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martes, 25 de agosto de 2015

Estampas vasconcelianas tomadas de Ulises criollo


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Ufología

Uno de los pasajes más extraños de este libro es el titulado “¿Alucinación?”, donde Vasconcelos narra el avistamiento de unos objetos voladores no identificados sobre el cielo de Piedras Negras, Coahuila, a finales del siglo XIX: “los discos giraban, se hacían esferas de luz; se levantaban de la llanura y subían, se acercaban casi hasta el barandal en que nos apoyábamos”, dice el autor y evita, por prudencia, sacar una conclusión del fenómeno probablemente extraterrestre que vio de niño junto con su familia. ¿Qué se sabía acerca de la ufología en México en esos años? ¿Habrá alguna conexión entre este episodio y las peregrinas ideas expuestas en La raza cósmica?



El trabajo contra el espíritu

La mayor ambición de Vasconcelos fue convertirse en un gran filósofo. No lo logró porque sus especulaciones eran francamente abstrusas. Además, durante su juventud el trabajo que desempeñaba como abogado devoró gran parte de su tiempo: “Tener en la cabeza la ambición de escribir un ensayo sobre la manera como la voluntad de Schopenhauer se transforma en goce estético, y en las manos una pluma que copia cláusulas de una compraventa de inmuebles, constituye un suplicio tan refinado como agotador”. Conforme su experiencia laboral le granjeó empleos mejor pagados, se decía a sí mismo: “Vengan cinco años de tarea intensa, bien remunerada, y en seguida me retiro de los negocios para estudiar, para vivir”. Hacia 1910, con un despacho propio funcionando, comenzó a ganar mucho dinero, pero se quejaba con amargura de la imposibilidad de dedicarse a la meditación: “Poseía ahora muchos libros lujosamente empastados; pero se quedaban de adorno de la biblioteca, pues no tenía tiempo de hojearlos”. En esos años su situación económica fue inmejorable y muy probablemente se encontró a unos cuantos pasos de juntar el capital suficiente para retirarse a filosofar, sin embargo, los sucesos turbulentos del país, la campaña maderista, la organización del nuevo gobierno y finalmente el desastre propiciado por la Decena Trágica lo alejaron temporalmente de la filosofía y lo empujaron a la rebelión armada. Así fue como los escritos vasconcelianos tuvieron que esperar. La cervantina lucha entre las armas y las letras.


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Vasconcelos con libros

Qué hacer en caso de ser secuestrado por los apaches

En la actualidad hay dos pueblos que se llaman Sásabe. Uno en Sonora y otro en Arizona. Cuenta Vasconcelos que debido a que su padre trabajaba en el servicio de aduanas del gobierno porfirista, tuvieron que vivir, cuando él era muy pequeño, en el Sásabe original, diminuto enclave fronterizo perdido en el desierto de Sonora. Como en un filme western, el lugar era a menudo expoliado por los apaches, que después de consumar sus asaltos “mataban a los hombres, vejaban a las mujeres; a los niños pequeños los estrellaban contra el suelo y a los mayorcitos los reservaban para la guerra; los adiestraban y utilizaban como combatientes”. Por fortuna para la amenazada familia de Vasconcelos pero en perjuicio de la soberanía territorial mexicana, un día llegó al remoto poblado un grupo de soldados norteamericanos. Tenían instrucciones de desalojar a los mexicanos porque afirmaban que el Sásabe estaba en territorio gringo, lo cual evidentemente no era cierto. Por telégrafo, lo sasabeños se comunicaron a la ciudad de México para pedir auxilio y poder defenderse del despojo, pero la respuesta de las autoridades fue que tomaran sus cosas y que se fueran de ahí porque no podían hacer nada al respecto. Desde entonces hay dos Sásabes; el que se encuentra en Sonora es el nuevo, a donde llegaron los desplazados mexicanos. La familia de Vasconcelos tuvo que mudarse a Ciudad Juárez, un sitio a salvo de los ataques apaches y de las invasiones yanquis. De su fugaz época sasabeña el futuro Maestro de América recordó por siempre las escalofriantes advertencias de su madre: “Si llegan a venir [los apaches], no te preocupes: a nosotros nos matarán, pero a ti te vestirán de gamuza y plumas, te darán tu caballo, te enseñarán a pelear, y un día podrás liberarte”.



