Mostrando entradas con la etiqueta México. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta México. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de septiembre de 2018

Viaje al Monumento del Drenaje Profundo



Las cabezas son cascos de samurái; los cuerpos, torres de cemento de diferentes alturas. La más alta mide 30 metros y la más baja 18.   



(Enero 2018)
Estoy en la colonia Solidaridad Nacional, delegación Gustavo A. Madero, a unos cuantos pasos de la serpenteante frontera con el Estado de México. Acabo de ver a un perro callejero devorar las tripas rojas de un gato reventado y luego mirarme con ojos de animal zombi. Vi también, cuando me bajé del camión que tomé en el paradero Indios Verdes, a un grupo de hombres aceitosos que, en el patio de un taller mecánico, se abismaban dentro de unos tableros de ajedrez. Y a dos niñas con uniformes de secundaria que jugaban a enseñarse los calzones en el reflejo de un charco gris.
            Una precisión: no estoy solo; el Shaggy me acompaña. Lo encontré tirado en el piso de la estación del metro La Raza, comiéndose una mandarina. Hacía dos años que no nos veíamos y nos abrazamos con gusto. Él esperaba a un conocido suyo que le entregaría un fanzine anarquista: pero me pasa siempre lo mismo, lo espero y nunca llega, me dijo. Yo le comenté que iba en busca del Monumento al Drenaje Profundo y él, sin pensarlo dos veces, decidió acompañarme.
Shaggy me cae bien porque no es ningún tonto; sabe, por ejemplo, quién fue Nicolae Ceaușescu, y eso es más que suficiente para ser un buen compañero de viaje en esta ocasión. Pero él y yo no sólo hablamos del político rumano y su intrincada relación con el Drenaje Profundo de la Ciudad de México (tema que hoy me obsesiona), ni de monumentos olvidados, ni de Boris Groys –a quien a quien menciono varias veces para explicar el proyecto que quiero realizar. También platicamos de la tristeza, de la falta de ternura en nuestras vidas, de la arenisca que se acumula en las pegajosas esquinas del alma: soy una calaca y se me mete el smog de la melancolía en los huesos porque no tengo médula, le confieso en una pausa del metro. 
En Indios Verdes, después de perdernos un rato entre filas de combis, vapores de tacos y puestos de fayuca electrónica, abordamos la ruta 68, unos camiones amarillos y grandes con rótulos que dicen “Reclusorio Norte” y que cuestan siete pesos. El chofer arrancó cuando ya no cabía una persona más.
Traqueteando, pasamos frente al campus Ticomán del IPN, donde las rejas guindas separan la calle de los oasis de pastos verdes. Después el camión se internó en barrios quebrados y sucios, cruzó el río de los Remedios (un cauce de gelatina color cemento) y siguió por colonias donde la gente detesta a los vegetales, a juzgar por la falta de árboles y jardines.
Las instrucciones para llegar a nuestro destino decían que debíamos descender en el crucero de Chalma, pero ni Shaggy ni yo sabíamos dónde quedaba eso, así que le pregunté a una muchacha de lentes. Vamos al Cetis No. 7, precisé. Faltan cuatro minutos, respondió ella como si estuviéramos en un tren alemán. Bájense en la esquina, agregó después con precisión sorprendente, mientras el estéreo del chofer hacía sonar una cumbia de rima fácil: “Ven, acércate a mí, que yo me muero por ti”.
Pero no se vayan caminando, hace mucho sol, mejor tomen el camión que va a metro Politécnico, insistió, con voz angustiada, lo cual nos pareció enigmático, pues ni el sol estaba fuerte ni era necesario abordar otro transporte: el Monumento al Drenaje Profundo se veía, titánico, a no más de doscientos metros del crucero de Chalma. Pensé dos cosas: o ella deseaba protegernos maternalmente de la insolación, o su advertencia tenía un significado oculto. Algo así como: si se van a pie los van a apuñalar.
No hicimos caso y caminamos por la avenida Benito Juárez (frontera entre la Ciudad y el Estado), donde encontramos al perro zombi. En la calle Luis Espinosa (llamada así en homenaje al ingeniero mexicano que durante los siglos XIX y XX dirigió los trabajos del desagüe del Valle de México), giramos a la izquierda y llegamos a este lugar, donde el Monumento del Drenaje Profundo asoma su gigantismo detrás de los muros del Cetis.
Permanecemos un rato en silencio, observando la ilógica estructura: si estuviera en el espacio escultórico de la UNAM, o en algún lugar parecido al de las Torres de Satélite, no se vería tan extraña, tan fuera de sitio. En cambio aquí, en una zona olvidada por los urbanistas, donde la gente apenas tiene agua potable, entre calles estrechas, encerrada tras las bardas de un bachillerato técnico de baja estofa, resulta un cultismo sofisticado y mamón dentro del sintagma elemental y burdo de la periferia. Pero así es esta ciudad. Aquí los panzones grasosos juegan ajedrez como sultanes árabes y las niñas se erotizan en espejos de agua sucia. Aquí estuvo Nicolae Ceaușescu, le digo a Shaggy.
Pasa una patrulla, dos autobuses y varios peatones. Entonces aprieto el botón de la turbina que llevo en la mochila y vuelo hacia la parte más alta de las torres de concreto del monumento: 30 metros sobre el piso. Encima de las torres, veo las cimbras, hechas del mismo material con que se construyeron los túneles del drenaje. Ahí viven las palomas, que se espantan al verme, ahí crece el musgo y se encuentra un inesperado balón de fútbol ponchado que algún estudiante pateó hasta acá. Vuelo más alto. Pierdo de vista a Shaggy. Examino las nubes, olfateo el smog. Tan arriba me encuentro que comienzo a ver todo no como una toma satelital de Google Maps sino como un mapa dibujado con tinta negra. Me divierto imaginando que realizo un test de Rorschach. ¿Qué formas identifica usted en los límites políticos de la CDMX? Hace un momento estaba parado donde la figura de la capital levanta hacia el norte un inesperado cuernito, o donde la silueta de la pera chilanga tiene su trozo de rama, o donde el corazón infartado de la urbe yergue un pedazo de aorta rota, respondo.
Sigo elevándome. Tanto que inicio un viaje en el tiempo. Hacia el pasado. Maniobro con precaución mi aeromochila, regulo la velocidad de la turbina para aterrizar exactamente el 9 de junio de 1975 a las 10:10 horas en la base del monumento. Lo consigo.
Es una mañana hermosa y fresca de primavera.
El Cetis aún no existe y el cerro de enfrente, verde por las lluvias, todavía no ostenta la falda de casas grises que lo vestirá en el año 2017. Tampoco hay bardas. En este terreno sólo se ven, armónicos, el monumento sobre una base circular de concreto, un área de césped, el museo semicircular de las obras hidráulicas dedicado a la memoria de los trabajadores que perdieron su vida durante la construcción, y un evento multitudinario a punto de comenzar, algo parecido a un mitin político. Pancartas de apoyo al PRI, gente sentada y de pie, flores, banderas tricolores, ingenieros, obreros, policías secretos, periodistas. Al frente, un podio, una mesa larga cubierta con mantel rojo y varios funcionarios públicos a los que se les empiezan a calentar las cabezas por el sol. En medio distingo a Luis Echeverría –traje gris claro, lentes, calvicie bruñida, cuerpo rígido– y, a la izquierda, a su homólogo, el conducător Nicolae Ceaușescu, presidente de la República Socialista de Rumania. Se encuentra de visita oficial en México; sonriente y silencioso, cumple su papel de padrino extranjero del Sistema de Drenaje Profundo del Distrito Federal, obra que el gobierno mexicano inaugura con la esperanza de desalojar las aguas negras y fluviales de la Cuenca del Valle de México y dar fin a la obsesión que desvela a la ciudad desde los tiempos de Tenochtitlan: el pánico a hundirse en el lodo.
Porque cada urbe tiene sus pesadillas (¿cuál será la de Bucarest?), sus terrores íntimos, y la Ciudad de México le teme, más que a los terremotos, al fango. Su historia se define como una lucha contra la imagen de sí misma hundiéndose en el caldo lodoso de la inexistencia, en su propia diarrea disolvente: las chinampas, los albarradones de Nezahualcóyotl, los desesperados desagües novohispanos, las inundaciones de la capital independiente, los faraónicos canales y túneles de Porfirio Díaz, los edificios succionados por el flan del tepetate, el Drenaje Profundo. Imagen de pesadilla que, tal vez, constituya un deseo inconfesado, colectiva pulsión de muerte: ¿no sería más conveniente ahogarnos en el cieno y acabar de una vez por todas con la angustia? No, en lugar de eso, la terca permanencia, la neurosis del asfalto: quedarse aquí a secar el agua, llenar camiones de volteo con toneladas de lodo y cubrir todo lo que antes eran lagos con losas de cemento hasta el horizonte, también las montañas, que todo sea banqueta. Lo cual ha traído inconvenientes: cuando llueve, el líquido de los cerros pavimentados corre hacia la cuenca y la ciudad se convierte en alberca que es necesario drenar con coladeras. Por eso la construcción de esta obra, la tubería más grande del mundo que el presidente rumano apadrina esta mañana como un gesto de amistad a este pueblo al que le aterroriza hundirse.



