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martes, 24 de octubre de 2017

Gasterópodo III

Yo vivo –o vivía antes del sismo del 19 de septiembre de 2017: no sé en qué tiempo debo conjugar– en la Unidad Habitacional Tlalpan. Mi edificio es el 3 A y mi departamento el 420, lo cual hacía que los amigos gastaran ciertas bromas porque, se sabe, el término “cuatro veinte” sirve para referirse al consumo de cannabis: el veinte de abril se celebra el día mundial de la mariguana y se ha estipulado a las 16:20 horas como la hora del té de los pachecos.
Con mi hermano yo vivo –o vivía– en ese lugar equivalente al paraíso. Pero semanas antes del sismo, mi madre fue diagnosticada con cáncer gástrico y, para cuidarla, nos mudamos temporalmente –eso creímos– con una tía cuyo departamento tiene elevador y está ubicado cerca del hospital. Ahí estábamos cuando la tierra tembló. Un par de horas después nos enteramos que el edificio 1 C de nuestro multifamiliar había colapsado. Dejamos a mamá al cuidado de la familia y, en la motocicleta de mi hermano, fuimos a ver lo sucedido. La ciudad era un desastre: construcciones caídas, transportes cancelados, columnas de humo, telecomunicaciones inservibles, ríos de personas que, caminando kilómetros, se dirigían a sus casas mientras en sus cabezas latían las peores incertidumbres.

Esa noche cargamos escombros en el edificio 1 C hasta las dos de la mañana, cuando regresamos a ver a mamá, cuyos dolores aumentaban en la misma medida que, afuera, crecían el número de muertos y la organización ciudadana. Al día siguiente supimos que Juliancito y su hermana Jéssica habían muerto en las ruinas. A sus padres, Nayeli y Nacho, los conocimos años atrás, en los cotorreos vecinales. Juliancito era el líder de su pandilla infantil, una bola de niños que jugaban hasta muy noche en los pasillos del multifamiliar. Era la hora del puesto de pan, de las tostadas, de los tacos de doña Irma y su hijo El Emo, de las tienditas de abarrotes llenas de gente comprando huevos, jamón, leche. Mi hermano, con su aspecto de sujeto rudo, llegaba del trabajo y Juliancito lo saludaba: qué onda Oso, ¿me das una vuelta en tu moto? Él, pese a su cansancio, lo subía y lo paseaba alrededor de la cuadra. Tres semanas después del terremoto doña Paty, abuela de Julián, me preguntó por mi hermano: era el ídolo de mi nieto, me dijo.
A veces, al departamento 420 invitábamos­ amigos. Se fumaba, se bebía cerveza y se preparaba de cenar. De ahí la broma del cuatro veinte. Mi madre, dueña de la casa, nos visitaba sólo el fin de semana, así que era nuestro departamento de solteros. No lo sabíamos, pero vivíamos en el paraíso, lugar donde, tras una jornada de trabajo, bastaba apretar un botón para sentarse a ver Youtube en el sillón rojo que compramos a meses sin intereses en una tienda departamental. Sin darnos cuenta habitábamos un paraíso donde, en macetas, crecían las plantas de aguacate y de mamey y donde, sobre las repisas, yo acumulaba libros adquiridos con paciencia de hormiga.
Fue en la banqueta de ese paraíso donde un día vi el cadáver de un gasterópodo que me hizo pensar en lo abrupto de la muerte. Y fue a una cuadra de ahí, en el parque Cerro San Antonio, cuando una mañana húmeda, poco antes de la enfermedad de mi madre y del sismo, me encontré con una familia joven y muy humilde que recolectaba caracoles. La madre, una mujer delgadísima, coordinaba a sus pequeños. Ellos, espigadores de jardín público, se agachaban sobre las plantas mojadas, se manchaban de lodo y, como niños que eran, se divertían, o al menos eso me pareció. Le pregunté a la mujer para qué querían los caracoles. Para comerlos, respondió sonriendo. Con cebolla, tomate, chile y tortillas.
Me pareció interesante porque por esos días me había dedicado a recolectar aguacates en la colonia Juárez, sitio donde se encuentra la Fundación que me becó durante dos años. Un amigo había descubierto que algunas de las calles de la colonia están llenas de esos árboles. Cuando comprobó que dan frutos, desarrolló un sistema equipado con sensores de temperatura para controlar y acelerar la germinación de semillas, meta que ha logrado en un tiempo récord de siete días. Quiere hacerlas crecer en su departamento para luego trasplantarlas en camellones y parques de la ciudad. Un futuro de guacamole público, dice.
Durante varios días –también espigadores urbanos–  trepamos a los árboles y llenamos las mochilas. Los transeúntes nos veían asombrados y, en ocasiones, horrorizados. Algunos piensan que el suelo y la lluvia de la ciudad se volvieron desde hace muchos años tóxicos y que nada de lo que crece aquí debería comerse: eso fue posible sólo en tiempos pasados, dicen. Se cree que el paraíso fue un lugar irrecuperable donde bastaba alargar la mano para encontrar el sustento. Donde era posible llegar, tumbarse en el sillón y descansar.
Han pasado un mes y cinco días, pero nadie puede vivir aún en el multifamiliar. Mi madre sufre en este momento los síntomas de la segunda quimioterapia, además de los dolores ocasionados por el tumor. Vivimos temporalmente en casa de la tía Laura, en la colonia Narvarte, a pocos metros del Viaducto y a quince minutos en automóvil del Hospital General. Entre las escasas pertenencias que he podido sacar del departamento 420 se encuentra la planta de mamey.

