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domingo, 28 de junio de 2015

Siempre se termina en uno mismo (reflexiones sobre el ensayo)

Hace un momento, antes de salir a pasear por las colonias circunvecinas y de descubrir con azoro que vivo rodeado de callejones extraños llenos de charcos de lluvia, pensaba que reflexionar sobre el ensayo como género literario era una tarea estéril, onanista. ¿Para qué hacerlo si todo me era ya familiar, si podía directamente escribir ensayos sin teorizar al respecto? No quería repetir esa información que grabé una vez con esmerada caligrafía en las vigas que sostienen el techo de mi dormitorio: que Michel de Montaigne, heredero directo de escritores como Cicerón y Séneca, inauguró a fines del siglo XVI, mediante la escritura de Los ensayos, este género que, a grandes rasgos, sirve para indagar, discurrir e investigar–desplegando belleza verbal– sobre una infinidad de asuntos con la intención elíptica o digresiva –cuando no francamente retorcida, alambicada– de terminar meditando acerca de uno mismo.

Techo de la biblioteca de Montaigne en Saint-Michel-de-Montaigne.
Las vigas de mi dormitorio

Y hubiera seguido pensando igual de no ser porque, durante ese paseo, me asomé a un charco que me devolvió un reflejo insólito y algo monstruoso de mi rostro que me hizo pensar que nada es tan familiar como se quiere creer. Por esa razón, cuando regresé a casa, me dije que reflexionar sobre el ensayo quizá no sería tan estéril como había supuesto. Después de todo, hay ciertos aspectos que, bien enfocados, resultan misteriosos, paradójicos. Por ejemplo: ¿cómo demonios se puede hablar de uno mismo al discurrir acerca de una infinidad de asuntos extraños? Me dirigí a la pequeña sección de mi biblioteca donde guardo algunos textos sobre el ensayo y lo primero que encontré fue un estudio de Alberto Paredes donde, por un parte, sostiene que en este género literario el yo (esa cosa interior, dispersa o monádica, según se quiera ver) ocupa un lugar protagónico pues todo ahí está profundamente “imbuido del yo autoral”. Pero por otra parte, Paredes deja claro que el ensayo se diferencia de los otros géneros debido a que mantiene una relación mayor con el exterior, con los temas y referentes que aborda el ensayista. ¿Paradoja irresoluble? Sospecho que no.

Si uno lee cualquier ensayo (alguno de Montaigne, para no ir más lejos), se dará cuenta de que se trata de un espacio textual intermedio y propicio para la contaminación entre el yo autoral y los referentes externos. Por eso Liliana Weinberg, según leo en un volumen que acabo de sacar de mi librero, dice que le gusta pensar el género “en su esencial heterogeneidad, en su capacidad mediadora entre mundos y articuladora de experiencias”. Y por eso ella recupera la figura mitológica de Prometeo como metáfora ideal para el ensayo: el Titán que, al robar el fuego de los dioses para llevarlo a los mortales, establece un canal o espacio mediador entre esferas antes incompatibles. Así, en el ensayo no sólo el yo del autor y el tema abordado se articulan, sino también otros ámbitos por lo general separados como la lógica y la poesía, la alta cultura y la baja, lo imaginario y lo fáctico, los diversos géneros literarios, el conocimiento empírico y el libresco…

LOS PROMETEOS DE LA NUEVA ERA
Prometeo

Ahora bien, una de las cosas más interesantes de la metáfora de Weinberg es que afirma que “Prometeo es responsable de sus actos y sabe, a diferencia de Hermes, que el secreto que tendrá que conducir debe ser averiguado por él, porque en ello radica su ejercicio de responsabilidad”, lo cual subraya un aspecto importantísimo de este género literario: el carácter empírico que impele a quien lo escribe a probar y averiguar las cosas por él mismo, a ser escéptico y desconfiar, como yo hice después del paseo sin rumbo que di por las colonias aledañas a mi hogar, de las verdades establecidas y de los métodos convencionales para acceder al conocimiento. “Lo que busca el ensayista es pensar las cosas por sí mismo y llegar, si es que llega a algún lado, a una conclusión personal”, dice Luigi Amara en una revista que encuentro en un estante.

