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lunes, 25 de febrero de 2019

La lógica de los flujos trasvasados y la salinidad del lago de Texcoco


Cuando se drena un cuerpo de agua, existen tres posibilidades. La primera es que el líquido fluya hacia otro sitio donde, por efecto de la temperatura, termine evaporándose. La segunda es que, al llegar a su nuevo asiento, el agua se infiltre en el subsuelo, nutra a un manto acuífero o se convierta en un manantial que brote en otro lugar. La tercera, que al ser expulsada de su contenedor original, corra hacia otro cuerpo de agua más grande como un río, un lago o hacia el mar. Lo más probable, también, es que sucedan las tres cosas al mismo tiempo. Que en el proceso de ser drenada, el agua se evapore; luego, a lo largo de su recorrido hacia otro cuerpo de líquido más grande (donde al final, irremediablemente, se evaporará), se infiltre en el suelo. En cualquier caso –excepto en el de la evaporación–, el agua siempre arrastra consigo, en su camino hacia cotas cada vez más bajas, todo tipo de materiales sólidos. Así se explican tanto las gigantescas islas de basura en el océano como la salinidad del mar. Ese último fenómeno se debe a que la lluvia, al escurrir por las vertientes de los cerros, los deslava y acarrea sales y minerales que terminan en el océano. Como el agua se evapora y las sales no, al recibir ininterrumpidamente el liquido de los ríos, el mar se vuelve cada día más salado. Lo mismo pasó con el lago de Texcoco. Al estar ubicado en una cuenca endorreica, es decir, sin drenajes naturales, y al encontrarse en un sistema lacustre interconectado donde ocupaba la cota más baja respecto a los otros cuatro lagos, recibía de ellos su agua sobrante y con ésta también las sales, las cuales se sedimentaron, con el paso de los siglos, en su fondo, convirtiendo a sus aguas y sus tierras en poco propicias para la agricultura. Lo cual ha sido el argumento que, a lo largo de los siglos, se ha utilizado para expoliar a campesinos, ejidatarios y pequeños propietarios que viven en el vaso del lago de Texcoco...

jueves, 6 de septiembre de 2018

Viaje al Monumento del Drenaje Profundo



Las cabezas son cascos de samurái; los cuerpos, torres de cemento de diferentes alturas. La más alta mide 30 metros y la más baja 18.   



(Enero 2018)
Estoy en la colonia Solidaridad Nacional, delegación Gustavo A. Madero, a unos cuantos pasos de la serpenteante frontera con el Estado de México. Acabo de ver a un perro callejero devorar las tripas rojas de un gato reventado y luego mirarme con ojos de animal zombi. Vi también, cuando me bajé del camión que tomé en el paradero Indios Verdes, a un grupo de hombres aceitosos que, en el patio de un taller mecánico, se abismaban dentro de unos tableros de ajedrez. Y a dos niñas con uniformes de secundaria que jugaban a enseñarse los calzones en el reflejo de un charco gris.
            Una precisión: no estoy solo; el Shaggy me acompaña. Lo encontré tirado en el piso de la estación del metro La Raza, comiéndose una mandarina. Hacía dos años que no nos veíamos y nos abrazamos con gusto. Él esperaba a un conocido suyo que le entregaría un fanzine anarquista: pero me pasa siempre lo mismo, lo espero y nunca llega, me dijo. Yo le comenté que iba en busca del Monumento al Drenaje Profundo y él, sin pensarlo dos veces, decidió acompañarme.
Shaggy me cae bien porque no es ningún tonto; sabe, por ejemplo, quién fue Nicolae Ceaușescu, y eso es más que suficiente para ser un buen compañero de viaje en esta ocasión. Pero él y yo no sólo hablamos del político rumano y su intrincada relación con el Drenaje Profundo de la Ciudad de México (tema que hoy me obsesiona), ni de monumentos olvidados, ni de Boris Groys –a quien a quien menciono varias veces para explicar el proyecto que quiero realizar. También platicamos de la tristeza, de la falta de ternura en nuestras vidas, de la arenisca que se acumula en las pegajosas esquinas del alma: soy una calaca y se me mete el smog de la melancolía en los huesos porque no tengo médula, le confieso en una pausa del metro. 
En Indios Verdes, después de perdernos un rato entre filas de combis, vapores de tacos y puestos de fayuca electrónica, abordamos la ruta 68, unos camiones amarillos y grandes con rótulos que dicen “Reclusorio Norte” y que cuestan siete pesos. El chofer arrancó cuando ya no cabía una persona más.
Traqueteando, pasamos frente al campus Ticomán del IPN, donde las rejas guindas separan la calle de los oasis de pastos verdes. Después el camión se internó en barrios quebrados y sucios, cruzó el río de los Remedios (un cauce de gelatina color cemento) y siguió por colonias donde la gente detesta a los vegetales, a juzgar por la falta de árboles y jardines.
Las instrucciones para llegar a nuestro destino decían que debíamos descender en el crucero de Chalma, pero ni Shaggy ni yo sabíamos dónde quedaba eso, así que le pregunté a una muchacha de lentes. Vamos al Cetis No. 7, precisé. Faltan cuatro minutos, respondió ella como si estuviéramos en un tren alemán. Bájense en la esquina, agregó después con precisión sorprendente, mientras el estéreo del chofer hacía sonar una cumbia de rima fácil: “Ven, acércate a mí, que yo me muero por ti”.
Pero no se vayan caminando, hace mucho sol, mejor tomen el camión que va a metro Politécnico, insistió, con voz angustiada, lo cual nos pareció enigmático, pues ni el sol estaba fuerte ni era necesario abordar otro transporte: el Monumento al Drenaje Profundo se veía, titánico, a no más de doscientos metros del crucero de Chalma. Pensé dos cosas: o ella deseaba protegernos maternalmente de la insolación, o su advertencia tenía un significado oculto. Algo así como: si se van a pie los van a apuñalar.
No hicimos caso y caminamos por la avenida Benito Juárez (frontera entre la Ciudad y el Estado), donde encontramos al perro zombi. En la calle Luis Espinosa (llamada así en homenaje al ingeniero mexicano que durante los siglos XIX y XX dirigió los trabajos del desagüe del Valle de México), giramos a la izquierda y llegamos a este lugar, donde el Monumento del Drenaje Profundo asoma su gigantismo detrás de los muros del Cetis.
Permanecemos un rato en silencio, observando la ilógica estructura: si estuviera en el espacio escultórico de la UNAM, o en algún lugar parecido al de las Torres de Satélite, no se vería tan extraña, tan fuera de sitio. En cambio aquí, en una zona olvidada por los urbanistas, donde la gente apenas tiene agua potable, entre calles estrechas, encerrada tras las bardas de un bachillerato técnico de baja estofa, resulta un cultismo sofisticado y mamón dentro del sintagma elemental y burdo de la periferia. Pero así es esta ciudad. Aquí los panzones grasosos juegan ajedrez como sultanes árabes y las niñas se erotizan en espejos de agua sucia. Aquí estuvo Nicolae Ceaușescu, le digo a Shaggy.
Pasa una patrulla, dos autobuses y varios peatones. Entonces aprieto el botón de la turbina que llevo en la mochila y vuelo hacia la parte más alta de las torres de concreto del monumento: 30 metros sobre el piso. Encima de las torres, veo las cimbras, hechas del mismo material con que se construyeron los túneles del drenaje. Ahí viven las palomas, que se espantan al verme, ahí crece el musgo y se encuentra un inesperado balón de fútbol ponchado que algún estudiante pateó hasta acá. Vuelo más alto. Pierdo de vista a Shaggy. Examino las nubes, olfateo el smog. Tan arriba me encuentro que comienzo a ver todo no como una toma satelital de Google Maps sino como un mapa dibujado con tinta negra. Me divierto imaginando que realizo un test de Rorschach. ¿Qué formas identifica usted en los límites políticos de la CDMX? Hace un momento estaba parado donde la figura de la capital levanta hacia el norte un inesperado cuernito, o donde la silueta de la pera chilanga tiene su trozo de rama, o donde el corazón infartado de la urbe yergue un pedazo de aorta rota, respondo.
Sigo elevándome. Tanto que inicio un viaje en el tiempo. Hacia el pasado. Maniobro con precaución mi aeromochila, regulo la velocidad de la turbina para aterrizar exactamente el 9 de junio de 1975 a las 10:10 horas en la base del monumento. Lo consigo.
Es una mañana hermosa y fresca de primavera.
El Cetis aún no existe y el cerro de enfrente, verde por las lluvias, todavía no ostenta la falda de casas grises que lo vestirá en el año 2017. Tampoco hay bardas. En este terreno sólo se ven, armónicos, el monumento sobre una base circular de concreto, un área de césped, el museo semicircular de las obras hidráulicas dedicado a la memoria de los trabajadores que perdieron su vida durante la construcción, y un evento multitudinario a punto de comenzar, algo parecido a un mitin político. Pancartas de apoyo al PRI, gente sentada y de pie, flores, banderas tricolores, ingenieros, obreros, policías secretos, periodistas. Al frente, un podio, una mesa larga cubierta con mantel rojo y varios funcionarios públicos a los que se les empiezan a calentar las cabezas por el sol. En medio distingo a Luis Echeverría –traje gris claro, lentes, calvicie bruñida, cuerpo rígido– y, a la izquierda, a su homólogo, el conducător Nicolae Ceaușescu, presidente de la República Socialista de Rumania. Se encuentra de visita oficial en México; sonriente y silencioso, cumple su papel de padrino extranjero del Sistema de Drenaje Profundo del Distrito Federal, obra que el gobierno mexicano inaugura con la esperanza de desalojar las aguas negras y fluviales de la Cuenca del Valle de México y dar fin a la obsesión que desvela a la ciudad desde los tiempos de Tenochtitlan: el pánico a hundirse en el lodo.
Porque cada urbe tiene sus pesadillas (¿cuál será la de Bucarest?), sus terrores íntimos, y la Ciudad de México le teme, más que a los terremotos, al fango. Su historia se define como una lucha contra la imagen de sí misma hundiéndose en el caldo lodoso de la inexistencia, en su propia diarrea disolvente: las chinampas, los albarradones de Nezahualcóyotl, los desesperados desagües novohispanos, las inundaciones de la capital independiente, los faraónicos canales y túneles de Porfirio Díaz, los edificios succionados por el flan del tepetate, el Drenaje Profundo. Imagen de pesadilla que, tal vez, constituya un deseo inconfesado, colectiva pulsión de muerte: ¿no sería más conveniente ahogarnos en el cieno y acabar de una vez por todas con la angustia? No, en lugar de eso, la terca permanencia, la neurosis del asfalto: quedarse aquí a secar el agua, llenar camiones de volteo con toneladas de lodo y cubrir todo lo que antes eran lagos con losas de cemento hasta el horizonte, también las montañas, que todo sea banqueta. Lo cual ha traído inconvenientes: cuando llueve, el líquido de los cerros pavimentados corre hacia la cuenca y la ciudad se convierte en alberca que es necesario drenar con coladeras. Por eso la construcción de esta obra, la tubería más grande del mundo que el presidente rumano apadrina esta mañana como un gesto de amistad a este pueblo al que le aterroriza hundirse.



