Cuando
se drena un cuerpo de agua, existen tres posibilidades. La primera es que el líquido
fluya hacia otro sitio donde, por efecto de la temperatura, termine evaporándose.
La segunda es que, al llegar a su nuevo asiento, el agua se infiltre en el subsuelo,
nutra a un manto acuífero o se convierta en un manantial que brote en otro lugar.
La tercera, que al ser expulsada de su contenedor original, corra hacia otro
cuerpo de agua más grande como un río, un lago o hacia el mar. Lo más probable,
también, es que sucedan las tres cosas al mismo tiempo. Que en el proceso de
ser drenada, el agua se evapore; luego, a lo largo de su recorrido hacia otro
cuerpo de líquido más grande (donde al final, irremediablemente, se evaporará),
se infiltre en el suelo. En cualquier caso –excepto
en el de la evaporación–,
el agua siempre arrastra consigo, en su camino hacia cotas cada vez más bajas, todo
tipo de materiales sólidos. Así se explican tanto las gigantescas islas de
basura en el océano como la salinidad del mar. Ese último fenómeno se debe a
que la lluvia, al escurrir por las vertientes de los cerros, los deslava y acarrea
sales y minerales que terminan en el océano. Como el agua se evapora y las
sales no, al recibir ininterrumpidamente el liquido de los ríos, el mar se vuelve
cada día más salado. Lo mismo pasó con el lago de Texcoco. Al estar ubicado en
una cuenca endorreica, es decir, sin drenajes naturales, y al encontrarse en un
sistema lacustre interconectado donde ocupaba la cota más baja respecto a los otros
cuatro lagos, recibía de ellos su agua sobrante y con ésta también las sales, las
cuales se sedimentaron, con el paso de los siglos, en su fondo, convirtiendo a sus
aguas y sus tierras en poco propicias para la agricultura. Lo cual ha sido el argumento que, a lo largo de los siglos, se ha utilizado para expoliar a campesinos, ejidatarios y pequeños propietarios que viven en el vaso del lago de Texcoco...
"Son mis confesiones y, si nada digo en ellas, es que no tengo nada que decir". Fernando Pessoa, Libro del desasosiego
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lunes, 25 de febrero de 2019
jueves, 6 de septiembre de 2018
Viaje al Monumento del Drenaje Profundo
Las cabezas son cascos de samurái;
los cuerpos, torres de cemento de diferentes alturas. La más alta mide 30
metros y la más baja 18.
(Enero 2018)
Estoy en la colonia Solidaridad Nacional,
delegación Gustavo A. Madero, a unos cuantos pasos de la serpenteante frontera
con el Estado de México. Acabo de ver a un perro callejero devorar las tripas
rojas de un gato reventado y luego mirarme con ojos de animal zombi. Vi
también, cuando me bajé del camión que tomé en el paradero Indios Verdes, a un
grupo de hombres aceitosos que, en el patio de un taller mecánico, se abismaban
dentro de unos tableros de ajedrez. Y a dos niñas con uniformes de secundaria que
jugaban a enseñarse los calzones en el reflejo de un charco gris.
Una
precisión: no estoy solo; el Shaggy me acompaña. Lo encontré tirado en el piso
de la estación del metro La Raza, comiéndose una mandarina. Hacía dos años que
no nos veíamos y nos abrazamos con gusto. Él esperaba a un conocido suyo que le
entregaría un fanzine anarquista: pero me pasa siempre lo mismo, lo espero y
nunca llega, me dijo. Yo le comenté que iba en busca del Monumento al Drenaje
Profundo y él, sin pensarlo dos veces, decidió acompañarme.
Shaggy me cae bien porque
no es ningún tonto; sabe, por ejemplo, quién fue Nicolae Ceaușescu, y eso es
más que suficiente para ser un buen compañero de viaje en esta ocasión. Pero él
y yo no sólo hablamos del político rumano y su intrincada relación con el
Drenaje Profundo de la Ciudad de México (tema que hoy me obsesiona), ni de monumentos
olvidados, ni de Boris Groys –a quien a quien menciono varias veces para
explicar el proyecto que quiero realizar. También platicamos de la tristeza, de
la falta de ternura en nuestras vidas, de la arenisca que se acumula en las pegajosas
esquinas del alma: soy una calaca y se me mete el smog de la melancolía en los
huesos porque no tengo médula, le confieso en una pausa del metro.