domingo, 24 de mayo de 2015

Bajo capas de un polvo rutinario

(Publicado en Gaceta Frontal )
Celene Guzmán, Días de chicle,
Instituto Sinaloense de Cultura, 2014,

101 pp.

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El principal defecto que encuentro en muchas novelas radica en que son demasiado novelescas. Se diría que, con docilidad ovejuna, algunos narradores se sienten obligados a cumplir con las cuotas de misterio, intriga, violencia, sexo, personajes históricos y situaciones extraordinarias que, sin decirlo, muchas editoriales, obedientes a los parámetros de espectacularidad del mercado del entretenimiento, imponen como condición para publicar un libro. ¿El resultado? Una proliferación de escritores y lectores que, reacios a aceptar que la condición humana está mejor representada en una hora de aburrimiento e iridiscente banalidad que en un periplo colmado de aventuras, ignoran los brotes literarios que germinan en las llanuras de una vida sin sobresaltos.
Y es que, paradójicamente, lo más complicado y arriesgado es escribir una buena historia (es decir legible, interesante) en la que los acontecimientos sean anodinos y, sin embargo, como sucede en la vida real, absolutamente relevantes. Una historia construida a partir de las pequeñas cosas que, a veces sin nosotros sospecharlo, ponen en juego nuestra existencia. Una historia, en fin, contada con la certeza de que, como dijo Cioran, “no son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan tan meticulosamente como el Tiempo”.
Por eso me emocionó tanto descubrir a Celene Guzmán (Mazatlán, 1979) y a su ópera prima Días de chicle, novela breve en la que, bajo la forma de un diario íntimo, la narradora y protagonista, una joven mazatleca de aproximadamente veinticinco años, se dedica a consignar, con sencilla belleza y lenguaje coloquial, los detalles pasmosamente anodinos de su vida cotidiana desde un miércoles dos de junio hasta un sábado once de septiembre, lo cual, por sí solo, es interesante, pues el lector asiste a un raro fenómeno literario en el que las insignificancias ordinarias conforman una narrativa ágil y tensa que se sostiene sin necesidad de que intervengan hechos demasiado dramáticos (a través de las canciones que la protagonista escucha, por ejemplo, se puede reconstruir una parte de sus experiencias personales). Y es que, a primera vista, la historia de Guzmán parece compartir un aire de familia con textos como El libro de la almohada, de Sei Shônagon, obra escrita en el Japón del siglo xi en la que no hay una trama sino tan sólo un compendio de anotaciones cotidianas cuya singular estética radica en la fulgurante simplicidad de los detalles ordinarios e inconexos. Sin embargo, conforme uno va pasando las páginas se da cuenta de que definitivamente en Días de chicle sí hay una trama compuesta por acontecimientos determinantes y dramáticos. Lo notable es que, gracias a un juego de biombos, permanecen ocultos debido a cierta resistencia a contarlos por parte de la narradora, que con esa evasión parece insinuar que lo crucial de la existencia sucede bajo capas de un polvo rutinario y sin importancia.
¿A qué se debe ese impulso por ocultar algunas cosas? Sospecho que no se trata únicamente de una consciente inversión de la jerarquía literaria dominante que dicta qué es importante contar en una historia y qué no lo es –aunque estoy casi seguro que Celene Guzmán tiene una convicción heterodoxa al respecto. Creo que más bien la cuestión se debe colocar bajo el lente de los problemas y los métodos narrativos. Porque el ocultamiento que aquí se lleva a cabo mucho tiene que ver con la teoría del iceberg que acuñó Hemingway, según la cual una buena historia debe mostrar sólo una pequeña parte de los sucesos y la información, mientras que lo demás –quizá lo más importante– permanece oculto para producir un efecto de suspenso, duda e incertidumbre en el lector.
Siguiendo esa lección de escritura, Celene escamoteó el suceso más determinante de su historia, el trauma que justifica la evolución psicológica de la protagonista (sólo se puede saber que ocurrió en el lapso que va del veinticinco de junio al dieciocho de julio, durante los únicos días en que ella dejó de escribir en su diario), y en su lugar colocó los detalles cotidianos de los que he hablado, entre los que se pueden encontrar algunos indicios esporádicos que arrojan pistas sobre el trauma sucedido: «mi zafada de tuercas» (p.53), «afligida por todo lo que pasó y porque aún mucha gente sigue sacada de onda conmigo» (61)… Con esa poca información, el lector muerde el anzuelo y a partir de ese momento no puede dejar de conjeturar: ¿la narradora sufrió una crisis depresiva, se intentó suicidar, se emborrachó sin tregua?, y sobre todo: ¿qué la llevó a esa situación? La incógnita permanece sin respuesta a lo largo del libro, pero la falta de resolución no debe entenderse como defecto o imperfección, sino como su principal motivo. Porque se sabe que en literatura las respuestas importan menos que la enmarañada evolución de los problemas, que en sí mismos y en la resistencia que oponen para ser resueltos encuentran sus cualidades tanto estéticas como morales.