Regreso al año 2017 para sacar a Shaggy de su contemplación del monumento y decirle que la primera escena de nuestra película “La soledad de la ciudad desecada” deberá realizarse con objetos a escala: en un lugar lodoso clavaremos réplicas de edificios emblemáticos del Distrito Federal, de manera que transmitan la sensación de una catástrofe pantanosa: la Torre Latinoamericana rota y medio sumergida en el fango, el Monumento a la Revolución cubierto hasta la cúpula, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes naufragando cual buque fantasma en un piélago de hormigón reblandecido. Las tomas serán en blanco y negro, la cámara del celular dará vueltas sobre la estragada ciudad de juguete, simulando un mareado viaje en helicóptero. Y después hacemos un corte para meter esto: la imagen del Monumento al Drenaje tras las bardas del Cetis, como un monstruoso ferdydurke de cuatro cabezas condenado a cursar por siempre el bachillerato técnico, pese a ser él, se supone, el encargado de salvar a la ciudad de las inundaciones desde 1975. Mostrarlo como un prisionero de cemento y acero denigrado por lo naif de los recreos estudiantiles. Y mientras tanto, un narrador dirá las siguientes palabras de Hugo Hiriart: “Erigidos para hacer perdurar hazañas, los monumentos, entes melancólicos y paradójicos, refutan su intención y prueban siempre la fugacidad y la calidad efímera de todas las cosas humanas. Aun los dioses pavorosos envejecen y mueren. Pero el arte perdura. De la devoción, el terror o la reverencia nada más sobreviven ingenio de artesano y misterio. Por eso los monumentos más puros son aquellos cuyo significado se ha perdido”.   
            Está mamalón, comenta Shaggy con un tono de voz indescifrable: no sé si le entusiasma o me da el avión o ya quiere irse. Entonces cruzamos la calle Luis Espinosa y nos dirigimos al portón metálico del Cetis. Las incontables capas de pintura de aceite color rojo disminuyen la sensación metálica en mis nudillos. De pronto, un guardia abre un postigo carcelario para preguntar qué deseamos. Le explico que me encuentro haciendo una investigación sobre la historia hidráulica de la ciudad y, por ello, me interesa ver el monumento que hay adentro. Cierra el postigo. Al cabo de un rato, franquea la plúmbea entrada y se muestra acompañado por una señora de rostro amable y moreno; su nombre es María del Rosario Ramírez Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien nos pide anotarnos en una libreta y dejar con el guardia una identificación. Sólo en este momento pienso que el aspecto y los modos punks de Shaggy pueden resultar inconvenientes: es un sujeto que jamás saluda ni da las gracias. Sin embargo, a María del Rosario no parece importarle y nos entrega, como señal de ambigua hospitalidad, un gafete de visitante a cada uno: ¿esas marcas de forastero sirven para obtener respeto como huésped, o para vigilarte con mayor facilidad? Pese a las excesivas normatividades que María de Rosario nos obliga a cumplir con aplomo policiaco, la noto nerviosa, como si estuviera frente al pizarrón en su primer día de clases. Advierto que tiene en sus manos una hoja enmicada con todos los datos históricos del Cetis No. 7 Miguel Lerdo de Tejada. Una especie de acordeón para no fallar en su paseo guiado por el plantel.
Para romper el hielo, pregunto si viene mucha gente a ver el monumento. Me dice que no. Las últimas personas interesadas vinieron en 2005; hacían un libro para la UNAM, uno sobre lugares extraños de la ciudad: el Cetis les pareció exótico. ¡Ah, los citámbulos!, le digo, entusiasmado. Sí, creo que así se llaman, me contesta. Entonces, de golpe, recuerdo un montón de cosas olvidadas. Me abstraigo de María de Rosario, de Shaggy, de la historia de Nicolae Ceaușescu y Luis Echeverría. Recuerdo: hubo un tiempo, hace algunos años, que con Vladimir, La Mami, La Güera y El Púas, me dediqué a ir a los lugares de antiturismo señalados en la guía Citámbulos. Casi todos parecían inventados. Recuerdo haber visto consignado, por ejemplo, el inverosímil Monumento al Drenaje Profundo, pero no venimos. En cambio, fuimos a buscar el secreto jardín de orquídeas que, supuestamente, se encuentra en una bodega abandonada de la colonia Industrial Vallejo, entre dos calles larguísimas. Es una zona de naves industriales, trailers estacionados en la calle, fábricas viejas de zapatos y vías de ferrocarril que se internan por estrechos pasillos y se pierden en pasadizos rematados con portones oxidados. Era domingo, así que el barrio tenía un aire fantasmagórico, abandonado. Se nos hizo tarde peinando las calles, saltando bardas, huyendo de los perros guardianes, interrogando a los veladores, siguiendo arabescas vías férreas. Al final, concluimos que el jardín de orquídeas era el lugar comodín del que se advertía en el prólogo de Citámbulos: “todos los sitios son verdaderos, excepto uno; el explorador lo descubrirá”. Cansados, fuimos a la casa de Vladimir, que vive en la colonia San José de la Escalera, cerca de ahí. En su patio hay dos lavadoras inservibles, tres perros (Goliath, Séneca y La Concha) y en medio crece un árbol de mango –rareza botánica en la Ciudad de México– bajo el cual su familia colocó una mesa y seis sillas. Ahí comimos, bebimos cerveza y mezcal. Dentro de su habitación, Ana, hermana de Vladimir, discutía con Shaggy, que en ese tiempo era su novio. Él y yo no éramos amigos directos, pero cuando nos encontrábamos platicábamos de películas y libros. La nuestra era una amistad en potencia: sospechábamos que podríamos convertirnos en compas inseparables porque desde que nos conocimos experimentamos atracción, pero nunca dimos el paso decisivo. De pronto, Shaggy salió del cuarto de Ana. Habían terminado definitivamente su noviazgo. Él tenía los ojos llorosos. Me saludó y se despidió al mismo tiempo. Lo abracé, lo confieso, sin prestarle demasiada atención. Salió de la casa. Era de noche. Al cabo de un rato, Ana se unió a nuestra tertulia. Tratamos de animarla. Le dimos mezcal. A las tres de la mañana, ella y yo nos fuimos a su cama. Me pidió que la abrazara y a mí me dieron ganas de hacer el amor, pero Ana me dijo que estaba triste y sólo quería dormir. Me sentí como un canalla oportunista, pero traté de solucionarlo comportándome como un hermano responsable, como un pastorcito que vela el sueño de una cabra enferma. Eso fue todo. Un par de días después, olvidé el asunto. Sin embargo, a partir de ese momento le perdí la pista a Shaggy. Fue como si las arenas movedizas de la ciudad se lo hubieran tragado. Eliminó incluso su cuenta de Facebook. Ana se fue a Francia y al poco tiempo se consiguió un novio normando llamado Vincent, de modo que Shaggy se borró aún más del círculo de amigos (nunca imaginé que lo volvería a ver, tres años después, en una estación del metro, justo hoy). Mientras tanto, la vida siguió y yo continué con lo mío: por esas fechas comenzaba a interesarme la historia de los desagües de la Cuenca de México. Poco después, obtuve una beca de dos años gracias a la cual escribí una novela cuyo título es, precisamente, Desagüe: algo así como una biografía mutante del Gran Canal construido por Porfirio Díaz. El proyecto, en un principio, era distinto. Planeaba hacer un libro de ensayos histórico-literarios sobre el tema, pero me sentí encorsetado. En cambio cuando debrayaba, cuando inventaba personajes y me iba por las ramas –las cloacas– la escritura fluía. Decidí que mi proyecto se transformaría en una narración ficticia. No puedo decir si el resultado es bueno o malo –eso en realidad no importa–, pero sí afirmar que durante el tiempo en que redacté, borré y corregí fui relativamente feliz. Tenía una ocupación que me dispensaba de cumplir con otras responsabilidades más mundanas, más verdaderas, enfadosas y presentes. Vivía en un mundo paralelo, el de mi libro, en un tiempo alterno que aún no llegaba: el de su culminación. Dentro de la vida real y a la vez fuera de ella. Exactamente lo que describe Boris Groys en su ensayo “La soledad del proyecto”.
Según el pensador alemán, un proyecto es, sobre todo, la declaración de un futuro nuevo y alternativo; la postulación y paulatina realización de algo que aún no existe: un libro, un edificio, una filosofía, una vacuna. Para llevarlo a cabo, el realizador debe aislarse de la sociedad y colocarse en una suerte de tiempo paralelo o heterogéneo al de los demás miembros de su comunidad.  Se trata de una de las pocas circunstancias de la vida en que el aislamiento es justificado y bien visto. “El proyecto nos transporta del presente a un futuro virtual, causando una ruptura entre su ejecutor y aquellos que esperan que el futuro acontezca. El autor del proyecto ya conoce el futuro, pues éste no es otra cosa que la descripción del mismo”. Sin embargo, el porvenir, por más prefigurado que se encuentre en escrupulosos cronogramas, siempre deparará sorpresas y, en cierto sentido, puede considerarse, desde ahora, irrealizable, escurridizo. ¿Quién se atrevería a decir con sensatez que lo planeado se cumple punto por punto? Ni siquiera proyectos majestuosamente celebrados como el Sistema de Drenaje Profundo confirman las expectativas. El 9 de junio de 1975, Luis Echeverría anunció que, gracias a la inauguración de esa obra, “se ha liberado de forma definitiva a la metrópoli de las inundaciones”. Hoy se sabe que no es cierto y, más aún, que el proyecto ni siquiera ha sido terminado. Entonces sólo se puso en servicio la primera etapa, compuesta de 68 kilómetros de túneles subterráneos. En la actualidad el Sistema cuenta con alrededor de 110, y todavía faltan muchos más porque el proyecto ha sido interrumpido en varias ocasiones debido a cambios administrativos. Sin contar con que lo ya construido padece serios problemas. “A la postre”, escribió el arquitecto Jorge Legorreta, “y como en el caso de otros grandes desagües de la ciudad, los propósitos del Drenaje Profundo han sido limitados. En época de lluvias el Emisor Central se encuentra saturado, y según las autoridades encargadas se ha reducido su capacidad de desalojo de 210 a 150 m  de agua por segundo”. Lo cual, siguiendo un informe del año 2005 publicado por la Comisión Nacional de Agua, puede causar que “un área de 650 kilómetros cuadrados del oriente del Valle de México, en donde viven unos 8 millones de personas, quede inundada de aguas negras debido al riesgo de una falla catastrófica en el Sistema”.