En la advertencia al lector que se encuentra al comienzo del libro (a propósito del criollismo vasconceliano)

“El calificativo criollo lo elegí –dice Vasconcelos– como símbolo del ideal vencido en nuestra patria […] El criollismo, o sea la cultura de tipo hispánico, en el fervor de su pelea desigual contra un indigenismo falsificado y un sajonismo que se disfraza con el colorete de la civilización más deficiente que conoce la historia; tales son los elementos que han librado combate en el alma de este Ulises criollo, lo mismo que en la de cada uno de sus compatriotas”. Vasconcelos creía que la verdadera y única civilización que valía la pena en México e Iberoamérica era la que se heredó de los españoles. Tanto la realidad indígena como la influencia norteamericana le parecían perniciosas (véase el relato del Sásabe, donde tanto los apaches como los yanquis atacan a los criollos). Estar al tanto de esa concepción es fundamental para entender las posturas políticas e ideológicas que el Maestro sostuvo y radicalizó a lo largo de su vida llegando a incurrir, en sus últimos años, en excesos de discriminación racial y flirteos con la dictadura franquista de España.



Onanismo de pubertad

Cuando Vasconcelos terminó la primaria, su familia decidió mudarse de Piedras Negras a una ciudad donde hubiera una mejor escuela para José, que pasaba a la secundaria. El destino fue Campeche, donde también había una aduana para que trabajara el padre. Ahí el despertar hormonal, quizá agudizado por el calor extremo y el ambiente tropical, se manifestó en las autoexploraciones naturales que, debido a la educación extremadamente católica que su madre le inculcaba, no tardaron en causar culpas al adolescente Vasconcelos. Para expiar sus pecados onanistas, optó por la penitencia corporal: “cuando en las noches me despertaba un deseo violento, me pinchaba las carnes con un alfiler que previamente ocultaba en la hamaca y combatía desesperadamente las imágenes de la tentación”. Pero el deseo y la carne siempre son más fuertes: “Otras veces, por supuesto, me vencía la naturaleza y me daba a ella con cinismo desconsolado”. Este episodio es significativo porque anuncia lo que fue una constante en el resto de la biografía vasconceliana: la decisión culposa pero firme de no privarse nunca del placer sexual, el impulso que cae continuamente en la salacidad aunque para ello tenga que cebarse, como después se verá, en el consumo de la prostitución.
Vasconcelos adolescente



La temprana certidumbre de grandeza

Leo este libro y no puedo evitar el pensamiento de que para mí la vida siempre ha sido confusa. El futuro se me presenta como una boca oscura e incierta. Nunca he podido ostentar una voluntad acerada y jamás enorgullecí a mis padres con comentarios de vocaciones agraces. Mi caso es opuesto al de Vasconcelos, que en Ulises criollo afirma haber tenido desde siempre una conciencia clara del destino de grandeza que estaba llamado a cumplir aun a pesar de las asechanzas del entorno. Lo suyo era un jansenismo sui generis: se consideraba predestinado, por efecto de una gracia trascendental y no siempre de filiación católica, a luchar por la consecución de fines excelsos. Para él, la vida era un enigma sólo en el sentido de que le proporcionaba los detalles circunstanciales en que su sino inalterablemente preclaro se desarrollaría: “del porvenir yo poseía ya algunas certidumbres… La vida mía no iba a ser cosa corriente. Una serie de alternativas magníficas se agitaban en mis presentimientos…”, dice el niño José cuando tenía diez años o menos. A esa edad le resultaba indiferente convertirse en mártir, santo, presidente, militar, filósofo o profeta; lo único que le importaba era la magnificencia, la dignidad mayestática con enfrentaría sus circunstancias. Y a la larga tuvo razón: nadie que se acerque a conocer su vida –no sólo su autobiografía íntima ni sus escritos, sino también los datos históricos de sus acciones políticas y educativas que ejercieron una influencia determinante en la vida nacional– negará la grandeza de este hombre a quien, según Jorge Cuesta, “tiene que calificarse de extraordinario”.