Pero Días de chicle no sólo es un artefacto narrativo ágil y bien escrito que además reivindica los detalles de la vida cotidiana. También es un agudo texto sobre los conflictos que surgen cuando la singularidad de un individuo choca con los arbitrarios y coercitivos parámetros de normalidad y salud mental dominantes. Esa fricción, que atraviesa de manera subterránea toda la obra y que en buena medida constituye lo que podría considerarse su tema principal, en ocasiones se vuelve invisible y por momentos eclosiona en pasajes específicos. Un ejemplo es cuando, después de haber pasado la crisis de la que no se habla totalmente, se producen las desorbitadas y condenatorias reacciones de las personas que rodean a la narradora: la someten a un tratamiento psiquiátrico que incluye la obligación de ingerir todos los días una pastilla que produce sueño, sus compañeros de trabajo se comportan como si a ella algo extraordinario y monstruoso le hubiera sucedido y, en un episodio que parece cómico pero que bien visto resulta estúpidamente estremecedor, su madre le prohíbe ver una película de Quentin Tarantino porque la considera poco apta para su salud: «mamá dijo que NO, que cosas que me confunden NO»(p. 41).
Lo interesante es que, sin necesidad de argumentar ni de utilizar un tono panfletario, Celene Guzmán se vale únicamente de la narración para denunciar la falsa y estandarizada idea de la normalidad y sus dinámicas de discriminación hacia todos aquellos que, por ser melancólicos, distraídos o por estar confundidos en la vida, son considerados bichos raros e indeseables. Así, cuando el psiquiatra que atiende a la narradora dictamina que el estado de su paciente no ha mejorado y que, por el contrario, se estancó en «un periodo de confusión, en un estado onírico», ella contesta: «Lo que no entiendo es, ¿qué de anormal puede tener que algunas cosas te confundan?, y mucho menos puedo concebir, por más vueltas y vueltas que le doy, ¿qué de locura puede haber en alguien al que le guste soñar?»(p. 64).
Por último, quiero destacar el juego ficcional que, a manera de cajas chinas, se insinúa en Días de chicle. Muy al principio del libro, la narradora escribe en su diario acerca de una convocatoria para un premio de novela que, por razones curiosas, comienza a hacerse muy presente en su vida. A raíz de esa situación, ella, que no es novelista ni muestra veleidades literarias mayores que las exigidas por la redacción de su diario, vacila entre concursar y no hacerlo: ¿qué cosas importantes podría ella abordar en una novela? Cuando por fin se decide a intentarlo, descubre en carne propia la frustración que conlleva la dificultad –incluso la imposibilidad– de la escritura, sobre todo al darse cuenta de que las preocupaciones y apremios cotidianos absorben toda su energía. A fin de cuentas, el libro termina sin que la narradora logre escribir la ficción para el concurso, y el asunto se diluye sin aspavientos entre otras cosas más relevantes para la trama, aunque no del todo pues, al terminar las páginas, uno se cuestiona qué fue lo que realmente acaba de leer: a) una novela que Celene Guzmán escribió con la forma de un diario íntimo, b) un diario ficticio que, pese a ser entretenido y estar bien escrito, no llega a ser una novela, c) la novela que la narradora hizo para el concurso y que, en una vuelta de tuerca, presentó bajo la forma de un diario que es una ficción dentro de la ficción, d) el diario personal de Celene Guzmán que ella misma formateó con la intención de publicarlo como una novela, e) todos los incisos anteriores. Sea como fuere, sorprende que una obra tan breve y, sobre todo, de una apariencia tan sencilla, sea capaz de producir tales preguntas y efectos.
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La autora
Hasta aquí mis comentarios. Me gustaría que sirvieran para que el público se acercara a leer a Celene Guzmán, pero sé que mi deseo es difícil de cumplir porque comprar Días de chicle es una tarea casi imposible, aunque su tiraje, amplio, consta de mil ejemplares. La razón es que este libro fue publicado por el Instituto Sinaloense de Cultura y el CONACULTA, instituciones gubernamentales que, si bien es cierto que se esfuerzan por cumplir el noble propósito de estimular la producción literaria y artística, lamentablemente no difunden las obras valiosas y bien editadas que ellos mismos publican, lo cual vuelve inútil todo el esfuerzo realizado. Aquí unas preguntas al respecto: ¿por qué la red de librerías Educal, esparcida por casi todas las ciudades del país, no tiene una sección de obras publicadas por los institutos de cultura de los estados?, ¿por qué no se cuenta con los recursos necesarios para promover estas obras por medio de reseñas, presentaciones, lecturas y una presencia más fuerte en las cada vez más proliferantes ferias de libros? Nadie lo sabe.