La historia que nos cuenta María del Rosario no es la que yo esperaba.

“Como mayormente se nos niegan los criterios que permiten determinar si la meta del proyecto ha sido o no conseguida”, dice Groys, “nuestra atención se desplaza de la producción de la obra a la vida-en-el-proyecto”.


 Ángela Gurría participó en el concurso para realizar en grande una escultura que celebrara la inauguración del Drenaje Profundo en 1975. Envió su proyecto a la entidad gubernamental convocante: una pieza escultórica a escala y un documento especificando el material requerido y las dimensiones proyectadas: sobre una base circular de 138 metros cuadrados, se levantarán cinco torres de concreto que representan, cada una, los dedos de una mano; la más alta debe medir 30 metros y la más pequeña 13; sobre cada una se colocará un anillo cortado de las cimbras utilizadas en las tuberías del drenaje.  / por lo tanto, tiene la oportunidad de mirar el presente desde el futuro. estar en la realización de un proyecto permite blandir una justificación para el autoaislamiento. Mientras que la vida ordinaria     



La ciudad se hunde de dos maneras. La primera y más elemental consiste en las inundaciones causadas por lluvias o desbordamientos de canales y drenajes. Fenómeno que ha ocurrido desde tiempos de Tenochtitlan y contra el cual se ha luchado, durante siglos, a través de un paradigma consistente en sacar todo el líquido de la Cuenca del Valle de México por medio de distintos sistemas de desagüe.  
La maestra María del Rosario sigue hablando, o mejor dicho leyendo la hoja enmicada. Más que Jefa de Servicios Escolares, parece alumna nerviosa. No puede evitar que su exposición resulte monográfica y árida. Dice que esta institución se fundó en 1902 con el nombre Escuela Oficial Primaria Superior con Sección en Comercio “Miguel Lerdo de Tejada”. Era para puras señoritas y se encontraba en el Centro Histórico. En un principio, se enseñaba a las niñas de 13 a 15 años a vender artículos de papelería y librería. A finales de la década de 1920, la Secretaría de Educación Pública amplió los planes de estudio, incorporando un mayor número de asignaturas, siempre con inclinación hacia las habilidades técnicas mercantiles: escritura en máquina, taquigrafía, aritmética, nociones de contabilidad, lengua nacional, inglés. Después de 1937, el recién fundado IPN convirtió a la escuela Lerdo de Tejada en vocacional para las ciencias sociales y económicas. En 1952, volvió a estar bajo el control de la SEP. En 1967, se mudó de instalaciones, a la calle Sabinos, en Iztacalco, donde la escuela vivió en 1972 otra transformación administrativa debida a una reforma cuya finalidad era graduar masivamente a jóvenes con habilidades técnicas, listos para incorporarse al mercado laboral en el sector industrial y de servicios. Se creó la Dirección General de Escuelas Técnicas Industriales (D.G.E.T.I) 
 

             
“Cuando nos mudamos a este predio, lo más urgente fue levantar la barda”. María del Rosario Ramírez Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien me recibió con amabilidad y me contó, leyendo una hoja enmicada, la historia del plantel: la escuela se fundó en 1902 como instituto comercial para señoritas y estaba ubicada en el Centro Histórico, en la calle del Carmen. Luego, en la década de 1970, convertida en bachillerato técnico, se trasladó a la calle Sabinos, en Iztacalco, pero en 1985 el plantel sufrió daños por el terremoto y tuvo que ser desalojado. Fue en 1998 cuando maestros y alumnos llegaron a la colonia Solidaridad Nacional. Ese mismo año se delimitó el perímetro con una reja de metal y poco después, gracias al esfuerzo de los padres de familia, se levantaron los muros altos y se colocó el plúmbeo portón de metal y postigo corredizo por donde, inquisitivo, un guardia se asoma y pide credenciales para franquear el acceso.
Tantos años de historia y resistencia educativa para que el Cetis terminara semejando una penitenciaria para que los alumnos no se vayan de pinta. O para proteger las instalaciones de las amenazas externas del barrio: “Cuando llegamos, adentro del museo ya casi no había nada: todo estaba saqueado”, puntualizó María del Rosario.
Sin embargo, no es por su aspecto carcelario que he venido a visitar el remoto Cetis No. 7, escuela pública que se encuentra en uno de los lugares más feos y menos prestigiosos de la Ciudad de México.