Y a propósito de recorridos sin rumbo y de conclusiones personales, llama mi atención que ensayistas como Amara y Vivian Abenshushan consideren el ensayo y el paseo como actividades afines que, alejadas de las certezas y las metas fijas, privilegian la búsqueda y la meditación acerca de cómo vivir la propia vida: “En Montaigne –dice Abenshushan–, ensayar era una actividad al mismo tiempo reflexiva y vagabunda (hecha de libros, pero también de viajes) que desembocó en una existencia consecuente (cultivar la sensatez en un mundo que se dirigía al caos)”. Llama mi atención porque me parece una casualidad curiosa el que yo, hace unas horas, tuviera que salir a dar un paseo para decidirme a escribir esta reflexión sobre el ensayo cuya motivación original fue haberme dado cuenta, en el reflejo de un charco, que en ocasiones no me reconozco, que el mayor de los enigmas soy yo y la manera en que vivo, que el misterio de mi personalidad siempre estará soterrado en la base de cualquier ensayo que me disponga a escribir, sin importar que para ello tenga primero que abordar cualquier asunto exterior a mí. 

(Publicado en Este país)

jueves, 13 de febrero de 2014

El gato

(Lunes 21 de octubre de 2013)


Ayer contemplé el estado de avanzada y cruda descomposición que el cadáver del gato, muerto días atrás, mostraba, sin ningún tipo de eufemismo, a la mirada de los niños que iban acompañados de sus padres al parque donde suelo ejercitarme.
La primera vez que lo vi, una mañana despejada y agradable de hace un par de semanas, el cuerpo del animal acababa de aparecer. Alguien lo hizo: tenía las patas traseras atadas con sus propios intestinos, pero curiosamente no estaba manchado de sangre. En realidad, descartando la tétrica sujeción de las extremidades, ofrecía un aspecto sereno, adormilado y sin moscas.
Pensé que sería bueno sepultarlo porque yacía en un lugar pavimentado del parque donde, conforme sucediera la natural putrefacción, su presencia se tornaría más desagradable. Lamenté no tener herramientas para excavar. De poseerlas, pensé, iría por ellas a casa y regresaría a cavar una pequeña fosa funeraria.