Regreso al año 2017 para sacar a Shaggy de su contemplación del monumento y decirle que la primera escena de nuestra película “La soledad de la ciudad desecada” deberá realizarse con objetos a escala: en un lugar lodoso clavaremos réplicas de edificios emblemáticos del Distrito Federal, de manera que transmitan la sensación de una catástrofe pantanosa: la Torre Latinoamericana rota y medio sumergida en el fango, el Monumento a la Revolución cubierto hasta la cúpula, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes naufragando cual buque fantasma en un piélago de hormigón reblandecido. Las tomas serán en blanco y negro, la cámara del celular dará vueltas sobre la estragada ciudad de juguete, simulando un mareado viaje en helicóptero. Y después hacemos un corte para meter esto: la imagen del Monumento al Drenaje tras las bardas del Cetis, como un monstruoso ferdydurke de cuatro cabezas condenado a cursar por siempre el bachillerato técnico, pese a ser él, se supone, el encargado de salvar a la ciudad de las inundaciones desde 1975. Mostrarlo como un prisionero de cemento y acero denigrado por lo naif de los recreos estudiantiles. Y mientras tanto, un narrador dirá las siguientes palabras de Hugo Hiriart: “Erigidos para hacer perdurar hazañas, los monumentos, entes melancólicos y paradójicos, refutan su intención y prueban siempre la fugacidad y la calidad efímera de todas las cosas humanas. Aun los dioses pavorosos envejecen y mueren. Pero el arte perdura. De la devoción, el terror o la reverencia nada más sobreviven ingenio de artesano y misterio. Por eso los monumentos más puros son aquellos cuyo significado se ha perdido”.   
            Está mamalón, comenta Shaggy con un tono de voz indescifrable: no sé si le entusiasma o me da el avión o ya quiere irse. Entonces cruzamos la calle Luis Espinosa y nos dirigimos al portón metálico del Cetis. Las incontables capas de pintura de aceite color rojo disminuyen la sensación metálica en mis nudillos. De pronto, un guardia abre un postigo carcelario para preguntar qué deseamos. Le explico que me encuentro haciendo una investigación sobre la historia hidráulica de la ciudad y, por ello, me interesa ver el monumento que hay adentro. Cierra el postigo. Al cabo de un rato, franquea la plúmbea entrada y se muestra acompañado por una señora de rostro amable y moreno; su nombre es María del Rosario Ramírez Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien nos pide anotarnos en una libreta y dejar con el guardia una identificación. Sólo en este momento pienso que el aspecto y los modos punks de Shaggy pueden resultar inconvenientes: es un sujeto que jamás saluda ni da las gracias. Sin embargo, a María del Rosario no parece importarle y nos entrega, como señal de ambigua hospitalidad, un gafete de visitante a cada uno: ¿esas marcas de forastero sirven para obtener respeto como huésped, o para vigilarte con mayor facilidad? Pese a las excesivas normatividades que María de Rosario nos obliga a cumplir con aplomo policiaco, la noto nerviosa, como si estuviera frente al pizarrón en su primer día de clases. Advierto que tiene en sus manos una hoja enmicada con todos los datos históricos del Cetis No. 7 Miguel Lerdo de Tejada. Una especie de acordeón para no fallar en su paseo guiado por el plantel.
Para romper el hielo, pregunto si viene mucha gente a ver el monumento. Me dice que no. Las últimas personas interesadas vinieron en 2005; hacían un libro para la UNAM, uno sobre lugares extraños de la ciudad: el Cetis les pareció exótico. ¡Ah, los citámbulos!, le digo, entusiasmado. Sí, creo que así se llaman, me contesta. Entonces, de golpe, recuerdo un montón de cosas olvidadas. Me abstraigo de María de Rosario, de Shaggy, de la historia de Nicolae Ceaușescu y Luis Echeverría. Recuerdo: hubo un tiempo, hace algunos años, que con Vladimir, La Mami, La Güera y El Púas, me dediqué a ir a los lugares de antiturismo señalados en la guía Citámbulos. Casi todos parecían inventados. Recuerdo haber visto consignado, por ejemplo, el inverosímil Monumento al Drenaje Profundo, pero no venimos. En cambio, fuimos a buscar el secreto jardín de orquídeas que, supuestamente, se encuentra en una bodega abandonada de la colonia Industrial Vallejo, entre dos calles larguísimas. Es una zona de naves industriales, trailers estacionados en la calle, fábricas viejas de zapatos y vías de ferrocarril que se internan por estrechos pasillos y se pierden en pasadizos rematados con portones oxidados. Era domingo, así que el barrio tenía un aire fantasmagórico, abandonado. Se nos hizo tarde peinando las calles, saltando bardas, huyendo de los perros guardianes, interrogando a los veladores, siguiendo arabescas vías férreas. Al final, concluimos que el jardín de orquídeas era el lugar comodín del que se advertía en el prólogo de Citámbulos: “todos los sitios son verdaderos, excepto uno; el explorador lo descubrirá”. Cansados, fuimos a la casa de Vladimir, que vive en la colonia San José de la Escalera, cerca de ahí. En su patio hay dos lavadoras inservibles, tres perros (Goliath, Séneca y La Concha) y en medio crece un árbol de mango –rareza botánica en la Ciudad de México– bajo el cual su familia colocó una mesa y seis sillas. Ahí comimos, bebimos cerveza y mezcal. Dentro de su habitación, Ana, hermana de Vladimir, discutía con Shaggy, que en ese tiempo era su novio. Él y yo no éramos amigos directos, pero cuando nos encontrábamos platicábamos de películas y libros. La nuestra era una amistad en potencia: sospechábamos que podríamos convertirnos en compas inseparables porque desde que nos conocimos experimentamos atracción, pero nunca dimos el paso decisivo. De pronto, Shaggy salió del cuarto de Ana. Habían terminado definitivamente su noviazgo. Él tenía los ojos llorosos. Me saludó y se despidió al mismo tiempo. Lo abracé, lo confieso, sin prestarle demasiada atención. Salió de la casa. Era de noche. Al cabo de un rato, Ana se unió a nuestra tertulia. Tratamos de animarla. Le dimos mezcal. A las tres de la mañana, ella y yo nos fuimos a su cama. Me pidió que la abrazara y a mí me dieron ganas de hacer el amor, pero Ana me dijo que estaba triste y sólo quería dormir. Me sentí como un canalla oportunista, pero traté de solucionarlo comportándome como un hermano responsable, como un pastorcito que vela el sueño de una cabra enferma. Eso fue todo. Un par de días después, olvidé el asunto. Sin embargo, a partir de ese momento le perdí la pista a Shaggy. Fue como si las arenas movedizas de la ciudad se lo hubieran tragado. Eliminó incluso su cuenta de Facebook. Ana se fue a Francia y al poco tiempo se consiguió un novio normando llamado Vincent, de modo que Shaggy se borró aún más del círculo de amigos (nunca imaginé que lo volvería a ver, tres años después, en una estación del metro, justo hoy). Mientras tanto, la vida siguió y yo continué con lo mío: por esas fechas comenzaba a interesarme la historia de los desagües de la Cuenca de México. Poco después, obtuve una beca de dos años gracias a la cual escribí una novela cuyo título es, precisamente, Desagüe: algo así como una biografía mutante del Gran Canal construido por Porfirio Díaz. El proyecto, en un principio, era distinto. Planeaba hacer un libro de ensayos histórico-literarios sobre el tema, pero me sentí encorsetado. En cambio cuando debrayaba, cuando inventaba personajes y me iba por las ramas –las cloacas– la escritura fluía. Decidí que mi proyecto se transformaría en una narración ficticia. No puedo decir si el resultado es bueno o malo –eso en realidad no importa–, pero sí afirmar que durante el tiempo en que redacté, borré y corregí fui relativamente feliz. Tenía una ocupación que me dispensaba de cumplir con otras responsabilidades más mundanas, más verdaderas, enfadosas y presentes. Vivía en un mundo paralelo, el de mi libro, en un tiempo alterno que aún no llegaba: el de su culminación. Dentro de la vida real y a la vez fuera de ella. Exactamente lo que describe Boris Groys en su ensayo “La soledad del proyecto”.
Según el pensador alemán, un proyecto es, sobre todo, la declaración de un futuro nuevo y alternativo; la postulación y paulatina realización de algo que aún no existe: un libro, un edificio, una filosofía, una vacuna. Para llevarlo a cabo, el realizador debe aislarse de la sociedad y colocarse en una suerte de tiempo paralelo o heterogéneo al de los demás miembros de su comunidad.  Se trata de una de las pocas circunstancias de la vida en que el aislamiento es justificado y bien visto. “El proyecto nos transporta del presente a un futuro virtual, causando una ruptura entre su ejecutor y aquellos que esperan que el futuro acontezca. El autor del proyecto ya conoce el futuro, pues éste no es otra cosa que la descripción del mismo”. Sin embargo, el porvenir, por más prefigurado que se encuentre en escrupulosos cronogramas, siempre deparará sorpresas y, en cierto sentido, puede considerarse, desde ahora, irrealizable, escurridizo. ¿Quién se atrevería a decir con sensatez que lo planeado se cumple punto por punto? Ni siquiera proyectos majestuosamente celebrados como el Sistema de Drenaje Profundo confirman las expectativas. El 9 de junio de 1975, Luis Echeverría anunció que, gracias a la inauguración de esa obra, “se ha liberado de forma definitiva a la metrópoli de las inundaciones”. Hoy se sabe que no es cierto y, más aún, que el proyecto ni siquiera ha sido terminado. Entonces sólo se puso en servicio la primera etapa, compuesta de 68 kilómetros de túneles subterráneos. En la actualidad el Sistema cuenta con alrededor de 110, y todavía faltan muchos más porque el proyecto ha sido interrumpido en varias ocasiones debido a cambios administrativos. Sin contar con que lo ya construido padece serios problemas. “A la postre”, escribió el arquitecto Jorge Legorreta, “y como en el caso de otros grandes desagües de la ciudad, los propósitos del Drenaje Profundo han sido limitados. En época de lluvias el Emisor Central se encuentra saturado, y según las autoridades encargadas se ha reducido su capacidad de desalojo de 210 a 150 m  de agua por segundo”. Lo cual, siguiendo un informe del año 2005 publicado por la Comisión Nacional de Agua, puede causar que “un área de 650 kilómetros cuadrados del oriente del Valle de México, en donde viven unos 8 millones de personas, quede inundada de aguas negras debido al riesgo de una falla catastrófica en el Sistema”.