En Indios Verdes, después
de perdernos un rato entre filas de combis, vapores de tacos y puestos de
fayuca electrónica, abordamos la ruta 68, unos camiones amarillos y grandes con
rótulos que dicen “Reclusorio Norte” y que cuestan siete pesos. El chofer
arrancó cuando ya no cabía una persona más.
Traqueteando, pasamos
frente al campus Ticomán del IPN, donde las rejas guindas separan la calle de
los oasis de pastos verdes. Después el camión se internó en barrios quebrados y
sucios, cruzó el río de los Remedios (un cauce de gelatina color cemento) y siguió
por colonias donde la gente detesta a los vegetales, a juzgar por la falta de
árboles y jardines.
Las instrucciones para
llegar a nuestro destino decían que debíamos descender en el crucero de Chalma,
pero ni Shaggy ni yo sabíamos dónde quedaba eso, así que le pregunté a una
muchacha de lentes. Vamos al Cetis No. 7, precisé. Faltan cuatro minutos, respondió
ella como si estuviéramos en un tren alemán. Bájense en la esquina, agregó
después con precisión sorprendente, mientras el estéreo del chofer hacía sonar
una cumbia de rima fácil: “Ven, acércate a mí, que yo me muero por ti”.
Pero no se vayan
caminando, hace mucho sol, mejor tomen el camión que va a metro Politécnico,
insistió, con voz angustiada, lo cual nos pareció enigmático, pues ni el sol
estaba fuerte ni era necesario abordar otro transporte: el Monumento al Drenaje
Profundo se veía, titánico, a no más de doscientos metros del crucero de
Chalma. Pensé dos cosas: o ella deseaba protegernos maternalmente de la
insolación, o su advertencia tenía un significado oculto. Algo así como: si se
van a pie los van a apuñalar.
No hicimos caso y
caminamos por la avenida Benito Juárez (frontera entre la Ciudad y el Estado),
donde encontramos al perro zombi. En la calle Luis Espinosa (llamada así en
homenaje al ingeniero mexicano que durante los siglos XIX y XX dirigió los
trabajos del desagüe del Valle de México), giramos a la izquierda y llegamos a
este lugar, donde el Monumento del Drenaje Profundo asoma su gigantismo detrás de
los muros del Cetis.
Permanecemos un rato en
silencio, observando la ilógica estructura: si estuviera en el espacio
escultórico de la UNAM, o en algún lugar parecido al de las Torres de Satélite,
no se vería tan extraña, tan fuera de sitio. En cambio aquí, en una zona
olvidada por los urbanistas, donde la gente apenas tiene agua potable, entre
calles estrechas, encerrada tras las bardas de un bachillerato técnico de baja
estofa, resulta un cultismo sofisticado y mamón dentro del sintagma elemental y
burdo de la periferia. Pero así es esta ciudad. Aquí los panzones grasosos
juegan ajedrez como sultanes árabes y las niñas se erotizan en espejos de agua
sucia. Aquí estuvo Nicolae Ceaușescu, le digo a Shaggy.
Pasa una patrulla, dos autobuses
y varios peatones. Entonces aprieto el botón de la turbina que llevo en la
mochila y vuelo hacia la parte más alta de las torres de concreto del
monumento: 30 metros sobre el piso. Encima de las torres, veo las cimbras,
hechas del mismo material con que se construyeron los túneles del drenaje. Ahí
viven las palomas, que se espantan al verme, ahí crece el musgo y se encuentra
un inesperado balón de fútbol ponchado que algún estudiante pateó hasta acá. Vuelo
más alto. Pierdo de vista a Shaggy. Examino las nubes, olfateo el smog. Tan
arriba me encuentro que comienzo a ver todo no como una toma satelital de
Google Maps sino como un mapa dibujado con tinta negra. Me divierto imaginando
que realizo un test de Rorschach. ¿Qué formas identifica usted en los límites
políticos de la CDMX? Hace un momento estaba parado donde la figura de la
capital levanta hacia el norte un inesperado cuernito, o donde la silueta de la
pera chilanga tiene su trozo de rama, o donde el corazón infartado de la urbe
yergue un pedazo de aorta rota, respondo.