La mirada de Vasconcelos



Las prostitutas I

Vasconcelos conoció la prostitución en su vida de estudiante preparatoriano, en la ciudad de México, después de la muerte de su madre, cuando por tristeza y desconsuelo se apartó del dogma católico y su proscripción de la lujuria. En esa época estudiantil combinaba el estudio, el alcohol, la compañía de los condiscípulos y lo que él llamaba “el amor callejero” o los “pequeños excesos sexuales mercenarios”, que practicaba, según sus palabras, “hasta el límite de mis recursos monetarios”. En esos tiempos su economía era la siguiente: “Por dieciocho pesos, de los treinta de mi pensión, aseguré alimentos y una alcoba grande con balcón a la calle, compartida con dos camaradas, desconocidos. Con los doce pesos restantes había para baños y barbería, toros y aventuras”. Obviamente, su presupuesto y el de sus amigos alcanzaba sólo para prostitutas baratas, quizá feas o viejas: “la sed de mujer, y mujer hermosa, se aplazaba constantemente. Y nuestro amor, entretanto, se envilecía en los rápidos, nauseabundos encuentros callejeros que entristecen y debilitan”. Cuando por fin consiguió su primer empleo como amanuense en el despacho de un tal Jesús Uriarte, pudo acceder, gracias al frugal sueldo que recibía, a mejores lupanares: “Con qué fruición apañaba los billetitos de cinco pesos, sésamo de los paraísos mahometanos del barrio del Salto del Agua y Regina. Patio de ladrillos flamantes y plantas, luces eléctricas, trinos de voces alegres. En el salón alfombrado, multiplicándose en los espejos del muro, danzan al son de un piano veinte o treinta mujeres desenvueltas, morenas o rubias, gordas, delgadas, todas limpias, bien olientes, acogedoras, fogosas. Bastaba franquear el umbral, y sin siquiera quitarse el sombrero, con sólo extender los brazos, caía en ellos un tesoro palpitante y elástico […] Y luego, nada de compromisos, nada de promesas, nada de celos. Únicamente amistad y regocijo”. Como a partir de ese momento a Vasconcelos no le faltó trabajo ni dinero, pudo dedicarse a visitar sin escrúpulos monetarios la mayor cantidad de prostíbulos que pudo, desde los neoyorquinos hasta los habaneros.



La escritura

Desde su más tierna infancia, Vasconcelos, impulsado por su madre, fue un lector precoz. Sin embargo, la escritura siempre se le dificultó. Cuando con su familia se trasladó de Piedras Negras hacia Campeche, el viaje en tren le fascinó tanto al pequeño José, que en ese momento quiso, sin conseguirlo, escribir sus impresiones: “me estorbaban los adjetivos –confiesa–. El caso es que mi ensayo me dejaba triste. No correspondía al intenso vivir”. Ese desencanto de la escritura se repitió muchas veces en su vida. En la universidad, las veleidades filosóficas lo empujaban a plasmar en textos sus especulaciones, pero de nuevo se sentía imposibilitado: “Ensayaba escribir; pero apenas traducía mi pensamiento en signos, las ideas perdían toda su profundidad; lo escrito me desencantaba, me irritaba como una traición a mi esencia singularmente valiosa”. Cuando formó parte del legendario Ateneo de la Juventud, su dificultad para redactar se hizo más evidente debido a la comparación inevitable con el talento literario de Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña y Antonio Caso. A partir de ese momento, Vasconcelos comenzó una extraña y despechada militancia en contra de la escritura estilizada: “me era antipático que el gran pensamiento tuviese que estar atento a reglas de prosodia. Lo que para mí era el pensamiento no me llegaba por imagen ni por fórmulas, sino por ondas y melodías”. Esa desproporcionada ambición intelectual, aunada a su desprecio por el estilo literario (“la literatura siempre degrada sus modelos”, decía), fue la responsable de que sus textos filosóficos resultaran infumables, “casi ilegibles”, en opinión de Jorge Cuesta. Al respecto, en su ensayo “Nuestro Ulises” Sergio Pitol da noticia de una carta que Alfonso Reyes, con tono amigable, le escribió a Vasconcelos en 1921: “Debo hacerte dos advertencias que mi experiencia de lector me dicta –le decía Reyes–: primera, procura ser más claro en la definición de tus ideas filosóficas […] Ponte por encima de ti mismo: léete objetivamente, no te dejes arrastrar ni envolver por el curso de tus sentimientos […] segunda, pon en orden sucesivo tus ideas […] Hay párrafos tuyos que son confusos a fuerza de tratar cosas totalmente distintas, y que ni siquiera parecen estar escritos en serio. Uno es el orden vital de las ideas, el orden en que ellas se engendran en cada mente (y ése sólo le interesa al psicólogo para sus experiencias), y otro el orden literario de las ideas: el que debe usarse, como un lenguaje o común denominador, cuando lo que queremos es comunicarlas a los demás”. Comenta Pitol que a raíz de esa carta, la correspondencia entre Reyes y Vasconcelos se enfrió “hasta reducirse por muchos años a un intercambio de tarjetas formalmente amistosas”. Y es que el Maestro de América, con la soberbia que lo caracterizaba (“antes que la lujuria conocí la soberbia”, confesaba), nunca aceptó las críticas que sus escritos filosóficos despertaban. Se regodeaba en su redacción confusa, abstrusa.