Por mi parte, como lector, lo único que se me ocurrió hacer fue escribir y lanzar esta botella al mar con la esperanza de que alguien adecuado, algún día, la reciba. Navegue, pues, esta reseña. Y esperemos que la pista de Celene Guzmán no se difumine en el silencio.

viernes, 24 de abril de 2015

Gombrowicz, Kafka y los peligros que acechan en lo cotidiano

(Publicado en Este País y aquí)


Jueves por la tarde

Hechizado, fascinado —perturbado—, leo el Diario argentino de Witold Gombrowicz. Me detengo en un fragmento donde narra un viaje en barco por el río Paraná. Como en casi todos los pasajes del libro, comienza a describir esa característica inacabada de la vida gracias a la cual sentimos que el tiempo avanza… pero no lo bastante, que estamos despiertos… pero no por entero, que al dormir soñamos… pero no del todo, que existimos… pero no lo suficiente. Leo que la navegación sobre el Paraná fluía sin mucha acción hasta que, de pronto, aparentemente, algo ocurrió, o “—para decirlo con mayor precisión— algo estalló, tal vez algo se rompió… en realidad no sé qué ocurrió”, dice Gombrowicz, “y es más, a decir verdad, nada ocurrió… pero precisamente eso, el que no hubiera ocurrido nada es más significativo y más horrible que si algo hubiera ocurrido.”

Gombrowicz con mirada perspicaz
Desconcierto, duda, incertidumbre ante lo que sucede y, al mismo tiempo, no sucede con determinación, es decir, desconcierto ante la vida misma. Para comprender un poco mejor todo esto, es necesario tener en cuenta que la principal preocupación intelectual, estética, filosófica y moral de Gombrowicz fue la inmadurez, lo vulgar, la perenne indecisión de lo que no llega a cuajar ni a perfeccionarse. Su estado favorito de la materia era el plasma; su edad, la adolescencia. Hasta su nacionalidad fue inestable: un polaco desterrado casualmente en Argentina. Quizá por ello alcanzaba grados deslumbrantes de lucidez cuando hablaba de la fascinación que producen las cosas que no llegan a ser notables y cuyo único poder consiste en emitir débiles insinuaciones misteriosas.

Sigue la navegación por el Paraná:

“¿Qué hay de extraño en todo esto?”, se pregunta Gombrowicz, “¿Qué barco podría ser más ordinario? Qué cubierta más banal? Pero precisamente por eso, sí, por eso precisamente, nos encontramos del todo indefensos… frente a algo que nos amenaza… no podemos actuar porque ni siquiera hay razón para la más ligera inquietud, todo está en orden, un orden absoluto… sí, todo está en orden, hasta que bajo esta presión irresistible que se ha venido formando no reviente la cuerda, la cuerda, ¡¡¡la cuerda!!!”.

Es en esta capacidad para desconfiar de lo seguro, de lo común, donde creo que Gombrowicz coincide con Kafka. Porque ambos advirtieron que en el sendero de la vida vulgar surgen “secretas bifurcaciones que conducen a paraderos incógnitos”. Porque los dos se dieron cuenta de que en la pradera de la existencia banal acechan absurdos que, precisamente por no ser comprobables, ponen en jaque la validez y la certidumbre de eso que llamamos vida normal.

Por ejemplo, si uno lee El proceso de Kafka, advierte que lo terrible de la novela radica en que postula la existencia de una realidad hostil dentro de los pliegues de la realidad cotidiana. Esa realidad hostil está encarnada por el tribunal que acusa a Josef K., tribunal que es enorme y se hace presente en todas partes (Josef abre casualmente un armario de su propia casa y encuentra oficinas, abogados y jueces), pero que al mismo tiempo pasa inadvertido por la mayoría de las personas que, al no tener un proceso acusatorio en su contra, jamás se percatan de que una instancia judicial trabaja casi enfrente de sus narices. A propósito de esa característica omnipresente y mimética del tribunal kafkiano, Roberto Calasso comenta: “Este es el verdadero terror: que exista una vida normal y proceda sin sobresaltos, pero que en el interior (en los armarios, en la buhardillas de edificios ruinosos) exista otra vida con objetivos completamente distintos y opere con toda tranquilidad, como protegida por la envoltura de la vida normal. Si es así, ya no será posible referirse a una normalidad, y todavía menos a una naturaleza, porque una y otra serán sospechosas de servir tan sólo de cobertura a otro proceso, que sigue su propia dirección y que tiene otro significado.” Sencillamente espeluznante.