una película
cómo se imagina si él,
chilango de toda la vida, le teme al lodo.
Me contesta que no. Tengo miedo a trabajar en una empresa donde ser empleado del mes sea un estado de terror psicológico inculcado por el gerente que te dice: eres el mejor de octubre, si sigues así durante un año llegarás a subgerente de departamento, pero cuídate porque uno de tus compañeros –no diré su nombre– viene con todo y te quiere desbancar; si te refieres a ese lodo, a huevo que le temo, dice Shaggy. Pero tú trabajas en un museo, le replico. Sí. ¿Entonces a qué viene eso del empleado del mes?Eso era antes, ya regresé a la tienda de pinturas de mi papá. Le expongo mi teoría sobre la pulsión de muerte de la Ciudad de México. Le digo que incluso el Drenaje Profundo es profundo porque sólo así se garantizaba LA SEGURIDAD DE NO HUNDIRSE

SÓLO ENTERRÁNDONOS 
EVITAREMOS HUNDIRNOS

10:11 horas: inicia la ceremonia. Todos de pie a cantar el himno nacional mexicano. Inmediatamente después, suena el de Rumania.

El conducător Ceaușescu lleva toda la mañana oliendo mierda mexicana, pero en él siempre ha resultado difícil identificar indicios de asco. Su rostro es una mueca permanente de sonrisa bonachona –diríase infantil– e ironía indescifrable. Desde las 9:30 horas, guiado por su anfitrión, siguió la serie de acciones que pusieron en servicio las instalaciones del Sistema de Drenaje. Antes de llegar aquí, estuvo en el kilómetro 7 del Gran Canal (antigua e insuficiente cloaca de la ciudad), donde atestiguó la abertura de la Obra de Toma, que dejó libre el paso de gran parte del caudal de aguas negras hacia el Interceptor Oriente. En ese lugar, habitantes de colonias aledañas (la Nueva Atzacoalco, la San Felipe de Jesús) escucharon el agua escapando en torrente hacia el nuevo curso, dentro de las entrañas de la tierra, lo cual garantizaba que ya no existiría ningún peligro de inundación sobre sus casas por desbordamiento del Gran Canal. Tronaron los aplausos y Ceaușescu, que para esa hora de la mañana lucía demacrado como vampiro abstemio, revivió. Un rayo de energía le tensó el cuerpo. Porque él no es un ser humano normal: si su viejo paisano el conde Drácula se alimentaba de sangre, Nicolae lo hace de aplausos.

Eso lo sé desde antes de volar a 1975, cuando vi un par de documentales en Youtube. Mi favorito es La autobiografía de Nicolae Ceaușescu, realizado por Andrei Ujica. Se trata de una película en cierto sentido exasperante (no hay narrador ni acotaciones informativas de ninguna naturaleza, y gran parte del largometraje es mudo), compuesta sólo con material rescatado del archivo de las oficinas de propaganda del gobierno de Ceaușescu. Pedazos de filmes oficiales, grabaciones que el presidente aprobaba y muy posiblemente dirigía. Es la película con más aplausos que he visto en mi vida. Cada cuatro palabras, Nicolae se detiene y un alud de palmas inunda el aire. En la pantalla el pueblo y los políticos ovacionan, sonríen, desfilan y aclaman hasta la náusea. Y Ceaușescu recibe, goloso y con cara de pingüino diabólico, esas demostraciones desmesuradas de afecto.
Ujica editó los archivos de manera que narran, con delicada malicia, la espectacular carrera política de Nicolae, que no se explicaría.
Ceaușescu gozó de fama internacional durante casi veinte años gracias a que en 1968 se opuso a la invasión soviética a Checoslovaquia. A partir de ese momento, el mundo occidental lo recibió como el único dirigente comunista civilizado. Durante sus años dorados, se creyó pieza clave dentro del frágil jenga de la Guerra Fría, adoptando siempre una activa política de paz y no intervención. Tenía relaciones con Mao Tse Tung, Richard Nixon, Fidel Castro y, por qué no, con Luis Echeverría. En el set de la política mundial era prestigioso tomarse una foto con él. Pero dentro de su país las cosas no iban bien. El culto institucionalizado a su personalidad se había salido de control, la policía secreta sumió en el terror a la población y la economía se desplomaba mientras el “Héroe de trabajo socialista” ostentaba un báculo de oro y ordenaba construir para su uso personal el palacio más grande del mundo.
 Cuando reprobó Desde la muerte de su predecesor en la dirigencia del Partido Comunista Rumano, pasando por los desfiles patrióticos, las visitas a fábricas, campos, ciudades, los discursos en el Congreso, los encuentros diplomáticos en y fuera de Rumania, las vacaciones con su esposa Elena, hasta su derrocamiento tras los disturbios de Timisoara, por los cuales fue acusado de genocidio y luego fusilado. Veinticuatro años de poder. Fama internacional por haber repudiado la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968. El único dirigente comunista que era bie recibido por el mundo occidental. Una pieza clave durante la Guerra Fría.
      

Si alguien nos buscara en el mapa, nos encontraría donde, siguiendo un test de Rorschach, la figura de la capital levanta hacia el norte un inesperado pezón, o donde la silueta de la pera chilanga tiene su trozo de rama, o donde el corazón infartado de la urbe yergue hacia el cielo un pedazo de aorta rota.
Estamos exactamente a trece kilómetros del Zócalo, en una zona que, entre sus dudosos lugares de interés, cuenta con la pirámide prehispánica de Tenayuca, el Reclusorio Norte donde viven hacinados 11 mil reclusos, la escuela de misioneros mormones más grande de Latinoamérica y este lugar: el Cetis No. 7 “Miguel Lerdo de Tejada”.
Visto desde la calle Luis Espinosa, el Cetis tiene, por sus altos muros, aspecto de prisión, como si quisiera parecerse al Reclusorio Norte o a su edificio vecino, el gigantesco Centro de Capacitación Misional México de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Tres instituciones disciplinarias en una zona con altos índices de marginalidad y crimen; un mismo estilo arquitectónico que tiene en el levantamiento de bardas uno de sus principios fundamentales. Lo cual no es extraño en una región donde los cerros, considerados zonas ecológicas, necesitan muros de cemento para evitar que las construcciones ilegales los cubran por completo.
“Cuando nos mudamos a este predio, lo más urgente fue levantar la barda”. María del Rosario Ramírez Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien me recibió con amabilidad y me contó, leyendo una hoja enmicada, la historia del plantel: la escuela se fundó en 1902 como instituto comercial para señoritas y estaba ubicada en el Centro Histórico, en la calle del Carmen. Luego, en la década de 1970, convertida en bachillerato técnico, se trasladó a la calle Sabinos, en Iztacalco, pero en 1985 el plantel sufrió daños por el terremoto y tuvo que ser desalojado. Fue en 1998 cuando maestros y alumnos llegaron a la colonia Solidaridad Nacional. Ese mismo año se delimitó el perímetro con una reja de metal y poco después, gracias al esfuerzo de los padres de familia, se levantaron los muros altos y se colocó el plúmbeo portón de metal y postigo corredizo por donde, inquisitivo, un guardia se asoma y pide credenciales para franquear el acceso.
Tantos años de historia y resistencia educativa para que el Cetis terminara semejando una penitenciaria para que los alumnos no se vayan de pinta. O para proteger las instalaciones de las amenazas externas del barrio: “Cuando llegamos, adentro del museo ya casi no había nada: todo estaba saqueado”, puntualizó María del Rosario.
Sin embargo, no es por su aspecto carcelario que he venido a visitar el remoto Cetis No. 7, escuela pública que se encuentra en uno de los lugares más feos y menos prestigiosos de la Ciudad de México.
No.
Recorrí varios kilómetros para ver este sitio porque fue aquí donde el himno nacional de la República Socialista de Rumania se escuchó a todo volumen el 9 de junio de 1975. Y fue aquí donde e escuchó, amplificado por unas bocinas traídas para el himno nacional de Rumania se celebró como logro nacional uno de los momentos más determinantes de la agonía hidráulica de la Cuenca del Valle de México. Agonía que, obviamente, hoy es más aguda que ayer y que, para sostenerse en el tiempo, requiere de planes cada vez más grandes y faraónicos.
Entonces todo era distinto, casi irreconocible para los ojos del presente. Para llegar hasta aquí se debían tomar varios camiones desde el metro Tlatelolco, pues no existía la terminal Indios Verdes. No existía el Cetis y aún no se inauguraba el Reclusorio Norte (los reos de la ciudad purgaban todavía sus condenas en el viejo Lecumberri). La mancha urbana apenas comenzaba a apoderarse de estos rumbos y el cerro de enfrente aún no vestía su falda de casas cuando a las 10:10 horas de ese 9 de junio
Pero sin duda fue aquí, y para comprobarlo basta ver.




 donde la Cuenca de México, con sus millones de habitantes a cuestas, se dio cuenta que deb.ería esperar impredecible tiempo para .