Sigo elevándome. Tanto
que inicio un viaje en el tiempo. Hacia el pasado. Maniobro con precaución mi
aeromochila, regulo la velocidad de la turbina para aterrizar exactamente el 9
de junio de 1975 a las 10:10 horas en la base del monumento. Lo consigo.
Es una mañana hermosa y
fresca de primavera.
El Cetis aún no existe y
el cerro de enfrente, verde por las lluvias, todavía no ostenta la falda de
casas grises que lo vestirá en el año 2017. Tampoco hay bardas. En este terreno
sólo se ven, armónicos, el monumento sobre una base circular de concreto, un
área de césped, el museo semicircular de las obras hidráulicas dedicado a la
memoria de los trabajadores que perdieron su vida durante la construcción, y un
evento multitudinario a punto de comenzar, algo parecido a un mitin político.
Pancartas de apoyo al PRI, gente sentada y de pie, flores, banderas tricolores,
ingenieros, obreros, policías secretos, periodistas. Al frente, un podio, una
mesa larga cubierta con mantel rojo y varios funcionarios públicos a los que se
les empiezan a calentar las cabezas por el sol. En medio distingo a Luis Echeverría
–traje gris claro, lentes, calvicie bruñida, cuerpo rígido– y, a la izquierda,
a su homólogo, el conducător Nicolae Ceaușescu, presidente de la
República Socialista de Rumania. Se encuentra de visita oficial en México; sonriente
y silencioso, cumple su papel de padrino extranjero del Sistema de Drenaje Profundo
del Distrito Federal, obra que el gobierno mexicano inaugura con la esperanza
de desalojar las aguas negras y fluviales de la Cuenca del Valle de México y
dar fin a la obsesión que desvela a la ciudad desde los tiempos de
Tenochtitlan: el pánico a hundirse en el lodo.
Porque cada urbe tiene
sus pesadillas (¿cuál será la de Bucarest?), sus terrores íntimos, y la Ciudad
de México le teme, más que a los terremotos, al fango. Su historia se define
como una lucha contra la imagen de sí misma hundiéndose en el caldo lodoso de
la inexistencia, en su propia diarrea disolvente: las chinampas, los
albarradones de Nezahualcóyotl, los desesperados desagües novohispanos, las
inundaciones de la capital independiente, los faraónicos canales y túneles de
Porfirio Díaz, los edificios succionados por el flan del tepetate, el Drenaje
Profundo. Imagen de pesadilla que, tal vez, constituya un deseo inconfesado,
colectiva pulsión de muerte: ¿no sería más conveniente ahogarnos en el cieno y
acabar de una vez por todas con la angustia? No, en lugar de eso, la terca
permanencia, la neurosis del asfalto: quedarse aquí a secar el agua, llenar
camiones de volteo con toneladas de lodo y cubrir todo lo que antes eran lagos
con losas de cemento hasta el horizonte, también las montañas, que todo sea
banqueta. Lo cual ha traído inconvenientes: cuando llueve, el líquido de los
cerros pavimentados corre hacia la cuenca y la ciudad se convierte en alberca
que es necesario drenar con coladeras. Por eso la construcción de esta obra, la
tubería más grande del mundo que el presidente rumano apadrina esta mañana como
un gesto de amistad a este pueblo al que le aterroriza hundirse.