 Por todo lo anterior, sorprende lo perfectamente bien redactado que está Ulises criollo, modelo de escritura atemperada y enérgica al mismo tiempo. Su prosa diáfana y vigorosa contradice los tropiezos mencionados. En sus páginas la claridad expositiva se mezcla armoniosamente con la belleza sensual y diríase dionisiaca de muchos fragmentos. Ya lo dijo Pitol: “Vasconcelos, en sus mejores momentos, es un escritor de los sentidos. Su voluptuosidad penetra el lenguaje”. El lector puede reconocer los episodios que fueron más significativos en la vida del autor (la muerte de su madre, la visita a la ciudad de Oaxaca, donde a cada paso reconocía las huellas de sus antepasados, el amor desbordado que sintió por Adriana, el asesinato brutal de Francisco y Gustavo Madero…) porque consecuentemente despliegan una mayor energía verbal que el resto del texto. En este sentido, lo que más llama la atención de esta obra es la capacidad de comunicar estados de ánimo mediante una prosa serena. Hay fragmentos que erizan la piel, provocan el llanto, subliman por la belleza de los paisajes descritos y dejan un resabio de bilis cuando Vasconcelos narra sucesos amargos. Aquí la nota dominante es la emoción, pero una emoción que por primera vez supo poner en orden el autor, a diferencia de sus trabucados escritos filosóficos. Quizá en eso radica la grandeza del libro: sólo en sus páginas el corazón magnánimo y complejo de Vasconcelos se mostró legible, lo cual en sí es un verdadero milagro literario.



Las prostitutas II

Quizá el libro de memorias sexuales más explícito y sabroso de la literatura mexicana del siglo XX sea La estatua de sal, de Salvador Novo, sin embargo, Ulises criollo no se queda muy atrás. Ahí Vasconcelos se muestra firmemente empeñado en hacer el recuento de los coitos que tuvo desde que comenzó su vida sexual hasta 1912. En dicho recuento sobresalen las experiencias con prostitutas. A continuación describo algunas que lector puede hallar en las páginas de este libro:

Después de trabajar como amanuense en el despacho de Jesús Uriarte, donde ganaba el dinero suficiente para poder franquear las puertas de “los paraísos mahometanos del barrio del Salto del Agua y Regina” de la ciudad de México, Vasconcelos consiguió un mejor empleo en Durango. Antes de marcharse, decidió despedirse de la capital cumpliendo unos antojos largamente aplazados que “consistían en una rubia fastuosa llamada Estrella y una mazatleca elástica y morena llamada Laura, ambas famosas en ciertos centros…”. Ya en Durango, se metió con alguna de las prostitutas que llegaban de Torreón, ciudad en la que “el auge algodonero fomentaba un derroche imbécil y fácil de explotar por el profesionalismo galante”. Tiempo después, cuando durante la campaña antirreeleccionista Francisco I. Madero cayó preso en San Luis Potosí y varios conjurados maderistas fueron perseguidos por las autoridades federales, Vasconcelos tuvo que huir del país. Su destino fue Nueva York, donde en Broadway tuvo varios encuentros sexuales. El primero fue con una mujer que tras de decirle que era húngara, “sólo habló para cobrar”. De regreso a México tomó un barco que hizo escala en la Habana. Ahí pasó “la tarde y parte de la noche” en un barrio galante donde disfrutó de una bella mujer de “sólidos senos, cintura flexible, labios deliciosos y una voz de acento antillano que mete por los oídos su música fresca”. Cuenta Vasconcelos que después de salir del barrio rojo de la Habana, las ganas se apoderaron otra vez de él y, pese a su dinero ya mermado, regresó a buscar a la misma prostituta, con quien “terminó la noche en delirio”. Para ese entonces el futuro Maestro de América ya estaba casado y tenía un hijo, pero su matrimonio jamás detuvo la constante búsqueda de mujeres. Fue el flechazo cautivador que Adriana, su amante adúltera y gran amor, le clavó en el corazón el que desvaneció, al menos temporalmente, la necesidad de visitar prostitutas.