Sedientas y mercúricas extensiones de concreto que, más allá del horizonte, lo han invadido todo excepto la mitad superior del cerro que tengo frente a mí. Cerro ocupado hasta la cintura por casas grises, algunas de colores, y que en homenaje a su necia condición de páramo, algún administrativo bautizó como Zona Ecológica número Ocho. ¿Y las otras siete? Un terreno erosionado y seco; lo que ha quedado de ecología.

Aquí el espacio natural es terquedad, reducto que desafía las probabilidades, relingo, barranco que el prurito habitacional del humano desdeñó por imposible de fincar.

(llamada así en homenaje al ingeniero mexicano que durante los siglos XIX y XX dirigió los trabajos del desagüe de la ciudad),

viernes, 7 de agosto de 2015

Unos versos de Juan Ruíz de Alarcón


(Texto publicado en Este país)
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Juan Ruíz de Alarcón

Empeñosos y diversos han sido los argumentos esgrimidos para demostrar que la obra de Juan Ruíz de Alarcón –dramaturgo nacido en Taxco en 1580 y muerto en Madrid en 1639–es uno de los primeros ejemplos de literatura genuinamente mexicana escrita en español. Desde los homenajes oficiales hasta las lecciones académicas, todo indica que debemos sentirnos orgullosos de este genio vernáculo, sin embargo, conviene tener en cuenta lo que Antonio Alatorre señaló en un breve pasaje de Los 1001 años de la lengua española: que Juan Ruíz sólo escribió un pequeñísimo y muy forzado guiño de colorido mexicano en toda su extensa obra. ¿Intentaba así ocultar su cognación americana ante el público ibérico que asistía a sus representaciones dramáticas? Imposible saberlo y estéril devanarse los sesos chovinistas con la intención de averiguarlo. Por el contrario, lo realmente fecundo es decir unas palabras acerca del contenido de dicho guiño pues constituye –además de una muestra de la adulación que sin escrúpulos practicaban en esa época los escritores– una estupenda puerta para comprender un hecho histórico cuyas consecuencias me sumen en la tristeza cada vez que camino por las calles secas de esta ciudad fundada sobre lo que antes fue hermoso valle lleno de agua.
Aquí el guiño mexicano: en el acto primero de la comedia El semejante a sí mismo (redactada por Alarcón más o menos entre 1611 y 1616), los personajes don Juan, don Leonardo y Sancho entran al escenario y festejan el excelente tiempo que hace en Sevilla durante el mes de abril, clima al que consideran la octava maravilla del mundo. A raíz de eso, discurren sobre otras maravillas y cada uno expone las que, a su juicio, son las mejores. Don Leonardo zanja la discusión con un discurso de sesenta y tres versos laudatorios (los que van del verso 57 al 120) en los que habla de su maravilla que es (¡oh sorpresa casi cómica para los lectores actuales que conocemos la verdadera historia del asunto!) el desagüe del Valle de México. Primero narra las peligrosas inundaciones que la capital de la Nueva España, establecida sobre un lago, sufría con las inundaciones:

México, la celebrada
cabeza del indio mundo […]
tiene su asiento en un valle
toda de montes cercada
que a tan insigne ciudad
sirven de altivas murallas.
Todas las fuentes y ríos
que de aquestos montes manan,
mueren en una laguna
que la ciudad cerca y baña.

Luego dice que gracias a las gestiones del inigualable virrey don Luis de Velasco y Castilla el segundo (“el gran marqués de Salinas, / de Velasco heroica rama, / símbolo de la prudencia”) se solucionó el estragador problema que amenazaba con sumergir a la ciudad:

después de mil consultas
de gente docta y ancïana,
cosmógrafos y alarifes,
de mil medidas y trazas,
resuelve el sabio virrey
que por la parte más baja
se dé en un monte una mina
de tres leguas de distancia,
con que por el centro de él
hasta la otra parte vayan
las aguas de la laguna
a dar a un río arrogancia.

Según don Leonardo, mil quinientos peones en trabajo continuo durante tres años completaban un túnel revestido de “cantería inmortal” por donde saldría el agua para salvar la ciudad, dar “eterna paz al reino / y a su autor eterna fama”. Al terminar de hablar, quizá por la manera declamatoria en que lo hizo, don Juan le contesta, persuadido: “Tan insigne maravilla / muy justamente se alaba / por la primera del mundo”.
Hasta ahí el único guiño vernáculo (según Alatorre) en toda la obra de Juan Ruíz de Alarcón. A partir del verso 121, el desarrollo dramático de El semejante a sí mismo olvida por completo la mención mexicana, olvido que resalta su condición de parche innecesario y fuera de lugar que, no obstante su arbitrariedad –o quizá gracias a ella–, resulta una veta de incógnitas sabrosas para los lectores curiosos: ¿Por qué Alarcón la escribió? ¿Cómo fue el tan celebrado desagüe de México? ¿Con las mentadas obras emprendidas por el virrey se solucionó en verdad el problema de la ciudad? ¿Por qué si el dramaturgo anuncia esa obra como la maravilla superlativa del mundo los lectores raramente habíamos escuchado antes de ella?

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El virrey don Luis de Velasco y Castilla

Alarcón escribió esos sesenta y tres versos de tema mexicano por dos razones. La primera fue porque con ellos trataba de elogiar y tener grato al virrey Velasco, lo cual es más que evidente con sendas adulaciones puestas en boca de don Leonardo. Y es que Juan Ruíz se sentía en deuda con el alto funcionario porque éste –mucho antes de ser nombrado virrey– fungió como testigo en la boda de sus padres, con el tiempo se volvió su protector y le hizo varios favores invaluables. La otra razón fue que el dramaturgo presenció una parte de la obra del desagüe, quedó impresionado con su magnitud y además tuvo cierta relación de amistad con el verdadero artífice y encargado del proyecto, aunque en la comedia borró injustamente su nombre para darle el crédito absoluto al virrey. ¿Quién fue el ignorado encargado y por qué Alarcón desdeñó su presencia?
El verdadero artífice de la celebrada maravilla fue Enrico Martínez (Heinrich Martin, en alemán), un hombre de biografía novelesca que tristemente perteneció a la estirpe de los grandes personajes cuyo destino es el olvido, la ignominia y el desprecio de sus contemporáneos. Individuo de orígenes oscuros (probablemente nació en Hamburgo entre 1550 y 1560), se sabe que se graduó en la Universidad de París como matemático y que impartió clases en Polonia y otros lugares de Europa. En 1589 llegó enigmáticamente a la Nueva España con el pomposo título de Cosmógrafo del Rey al servicio de Felipe II. En México se desempeñó como traductor del alemán para el Santo Oficio, escribió en castellano un libro de astronomía y astrología que en su tiempo fue muy consultado, hizo mapas de América, tuvo una imprenta que dio al público libros en latín, español y náhuatl, se desempeñó como médico, emprendió una de las obras de ingeniería más ambiciosas de su siglo (el mentado desagüe) y murió en el pueblo de Cuautitlán, derrotado, enfermo entre sus polvosos astrolabios, injuriado por enemigos que lo acusaron de haber provocado la inundación más terrible de la capital del virreinato novohispano.
            El dato por todos aceptado es que Enrico Martínez se embarcó con rumbo a la Nueva España “en el año de 1589, en la flota que condujo a su amigo y protector el virrey don Luis de Velasco el segundo y a Juan Ruíz de Alarcón, también su amigo”. La imagen de un barco de la Corona española atravesando el encrespado océano con una tripulación que, entre otras personas, contaba con un virrey recién nombrado, un cosmógrafo real y un dramaturgo jorobado, me fascina y a menudo he fantaseado con el tipo de pláticas que pudieron haber sostenido esos tres personajes durante el largo viaje trasatlántico. Digo “fantaseado” porque bien sé que dichas pláticas fueron improbables pues en 1589 Juan Ruíz tenía nueve años y, tomando como cierto el dato –además bastante infundado– de que se encontraba ahí, es obvio que era incapaz de polemizar con tan doctas personalidades. Pero fantasear es lo único que se puede hacer en estos casos del pasado y así lo demuestra Fabrizio Mejía Madrid en su inteligente y divertida novela Hombre al agua, donde en el segundo capítulo recrea y explica ficticiamente esa charla singular:

[Enrico Martínez] había conocido al virrey justo en el barco que lo llevó a la ciudad lacustre de la Nueva España en enero de 1590 [¿sic?]. Al final de sus días, el cosmógrafo del rey se lamentó de haber sostenido con el nuevo virrey, Luis de Velasco, y con el escritor Juan Ruíz de Alarcón, cierta charla sobre ciencias en la que él, envalentonado por la precaria instrucción de ambos en el tema, aseguró:
  –No existe problema alguno que no pueda ser resuelto por medio del cálculo preciso y la acción humana.
   –No lo creo, Marino –lo desdeñó Ruíz de Alarcón, equivocando su apellido.
[…] Pero un día de 1607, exactamente un año después de que publicara su canon de los eclipses que vendrían, cuando el ya octogenario virrey de Velasco fue llamado para un segundo periodo al frente de la Nueva España, su desafío le fue recordado con precisión. El virrey lo mandó sacar de sus cálculos en el cielo para que solucionara permanentemente el problema de las inundaciones de la ciudad que, tres años antes, habían puesto en duda su existencia.
–Usted me dijo que cualquier problema puede resolverse usando la cabeza –le recordó el virrey a Enrico–. Llegó el momento de que lo pruebe.

Si el novelista cuenta que Martínez se lamentó de haber sostenido esa plática trasatlántica de 1589 que ocasionó que el virrey le pidiera en 1607 solucionar “permanentemente el problema de las inundaciones de la ciudad”, es porque esa petición le arruinó a la larga la vida al cosmógrafo. Como dije, la biografía de Enrico es novelesca, pero no tanto por sus orígenes oscuros ni sus rocambolescos conocimientos científicos aplicados en Francia, Polonia y México, sino por el dramático fracaso que vivió en sus últimos años gracias a la malograda empresa del desagüe, empresa que aceptó e interiorizó como su principal obsesión, su imperativo categórico, su Moby Dick personal que, como a un Ahab novohispano, lo condujo al naufragio de su vida.
            En la novela Hombre al agua, Martínez ocupa un pequeño y fugaz espacio al lado de otras figuras ficticias y reales como Joaquín de la Cantolla (pionero de los globos aerostáticos en nuestro país) y Francisco de Viana (autor del primer reglamento contra incendios que hubo en México), por lo tanto, para conocer mejor su biografía el libro que recomiendo leer es el que escribió el célebre historiador Francisco de la Maza en 1943: Enrico Martínez: cosmógrafo e impresor de Nueva España. Auténtica joya de la historiografía mexicana, esta obra es una relación puntillosa y amena que reúne toda la información existente acerca del sabio Enrico. A pesar de su erudición notable, no es un texto para especialistas: su inicio es bellísimo y a ratos se lee como una novela de misterio. La edición que los lectores contemporáneos podemos consultar es la facsimilar que la UNAM imprimió en 1991: un hermoso volumen de tamaño grande y letra amplia que permite disfrutar sin dificultades de una prosa ligera y trufada con datos exquisitos e ilustraciones tanto de los libros que publicó Martínez como de un bello y antiguo mapa del valle mexicano. Es en esta obra donde también se encuentra copiosa información acerca de las obras del desagüe exaltadas por Juan Ruíz de Alarcón y cuyos antecedentes pueden resumirse así:

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            Desde que llegaron al Valle de México, impelidos por motivos religiosos, políticos y económicos, los habitantes prehispánicos supieron medrar y convivir armónicamente con el ecosistema lacustre originalmente compuesto por los lagos de Texcoco, Xaltocan, Zumpango, Xochimilco y Chalco, los cuales, en tiempo de lluvias, podían peligrosamente crecer hasta unirse y formar un “pequeño mar cerrado”. Entre otras medidas para poder vivir aquí, los aztecas construyeron un enorme albarradón que resguardó óptimamente y por mucho tiempo a su ciudad. Por el contrario, desde la caída de Tenochtitlán, los españoles tuvieron problemas con el agua a tal grado que Hernán Cortés pensó ubicar la ciudad en otro lugar, lo cual hubiera sido quizá lo más sensato. A lo largo de los años, numerosas inundaciones hicieron urgente la presentación de un plan efectivo para drenar el territorio ocupado –con necedad, ciertamente– por la capital novohispana. En 1555 un tal Francisco Gudiel propuso un proyecto de desagüe que no se realizó. En 1579 hubo otro, pero fue desechado por el entonces virrey Martín Enríquez debido a su elevado costo. En 1604 sucedió lo mismo. Fue hasta 1607 cuando, obligado por la peligrosa inundación que azotaba a la capital, el virrey Luis de Velasco y Castilla convocó democráticamente a un concurso para elegir un proyecto que solucionara el problema (no mandó llamar al cosmógrafo personalmente, como se narra en la novela de Mejía Madrid). El ganador fue Enrico Martínez, cuya propuesta constituyó la primera gran acción de drenaje del Valle de México que se puso en marcha.

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Detalle del mapa en el libro de Francisco de la Maza

            El manuscrito del plan original presentado por el cosmógrafo (“sencillo, barato y adecuado”, a juicio de Francisco de la Maza) se perdió, pero se sabe por distintas relaciones históricas que consistía en varias obras encaminadas a que “las aguas del lago de México se vaciaran, por medio de una zanja, en las del lago de San Cristóbal o Xaltocan; las de éste en las del lago de Zumpango y las de éste, por medio de un tajo en Nochistongo, en el río Tula, que las llevaría, por fin, al mar, en el golfo de México”. La última parte del proyecto, en especial, parecía ser la más acertada, pues al drenar el lago de Zumpango (el más alto del valle y además alimentado por el río Cuautitlán, el más caudaloso entonces) se evitaba que las aguas de éste se desbordaran sobre los otros lagos y anegaran –como había sucedido en ese año de 1607– la ciudad, ubicada en la parte más baja del valle. El mismo Enrico advirtió que quizá lo más conveniente y sencillo era empezar por el desagüe de Zumpango para después y con más calma “quitar de la laguna de México el agua que fuese necesaria para asegurar la ciudad de la ynundación que se teme”. Las autoridades aceptaron la propuesta y de inmediato buscaron a los peones para comenzar. Escribe De la Maza:

Se mandó pregonar por las calles (con el pregonero en canoa, evidentemente) de toda la ciudad “para que todos los negros, mulatos y mestizos y otras cualquier género de gentes que quisiesen alquilarse para trabajar en el desagüe, acudiesen dentro de ocho días y hazer asiento ante el corregidor de esta ciudad, con suficiente paga y para que asi mesmo todos los vecinos e interesados que quisiesen dar esclavos para ello los diesen, a los cuales se les daría de comer y alguna satisfacción”.

La “suficiente paga” consistía, por edicto del virrey, en un pago individual de cinco reales cada siete días, un almud de maíz a la semana, una libra de carne diaria, una fanega de chile para cada cien indios, además de transporte de ida y vuelta a sus respectivos pueblos y los servicios de un hospital construido en Huehuetoca para los trabajadores que se enfermaran. Con estas disposiciones dictadas (benevolentes, hay que decirlo, en comparación con otros trabajos similares), el 28 de noviembre de 1607 se inauguraron con emoción y suma esperanza las obras. Como curioso dato libresco, me gusta comparar las dos narraciones que conozco de este suceso. La primera es de 1637 y se encuentra consignada en un libro de título tan largo que sólo transcribiré sus primeras veintiún palabras: Relación universal, legítima y verdadera del sitio en que está fundada la muy noble, insigne, y muy leal Ciudad de México…:

Y habiendo llegado al dicho sitio de Nochistongo y habiéndose dicho misa a las once del día en un jacal, que para el efecto estaba ahí hecho, y teniendo prevenidos como mil quinientos indios, se comenzó la obra del desagüe y algunas lumbreras, tomando el virrey una azada en las manos y dado algunas azadonadas, con las que se animaron los indios al trabajo.
           