La historia que nos cuenta María del Rosario no es la que yo esperaba.

“Como mayormente se nos niegan los criterios que permiten determinar si la meta del proyecto ha sido o no conseguida”, dice Groys, “nuestra atención se desplaza de la producción de la obra a la vida-en-el-proyecto”.


 Ángela Gurría participó en el concurso para realizar en grande una escultura que celebrara la inauguración del Drenaje Profundo en 1975. Envió su proyecto a la entidad gubernamental convocante: una pieza escultórica a escala y un documento especificando el material requerido y las dimensiones proyectadas: sobre una base circular de 138 metros cuadrados, se levantarán cinco torres de concreto que representan, cada una, los dedos de una mano; la más alta debe medir 30 metros y la más pequeña 13; sobre cada una se colocará un anillo cortado de las cimbras utilizadas en las tuberías del drenaje.  / por lo tanto, tiene la oportunidad de mirar el presente desde el futuro. estar en la realización de un proyecto permite blandir una justificación para el autoaislamiento. Mientras que la vida ordinaria     



La ciudad se hunde de dos maneras. La primera y más elemental consiste en las inundaciones causadas por lluvias o desbordamientos de canales y drenajes. Fenómeno que ha ocurrido desde tiempos de Tenochtitlan y contra el cual se ha luchado, durante siglos, a través de un paradigma consistente en sacar todo el líquido de la Cuenca del Valle de México por medio de distintos sistemas de desagüe.  
La maestra María del Rosario sigue hablando, o mejor dicho leyendo la hoja enmicada. Más que Jefa de Servicios Escolares, parece alumna nerviosa. No puede evitar que su exposición resulte monográfica y árida. Dice que esta institución se fundó en 1902 con el nombre Escuela Oficial Primaria Superior con Sección en Comercio “Miguel Lerdo de Tejada”. Era para puras señoritas y se encontraba en el Centro Histórico. En un principio, se enseñaba a las niñas de 13 a 15 años a vender artículos de papelería y librería. A finales de la década de 1920, la Secretaría de Educación Pública amplió los planes de estudio, incorporando un mayor número de asignaturas, siempre con inclinación hacia las habilidades técnicas mercantiles: escritura en máquina, taquigrafía, aritmética, nociones de contabilidad, lengua nacional, inglés. Después de 1937, el recién fundado IPN convirtió a la escuela Lerdo de Tejada en vocacional para las ciencias sociales y económicas. En 1952, volvió a estar bajo el control de la SEP. En 1967, se mudó de instalaciones, a la calle Sabinos, en Iztacalco, donde la escuela vivió en 1972 otra transformación administrativa debida a una reforma cuya finalidad era graduar masivamente a jóvenes con habilidades técnicas, listos para incorporarse al mercado laboral en el sector industrial y de servicios. Se creó la Dirección General de Escuelas Técnicas Industriales (D.G.E.T.I) 
 

             
“Cuando nos mudamos a este predio, lo más urgente fue levantar la barda”. María del Rosario Ramírez Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien me recibió con amabilidad y me contó, leyendo una hoja enmicada, la historia del plantel: la escuela se fundó en 1902 como instituto comercial para señoritas y estaba ubicada en el Centro Histórico, en la calle del Carmen. Luego, en la década de 1970, convertida en bachillerato técnico, se trasladó a la calle Sabinos, en Iztacalco, pero en 1985 el plantel sufrió daños por el terremoto y tuvo que ser desalojado. Fue en 1998 cuando maestros y alumnos llegaron a la colonia Solidaridad Nacional. Ese mismo año se delimitó el perímetro con una reja de metal y poco después, gracias al esfuerzo de los padres de familia, se levantaron los muros altos y se colocó el plúmbeo portón de metal y postigo corredizo por donde, inquisitivo, un guardia se asoma y pide credenciales para franquear el acceso.
Tantos años de historia y resistencia educativa para que el Cetis terminara semejando una penitenciaria para que los alumnos no se vayan de pinta. O para proteger las instalaciones de las amenazas externas del barrio: “Cuando llegamos, adentro del museo ya casi no había nada: todo estaba saqueado”, puntualizó María del Rosario.
Sin embargo, no es por su aspecto carcelario que he venido a visitar el remoto Cetis No. 7, escuela pública que se encuentra en uno de los lugares más feos y menos prestigiosos de la Ciudad de México.



una película
cómo se imagina si él,
chilango de toda la vida, le teme al lodo.
Me contesta que no. Tengo miedo a trabajar en una empresa donde ser empleado del mes sea un estado de terror psicológico inculcado por el gerente que te dice: eres el mejor de octubre, si sigues así durante un año llegarás a subgerente de departamento, pero cuídate porque uno de tus compañeros –no diré su nombre– viene con todo y te quiere desbancar; si te refieres a ese lodo, a huevo que le temo, dice Shaggy. Pero tú trabajas en un museo, le replico. Sí. ¿Entonces a qué viene eso del empleado del mes?Eso era antes, ya regresé a la tienda de pinturas de mi papá. Le expongo mi teoría sobre la pulsión de muerte de la Ciudad de México. Le digo que incluso el Drenaje Profundo es profundo porque sólo así se garantizaba LA SEGURIDAD DE NO HUNDIRSE

SÓLO ENTERRÁNDONOS 
EVITAREMOS HUNDIRNOS

10:11 horas: inicia la ceremonia. Todos de pie a cantar el himno nacional mexicano. Inmediatamente después, suena el de Rumania.

El conducător Ceaușescu lleva toda la mañana oliendo mierda mexicana, pero en él siempre ha resultado difícil identificar indicios de asco. Su rostro es una mueca permanente de sonrisa bonachona –diríase infantil– e ironía indescifrable. Desde las 9:30 horas, guiado por su anfitrión, siguió la serie de acciones que pusieron en servicio las instalaciones del Sistema de Drenaje. Antes de llegar aquí, estuvo en el kilómetro 7 del Gran Canal (antigua e insuficiente cloaca de la ciudad), donde atestiguó la abertura de la Obra de Toma, que dejó libre el paso de gran parte del caudal de aguas negras hacia el Interceptor Oriente. En ese lugar, habitantes de colonias aledañas (la Nueva Atzacoalco, la San Felipe de Jesús) escucharon el agua escapando en torrente hacia el nuevo curso, dentro de las entrañas de la tierra, lo cual garantizaba que ya no existiría ningún peligro de inundación sobre sus casas por desbordamiento del Gran Canal. Tronaron los aplausos y Ceaușescu, que para esa hora de la mañana lucía demacrado como vampiro abstemio, revivió. Un rayo de energía le tensó el cuerpo. Porque él no es un ser humano normal: si su viejo paisano el conde Drácula se alimentaba de sangre, Nicolae lo hace de aplausos.