La tentación de Cronos

Vasconcelos se casó sin estar enamorado, por inercia y arrastrado por fuerzas minúsculas y estúpidas. En el fondo, detestaba ese compromiso, pero no opuso resistencia y llegó al altar: “Quizá era toda mi vocación la que traicionaba, contrayendo compromisos incompatibles con mi verdadera naturaleza de eremita y combatiente. Sin duda, de aquella contradicción deriva la mitad del fracaso de toda mi carrera posterior”, escribió con acritud. Y es que desde recién casado su esposa lo irritaba: “pequeñas rivalidades, oposiciones y diferencias de criterio y de gusto iban amargando la vida en común”. Sin embargo, nunca se divorció y, por el contrario, tuvo hijos. Cosa extrañísima es el relato del nacimiento de su primogénito. Mientras su esposa paría en un cuarto contiguo de su casa, Vasconcelos sintió, por inexplicable que parezca, unos impulsos irrefrenables de escribir un artículo sobre Amalia Molina, cantadora andaluza que por esas fechas se presentaba en los escenarios mexicanos: “no sé qué extraña emoción ligaba dentro de mí la aparición de una nueva vida con las saetas de Molina en honor a la Macarena. Lo cierto es que al escribir aquel ditirambo me aliviaba del drama que acababa de ocurrir”. Pero lo verdaderamente raro y perturbador del episodio no es eso sino la idea homicida que cruzó, como un relámpago diabólico, por la mente del Maestro: “mientras escuchaba los lamentos de la pavorosa crisis fisiológica, un demonio me habló en lo íntimo: ´Pudiera depender de tu voluntad –me decía–; basta con que lo pienses; piénsalo y decide: están pendientes del hilo de la fortuna dos vidas; si piensas aniquilarlas serás libre y evitarás que uno de tu sangre vuelva a padecer la prueba; ahora bien: si no te atreves, deja de pensar o pide que vivan y todo resultará normal…´ Alucinado, permanecí perplejo igual que si rechazase una tentación”. Hoy me pregunto qué habría pasado si Vasconcelos hubiera hecho caso al impulso demente de asesinar a su hijo recién nacido y a su esposa. Quizá hubiera sido atrapado, juzgado y encarcelado, por lo cual su participación en la Revolución y su desempeño ejemplar y glorioso como secretario de educación pública no habrían ocurrido. Tampoco hubiera escrito Ulises criollo. Tal vez, lo cual es una posibilidad fascinante, hubiera redactado otro libro: las confesiones de un asesino atormentado, genial y oscuro. Quizá en la cárcel hubiera podido realizar por fin su “verdadera naturaleza de eremita”. Quizá la UNAM, tal como la conocemos, no existiría, habría menos bibliotecas y, por consiguiente, este país sería peor de lo que ya es.

Hector Vasconcelos, hijo del Maestro: evidentemente no es el primogénito,


Quetzalcóatl sacrificado

Para Vasconcelos, Francisco I. Madero encarnaba la civilización, el futuro y el civismo. Todo lo contrario al anquilosado régimen porfirista y a la barbarie de los posteriores caudillos revolucionarios. A menudo decía, como metáfora, que Madero era el Quetzalcóatl (dios salvador, mesías luminoso) que había venido a destronar a Huitzilopochtli (dios de la guerra, sustrato azteca que amenazaba con anegar de sangre la realidad política mexicana). Todos los pasajes de Ulises criollo donde se habla del llamado Apóstol de la democracia son hiperbólicos, demasiado sentimentales, casi hagiográficos (“no acabaría de contar las pruebas de grandeza moral que don Francisco nos daba”, dice Vasconcelos). Tanto se esforzó en hacer patente la cualidad excepcional y benévola de Madero, que en ocasiones uno tiene la impresión de que ese personaje era más bien ingenuo. Llaman la atención las numerosas intrigas y traiciones que se gestaban en el seno del gabinete presidencial sin que don Francisco fuera capaz de impedirlas. Torvos individuos fraguaban su asesinato delante de él sin encontrar impedimentos a sus fechorías. Madero perdonaba y dejaba libres a los que intentaban aniquilarlo. Sea como haya sido en realidad (Ulises criollo no es un libro de historia sino una autobiografía novelada), el relato vasconceliano da, por el ahínco con que desea mostrar una imagen impoluta de Madero, la impresión de que se trataba de un Quetzalcóatl petrificado en el templo de su pureza, cegado por su propia aura luminosa mientras a unos cuantos metros de él los esbirros de Huitzilopochtli destruían a la nación y preparaban el cadalso de su sacrificio.
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Quetzalcóatl