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Kafka y su mirada que se introduce en las fisuras de lo cotidiano

Ahora, si bien es cierto que tanto Kafka como Gombrowicz sabían que la vida ordinaria no es tan inofensiva como suele creerse, la diferencia entre ellos se encuentra en que el checo advertía en el muro de lo cotidiano pequeñas fisuras que conducen a otra realidad a menudo amenazante, punitiva y excluyente, mientras que el polaco —fascinado y perplejo— presentía inconsistencias en el indeciso fluir de la existencia, en el hecho de que la vida ordinaria —única realidad que para él había— jamás lograra trascender el estado de absurda inmadurez que, por otro lado, es lo único que se puede esperar del mundo.


Viernes por la mañana

Ayer, después de escribir mis inmaduras impresiones sobre Kafka y Gombrowicz, cené tacos en un puesto callejero. Me disponía a servirme salsa verde cuando vi a un hombre salir de lo que me pareció una puerta pintada en la pared. Lo repito: no una puerta de verdad sino una puerta pintada.

Vi con asombró cómo el hombre caminaba hacia mí y me decía que tuviera cuidado con la salsa porque picaba mucho. Lo escuché claramente pero me pareció que en realidad no fuera eso… como si hubiera querido decirme algo distinto… como si hubiera hablado de la salsa para no decir lo que realmente tenía que decir.

El hombre se detuvo a mi lado durante unos segundos —aunque también pudieron ser minutos enteros— hasta que se decidió a pedir unos tacos. Entonces, casi estoy seguro, hizo lo siguiente: se sirvió salsa… pero con indecisión, exprimió un par de limones… pero no lo suficiente, devoró con vehemencia… pero no lo bastante, pagó su consumo… ¡pero no del todo!, y luego se fue por donde había llegado.


Sí, es cierto que el hombre se fue, caminó de regreso y de nuevo entró en la puerta pintada. Eso, creo, es innegable. Sin embargo —tengo que confesarlo—, su presencia aún no me abandona, la siento aquí, insistente, veleidosa, pegada a mi costado.

jueves, 16 de abril de 2015

Gasterópodo

(Publicado en Este país)

Pesadillescos heraldos negros, mensajes plenos de un significado ulterior que no he podido descifrar, los cadáveres de animales que solía encontrar con macabra frecuencia tirados en la calle dejaron de pronto de aparecer en mi vida. De esos tétricos despojos hoy sólo quedan registros escritos (quien lo desee puede leer “El gato” y “Cadáver de gallina”, dos textos que hablan al respecto), como la siguiente anotación de mi diario fechada el sábado trece de septiembre de 2014: “Acabo de ver un caracol muerto, aplastado en la banqueta, secándose al sol.”
Leo la pequeña entrada (ese día no escribí nada más) y un golpe de recuerdos acude a mi cabeza. Revivo el momento e imagino la escena:

Embellecido por la empresa descomunal de atravesar la acera del edificio, babosamente ufano de su frágil –grácil– armadura, dejando tras de sí una esforzada estela apenas cinética, el gasterópodo fue sorprendido por la suela eclipsante de un zapato. Desproporción casi divina de los cuerpos. Indolencia o ignorancia del asesino que, lo más seguro, llevaba prisa por llegar a algún sitio. Imperceptible crujido óseo de la concha (¿el sonido se disolvió en la entropía acústica del universo o aún viaja discreto hasta llegar a un oído que fugazmente lo escuchará como un quejido de hojas secas?). Una vida cuya heroica bandera era la lentitud fue detenida y sus despojos quedaron abandonados sin respeto.

No es lo mismo ver un caracol muerto que una rata destripada. Las emociones suscitadas divergen. Mientras que ante un roedor sin vida se puede llegar a sentir felicidad y sevicia, el cadáver de un caracol (único molusco que ha conquistado el espacio terrestre) produce desesperanza y tristeza. Para nosotros, las ratas son sucias, voraces y portadoras de enfermedades. “La rata obesa de exquisito pelambre, la malhechora / que se come el cereal del pobre, la muy canalla / que devora recién nacidos arrojados a los baldíos”, se lee en un poema de José Emilio Pacheco. Hay investigaciones que afirman que una rata copula aproximadamente 35 mil veces en su vida, cifra inalcanzable para un humano. ¡Alimañas crapulosas! Es precisamente su promiscuidad la que despierta nuestro odio, y no es descabellado aventurar que la especie humana se ha reproducido con tanto afán como respuesta defensiva ante la idea de que algún día esos roedores dominen el orbe y, ¡oh pesadilla!, seamos nosotros los que tengamos que vivir perseguidos en las cloacas, alimentándonos con lo que podamos sustraer de sus bodegas, sufriendo “la espantosa agonía del veneno”…

Patricia Highsmith, autora de más de veinte novelas y de un gran número de relatos, era tan prolífica en su trabajo literario que decía tener “tantas ideas como orgasmos tienen las ratas”. Acostada en su cama, abastecida de cigarrillos, café, rosquillas y a menudo una botella de vodka, lograba redactar dos mil palabras “en un día bueno”, récord verdaderamente envidiable. Además de pasar a la historia como la artífice de una excelente y extensa obra donde el misterio, el crimen y los tormentos psicológicos se mezclan en perturbadora armonía, la escritora estadounidense hoy es recordada como un persona ligeramente misántropa o, por lo menos, como alguien que prefería la compañía de los animales a la de los humanos. Tenía una predilección especial por los gatos (tal vez porque se comen a las ratas) y, cosa llamativa, por los caracoles, que criaba en su casa (llegó a tener más de trescientos en su jardín cuando vivía en Inglaterra). “Me transmiten una especie de calma”, le dijo a un entrevistador.