Eso lo sé desde antes de volar a 1975, cuando vi un par de documentales en Youtube. Mi favorito es La autobiografía de Nicolae Ceaușescu, realizado por Andrei Ujica. Se trata de una película en cierto sentido exasperante (no hay narrador ni acotaciones informativas de ninguna naturaleza, y gran parte del largometraje es mudo), compuesta sólo con material rescatado del archivo de las oficinas de propaganda del gobierno de Ceaușescu. Pedazos de filmes oficiales, grabaciones que el presidente aprobaba y muy posiblemente dirigía. Es la película con más aplausos que he visto en mi vida. Cada cuatro palabras, Nicolae se detiene y un alud de palmas inunda el aire. En la pantalla el pueblo y los políticos ovacionan, sonríen, desfilan y aclaman hasta la náusea. Y Ceaușescu recibe, goloso y con cara de pingüino diabólico, esas demostraciones desmesuradas de afecto.
Ujica editó los archivos de manera que narran, con delicada malicia, la espectacular carrera política de Nicolae, que no se explicaría.
Ceaușescu gozó de fama internacional durante casi veinte años gracias a que en 1968 se opuso a la invasión soviética a Checoslovaquia. A partir de ese momento, el mundo occidental lo recibió como el único dirigente comunista civilizado. Durante sus años dorados, se creyó pieza clave dentro del frágil jenga de la Guerra Fría, adoptando siempre una activa política de paz y no intervención. Tenía relaciones con Mao Tse Tung, Richard Nixon, Fidel Castro y, por qué no, con Luis Echeverría. En el set de la política mundial era prestigioso tomarse una foto con él. Pero dentro de su país las cosas no iban bien. El culto institucionalizado a su personalidad se había salido de control, la policía secreta sumió en el terror a la población y la economía se desplomaba mientras el “Héroe de trabajo socialista” ostentaba un báculo de oro y ordenaba construir para su uso personal el palacio más grande del mundo.
 Cuando reprobó Desde la muerte de su predecesor en la dirigencia del Partido Comunista Rumano, pasando por los desfiles patrióticos, las visitas a fábricas, campos, ciudades, los discursos en el Congreso, los encuentros diplomáticos en y fuera de Rumania, las vacaciones con su esposa Elena, hasta su derrocamiento tras los disturbios de Timisoara, por los cuales fue acusado de genocidio y luego fusilado. Veinticuatro años de poder. Fama internacional por haber repudiado la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968. El único dirigente comunista que era bie recibido por el mundo occidental. Una pieza clave durante la Guerra Fría.
      

Si alguien nos buscara en el mapa, nos encontraría donde, siguiendo un test de Rorschach, la figura de la capital levanta hacia el norte un inesperado pezón, o donde la silueta de la pera chilanga tiene su trozo de rama, o donde el corazón infartado de la urbe yergue hacia el cielo un pedazo de aorta rota.
Estamos exactamente a trece kilómetros del Zócalo, en una zona que, entre sus dudosos lugares de interés, cuenta con la pirámide prehispánica de Tenayuca, el Reclusorio Norte donde viven hacinados 11 mil reclusos, la escuela de misioneros mormones más grande de Latinoamérica y este lugar: el Cetis No. 7 “Miguel Lerdo de Tejada”.
Visto desde la calle Luis Espinosa, el Cetis tiene, por sus altos muros, aspecto de prisión, como si quisiera parecerse al Reclusorio Norte o a su edificio vecino, el gigantesco Centro de Capacitación Misional México de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Tres instituciones disciplinarias en una zona con altos índices de marginalidad y crimen; un mismo estilo arquitectónico que tiene en el levantamiento de bardas uno de sus principios fundamentales. Lo cual no es extraño en una región donde los cerros, considerados zonas ecológicas, necesitan muros de cemento para evitar que las construcciones ilegales los cubran por completo.
“Cuando nos mudamos a este predio, lo más urgente fue levantar la barda”. María del Rosario Ramírez Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien me recibió con amabilidad y me contó, leyendo una hoja enmicada, la historia del plantel: la escuela se fundó en 1902 como instituto comercial para señoritas y estaba ubicada en el Centro Histórico, en la calle del Carmen. Luego, en la década de 1970, convertida en bachillerato técnico, se trasladó a la calle Sabinos, en Iztacalco, pero en 1985 el plantel sufrió daños por el terremoto y tuvo que ser desalojado. Fue en 1998 cuando maestros y alumnos llegaron a la colonia Solidaridad Nacional. Ese mismo año se delimitó el perímetro con una reja de metal y poco después, gracias al esfuerzo de los padres de familia, se levantaron los muros altos y se colocó el plúmbeo portón de metal y postigo corredizo por donde, inquisitivo, un guardia se asoma y pide credenciales para franquear el acceso.
Tantos años de historia y resistencia educativa para que el Cetis terminara semejando una penitenciaria para que los alumnos no se vayan de pinta. O para proteger las instalaciones de las amenazas externas del barrio: “Cuando llegamos, adentro del museo ya casi no había nada: todo estaba saqueado”, puntualizó María del Rosario.
Sin embargo, no es por su aspecto carcelario que he venido a visitar el remoto Cetis No. 7, escuela pública que se encuentra en uno de los lugares más feos y menos prestigiosos de la Ciudad de México.
No.
Recorrí varios kilómetros para ver este sitio porque fue aquí donde el himno nacional de la República Socialista de Rumania se escuchó a todo volumen el 9 de junio de 1975. Y fue aquí donde e escuchó, amplificado por unas bocinas traídas para el himno nacional de Rumania se celebró como logro nacional uno de los momentos más determinantes de la agonía hidráulica de la Cuenca del Valle de México. Agonía que, obviamente, hoy es más aguda que ayer y que, para sostenerse en el tiempo, requiere de planes cada vez más grandes y faraónicos.
Entonces todo era distinto, casi irreconocible para los ojos del presente. Para llegar hasta aquí se debían tomar varios camiones desde el metro Tlatelolco, pues no existía la terminal Indios Verdes. No existía el Cetis y aún no se inauguraba el Reclusorio Norte (los reos de la ciudad purgaban todavía sus condenas en el viejo Lecumberri). La mancha urbana apenas comenzaba a apoderarse de estos rumbos y el cerro de enfrente aún no vestía su falda de casas cuando a las 10:10 horas de ese 9 de junio
Pero sin duda fue aquí, y para comprobarlo basta ver.




 donde la Cuenca de México, con sus millones de habitantes a cuestas, se dio cuenta que deb.ería esperar impredecible tiempo para .

Sedientas y mercúricas extensiones de concreto que, más allá del horizonte, lo han invadido todo excepto la mitad superior del cerro que tengo frente a mí. Cerro ocupado hasta la cintura por casas grises, algunas de colores, y que en homenaje a su necia condición de páramo, algún administrativo bautizó como Zona Ecológica número Ocho. ¿Y las otras siete? Un terreno erosionado y seco; lo que ha quedado de ecología.

Aquí el espacio natural es terquedad, reducto que desafía las probabilidades, relingo, barranco que el prurito habitacional del humano desdeñó por imposible de fincar.

(llamada así en homenaje al ingeniero mexicano que durante los siglos XIX y XX dirigió los trabajos del desagüe de la ciudad),

martes, 14 de agosto de 2018

El caddie de Díaz Ordaz (1968)