El principio del fin

Ulises criollo culmina con el asesinato de Madero. El libro es la primera parte de las Memorias de Vasconcelos. En los siguientes tomos autobiográficos, el Maestro de América, motivado por su fracaso como candidato presidencial en 1929, se dedica a denunciar la podredumbre de la política mexicana. Lanza dicterios a diestra y siniestra. Estaba convencido de que los gobiernos posrevolucionarios encabezados por Plutarco Elías Calles (cabeza del posterior sistema priista) traicionaron sin excepción los ideales de Madero. Para él, México se había convertido en una nación insalvable, plagada de asesinos y corruptos. Si viera lo que sucede en la actualidad (estudiantes desaparecidos, periodistas asesinados, infames reformas educativas…), no podría sino confirmar su diagnóstico de que el dios Huitzilopochtli, después de haber inmolado a Quetzalcóatl, reinaría sin interrupción sobre este territorio de ruinas.

  

martes, 20 de enero de 2015

Hacer caso a lo que veo

Caminar y hablar de las cosas que uno encuentra abandonadas en la calle.
        Es rarísimo hallar dinero tirado. La basura es lo más común: envolturas de comida chatarra, latas, botes de plástico, papeles sucios, periódicos viejos, huesos de elote con un palito ensartado. Ya he escrito sobre la perturbadora cantidad de animales muertos que uno puede ver en la vía pública (pulse aquí y aquí si quiere leer al respecto).
        De vez en cuando, se puede ver algún mueble, una televisión, sillones. También libros, zapatos, comida, objetos de todo tipo, generalmente rotos, despostillados y en una etapa de su existencia en la que se han vuelto inservibles para lo que fueron creados. Sin embargo, la utilidad de lo que yace despreciado en la calle sorprende por el dispendio y la arrogancia de quienes lo desecharon.
        Es hermoso y poco común descubrir algo nuevo y lustroso que podemos estrenar.
        La mierda, por supuesto, ocupa un lugar especial, si no es que el primero en la lista de las cosas tiradas por los caminos de la ciudad.
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Una pelota rosa de plástico y un frasco de pintura color verde marca Vinci, a poca distancia uno del otro, yacen en un parque cualquiera de la Ciudad de México

En el cruce del Paseo de la Reforma y el Eje 1 norte, a unos cuantos pasos de la estación Garibaldi del metro, se encontraba ayer una camisa negra de rayas

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Después de una noche lluviosa y conversadora durante la que juré ante mi primo no volver a comprar un paquete completo de cigarrillos, el sol matinal caía con vitalidad sobre la banqueta húmeda del edificio donde vivo. Yo caminaba con mi perro en nuestro paseo consuetudinario y de pronto vi una cajetilla de tabaco que, lustrosa y geométrica, yacía en el suelo ostentando la llamativa tipografía de su marca comercial.
Con un puntapié escrutador, comprobé que estaba sellada. Rápidamente la guardé en mi pantalón. De inmediato supe que, al escuchar lo sucedido, mi primo no lo creería. Diría que soy un fingidor que urde mentiras para justificar ese tabaquismo que terminará por conducirme, después de un lapso no muy prolongado, a la muerte y al horno funerario, de donde mi cuerpo saldrá convertido en algo repugnante y parecido a lo que contienen los numerosos ceniceros que suelo rebozar por todos los rincones del departamento.

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En su novela Ciudad de cristal, Paul Auster cuenta cómo el escritor Daniel Quinn, en un demencial periplo donde la ficción se confunde con la realidad, se convierte de un día para otro en un detective privado. Su misión es vigilar a Peter Stillman, así que Quinn lo espía en sus extrañas caminatas diarias:

Lo que Stillman hacía en aquellos paseos continuaba siendo una especie de misterio para Quinn. Naturalmente, veía con sus propios ojos lo que sucedía, y lo anotaba todo cuidadosamente en su cuaderno rojo. […]
Mientras caminaba, Stillman no levantaba la vista. Mantenía los ojos siempre fijos en la acera, como si estuviera buscando algo. De hecho, de vez en cuando se agachaba, recogía algún objeto del suelo y lo examinaba atentamente, dándole vueltas y vueltas en la mano. A Quinn le hacía pensar en un arqueólogo inspeccionando un fragmento de una ruina prehistórica. En ocasiones, después de estudiar así un objeto, Stillman lo tiraba a la acera. Pero generalmente abría su bolsa y guardaba en ella el objeto cuidadosamente. Luego, metiendo la mano en uno de los bolsillos de su abrigo, sacaba un cuaderno rojo ­­–parecido al de Quinn pero más pequeño– y escribía en él con gran concentración durante un minuto o dos. […]
Según Quinn podía ver, los objetos que Stillman recogía carecían de valor. Parecían ser solamente cosas rotas, desechadas, trastos viejos. A lo largo de los días Quinn anotó un paraguas plegable despojado de la tela, la cabeza de una muñeca de goma, un guante negro, el casquillo de una bombilla rota, varios ejemplares de papel impreso (revistas empapadas, periódicos hechos pedazos), una fotografía rasgada, piezas de maquinaria y diversos desechos que no pudo identificar. El hecho de que Stillman se tomara tan en serio esta recogida de basura intrigaba a Quinn, pero no podía hacer otra cosa que observar, anotar en el cuaderno rojo lo que veía y quedarse estúpidamente en la superficie de las cosas. Al mismo tiempo le complacía saber que también Stillman tenía un cuaderno rojo, como si eso creara un vínculo secreto entre ellos. Quinn sospechaba que el cuaderno rojo de Stillman contenía respuestas a las preguntas que se habían ido acumulando en su cabeza, y empezó a planear diversas estratagemas para robárselo al viejo. Pero aún no había llegado el momento de dar ese paso.

***

Yo no tengo un cuaderno rojo, pero sí uno negro, lo cual me complace porque me lleva a pensar que quizás exista un vínculo que me une con Daniel Quinn y, sobre todo, con Peter Stillman, pues mi cuaderno negro cumple la misma función que la bolsa donde él guardaba los objetos que encontraba en la calle.

           Mi cuaderno negro es un álbum donde pego papeles, trozos de publicidad, boletos viejos y demás basura que encuentro. Es la bitácora caótica de mis movimientos, el revés de mi diario íntimo, la costura de mi autobiografía, el electrocardiograma de mi bote de basura, mi pasatiempo favorito, la estrategia más eficaz para limpiar mi escritorio, una vía para el autoconocimiento, un autorretrato abstracto, un libro de artista. 








 ***

Paul Auster continúa:
Aparte de recoger objetos en la calle, Stillman no parecía hacer nada. De vez en cuando se detenía en alguna parte para comer. […] La mayoría de los días pasaba por lo menos varias horas en Riverside Park, paseando metódicamente por los caminos asfaltados o abriéndose paso por entre los arbustos con un palo. Su búsqueda de objetos no cesaba entre el follaje. Piedras, hojas y ramitas acababan en su bolsa.

Y luego mi parte favorita:
Una vez, observó Quinn, incluso se agachó para recoger un cagallón seco de perro, lo olfateó cuidadosamente y se lo guardó.
***

La mierda fresca de perro es caliente como la de todos los animales. Viene del interior del cuerpo, donde se mantiene una temperatura superior a la de la piel. En eso pienso mientras, con una bolsa de plástico a manera de guante, recojo la deyección de mi mascota. Entonces, acompañado de un escalofrío profundo, llega el recuerdo de las veces en que me ha cagado alguna ave: sobre mi brazo cae y resbala esa caca tibia y blanca, veteada de verde, muy parecida al material que el pintor extrae de los tubos de acrílico y, con el pincel, se dispone a desparramar en el lienzo para crear un bodegón:  mesa con mantel, utensilios diversos de cocina, recipientes con frutas y, en el centro, asediado por las moscas, un plato que contiene eso que es la imagen futura de todo lo que masticamos y deglutimos. La excelencia del pintor logra transmitir un efecto de calidez semejante al de la hedionda realidad. La obra es tan perfecta que se diría que apesta.
Bodegón #1
Acrílico y mierda de ave sobre tela

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 Me gustaría tocar la mierda de los reptiles. Tal vez sea fría, igual que su sangre.

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Si yo fuera una mierda callejera, me gustaría participar en los corros de las que se divierten embarrando zapatos.