Regreso al año 2017 para sacar a Shaggy de
su contemplación del monumento y decirle que la primera escena de nuestra
película “La soledad de la ciudad desecada” deberá realizarse con objetos a
escala: en un lugar lodoso clavaremos réplicas de edificios emblemáticos del
Distrito Federal, de manera que transmitan la sensación de una catástrofe pantanosa:
la Torre Latinoamericana rota y medio sumergida en el fango, el Monumento a la
Revolución cubierto hasta la cúpula, la Secretaría de Comunicaciones y
Transportes naufragando cual buque fantasma en un piélago de hormigón
reblandecido. Las tomas serán en blanco y negro, la cámara del celular dará
vueltas sobre la estragada ciudad de juguete, simulando un mareado viaje en
helicóptero. Y después hacemos un corte para meter esto: la imagen del Monumento
al Drenaje tras las bardas del Cetis, como un monstruoso ferdydurke de cuatro
cabezas condenado a cursar por siempre el bachillerato técnico, pese a ser él,
se supone, el encargado de salvar a la ciudad de las inundaciones desde 1975. Mostrarlo
como un prisionero de cemento y acero denigrado por lo naif de los recreos
estudiantiles. Y mientras tanto, un narrador dirá las siguientes palabras de
Hugo Hiriart: “Erigidos para hacer perdurar hazañas, los monumentos, entes
melancólicos y paradójicos, refutan su intención y prueban siempre la fugacidad
y la calidad efímera de todas las cosas humanas. Aun los dioses pavorosos
envejecen y mueren. Pero el arte perdura. De la devoción, el terror o la
reverencia nada más sobreviven ingenio de artesano y misterio. Por eso los
monumentos más puros son aquellos cuyo significado se ha perdido”.
Está
mamalón, comenta Shaggy con un tono de voz indescifrable: no sé si le
entusiasma o me da el avión o ya quiere irse. Entonces cruzamos la calle Luis
Espinosa y nos dirigimos al portón metálico del Cetis. Las incontables capas de
pintura de aceite color rojo disminuyen la sensación metálica en mis nudillos. De
pronto, un guardia abre un postigo carcelario para preguntar qué deseamos. Le
explico que me encuentro haciendo una investigación sobre la historia
hidráulica de la ciudad y, por ello, me interesa ver el monumento que hay
adentro. Cierra el postigo. Al cabo de un rato, franquea la plúmbea entrada y
se muestra acompañado por una señora de rostro amable y moreno; su nombre es María
del Rosario Ramírez Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien nos pide
anotarnos en una libreta y dejar con el guardia una identificación. Sólo en
este momento pienso que el aspecto y los modos punks de Shaggy pueden resultar
inconvenientes: es un sujeto que jamás saluda ni da las gracias. Sin embargo, a
María del Rosario no parece importarle y nos entrega, como señal de ambigua
hospitalidad, un gafete de visitante a cada uno: ¿esas marcas de forastero
sirven para obtener respeto como huésped, o para vigilarte con mayor facilidad?
Pese a las excesivas normatividades que María de Rosario nos obliga a cumplir
con aplomo policiaco, la noto nerviosa, como si estuviera frente al pizarrón en
su primer día de clases. Advierto que tiene en sus manos una hoja enmicada con
todos los datos históricos del Cetis No. 7 Miguel Lerdo de Tejada. Una especie
de acordeón para no fallar en su paseo guiado por el plantel.
Para romper el hielo,
pregunto si viene mucha gente a ver el monumento. Me dice que no. Las últimas
personas interesadas vinieron en 2005; hacían un libro para la UNAM, uno sobre
lugares extraños de la ciudad: el Cetis les pareció exótico. ¡Ah, los
citámbulos!, le digo, entusiasmado. Sí, creo que así se llaman, me contesta.