Me maravilla la idea de la descomposición de los cuerpos cuando puede ser aprovechada en la nutrición de la tierra. Me molestan los féretros perdurables y, sobre todo, la forma en que las paredes subterráneas de las tumbas son recubiertas con lozas de cemento que impiden el natural contacto de los cuerpos con la tierra. Aunque gente sabia como Séneca aconseja no preocuparse por las cosas futuras, mucho menos por lo que no está en nuestras manos hacer –nuestro funeral, por ejemplo–, es innegable que, como diría Montaigne, “el temor, el deseo, la esperanza nos proyectan hacia el futuro, y nos arrebatan el deseo y la consideración de aquello que es, para que nos ocupemos de aquello que será, incluso cuando ya no estemos”. Es inevitable. En lo personal, me tranquilizaría convencer  a alguien para que enterrara mi cadáver, sin intervención de ningún procedimiento embalsamador, en cualquier campo, parque o jardín, no en un cementerio convencional. No creo que se trate de un deseo testamentario exagerado, sino de una preocupación modesta, aún más si se la compara con las que el propio Montaigne cuenta en su ensayo “Nuestros sentimientos se arrastran más allá de nosotros”, donde consigna las historias de algunos personajes históricos. El caso de Eduardo I de Inglaterra es notable: convencido de que su presencia en las batallas era un factor determinante para obtener la victoria frente a los escoceses, convenció a su hijo, mediante solemne juramento, para que, cuando éste quedara huérfano, “hiciera hervir su cadáver para desprender la carne de los huesos, hiciera enterrar aquélla y reservara los huesos para llevarlos consigo y con su ejército cada vez que estuviera en guerra contra los escoceses”. Otro caso llamativo es el de un tal Juan Ziska de Bohemia, que quiso que “a su muerte lo desollaran, y que con su piel hicieran un tambor para llevarlo a la guerra contra sus enemigos”. Yo, carente de impulsos bélicos, sólo quiero ser sepultado, como si de un animal se tratara, en una fosa rústica.     
Quizá un poco morbosamente, me emociona que la parcela de tierra que me cubra se vuelva más rica y fértil gracias a mi putrefacción. Ciertamente, de todas las circunstancias horribles que  rodean a la muerte, la única que no me espanta es la que implica convertirme en pasto de los gusanos, en elementos simples que se dispersan en el lodo. Admiro las palabras que el camarero inolvidable de la novela Yo serví al rey de Inglaterra, de Bohumil Hrabal, dice en el último capítulo de ese libro extraordinario:
Y yo me exalté hablando de mi tumba: si muriera aquí, que me enterrasen, aunque fuera sólo un hueso sin carne, el cráneo en el cementerio de la colina, exactamente allí donde se dividen las dos vertientes, para que la lluvia pudiese dispersar una mitad de mis restos hacia Bohemia, al Moldava y después al Elba, que me llevarían al mar del Norte, y la otra más allá de las alambradas de la frontera, al Danubio, que me llevaría al mar Negro, y así, después de mi muerte, me convertiría en un ciudadano del mundo porque a través de dos mares llegaría hasta el océano Atlántico [...] Y yo les explicaba, tal como nos lo había enseñado el profesor de literatura francesa a Marcela y a mí, que el hombre era indestructible, su alma y su cuerpo tan sólo se metamorfoseaban; una vez Marcela y él analizaban un poema de un tal Sandburg en que el poeta se preguntaba de qué se compone el hombre y acababa por concluir que el cuerpo del hombre contiene el fósforo para fabricar diez cajas de cerillas, suficiente hierro para forjar un clavo en el que colgarse y bastante agua para preparar diez litros de sopa de tripas...

El día siguiente a mi primer encuentro con el cadáver, cuando volví al parque a hacer mis ejercicios, descubrí que alguien se había tomado la molestia de cubrirlo con tierra, de manera que sobre el piso pavimentado, a un lado de los aparatos de gimnasia, se veía un pequeño montículo de tierra y piedras. Esa imagen me causó, sin estar muy consciente de la fuerza de su influjo, un desasosiego que me acompañó durante varias semanas: no sé por qué me atormentó tanto el pensamiento de que los miasmas del cadáver no se podrían filtrar al subsuelo con facilidad. Era previsible, además, que la montañita de tierra no evitaría la posterior pestilencia ni la visita de las moscas lustrosas.
Pasó una quincena de días. Antier llovió copiosamente, el agua erosionó el precario sepulcro y dejó al descubierto la cabeza del animal, cuyo hocico carecía, según me detuve a observar ayer en la mañana, de piel y pelos en la sección que más sobresalía de la tierra: una mandíbula de puro hueso que ostentaba un gesto demasiado fiero como para escrutarlo sin cierto espeluzno.
Hoy regresé al parque para tomar una fotografía de ese cráneo incómodo. Ya no estaba: había desaparecido por completo el cadáver. Lo más probable es que alguien lo exhumó. Las razones pueden ser oscuras o meridianas. Aun así, tomé una fotografía del lugar donde yacía el cadáver del gato. Me gustó porque sale mi sombra.
Aquí, junto a mi sombra, yacía el cadáver del gato

Ahora, en casa, frente a la pantalla de la computadora, escribo en el buscador de las imágenes de Google las palabras "cadáver de gato". Encuentro muchas fotografías. Copio la primera:



Tiene un parecido genérico –la semejanza que comparten los cuerpos descompuestos– con el gato muerto que ha formado parte de mi vida últimamente.