Me gusta por la escena de la misa en un jacal precario y del anciano y aristocrático virrey dando azadonadas sobre la tierra arcillosa de Nochistongo. La otra narración es la que hace Mejía Madrid en su novela, publicada en 2004:

[…] para financiar el desagüe, la ciudad se valuó en veinte millones de pesos en oro y se le cobró el uno por ciento de ese valor a los pobladores, junto con un tributo especial a las cajas de vino que, de inmediato, dejaron de llegar. Ésa es una de las razones por las que el vino jamás llegó al paladar de la ciudad y, en cambio, la cerveza lo inundó. El virrey de Velasco, quien se mandó a construir una casa en Huehuetoca para supervisar, inauguró las obras del desagüe el 29 de noviembre. Se dijeron algunas palabras sobre el futuro seco de la ciudad, una banda de música tocó y luego el arzobispo bendijo el lodo. Como no había vino para consagrar, el sacerdote vertió en su vaso, de espaldas a la audiencia, un poco de cerveza.       
           
Es obvio que el novelista se tomó ahí varias licencias ficticias que, por lo demás, resultan bastante divertidas. El detalle de la cerveza escandida a hurtadillas en el cáliz del sacerdote, por ejemplo, es maravillosamente literario, pero no por eso deja de alumbrar ciertos aspectos verídicos referentes a las condiciones prácticas de las obras del desagüe. En efecto, para su realización se cobraron dos impuestos nuevos a la población de la ciudad. Conforme a un avalúo realizado por el arquitecto Andrés de Concha para calcular el valor de las propiedades, se obtuvo la cantidad de 300,000 pesos. Además, como menciona Mejía Madrid, se impuso una contribución al vino, cosa que disgustó mucho a la espirituosa población y a la larga volvió impopular el tortuoso trabajo del desagüe. Quizá en esa ocasión los mexicanos padecimos por primera vez la terrible mezcla gubernamental de contribuciones fiscales elevadas y obras públicas inciertas que, con el paso de los siglos, se ha vuelto el pan de cada sexenio (recuérdese el caso de la línea 12 del metro).

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La capital de la Nueva España
            Al principio todo salió de maravilla. A esta primera etapa de éxito del desagüe corresponden los versos de Juan Ruíz de Alarcón. El 16 de junio de 1608, sin haber acabado aún el socavón, se inauguró el tajo (8,600 varas de longitud, es decir, siete kilómetros más o menos). Enrico Martínez, acompañado solemnemente por el virrey, el mayordomo Pedro de Altamirano y el padre jesuita Juan Sánchez que lo había ayudado a hacer las primeras nivelaciones, abrió las compuertas y el agua entró al tajo “con grandísima furia y raudal”. Se dice que las aguas del lago de Zumpango descendieron ostensiblemente su nivel ante los ojos de los testigos. El cosmógrafo, orondo y conmovido, recibió agradecido y de hinojos una cadena de oro en su cuello que simbolizaba el agradecimiento de la ciudad.
            En septiembre de ese mismo año, las aguas del tajo pudieron por fin entrar al túnel que las llevó exitosamente al río Tula. El socavón, de aproximadamente 6,600 varas de longitud (cinco kilómetros y medio más o menos), fue justamente alabado por Juan Ruiz pues en ese tiempo se trató de una obra de ingeniería sin parangón en todo el mundo. Cuando en el siglo XIX el barón de Humboldt visitó la Nueva España e hizo exploraciones geográficas e investigaciones históricas acerca de las obras de Enrico Martínez, concluyó lo siguiente: “Un paso o camino subterráneo que sirve de canal de desagüe, acabado en menos de un año, de 6,600 metros de largo, con un  claro de diez y medio metros cuadrados de perfil, es una obra hidráulica tal, que en nuestros días y en Europa llamaría mucho la atención de los ingenieros”. Gracias al socavón, la laguna de Zumpango se desaguó en su totalidad y se cantó victoria en los campanarios de la capital de la Nueva España. Se dejó de temer que las aguas de Zumpango y del río Cuautitlán se desbordaran sobre la ciudad. Como pasa con frecuencia en México, se creyó que los problemas estaban solucionados para siempre y que no habría más de que preocuparse, pero no fue así.
En teoría y a juzgar por los primeros resultados, el proyecto era impecable, magistral, pero bien examinada su realización acusaba mil fisuras y defectos. Ya desde los comienzos, unos peritos enviados por el virrey avisaron que el tajo se debía hacer más ancho y reforzado con taludes de piedra y madera en los costados para evitar los derrumbes. También recomendaron recubrir con mampostería el interior del celebrado socavón. Enrico no hizo caso. Los versos de Alarcón que dicen

Después, porque la corriente
humedeciendo cavaba
el monte, que el acueducto
cegar al fin amenaza,
de cantería inmortal
de parte a parte se labra

son mendaces, pues nunca se recubrió con piedra “de parte a parte” el túnel. Para siempre será un misterio el porqué de los oídos sordos de Enrico ante las recomendaciones que se le hicieron. De lo que podemos estar seguros es que de haber sido más receptivo a las críticas, se hubiera ahorrado muchos problemas y ataques de sus enemigos.
Los émulos de Martínez eran legión. Tal vez lo odiaban por ser extranjero y lo envidiaban porque don Luis de Velasco y Castilla lo protegió y favoreció al otorgarle la obra. Por esa razón, cuando el virrey terminó su mandato en México y regresó a España, varios peritos se atrevieron a escribir rabiosos libelos en contra del cosmógrafo. El redactado por Alonso Arias, su archienemigo, fue el más enconado. Esos informes se enviaron al rey de España que, ignorante y posiblemente ahíto del asunto, mandó a México en 1614 a un ingeniero holandés para que solucionara el problema. Ese sujeto, de nombre Adrian Boot, dictaminó en enero de 1615 que el desagüe de Enrico Martínez “no valía nada”, dijo que lo adecuado era que todo volviera a su estado original y que lo que debía hacerse era engrosar las calzadas y reparar los diques existentes, medidas a todas luces insuficientes para frenar las inundaciones. La discusión se tornó bizantina. Hubo gente a favor del holandés y a favor de Martínez. Legajos, discusiones escolásticas de alarifes, oidores, funcionarios, amanuenses a los que se les iba la mano en sus opiniones, críticas de la población a los impuestos sobre el vino... Al final, para desembarazarse del asunto, el nuevo virrey ordenó que el río Cuautitlán volviera a su cauce natural y poco a poco la laguna se llenó de nuevo sin que las autoridades repararan en ello.
            No obstante su fracaso, el cosmógrafo continuó con sus complicados cálculos matemáticos y en ese mismo año de 1615 presentó un plan para arreglar los desperfectos de su obra, prometiendo que en dos años la concluiría. La Audiencia lo aceptó otra vez, pero con la cruel condición de que pagara una fianza de 12,000 pesos en veinticuatro horas, lo cual Enrico no pudo cumplir y terminó en la cárcel. Desde una oscura celda, el matemático graduado en París pidió su libertad ofreciendo el treinta por ciento de su salario. Cuando salió, dispuesto a comenzar las obras, nuevas discusiones e intrigas propiciadas por Alonso Arias entorpecieron los trabajos, que después de muchas zancadillas pudieron reiniciarse, pero con una lentitud tan desesperante que para 1623 casi no se había avanzado nada, razón que llevó al nuevo e irreflexivo virrey marqués de Gelves y conde de Priego a cancelar definitivamente las labores del desagüe.