Cuando Gustavo Díaz Ordaz asumió la presidencia, buscó rodearse de funcionarios obedientes. Era una persona rígida y desconfiada que necesitaba gente incondicional para sentirse seguro. Por eso nombró a Luis Echeverría secretario de gobernación. En la figura de ese hombre delgado, circunspecto y de postura corporal siempre recta que parecía además concentrar todos los rasgos de su personalidad en el ejercicio casi religioso de la eficacia y la obediencia, Díaz Ordaz creyó encontrar la mano derecha que necesitaba. Echeverría, como un robot, se esforzó en cumplir todo lo que el presidente le ordenara. Trabajaba más de lo esperado y, al observar en su jefe una irascible intolerancia contra las manifestaciones de protesta social (el movimiento de los médicos de 1964-65 fue ejemplo de ello), encontró en la facilitación burocrática del pretorianismo una forma de granjearse aún más la confianza del dirigente del país, con miras secretas a convertirse en su sucesor. Si a Díaz Ordaz le gustaba propinar garrotazos, Echeverría sería algo así como su caddie en el campo de golf: le tendría lista la bolsa de palos al presidente.
            El 22 julio de 1968, el movimiento estudiantil comenzó debido a un incidente ínfimo y más bien grosero (una pelea callejera entre alumnos de distintas escuelas) que devino en brutal golpiza por parte de la policía del Distrito Federal. El 26 de ese mes, los estudiantes protestaron con una marcha pacífica en la que exigían, entre otras cosas, la destitución de los altos mandos de la policía y la libertad de sus compañero presos. Díaz Ordaz se encontraba en una gira de trabajo en la costa del Pacífico mexicano y recibió una llamada en la que el secretario de gobernación, con voz indignada y servil, le describía los hechos como una amenaza para la seguridad nacional. La orden que dictó el presidente fue que alistaran la represión. Echeverría, en respuesta, se mostró particularmente solícito con los preparativos: propuso ataques, fuerzas del orden disponibles, fechas y lugares.
Así fue como el 30 de julio el Ejército ocupó las preparatorias 1 y 3 de la UNAM. Ese día los soldados derribaron la puerta del Antiguo Colegio de San Ildefonso con el disparo de una bazuka. El gobierno, como un padre autoritario y confiado en el efecto pavloviano que debería causar el chicotazo de su cinturón, esperaba el apaciguamiento arrepentido de los estudiantes. Pero la respuesta fue contraria. Los jóvenes, apoyados por personalidades como el rector de la UNAM Javier Barros Sierra y un grupo notable de profesores e intelectuales como Heberto Castillo y José Revueltas, formaron un movimiento que se opuso a los actos del gobierno pero al mismo tiempo accionó con peticiones y aspiraciones democráticas. Pedían un dialogo público con el presidente de la república y la derogación del artículo 145 bis del Código Penal Federal, que criminalizaba la organización ciudadana bajo el término de “disolución social”. Siguiendo ese programa, el Consejo Nacional de Huelga, conformado por estudiantes de muchas universidades del país, protagonizó mítines, plantones y manifestaciones durante los meses de agosto y septiembre de 1968. El gobierno contestó con tanques de guerra desalojando a estudiantes del Zócalo, con el Ejército allanando campus universitarios y con operaciones paramilitares.
            Mientras tanto, en la soledad de su despacho de Palacio Nacional, Díaz Ordaz, paranoico, se convencía de que el movimiento estudiantil era patrocinado por fuerzas socialistas internacionales que planeaban una invasión al país. Echeverría, por su parte, continuaba actuando: con gestos ensayados previamente en el espejo, poniendo en práctica las técnicas histriónicas que le enseñara su hermano mayor Rodolfo Landa cuando eran adolescentes, fingía, ante Díaz Ordaz, estar igual de preocupado y paranoico. Así fue como, durante noches eléctricas, apoyados por Marcelino García Barragán, entonces secretario de la Defensa Nacional, urdieron la Operación Galeana, cuya misión fue destruir el conflicto estudiantil el 2 de octubre, antes de que se inauguraran los Juegos Olímpicos. Por supuesto, Echeverría encontró la manera de añadir secretamente en el asunto algunos ingredientes propios. Contratar al cineasta Servando González para que grabara la Operación fue uno de ellos.

domingo, 13 de septiembre de 2015

La nomenclatura de la muerte

(Texto publicado en Este país)

“DANTESCO” sería una buena palabra para rotular las noticias cotidianas que nos informan sobre la última masacre, el último desaparecido, el último migrante centroamericano cuyos órganos fueron extirpados y vendidos por una mafia solapada por las autoridades. Porque al utilizar el epíteto y la referencia al poeta toscano se logra expresar con cierta transparencia el horror de dichos acontecimientos. Quien haya leído La Divina Comedia, recuerda las descripciones de algunos círculos del Infierno y puede, sin mucho esfuerzo comparativo, corroborar el parecido que éstas mantienen con ciertos sucesos vernáculos del presente. Se realiza un proceso definitorio del pensamiento regido por la metáfora. De una metáfora, se dice que es la definición de una realidad por medio de un vocablo con el que comparte uno o más rasgos semánticos, en ocasiones no muy evidentes. Así sucede con el adjetivo dantesco: que una fotografía de la prensa contemporánea pueda ser calificada de esa manera no quiere decir que haya captado un ángulo del paisaje infernal compuesto por Dante y al que la escatología cristiana ha dedicado más de un mamotreto teológico; lo que pasa es que comparte con el infierno determinados rasgos que producen espanto por su crueldad o por tener en su seno elementos de conflagraciones macabras. De igual manera ocurre con la palabra goyesco, que, cercana al campo semántico de lo dantesco, se refiere a las cosas o situaciones que son parecidas al estilo del pintor español Francisco de Goya, es decir, grotescas, irreales o tenebrosas. Se trata de la incorporación al dominio público de términos o expresiones pertenecientes al ámbito artístico, por ser éstos con los que se puede alcanzar mayor exactitud en la comunicación de algunas cosas que impactan por su alto grado de emotividad o inefabilidad.
            El arte es un prolífico acuñador de palabras y frases. Dilemas hamletianos, empresas quijotescas, grandiosidades wagnerianas, luchas olímpicas, dimensiones homéricas, son ejemplos de expresiones metafóricas que difícilmente podrían ser dichas de otro modo. Un caso simpático es la frase, todavía vigente, “Si Kafka hubiera sido mexicano, sería un escritor costumbrista”, explicada por Gabriel Zaid en un ameno ensayo titulado “Avatares kafkianos” como una burla que alguien hizo del gobierno del entonces presidente Luis Echeverría. Resulta curioso darse cuenta de que uno de los adjetivos que mejor califican a la realidad mexicana es el que proviene de la referencia a un escritor checo. Si todos los derechohabientes del IMSS fueran lectores de Kafka, la palabra kafkiano sería una de las más utilizadas del léxico mexicano. 
            El quid de la cuestión es la capacidad referencial de las palabras para asir la realidad valiéndose del funcionamiento del signo lingüístico, es decir, del proceso del conocimiento que otorga a cada significado, objeto o evento, un significante o concepto que lo defina. A veces el significante es incapaz de contener al significado, así como en ocasiones el significado carece de significante que lo exprese. No existen todas las palabras para nombrar todas las situaciones existentes o posibles.
            Borges se planteaba la creación de un vocabulario poético que fuera capaz de nombrar lo que él llamaba las “representaciones no llevaderas por el habla común”, o lo que es lo mismo, capaz de nombrar las imágenes o sensaciones que, por su fulgurante cotidianidad, son portadoras de una belleza para la que no existe un vocablo preciso. “¿Por qué no crear una palabra, una sola, para la percepción conjunta de los cencerros insistiendo en la tarde y la puesta de sol en la lejanía?”, se preguntaba Borges. Ya que en el léxico de una lengua no se cuenta con un vocablo para cada objeto, sensación o sentimiento, la utilización de metáforas y la invención poética se vuelven imprescindibles y superiores a la función referencial y unívoca del lenguaje, pues adquieren mayor fuerza expresiva, como si con ellas lograra esplender con la certeza de una intuición afortunada lo que se desea comunicar. 
            Imagino lo difícil que ha de ser expresar, con palabras inmediatas, el sentimiento de miedo y atroz desasosiego que resulta de vivir en carne propia las situaciones tristemente cotidianas a las que me refería al inicio cuando hablaba del adjetivo dantesco. Supongo que es lógico el hecho de que los mexicanos que luchan a diario con esa realidad se sientan amenazados, pues saben que es cuestión de suerte el morir por una fuerza criminal mientras realizan sus actividades consuetudinarias. También supongo que es lógico que no encuentren la expresión correcta para comunicar esa sensación de peligro y cercanía de la muerte muy semejante a la que se experimenta en circunstancias bélicas. Digo “supongo” porque, como yo, sin duda somos muchos los que nos encontramos en zonas relativamente francas que, aparentemente ajenas a esa violencia, nos permiten una vista lejana y confortable del fenómeno apoyada en los medios de comunicación. Sin embargo, cada disparo, cada decapitación, cada muerto encontrado en un terreno baldío  o en un basurero es, en conjunto y por separado, un mensaje y una señal inequívoca de que la violencia y la muerte ganan terreno y se desbordan sobre la población. Por eso no me extraña que tanto las víctimas directas como los espectadores o víctimas indirectas, unidas por la misma amenaza, no seamos capaces de articular los sonidos lógicos que signifiquen la realidad terrible de la que somos testigos.
            Dantesco, si se analiza bien, no es la palabra correcta. El significado de las escenas violentas a las que me he referido es, en esencia, otro muy diferente. Las define mejor la palabra agravio que la palabra infierno. Los conceptos que, sin asirlas del todo, gravitan alrededor de ellas son: infamia, injuria, golpe, amenaza de la muerte y duda: lo terrible. Los repito una y otra vez, como una letanía, al mismo tiempo que veo los titulares y las fotos sangrientas de los periódicos y de internet. Es así que encuentro en la literatura la secuencia de sonidos capaces de nombrar lo inefable. Supongo que en eso consiste la verdadera función de este arte: alcanzar o aproximarse a las cosas por medio del lenguaje. Recuerdo un poema y, como en esos bellos libros de poesía ilustrada con estampas de dibujos, fotografías, paisajes o esculturas, me doy cuenta de que los versos que ahora recito de memoria son los que, expositiva y estéticamente, explican con transparencia las imágenes que en los últimos años se han convertido en el telón de fondo de nuestras vidas. El poema es “Los heraldos negros”, de César Vallejo, y lo reproduzco en seguida con la condición de que quien lo lea lo haga como yo, invocando las atroces imágenes de las que hablo, como si fuera el curador de un museo, el editor de un álbum macabro o el encargado de prologar un libro de Teresa Margolles:

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma. ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre. ¡Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes. ¡Yo no sé!