Cuando Highsmith se mudó a Francia, tuvo que cruzar la frontera varias veces con seis o diez caracoles escondidos en cada seno para burlar la prohibición aduanera de ingresar gasterópodos vivos al país. No quería abandonar a ninguno. Conocía la importancia de la vida de cada uno de esos seres, era capaz de apreciar su perfecta belleza y de no sentir asco cuando los viscosos cuerpos se deslizaban sobre su piel. ¿Cuál hubiera sido su reacción al descubrir el cadáver que yo vi el trece de septiembre?, ¿lo habría tomado en sus manos?

A mí los gasterópodos me fascinan visual y gastronómicamente, sin embargo, el tacto de sus antenas babosas me produce espeluzno. Por eso, al leer la fantástica novela Galaor de Hugo Hiriart, entendí el desánimo que experimentó el protagonista cuando, en su misión para salvar a la doncella Brunilda, se internó en los mortíferos jardines diseñados por el excéntrico don Diomedes, donde “el jardín de los caracoles –de todos los tamaños, todas las formas y todos los colores– le ocasionó, pese a su belleza irrecusable, tan grande repugnancia que pensó en el regreso”. Afortunadamente, Galaor venció el asco y pudo continuar su heroico camino… Llama mucho mi atención que el héroe, célebre por haber asesinado al temible puerco gigante del Automedonte, haya pensado en la deserción debido al espectáculo ofrecido por unos caracoles de “belleza irrecusable”.

La anécdota me hace pensar que los caminos de la hermosura, la repugnancia y la cobardía no corren muy separados uno del otro. Y quizá no importe, pues esos caminos, como los del amor, el odio y el éxito, se vuelven indiscernibles y vacuos cuando de golpe se interrumpe la espiral de nuestras vidas. Interrupción siempre abrupta que se manifiesta con la fuerza fulminante de un zapato descomunal que nos aplasta en la mitad de una banqueta y nos reduce, en el mejor de los casos, a un breve comentario anotado en un cuaderno sin importancia, a una línea que, aparte de quien la garrapateó, nunca nadie jamás leerá.

domingo, 19 de octubre de 2014

Días de biblioteca I

Lunes 6 de octubre de 2014


En la Biblioteca Central de la UNAM, a las 5:50 de la tarde, veo frente a mí, al pie de los hermosos ventanales que en su parte superior tienen láminas cuadradas de ónix ambarino, a dos jóvenes de mi edad. Ambos ven a través del vidrio que da a los jardines de Ciudad Universitaria. Sus miradas parecen melancólicas, pero si presto más atención a sus gestos, descubro que bromean entre ellos y lucen felices. Son totalmente diferentes. El de la derecha es de estatura muy baja, casi enano. El otro padece gigantismo: enorme, rostro de ogro tierno, cuerpo algo retorcido, lleva en su mano izquierda un bastón ridículamente pequeño, lo cual lo hace ver bondadoso y pobre. Sería mejor que portara un báculo nudoso y grande como él, un caduceo de viejo eremita; le daría un aspecto respetable e interesante que, además, se vería complementado si su amigo se vistiera de don Sebastián de Morra.


Al fondo, la parte superior de los ventanales con los cuadros de ónix

11 de septiembre de 2014

8:45 PM, Biblioteca Central. Desprecio a esa pandilla de estudiosos que, como yo, siempre están en esta biblioteca, todo el día.

La radical diferencia entre mi persona y ellos es que se comportan como si fueran los mejores amigos, se saludan y se despiden con una dulzura repugnante, con gestos de apoyo mutuo, de un respeto tan cariñoso y almibarado que me hace pensar que en realidad no pueden convivir más de un rato juntos y que, en el fondo, se odian y se envidian sus conocimientos. 

Yo estoy solo.

No saben que la mejor manera de estar en una biblioteca es la que mostraría un fugitivo que aquí se esconde porque a este lugar no llegan los policías. Sí, adoptar la actitud de un asesino serial que redacta sus confesiones y se prepara para la fuga definitiva o el suicidio en el único lugar de la ciudad donde hay el silencio necesario para esas tareas vitales.

