien dijo haberlo visto disfrazado de Jaime Maussan en un plantel de la Universidad Autónoma Metropolitana.

No tuvimos más opción que dirigirnos al metro. Yo iba a Taxqueña; Edgar, a la estación Cuatro Caminos, donde todavía tendría que tomar un camión rumbo a su casa, en el Estado de México. En tono de críptica complicidad, le dije que se fijara bien para no subir al autobús equivocado. Él me miró y con fraternidad respondió que no me preocupara, que esas cosas pasan, que todas las rutas son erróneas y, por esa razón, correctas al mismo tiempo, que no hay nada que temer puesto que, como bien dijo Eugenio Montale, “Puedes confiar en la oscuridad cuando la luz miente.”

Nos dimos un apretón de manos y nos separamos en el andén, que de golpe y de una manera totalmente cinematográfica se oscureció por la presencia de una multitud que se puso a luchar para poder ocupar un lugar en los vagones que acababan de abrir sus puertas.

martes, 7 de octubre de 2014

Trabajos por encargo

Esta pasión por retardar se convertiría no ya en el obstáculo
de la obra siempre diferida, sino en el motor esencial de
la obra en curso, la obra de actualidad, la que accede
a la publicación y a la fama.

Jean-Yves Jouannais, Artistas sin obra  

La película Adaptation, dirigida por Spike Jonze y escrita por Charlie Kaufman, es el mejor retrato que he visto del proceso creativo –a veces doloroso– por el que pasa un escritor cuando tiene que cumplir un trabajo por encargo. Supe de ella porque Erik Alonso la cita en un par de ocasiones dentro de su libro Los procesos, del cual, por cierto, debo entregar una reseña que no he terminado. La película me gustó tanto que la vi dos veces seguidas:

            Charlie Kaufman, interpretado por Nicolas Cage, es un guionista de Hollywood que se interna en un infierno personal al no poder adaptar para el cine el libro El ladrón de orquídeas, de Susan Orlean. Lucha consigo mismo, no consigue escribir, se masturba cada noche y luego se increpa por su infertilidad. Además, Charlie mantiene una tensa convivencia con la figura del doble, representada por su hermano gemelo Donald, un cándido y bobalicón hombre que, sin tener la menor idea del oficio, comienza a escribir un guion estúpido que alcanza un éxito arrollador. Todo eso lo coloca en el borde de un abismo mental.


            Lo interesante del filme es que su argumento es el proceso de escritura de Kaufman; las cosas que vemos en la pantalla son los avances y retrocesos que suceden en la cabeza del guionista, los tachones en su manuscrito, las prevaricaciones con que se flagela al ver en el calendario que la fecha de entrega ya se cumplió sin que él haya conseguido terminar la tarea. Ese drama interior, representado cinematográficamente a través de una forma “parcial, caleidoscópica, paradojal”  que “predica la fabricación como única salida literaria”, me parece genial.

            Claro que todo el tiempo Charlie Kaufman (tanto el personaje como el verdadero guionista, o la confusión indisociable de ambos) tiene el camino fácil a la mano: la posibilidad de escribir algo hollywoodesco, predecible, taquillero. Pero para él eso significa traicionarse. Un principio ético que conlleva angustia, insomnio, frustración, avance lento: en el minuto cincuenta y tres de la película, cuando la escritura se ha vuelto imposible y la presión lo despierta a las tres de la mañana, Charlie abre por milésima vez el libro de Orlean y lee lo siguiente: “Hay demasiadas ideas y cosas y gente, demasiadas direcciones que tomar. Estaba empezando a pensar que la razón por la que es bueno que algo te interese apasionadamente es que reduce el mundo a un tamaño más manejable”. Entonces Kaufman le dice a la foto de la escritora que se encuentra en la solapa del libro:

            –No sé cómo hacer esto. Tengo miedo de desilusionarte. Escribiste un libro precioso. No puedo dormir.

            Y la voz imaginaria de Orlean (interpretada por Meryl Streep) le contesta con un tono comprensivo, cariñoso:

          –Solamente trabájalo. Concéntrate en una cosa de la historia. Nada más encuentra esa cosa específica que te apasiona y escribe acerca de eso.

            El consejo de Susan es sabio, trae sosiego. Quizá todo se reduzca a encontrar los detalles que nos gustan y escribir sobre ellos. Ahora que lo pienso, esa fue la técnica que Karla Olvera utilizó en su libro La mùsica en un tranvìa checo: buscó en los diarios íntimos de Fernando Pessoa, Franz Kafka y Virginia Woolf nueve “hermosas y excéntricas nimiedades” que le interesaran apasionadamente y luego se puso a escribir, con una curiosidad deliciosa, acerca de ellas.

            Me despierto a las tres de la mañana, poseído por una angustia indescriptible. Como Charlie, yo tampoco he terminado el texto que me encargaron. Abro el libro de Erik Alonso y en la página veinticuatro leo lo siguiente: “Lo difícil no es buscar sino reconocer las cosas que nos hacen sentir que el mundo, aunque sea por un momento, es de nuestro tamaño.”



Este texto que me encargaron me parece enorme, como el mundo que jamás podré recorrer. Necesito encontrar algo que lo vuelva de mi talla.

En realidad es difícil.