            Versos fuertes para acontecimientos horribles, pavorosos como verdugos. De alguna manera, gracias a cierta elocuencia dolorosa, Vallejo accede a la verdad del encuentro del hombre con la muerte, del que se desprende la infinita desazón, el llanto, el sendero de tinieblas. Las palabras azoradas del poeta van más allá del hipnótico fraseo de los versos; dan el primer paso de un importante proceso: el de la enunciación, la conquista de lo oscuro. Su belleza es un canto que sublima y doma al dolor, a la vez que cuenta lo inenarrable con un ritmo áspero. Aunque el poema no fue escrito expresamente para la situación que aquí planteo, se actualiza en cualquier momento humano de contacto con la muerte. Esto se debe, creo, a que está compuesto por un sentimiento difícilmente expresable y muy antiguo, quizás anterior a su fecha de escritura, como si fuera la copia del llanto del primer hombre que fue testigo de la muerte en la Tierra. Cada vez que lo leo revivo la sensación de aquel momento lejano en que vi por primera vez un cadáver, y es esta sensación la que expresa con exactitud lo inefable a lo que me refiero. 
            Violencia, muerte. José Revueltas dijo que lo terrible “viene a ser incomunicable por dos razones: una, cierto pudor del sufrimiento para expresarse; otra, la inverosimilitud: que no sabremos demostrar que aquello sea espantosamente cierto”. Sí, la primera sensación que se tiene cuando se experimenta o se ve algo horrible es, dándole la razón a Revueltas, la imposibilidad pudorosa de la comunicación, la incompatibilidad ontológica entre la situación y la palabra. Esta opinión es verdadera, mas no insuperable. Lo terrible es una realidad amorfa y desmesurada que se presenta frente al ser humano carente de clasificaciones, es decir, inasible. La tarea del hombre consiste en adueñarse de ella para intentar convertirla en certeza. La herramienta para ello es el lenguaje, porque como dice Sergio González Rodríguez en su libro El hombre sin cabeza: “Ponerle nombre a las cosas, o señalarlas en el mundo, reviste un lance estratégico respecto de la fenomenología del miedo y el potencial destructivo/constructivo de éste […] Y recordar que nombrar es distinguir. En otras palabras, desprender de lo informe, de lo inasible y, en consecuencia, de lo abrumador y acaso repugnante o siniestro”. Así procede César Vallejo en “Los heraldos negros”, y en casi toda su poesía. 
            Por eso ahora, al ser espectador de tanta violencia y asesinatos, recuerdo el poema del poeta peruano y, tal vez para controlar el desazón que me producen las fotografías atroces, lo recito y utilizo para dar sentido, como en una novela gráfica, a ciertas imágenes que bombardean la vida cotidiana de los mexicanos. Porque existen realidades tan fuertes que, para ser asimiladas por el hombre, necesitan no sólo de una palabra adecuada que las defina, sino de obras y construcciones poéticas completas. Así, como ha sucedido con otras palabras provenientes del arte, la expresión heraldos negros debería pasar al uso cotidiano para hacer referencia a los ataques violentos que cercan a la población como a una Numancia indefensa. “Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; / o los heraldos negros que nos manda la Muerte”.


martes, 25 de agosto de 2015

Estampas vasconcelianas tomadas de Ulises criollo


Resultado de imagen para jose vasconcelos(Publicado en Este país)

Ufología

Uno de los pasajes más extraños de este libro es el titulado “¿Alucinación?”, donde Vasconcelos narra el avistamiento de unos objetos voladores no identificados sobre el cielo de Piedras Negras, Coahuila, a finales del siglo XIX: “los discos giraban, se hacían esferas de luz; se levantaban de la llanura y subían, se acercaban casi hasta el barandal en que nos apoyábamos”, dice el autor y evita, por prudencia, sacar una conclusión del fenómeno probablemente extraterrestre que vio de niño junto con su familia. ¿Qué se sabía acerca de la ufología en México en esos años? ¿Habrá alguna conexión entre este episodio y las peregrinas ideas expuestas en La raza cósmica?



El trabajo contra el espíritu

La mayor ambición de Vasconcelos fue convertirse en un gran filósofo. No lo logró porque sus especulaciones eran francamente abstrusas. Además, durante su juventud el trabajo que desempeñaba como abogado devoró gran parte de su tiempo: “Tener en la cabeza la ambición de escribir un ensayo sobre la manera como la voluntad de Schopenhauer se transforma en goce estético, y en las manos una pluma que copia cláusulas de una compraventa de inmuebles, constituye un suplicio tan refinado como agotador”. Conforme su experiencia laboral le granjeó empleos mejor pagados, se decía a sí mismo: “Vengan cinco años de tarea intensa, bien remunerada, y en seguida me retiro de los negocios para estudiar, para vivir”. Hacia 1910, con un despacho propio funcionando, comenzó a ganar mucho dinero, pero se quejaba con amargura de la imposibilidad de dedicarse a la meditación: “Poseía ahora muchos libros lujosamente empastados; pero se quedaban de adorno de la biblioteca, pues no tenía tiempo de hojearlos”. En esos años su situación económica fue inmejorable y muy probablemente se encontró a unos cuantos pasos de juntar el capital suficiente para retirarse a filosofar, sin embargo, los sucesos turbulentos del país, la campaña maderista, la organización del nuevo gobierno y finalmente el desastre propiciado por la Decena Trágica lo alejaron temporalmente de la filosofía y lo empujaron a la rebelión armada. Así fue como los escritos vasconcelianos tuvieron que esperar. La cervantina lucha entre las armas y las letras.


Resultado de imagen para jose vasconcelos niño
Vasconcelos con libros

Qué hacer en caso de ser secuestrado por los apaches

En la actualidad hay dos pueblos que se llaman Sásabe. Uno en Sonora y otro en Arizona. Cuenta Vasconcelos que debido a que su padre trabajaba en el servicio de aduanas del gobierno porfirista, tuvieron que vivir, cuando él era muy pequeño, en el Sásabe original, diminuto enclave fronterizo perdido en el desierto de Sonora. Como en un filme western, el lugar era a menudo expoliado por los apaches, que después de consumar sus asaltos “mataban a los hombres, vejaban a las mujeres; a los niños pequeños los estrellaban contra el suelo y a los mayorcitos los reservaban para la guerra; los adiestraban y utilizaban como combatientes”. Por fortuna para la amenazada familia de Vasconcelos pero en perjuicio de la soberanía territorial mexicana, un día llegó al remoto poblado un grupo de soldados norteamericanos. Tenían instrucciones de desalojar a los mexicanos porque afirmaban que el Sásabe estaba en territorio gringo, lo cual evidentemente no era cierto. Por telégrafo, lo sasabeños se comunicaron a la ciudad de México para pedir auxilio y poder defenderse del despojo, pero la respuesta de las autoridades fue que tomaran sus cosas y que se fueran de ahí porque no podían hacer nada al respecto. Desde entonces hay dos Sásabes; el que se encuentra en Sonora es el nuevo, a donde llegaron los desplazados mexicanos. La familia de Vasconcelos tuvo que mudarse a Ciudad Juárez, un sitio a salvo de los ataques apaches y de las invasiones yanquis. De su fugaz época sasabeña el futuro Maestro de América recordó por siempre las escalofriantes advertencias de su madre: “Si llegan a venir [los apaches], no te preocupes: a nosotros nos matarán, pero a ti te vestirán de gamuza y plumas, te darán tu caballo, te enseñarán a pelear, y un día podrás liberarte”.



En la advertencia al lector que se encuentra al comienzo del libro (a propósito del criollismo vasconceliano)

“El calificativo criollo lo elegí –dice Vasconcelos– como símbolo del ideal vencido en nuestra patria […] El criollismo, o sea la cultura de tipo hispánico, en el fervor de su pelea desigual contra un indigenismo falsificado y un sajonismo que se disfraza con el colorete de la civilización más deficiente que conoce la historia; tales son los elementos que han librado combate en el alma de este Ulises criollo, lo mismo que en la de cada uno de sus compatriotas”. Vasconcelos creía que la verdadera y única civilización que valía la pena en México e Iberoamérica era la que se heredó de los españoles. Tanto la realidad indígena como la influencia norteamericana le parecían perniciosas (véase el relato del Sásabe, donde tanto los apaches como los yanquis atacan a los criollos). Estar al tanto de esa concepción es fundamental para entender las posturas políticas e ideológicas que el Maestro sostuvo y radicalizó a lo largo de su vida llegando a incurrir, en sus últimos años, en excesos de discriminación racial y flirteos con la dictadura franquista de España.