***

Quienes entran en la Biblioteca primero se comparan con quienes no entran; luego le llega el turno a observar las diferencias que les apartan de los de dentro. No obstante, a muy pocos les preocupa concentrarse en estos mínimos procesos de diferenciación; la mayoría de los lectores se limitan a distinguir a los que se parecen a ellos de los que no, y es natural: al fin y al cabo, su única preocupación tiene que ver con el libro, con los libros, y no con los demás lectores; si no tienen un ansia excesiva por preguntar por el camino, quién sabe, puede que no traten de relacionarse con sus pares, y quizá no deberían hacerlo.
ENIS BATUR, Las bibliotecas de Dédalo 


lunes, 24 de febrero de 2014

Cadáver de gallina (apostilla sobre animales muertos en la ciudad)

Pensar en algo, meditarlo, escribirlo, vincular sus aspectos constituyentes con diversas cosas que forman parte de tu realidad, son maneras de hacer presentes y corpóreos los temas que te interesan. Si te llaman la atención los lisiados como metáfora de lo calamitosa y agresiva que es la vida, como ilustración de la certeza de que este mundo está construido sobre la infamia, ten por seguro que a cada paso te encontrarás con mutilados, llagados, tuertos que piden limosna, niños quemados...: en el andén del metro, afuera del edificio donde vives, en tu escuela y, si te descuidas, tú mismo puedes ingresar a su tétrica cofradía. Lo mismo sucederá si te obsesionan las parejas de enamorados: las encontrarás hasta en tu cama.

El veinte de octubre del año pasado escribí una entrada en mi diario a la que titulé "Cadáver de gato". Desde entonces, sospecho que los cadáveres de animales me persiguen en la ciudad, o que yo los busco sin darme mucha cuenta. En los últimos meses he visto palomas, perros, gatos y ratas muertas en casi todas las banquetas que recorro. Hoy, mientras realizaba una de esas fastidiosas encomiendas con las que me suelo granjear algunos pesos para mis gastos cotidianos, en el miserable camellón de la calle Doctor Vértiz, vi algo que supuse que era una gallina muerta: obedeciendo a quién sabe qué inescrutable voluntad, el cuerpo yacía con todas sus plumas, sobre el pavimento, sin gloria. Yo me quedé triste. El sol, inclemente a esa hora del día, calentaba la sangre muerta del ave. 

Calle doctor José María Vértiz

Recordé entonces uno de los más extraños cadáveres de pollo de los que tengo noticia. Como todas las cosas curiosas y raras que encuentro en los libros, su mención ocupa apenas unas cuantas líneas: entre las páginas 146 y 147 de mi edición de El zafarrancho aquél de vía Merulana, cuando el doctor Francesco Ingravallo y todos los integrantes del equipo a cargo de la investigación del horroroso asesinato de doña Liliana Bravonelli llevan a la comisaría los objetos que Inés, una pobre desamparada, robó por necesidad. Entre ellos se encuentran unos zapatos y el desplumado animal que Inés hurtó en un mercado:
"El pollo hedía condenadamente: trasladado éste también a jefatura, con los dos zapatos que eran ambos del pie izquierdo, una vez en Santo Stéfano del Cacco se ve que le había entrado canguelo, probablemente, y había hecho caca, pese a estar muerto, en la mesita de Paolillo: poca cosa, a decir verdad."
En la comisaría un pollo muerto, en calidad de evidencia criminal, fúnebremente defeca. En la calle, con todas sus plumas, una gallina se pudre. Y esta entrada de mi blog no tiene mucho sentido.


jueves, 13 de febrero de 2014

El gato

(Lunes 21 de octubre de 2013)


Ayer contemplé el estado de avanzada y cruda descomposición que el cadáver del gato, muerto días atrás, mostraba, sin ningún tipo de eufemismo, a la mirada de los niños que iban acompañados de sus padres al parque donde suelo ejercitarme.
La primera vez que lo vi, una mañana despejada y agradable de hace un par de semanas, el cuerpo del animal acababa de aparecer. Alguien lo hizo: tenía las patas traseras atadas con sus propios intestinos, pero curiosamente no estaba manchado de sangre. En realidad, descartando la tétrica sujeción de las extremidades, ofrecía un aspecto sereno, adormilado y sin moscas.
Pensé que sería bueno sepultarlo porque yacía en un lugar pavimentado del parque donde, conforme sucediera la natural putrefacción, su presencia se tornaría más desagradable. Lamenté no tener herramientas para excavar. De poseerlas, pensé, iría por ellas a casa y regresaría a cavar una pequeña fosa funeraria.