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Fécula de arroz con agua… Sé que es un asunto muy vulgar
y que todos se disgustarán porque lo menciono. Pero lo hago
igual, de hecho me siento con libertad de incluir todo, incluso las tenazas
de despedida de las almas. Después de todo, estos objetos existen
 en nuestro mundo y todos los conocen. Admito que no figurarían
en una lista que otros puedan ver. Pero nunca pensé que estas  
notas serían leídas por nadie salvo yo misma, y por eso incluí todo lo que
se me ocurrió, por extraño o desagradable que fuera.

Sei Shônagon, El libro de la almohada, fragmento 92

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Es sumamente molesto que las suelas de los zapatos guarden la mierda que pisamos días atrás, sobre todo si tenemos la mala costumbre de acostarnos en la cama con los zapatos puestos.

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Mi prima C., que vive cerca de mi casa, me habló hace unos días para decirme que se iría de viaje el fin de semana, y que necesitaba saber si le podía hacer el favor de sacar a defecar a Fantom, su pequeño perro anciano. Le dije que sí, que no tenía ningún inconveniente. Cuando llegué a su departamento, vi un sobre con mi nombre encima de la mesa. Adentro había un billete de quinientos pesos y una nota de agradecimiento. Me pareció que el pago por mi favor era excesivo. En ese momento dejó de ser un favor y se convirtió en un trabajo remunerado. Ese mismo día me gasté el dinero en libros y cerveza. ¿Debería incluir esa actividad en mi lista de trabajos raros?


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Prima, te dedico este texto en agradecimiento por tu generosidad.

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Las heces de Fantom son pequeñísimas si las comparo con las de Bolillo, mi perro bulldog inglés. Parecen unas diminutas crayolas color café.

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Siempre me ha parecido estúpido recoger mierda y guardarla en bolsitas de plástico.

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Recuerdo el fragmento de un capítulo de Seinfeld: Jerry cuenta un chiste en el que los extraterrestres espían lo que sucede en el planeta Tierra, ven cómo algunas naciones someten a otras, cómo se ejerce el poder en este mundo. Entonces se preguntan quién es aquí el gran jefe. De pronto, observan las calles de Nueva York y descubren algo impensable y quizás humillante: los hombres sacan a pasear a las mascotas y se agachan para recoger con las manos sus heces, como si fueran esclavos. Los extraterrestres descubren cuál especie animal es la que domina el mundo…

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 Con frecuencia me viene a la mente esa tarde cuando, después de haber defecado en el baño de mi casa, salí a caminar por el sendero arbolado que conduce al hogar de quien era mi novia. El cielo se veía luminoso; el sol, oblicuo pero no invernal: lo que suele llamarse una hermosa tarde de estío. Recuerdo que mantuve en mi cuerpo largo tiempo la sensación de haber vaciado los intestinos y que por eso –más que por el inmejorable clima– me sentí lleno de vida.

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¿Las heces sufren también esa amenaza interior, vaga e incomprensible que nosotros llamamos “ansiedad”?

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En el trasfondo de toda fe, religiosa o política, está el primer capítulo del Génesis, del que se desprende que el mundo fue creado correctamente, que el ser humano es bueno y que, por lo tanto, es correcto multiplicarse. A esta fe la denominamos acuerdo categórico con el ser.
        Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros con puntos suspensivos, no era por motivos  morales. ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral!El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del váter!), o hemos sido creados de un modo inaceptable.
          De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch.
         Es una palabra alemana que nació a mediados del siglo xix y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.
Milan Kundera, La insoportable levedad del ser, sexta parte

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El kitsch es, según Jean-Yves Jouannais, “la invención, carente de originalidad por definición, del lugar común más corriente posible –el arte de la felicidad para uso de una amplia mayoría.” (Artistas sin obra, p. 122 de la edición de Acantildo).

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 Hay ciertas mierdas callejeras –las he examinado muy bien– cuya autoestima es bajísima, literalmente está por los suelos. Se nota que viven atormentadas por la humillación excesiva que infligen los peatones.

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"Hubo un tiempo, un tiempo prolongado, en el cual los hombres y las mujeres no dejaban sobre la tierra más que excrementos, gas carbónico, un poco de agua, algunas imágenes y las huellas de sus pies."  (Las sombras errantes, Pascal Quignard, p. 76 de la edición de La cifra).

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Bajo la manta de lo cotidiano luchan, como dos pequeños monstruos, la salvación y la perdición de la existencia.