Onanismo de pubertad

Cuando Vasconcelos terminó la primaria, su familia decidió mudarse de Piedras Negras a una ciudad donde hubiera una mejor escuela para José, que pasaba a la secundaria. El destino fue Campeche, donde también había una aduana para que trabajara el padre. Ahí el despertar hormonal, quizá agudizado por el calor extremo y el ambiente tropical, se manifestó en las autoexploraciones naturales que, debido a la educación extremadamente católica que su madre le inculcaba, no tardaron en causar culpas al adolescente Vasconcelos. Para expiar sus pecados onanistas, optó por la penitencia corporal: “cuando en las noches me despertaba un deseo violento, me pinchaba las carnes con un alfiler que previamente ocultaba en la hamaca y combatía desesperadamente las imágenes de la tentación”. Pero el deseo y la carne siempre son más fuertes: “Otras veces, por supuesto, me vencía la naturaleza y me daba a ella con cinismo desconsolado”. Este episodio es significativo porque anuncia lo que fue una constante en el resto de la biografía vasconceliana: la decisión culposa pero firme de no privarse nunca del placer sexual, el impulso que cae continuamente en la salacidad aunque para ello tenga que cebarse, como después se verá, en el consumo de la prostitución.
Vasconcelos adolescente



La temprana certidumbre de grandeza

Leo este libro y no puedo evitar el pensamiento de que para mí la vida siempre ha sido confusa. El futuro se me presenta como una boca oscura e incierta. Nunca he podido ostentar una voluntad acerada y jamás enorgullecí a mis padres con comentarios de vocaciones agraces. Mi caso es opuesto al de Vasconcelos, que en Ulises criollo afirma haber tenido desde siempre una conciencia clara del destino de grandeza que estaba llamado a cumplir aun a pesar de las asechanzas del entorno. Lo suyo era un jansenismo sui generis: se consideraba predestinado, por efecto de una gracia trascendental y no siempre de filiación católica, a luchar por la consecución de fines excelsos. Para él, la vida era un enigma sólo en el sentido de que le proporcionaba los detalles circunstanciales en que su sino inalterablemente preclaro se desarrollaría: “del porvenir yo poseía ya algunas certidumbres… La vida mía no iba a ser cosa corriente. Una serie de alternativas magníficas se agitaban en mis presentimientos…”, dice el niño José cuando tenía diez años o menos. A esa edad le resultaba indiferente convertirse en mártir, santo, presidente, militar, filósofo o profeta; lo único que le importaba era la magnificencia, la dignidad mayestática con enfrentaría sus circunstancias. Y a la larga tuvo razón: nadie que se acerque a conocer su vida –no sólo su autobiografía íntima ni sus escritos, sino también los datos históricos de sus acciones políticas y educativas que ejercieron una influencia determinante en la vida nacional– negará la grandeza de este hombre a quien, según Jorge Cuesta, “tiene que calificarse de extraordinario”.

La mirada de Vasconcelos



Las prostitutas I

Vasconcelos conoció la prostitución en su vida de estudiante preparatoriano, en la ciudad de México, después de la muerte de su madre, cuando por tristeza y desconsuelo se apartó del dogma católico y su proscripción de la lujuria. En esa época estudiantil combinaba el estudio, el alcohol, la compañía de los condiscípulos y lo que él llamaba “el amor callejero” o los “pequeños excesos sexuales mercenarios”, que practicaba, según sus palabras, “hasta el límite de mis recursos monetarios”. En esos tiempos su economía era la siguiente: “Por dieciocho pesos, de los treinta de mi pensión, aseguré alimentos y una alcoba grande con balcón a la calle, compartida con dos camaradas, desconocidos. Con los doce pesos restantes había para baños y barbería, toros y aventuras”. Obviamente, su presupuesto y el de sus amigos alcanzaba sólo para prostitutas baratas, quizá feas o viejas: “la sed de mujer, y mujer hermosa, se aplazaba constantemente. Y nuestro amor, entretanto, se envilecía en los rápidos, nauseabundos encuentros callejeros que entristecen y debilitan”. Cuando por fin consiguió su primer empleo como amanuense en el despacho de un tal Jesús Uriarte, pudo acceder, gracias al frugal sueldo que recibía, a mejores lupanares: “Con qué fruición apañaba los billetitos de cinco pesos, sésamo de los paraísos mahometanos del barrio del Salto del Agua y Regina. Patio de ladrillos flamantes y plantas, luces eléctricas, trinos de voces alegres. En el salón alfombrado, multiplicándose en los espejos del muro, danzan al son de un piano veinte o treinta mujeres desenvueltas, morenas o rubias, gordas, delgadas, todas limpias, bien olientes, acogedoras, fogosas. Bastaba franquear el umbral, y sin siquiera quitarse el sombrero, con sólo extender los brazos, caía en ellos un tesoro palpitante y elástico […] Y luego, nada de compromisos, nada de promesas, nada de celos. Únicamente amistad y regocijo”. Como a partir de ese momento a Vasconcelos no le faltó trabajo ni dinero, pudo dedicarse a visitar sin escrúpulos monetarios la mayor cantidad de prostíbulos que pudo, desde los neoyorquinos hasta los habaneros.



La escritura

Desde su más tierna infancia, Vasconcelos, impulsado por su madre, fue un lector precoz. Sin embargo, la escritura siempre se le dificultó. Cuando con su familia se trasladó de Piedras Negras hacia Campeche, el viaje en tren le fascinó tanto al pequeño José, que en ese momento quiso, sin conseguirlo, escribir sus impresiones: “me estorbaban los adjetivos –confiesa–. El caso es que mi ensayo me dejaba triste. No correspondía al intenso vivir”. Ese desencanto de la escritura se repitió muchas veces en su vida. En la universidad, las veleidades filosóficas lo empujaban a plasmar en textos sus especulaciones, pero de nuevo se sentía imposibilitado: “Ensayaba escribir; pero apenas traducía mi pensamiento en signos, las ideas perdían toda su profundidad; lo escrito me desencantaba, me irritaba como una traición a mi esencia singularmente valiosa”. Cuando formó parte del legendario Ateneo de la Juventud, su dificultad para redactar se hizo más evidente debido a la comparación inevitable con el talento literario de Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña y Antonio Caso. A partir de ese momento, Vasconcelos comenzó una extraña y despechada militancia en contra de la escritura estilizada: “me era antipático que el gran pensamiento tuviese que estar atento a reglas de prosodia. Lo que para mí era el pensamiento no me llegaba por imagen ni por fórmulas, sino por ondas y melodías”. Esa desproporcionada ambición intelectual, aunada a su desprecio por el estilo literario (“la literatura siempre degrada sus modelos”, decía), fue la responsable de que sus textos filosóficos resultaran infumables, “casi ilegibles”, en opinión de Jorge Cuesta. Al respecto, en su ensayo “Nuestro Ulises” Sergio Pitol da noticia de una carta que Alfonso Reyes, con tono amigable, le escribió a Vasconcelos en 1921: “Debo hacerte dos advertencias que mi experiencia de lector me dicta –le decía Reyes–: primera, procura ser más claro en la definición de tus ideas filosóficas […] Ponte por encima de ti mismo: léete objetivamente, no te dejes arrastrar ni envolver por el curso de tus sentimientos […] segunda, pon en orden sucesivo tus ideas […] Hay párrafos tuyos que son confusos a fuerza de tratar cosas totalmente distintas, y que ni siquiera parecen estar escritos en serio. Uno es el orden vital de las ideas, el orden en que ellas se engendran en cada mente (y ése sólo le interesa al psicólogo para sus experiencias), y otro el orden literario de las ideas: el que debe usarse, como un lenguaje o común denominador, cuando lo que queremos es comunicarlas a los demás”. Comenta Pitol que a raíz de esa carta, la correspondencia entre Reyes y Vasconcelos se enfrió “hasta reducirse por muchos años a un intercambio de tarjetas formalmente amistosas”. Y es que el Maestro de América, con la soberbia que lo caracterizaba (“antes que la lujuria conocí la soberbia”, confesaba), nunca aceptó las críticas que sus escritos filosóficos despertaban. Se regodeaba en su redacción confusa, abstrusa.