Me maravilla la idea de la descomposición de los cuerpos cuando puede ser aprovechada en la nutrición de la tierra. Me molestan los féretros perdurables y, sobre todo, la forma en que las paredes subterráneas de las tumbas son recubiertas con lozas de cemento que impiden el natural contacto de los cuerpos con la tierra. Aunque gente sabia como Séneca aconseja no preocuparse por las cosas futuras, mucho menos por lo que no está en nuestras manos hacer –nuestro funeral, por ejemplo–, es innegable que, como diría Montaigne, “el temor, el deseo, la esperanza nos proyectan hacia el futuro, y nos arrebatan el deseo y la consideración de aquello que es, para que nos ocupemos de aquello que será, incluso cuando ya no estemos”. Es inevitable. En lo personal, me tranquilizaría convencer  a alguien para que enterrara mi cadáver, sin intervención de ningún procedimiento embalsamador, en cualquier campo, parque o jardín, no en un cementerio convencional. No creo que se trate de un deseo testamentario exagerado, sino de una preocupación modesta, aún más si se la compara con las que el propio Montaigne cuenta en su ensayo “Nuestros sentimientos se arrastran más allá de nosotros”, donde consigna las historias de algunos personajes históricos. El caso de Eduardo I de Inglaterra es notable: convencido de que su presencia en las batallas era un factor determinante para obtener la victoria frente a los escoceses, convenció a su hijo, mediante solemne juramento, para que, cuando éste quedara huérfano, “hiciera hervir su cadáver para desprender la carne de los huesos, hiciera enterrar aquélla y reservara los huesos para llevarlos consigo y con su ejército cada vez que estuviera en guerra contra los escoceses”. Otro caso llamativo es el de un tal Juan Ziska de Bohemia, que quiso que “a su muerte lo desollaran, y que con su piel hicieran un tambor para llevarlo a la guerra contra sus enemigos”. Yo, carente de impulsos bélicos, sólo quiero ser sepultado, como si de un animal se tratara, en una fosa rústica.     
Quizá un poco morbosamente, me emociona que la parcela de tierra que me cubra se vuelva más rica y fértil gracias a mi putrefacción. Ciertamente, de todas las circunstancias horribles que  rodean a la muerte, la única que no me espanta es la que implica convertirme en pasto de los gusanos, en elementos simples que se dispersan en el lodo. Admiro las palabras que el camarero inolvidable de la novela Yo serví al rey de Inglaterra, de Bohumil Hrabal, dice en el último capítulo de ese libro extraordinario:
Y yo me exalté hablando de mi tumba: si muriera aquí, que me enterrasen, aunque fuera sólo un hueso sin carne, el cráneo en el cementerio de la colina, exactamente allí donde se dividen las dos vertientes, para que la lluvia pudiese dispersar una mitad de mis restos hacia Bohemia, al Moldava y después al Elba, que me llevarían al mar del Norte, y la otra más allá de las alambradas de la frontera, al Danubio, que me llevaría al mar Negro, y así, después de mi muerte, me convertiría en un ciudadano del mundo porque a través de dos mares llegaría hasta el océano Atlántico [...] Y yo les explicaba, tal como nos lo había enseñado el profesor de literatura francesa a Marcela y a mí, que el hombre era indestructible, su alma y su cuerpo tan sólo se metamorfoseaban; una vez Marcela y él analizaban un poema de un tal Sandburg en que el poeta se preguntaba de qué se compone el hombre y acababa por concluir que el cuerpo del hombre contiene el fósforo para fabricar diez cajas de cerillas, suficiente hierro para forjar un clavo en el que colgarse y bastante agua para preparar diez litros de sopa de tripas...

El día siguiente a mi primer encuentro con el cadáver, cuando volví al parque a hacer mis ejercicios, descubrí que alguien se había tomado la molestia de cubrirlo con tierra, de manera que sobre el piso pavimentado, a un lado de los aparatos de gimnasia, se veía un pequeño montículo de tierra y piedras. Esa imagen me causó, sin estar muy consciente de la fuerza de su influjo, un desasosiego que me acompañó durante varias semanas: no sé por qué me atormentó tanto el pensamiento de que los miasmas del cadáver no se podrían filtrar al subsuelo con facilidad. Era previsible, además, que la montañita de tierra no evitaría la posterior pestilencia ni la visita de las moscas lustrosas.
Pasó una quincena de días. Antier llovió copiosamente, el agua erosionó el precario sepulcro y dejó al descubierto la cabeza del animal, cuyo hocico carecía, según me detuve a observar ayer en la mañana, de piel y pelos en la sección que más sobresalía de la tierra: una mandíbula de puro hueso que ostentaba un gesto demasiado fiero como para escrutarlo sin cierto espeluzno.
Hoy regresé al parque para tomar una fotografía de ese cráneo incómodo. Ya no estaba: había desaparecido por completo el cadáver. Lo más probable es que alguien lo exhumó. Las razones pueden ser oscuras o meridianas. Aun así, tomé una fotografía del lugar donde yacía el cadáver del gato. Me gustó porque sale mi sombra.
Aquí, junto a mi sombra, yacía el cadáver del gato

Ahora, en casa, frente a la pantalla de la computadora, escribo en el buscador de las imágenes de Google las palabras "cadáver de gato". Encuentro muchas fotografías. Copio la primera:



Tiene un parecido genérico –la semejanza que comparten los cuerpos descompuestos– con el gato muerto que ha formado parte de mi vida últimamente.