            Pasaron los años y en 1628 Enrico presentó ante las autoridades un tercer plan, mucho más pensado y completo que los anteriores. En éste informaba de los logros por él alcanzados y presumía que hasta ese momento “sólo habían muerto veintiún indios, de los muchos miles que trabajaban y que si se atacaba la obra por enemigos envidiosos, era  solamente por codicia, pues ella implicaba una desatención de los indios en las labores de los campos y haciendas de los ricos”. Nuevamente se aceptaron sus servicios de ingeniería y el cosmógrafo trabajó con vehemencia. Lamentablemente, para septiembre de 1629 los lagos habían crecido en exceso. Venganza líquida de un ecosistema lacustre invadido por calzadas y templos de piedra, el agua se desbordó y cubrió primero calles, luego ventanas, naves de iglesias, salones, plazas, bibliotecas. Con la sensatez que en ocasiones produce el miedo, al ver el aluvión mucha gente abandonó para siempre la ciudad –medida que quizá hubiera sido la más adecuada desde el principio– y se mudó a Puebla. El desastre era inminente. Se dice que a partir del once de septiembre diluvió bíblicamente y sin interrupción durante treinta y seis horas. A causa de las crecidas, treinta mil personas –sobre todo indios– murieron ahogados. También fallecieron multitud de animales, cuyos cadáveres seguramente flotaron durante semanas enteras, cubiertos de moscas y gusanos acostumbrados al agua. Los ciudadanos sobrevivientes adoptaron las canoas para no hundirse. En una simpática crónica –donaire en medio del caos– escrita por el dominico Alonso Franco y citada por Francisco de la Maza se lee lo siguiente:

Las canoas sirvieron de todo y fue el remedio y medio con que se negociaba y trajinaba y así en breves días concurrieron a México infinidad de canoas y remeros. Las calles y plazas estaban llenas de estos barcos y ellos sirvieron de todo cuanto hay imaginable para la provisión de una tan gran república; y llegó, lo que era trabajo, a ser alivio, comodidad y recreación. Una sola canoa cargaba lo que necesitaba de muchos arrieros  y bestias mulares. Fue lenguaje común decir todos: andamos ahora en carrozas, porque pobres y ricos paseaban en la ciudad con mucho descanso y sentados en las canoas, que eran carrozas de menos costo, por lo mucho que tiene sustentar carroza y animales que la tiren. En canoas se llevaban los cuerpos de los difuntos a las iglesias y en barcos curiosos y con mucha decencia se llevaba el Santísimo Sacramento a los enfermos. Vi de la catedral muy pintado y dorado, su tapete y silla en que iba el cura sentado y haciéndole sombra otro con un quitasol de seda; acompañábanle otras canoas en que iban gentes que llevaban luces y la campanilla que se acostumbra iba adelante para avisar a los menos atentos […]

Pero mientras algunos se divertían en sus paseos de remos, la noche del dieciocho de septiembre, en medio de un ambiente apocalíptico y una tormenta inclemente, las autoridades encarcelaron al ya anciano Enrico Martínez. Chivo expiatorio de una ciudad llena de ahogados, se le acusó ridículamente de haber cerrado la boca del desagüe que él mismo había construido. Muchos dijeron que, ante las leviatánicas aguas que evidentemente no podrían caber por el socavón sin destruirlo, el cosmógrafo mandó tapar su entrada para no arruinar el trabajo de tantos años. Otros maledicentes aseguraron que, con ánimo maquiavélico, lo cegó para demostrar a sus émulos que sin drenar la laguna de Zumpango la inundación sería catastrófica. Por su parte, Enrico dijo que habían sido las avenidas violentas las que taparon con lajas la entrada del desagüe.

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            La eterna paz del reino tan cacareada por Juan Ruíz parecía, en tales condiciones infernales, una burla. Asustado porque el agua seguía subiendo y le llegaba ya al cuello, el virrey, arrepentido, mandó sacar al cosmógrafo de la cárcel y, al comprobar que era el único capaz de solucionar el problema, le suplicó que hiciera lo necesario para salvar a la ciudad. Desde luego no se disculpó por el presidio al que lo había sometido, pero le dio 15,000 pesos y con esa cantidad Enrico trabajó una vez más en Nochistongo y amplió sus obras para desviar arroyos y ríos por la parte de Chimalhuacán, Coyoacán, Mixcoac y Xochimilco. El cosmógrafo se fue a vivir al pueblo de Cuautitlán para supervisar más de cerca el desagüe. Ahí trabajó incansablemente hasta 1632, fecha en que consideró concluida la obra que se había convertido en su obsesión durante más de veinticuatro años.
            La hora de la verdad llegó. Ante la expectativa de todos, se abrieron otra vez las compuertas del desagüe. Enrico, enfermo y disminuido pero con la certeza de que por fin recibiría el premio por sus esfuerzos, esperó desde la orilla del lago de Zumpango a que las aguas descendieran, sin embargo resultó que el conducto era demasiado estrecho para vaciar el volumen ingente de líquido que se había acumulado. Las cosas fallaron otra vez. Aquello parecía un castigo divino de no ser porque había sido consecuencia del cálculo humano. Como era de esperarse, anatemas y acusaciones cayeron sobre la envejecida cabeza del matemático. La versión aceptada por los historiadores es que, humillado, Martínez murió a causa de los insultos que el oidor Villalona y el fraile Andrés de San Miguel le escribieron. Villalona lo tachó de inepto, embaucador, hipocondriaco, fracasado y extranjero arribista, mientras que Andrés de San Miguel se lamentaba de que alguna autoridad competente no hubiera mandado a ahorcar a tiempo a Enrico, a la vez que señalaba al difunto virrey Luis de Velasco como culpable por haber protegido a un rufián. Al enterarse de esas palabras, “su espíritu debe de haberse doblegado ante esta última y terrible decepción –escribe De la Maza–, de tal manera, que a los pocos meses moría en su triste y lóbrego aposento del pueblo de Cuautitlán, rodeado de su libros y sus instrumentos científicos, que fueron, más que otra cosa, el centro y amor de su vida”.

En el centro de Cuatitlán

            Enrico murió en la nochebuena de 1632. No quiso regresar a la Ciudad de México porque ahí lo odiaban. Se desconoce el lugar exacto donde yacen sus restos. Su figura tuvo que esperar a que en el siglo XIX, gracias a los comentarios benevolentes y admirativos de Humboldt, se levantara un monumento en su honor, el cual se encuentra en el costado poniente de la Catedral Metropolitana. Carece de efigie porque nadie sabe cómo era su aspecto físico. En Cuautitlán, frente a la catedral de San Buenaventura y a un lado de la imponente cruz de piedra que ostenta la cabeza labrada de Carlos V, una pequeña calle de tan sólo una cuadra se llama Enrico Martínez: en una esquina hay una heladería y en la otra una cantina de mala nota. En el Distrito Federal una calle cercana a la Biblioteca de México lleva su nombre, ese nombre que su contemporáneo Juan Ruíz de Alarcón no tuvo empacho en borrar cuando alabó las obras que al cosmógrafo le trajeron desagracias y sin sabores y que al final, más que una maravilla digna de celebración, significaron una calamidad para todos.

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La placa del monumento dedicado a Enrico Martínez

            El desagüe del Valle de México se completó definitivamente hasta el siglo XX. Porfirio Díaz fue el último personaje empeñado obsesivamente en esa tarea. Después de la muerte de Martínez, se abandonó la idea de desaguar por el lado de Nochistongo. En los siglos siguientes se presentaron y realizaron diversos planes al respecto y se padecieron también numerosas inundaciones. En la actualidad, las obras hidráulicas del valle no están encaminadas a secar lagos, porque ya no los hay, salvo pequeños y degradados cuerpos de agua que son la excepción. El principal problema que se afronta es traer a la ciudad desde muy lejos el agua limpia para uso cotidiano y luego sacarla en condición de porquería tóxica.
Viajé a la laguna de Zumpango. Todavía es grande, aunque no tanto como en siglo XVII, cuando el pueblo del mismo nombre se encontraba en su ribera y Enrico Martínez se esforzaba en secarla. Tiene a la vista un aspecto hermoso, imponente y sereno debido a las garzas blanquísimas que la habitan, pero es desagradable para el olfato. Algunas lanchas de motor, ancladas no lejos de donde me encontraba, se mecían por el viento como dando vida a una pintura de Monet. Contemplé largo rato el paisaje. Pensé en los cadáveres de gente asesinada que a menudo se encuentran en los canales contaminados de la comarca. Me pregunté cuántos de esos canales desembocan en Zumpango. El cielo se oscureció y, junto con las sombras y el frío, la pestilencia se volvió más intensa. Me marché pensando que la terca permanencia de la laguna y la blancura de sus aves tienen algo de milagroso y de estremecedor. Mientras caminaba para tomar el camión de regreso que me llevaría al tren suburbano de Cuautitlán, vi que en un changarro de comida vendían truchas. ¿Las pescan ahí? Por la ventanilla del autobús observé que la luna había salido. Intenté imaginar cómo se vería reflejada sobre el agua. Avanzamos. Las milpas dieron lugar a las casas, a la zona industrial, a los suburbios interminables. Luego, ya en el tren, llegué a la ciudad desecada. Una hora más tarde, entré a mi casa en Coyoacán. Cansado, me desvestí y en la ducha contemplé cómo el agua se iba por la coladera con rumbo, quizá, a donde había yo pasado el día.

 
Yo en la laguna de Zumpango