 Por todo lo anterior, sorprende lo perfectamente bien redactado que está Ulises criollo, modelo de escritura atemperada y enérgica al mismo tiempo. Su prosa diáfana y vigorosa contradice los tropiezos mencionados. En sus páginas la claridad expositiva se mezcla armoniosamente con la belleza sensual y diríase dionisiaca de muchos fragmentos. Ya lo dijo Pitol: “Vasconcelos, en sus mejores momentos, es un escritor de los sentidos. Su voluptuosidad penetra el lenguaje”. El lector puede reconocer los episodios que fueron más significativos en la vida del autor (la muerte de su madre, la visita a la ciudad de Oaxaca, donde a cada paso reconocía las huellas de sus antepasados, el amor desbordado que sintió por Adriana, el asesinato brutal de Francisco y Gustavo Madero…) porque consecuentemente despliegan una mayor energía verbal que el resto del texto. En este sentido, lo que más llama la atención de esta obra es la capacidad de comunicar estados de ánimo mediante una prosa serena. Hay fragmentos que erizan la piel, provocan el llanto, subliman por la belleza de los paisajes descritos y dejan un resabio de bilis cuando Vasconcelos narra sucesos amargos. Aquí la nota dominante es la emoción, pero una emoción que por primera vez supo poner en orden el autor, a diferencia de sus trabucados escritos filosóficos. Quizá en eso radica la grandeza del libro: sólo en sus páginas el corazón magnánimo y complejo de Vasconcelos se mostró legible, lo cual en sí es un verdadero milagro literario.



Las prostitutas II

Quizá el libro de memorias sexuales más explícito y sabroso de la literatura mexicana del siglo XX sea La estatua de sal, de Salvador Novo, sin embargo, Ulises criollo no se queda muy atrás. Ahí Vasconcelos se muestra firmemente empeñado en hacer el recuento de los coitos que tuvo desde que comenzó su vida sexual hasta 1912. En dicho recuento sobresalen las experiencias con prostitutas. A continuación describo algunas que lector puede hallar en las páginas de este libro:

Después de trabajar como amanuense en el despacho de Jesús Uriarte, donde ganaba el dinero suficiente para poder franquear las puertas de “los paraísos mahometanos del barrio del Salto del Agua y Regina” de la ciudad de México, Vasconcelos consiguió un mejor empleo en Durango. Antes de marcharse, decidió despedirse de la capital cumpliendo unos antojos largamente aplazados que “consistían en una rubia fastuosa llamada Estrella y una mazatleca elástica y morena llamada Laura, ambas famosas en ciertos centros…”. Ya en Durango, se metió con alguna de las prostitutas que llegaban de Torreón, ciudad en la que “el auge algodonero fomentaba un derroche imbécil y fácil de explotar por el profesionalismo galante”. Tiempo después, cuando durante la campaña antirreeleccionista Francisco I. Madero cayó preso en San Luis Potosí y varios conjurados maderistas fueron perseguidos por las autoridades federales, Vasconcelos tuvo que huir del país. Su destino fue Nueva York, donde en Broadway tuvo varios encuentros sexuales. El primero fue con una mujer que tras de decirle que era húngara, “sólo habló para cobrar”. De regreso a México tomó un barco que hizo escala en la Habana. Ahí pasó “la tarde y parte de la noche” en un barrio galante donde disfrutó de una bella mujer de “sólidos senos, cintura flexible, labios deliciosos y una voz de acento antillano que mete por los oídos su música fresca”. Cuenta Vasconcelos que después de salir del barrio rojo de la Habana, las ganas se apoderaron otra vez de él y, pese a su dinero ya mermado, regresó a buscar a la misma prostituta, con quien “terminó la noche en delirio”. Para ese entonces el futuro Maestro de América ya estaba casado y tenía un hijo, pero su matrimonio jamás detuvo la constante búsqueda de mujeres. Fue el flechazo cautivador que Adriana, su amante adúltera y gran amor, le clavó en el corazón el que desvaneció, al menos temporalmente, la necesidad de visitar prostitutas.



La tentación de Cronos

Vasconcelos se casó sin estar enamorado, por inercia y arrastrado por fuerzas minúsculas y estúpidas. En el fondo, detestaba ese compromiso, pero no opuso resistencia y llegó al altar: “Quizá era toda mi vocación la que traicionaba, contrayendo compromisos incompatibles con mi verdadera naturaleza de eremita y combatiente. Sin duda, de aquella contradicción deriva la mitad del fracaso de toda mi carrera posterior”, escribió con acritud. Y es que desde recién casado su esposa lo irritaba: “pequeñas rivalidades, oposiciones y diferencias de criterio y de gusto iban amargando la vida en común”. Sin embargo, nunca se divorció y, por el contrario, tuvo hijos. Cosa extrañísima es el relato del nacimiento de su primogénito. Mientras su esposa paría en un cuarto contiguo de su casa, Vasconcelos sintió, por inexplicable que parezca, unos impulsos irrefrenables de escribir un artículo sobre Amalia Molina, cantadora andaluza que por esas fechas se presentaba en los escenarios mexicanos: “no sé qué extraña emoción ligaba dentro de mí la aparición de una nueva vida con las saetas de Molina en honor a la Macarena. Lo cierto es que al escribir aquel ditirambo me aliviaba del drama que acababa de ocurrir”. Pero lo verdaderamente raro y perturbador del episodio no es eso sino la idea homicida que cruzó, como un relámpago diabólico, por la mente del Maestro: “mientras escuchaba los lamentos de la pavorosa crisis fisiológica, un demonio me habló en lo íntimo: ´Pudiera depender de tu voluntad –me decía–; basta con que lo pienses; piénsalo y decide: están pendientes del hilo de la fortuna dos vidas; si piensas aniquilarlas serás libre y evitarás que uno de tu sangre vuelva a padecer la prueba; ahora bien: si no te atreves, deja de pensar o pide que vivan y todo resultará normal…´ Alucinado, permanecí perplejo igual que si rechazase una tentación”. Hoy me pregunto qué habría pasado si Vasconcelos hubiera hecho caso al impulso demente de asesinar a su hijo recién nacido y a su esposa. Quizá hubiera sido atrapado, juzgado y encarcelado, por lo cual su participación en la Revolución y su desempeño ejemplar y glorioso como secretario de educación pública no habrían ocurrido. Tampoco hubiera escrito Ulises criollo. Tal vez, lo cual es una posibilidad fascinante, hubiera redactado otro libro: las confesiones de un asesino atormentado, genial y oscuro. Quizá en la cárcel hubiera podido realizar por fin su “verdadera naturaleza de eremita”. Quizá la UNAM, tal como la conocemos, no existiría, habría menos bibliotecas y, por consiguiente, este país sería peor de lo que ya es.

Hector Vasconcelos, hijo del Maestro: evidentemente no es el primogénito,


Quetzalcóatl sacrificado

Para Vasconcelos, Francisco I. Madero encarnaba la civilización, el futuro y el civismo. Todo lo contrario al anquilosado régimen porfirista y a la barbarie de los posteriores caudillos revolucionarios. A menudo decía, como metáfora, que Madero era el Quetzalcóatl (dios salvador, mesías luminoso) que había venido a destronar a Huitzilopochtli (dios de la guerra, sustrato azteca que amenazaba con anegar de sangre la realidad política mexicana). Todos los pasajes de Ulises criollo donde se habla del llamado Apóstol de la democracia son hiperbólicos, demasiado sentimentales, casi hagiográficos (“no acabaría de contar las pruebas de grandeza moral que don Francisco nos daba”, dice Vasconcelos). Tanto se esforzó en hacer patente la cualidad excepcional y benévola de Madero, que en ocasiones uno tiene la impresión de que ese personaje era más bien ingenuo. Llaman la atención las numerosas intrigas y traiciones que se gestaban en el seno del gabinete presidencial sin que don Francisco fuera capaz de impedirlas. Torvos individuos fraguaban su asesinato delante de él sin encontrar impedimentos a sus fechorías. Madero perdonaba y dejaba libres a los que intentaban aniquilarlo. Sea como haya sido en realidad (Ulises criollo no es un libro de historia sino una autobiografía novelada), el relato vasconceliano da, por el ahínco con que desea mostrar una imagen impoluta de Madero, la impresión de que se trataba de un Quetzalcóatl petrificado en el templo de su pureza, cegado por su propia aura luminosa mientras a unos cuantos metros de él los esbirros de Huitzilopochtli destruían a la nación y preparaban el cadalso de su sacrificio.
Resultado de imagen para francisco i madero
Quetzalcóatl



El principio del fin

Ulises criollo culmina con el asesinato de Madero. El libro es la primera parte de las Memorias de Vasconcelos. En los siguientes tomos autobiográficos, el Maestro de América, motivado por su fracaso como candidato presidencial en 1929, se dedica a denunciar la podredumbre de la política mexicana. Lanza dicterios a diestra y siniestra. Estaba convencido de que los gobiernos posrevolucionarios encabezados por Plutarco Elías Calles (cabeza del posterior sistema priista) traicionaron sin excepción los ideales de Madero. Para él, México se había convertido en una nación insalvable, plagada de asesinos y corruptos. Si viera lo que sucede en la actualidad (estudiantes desaparecidos, periodistas asesinados, infames reformas educativas…), no podría sino confirmar su diagnóstico de que el dios Huitzilopochtli, después de haber inmolado a Quetzalcóatl, reinaría sin interrupción sobre este territorio de ruinas.