Entonces, de golpe, recuerdo un montón de cosas olvidadas. Me abstraigo de
María de Rosario, de Shaggy, de la historia de Nicolae Ceaușescu y Luis
Echeverría. Recuerdo: hubo un tiempo, hace algunos años, que con Vladimir, La
Mami, La Güera y El Púas, me dediqué a ir a los lugares de antiturismo
señalados en la guía Citámbulos. Casi
todos parecían inventados. Recuerdo haber visto consignado, por ejemplo, el
inverosímil Monumento al Drenaje Profundo, pero no venimos. En cambio, fuimos a
buscar el secreto jardín de orquídeas que, supuestamente, se encuentra en una
bodega abandonada de la colonia Industrial Vallejo, entre dos calles
larguísimas. Es una zona de naves industriales, trailers estacionados en la
calle, fábricas viejas de zapatos y vías de ferrocarril que se internan por
estrechos pasillos y se pierden en pasadizos rematados con portones oxidados. Era
domingo, así que el barrio tenía un aire fantasmagórico, abandonado. Se nos
hizo tarde peinando las calles, saltando bardas, huyendo de los perros
guardianes, interrogando a los veladores, siguiendo arabescas vías férreas. Al
final, concluimos que el jardín de orquídeas era el lugar comodín del que se
advertía en el prólogo de Citámbulos:
“todos los sitios son verdaderos, excepto uno; el explorador lo descubrirá”.
Cansados, fuimos a la casa de Vladimir, que vive en la colonia San José de la
Escalera, cerca de ahí. En su patio hay dos lavadoras inservibles, tres perros
(Goliath, Séneca y La Concha) y en medio crece un árbol de mango –rareza
botánica en la Ciudad de México– bajo el cual su familia colocó una mesa y seis
sillas. Ahí comimos, bebimos cerveza y mezcal. Dentro de su habitación, Ana,
hermana de Vladimir, discutía con Shaggy, que en ese tiempo era su novio. Él y
yo no éramos amigos directos, pero cuando nos encontrábamos platicábamos de
películas y libros. La nuestra era una amistad en potencia: sospechábamos que
podríamos convertirnos en compas inseparables porque desde que nos conocimos
experimentamos atracción, pero nunca dimos el paso decisivo. De pronto, Shaggy
salió del cuarto de Ana. Habían terminado definitivamente su noviazgo. Él tenía
los ojos llorosos. Me saludó y se despidió al mismo tiempo. Lo abracé, lo
confieso, sin prestarle demasiada atención. Salió de la casa. Era de noche. Al
cabo de un rato, Ana se unió a nuestra tertulia. Tratamos de animarla. Le dimos
mezcal. A las tres de la mañana, ella y yo nos fuimos a su cama. Me pidió que
la abrazara y a mí me dieron ganas de hacer el amor, pero Ana me dijo que
estaba triste y sólo quería dormir. Me sentí como un canalla oportunista, pero
traté de solucionarlo comportándome como un hermano responsable, como un
pastorcito que vela el sueño de una cabra enferma. Eso fue todo. Un par de días
después, olvidé el asunto. Sin embargo, a partir de ese momento le perdí la
pista a Shaggy. Fue como si las arenas movedizas de la ciudad se lo hubieran
tragado. Eliminó incluso su cuenta de Facebook. Ana se fue a Francia y al poco
tiempo se consiguió un novio normando llamado Vincent, de modo que Shaggy se
borró aún más del círculo de amigos (nunca imaginé que lo volvería a ver, tres
años después, en una estación del metro, justo hoy). Mientras tanto, la vida
siguió y yo continué con lo mío: por esas fechas comenzaba a interesarme la
historia de los desagües de la Cuenca de México. Poco después, obtuve una beca
de dos años gracias a la cual escribí una novela cuyo título es, precisamente, Desagüe: algo así como una biografía
mutante del Gran Canal construido por Porfirio Díaz. El proyecto, en un
principio, era distinto. Planeaba hacer un libro de ensayos histórico-literarios
sobre el tema, pero me sentí encorsetado. En cambio cuando debrayaba, cuando
inventaba personajes y me iba por las ramas –las cloacas– la escritura fluía. Decidí
que mi proyecto se transformaría en una narración ficticia. No puedo decir si
el resultado es bueno o malo –eso en realidad no importa–, pero sí afirmar que durante
el tiempo en que redacté, borré y corregí fui relativamente feliz. Tenía una
ocupación que me dispensaba de cumplir con otras responsabilidades más
mundanas, más verdaderas, enfadosas y presentes. Vivía en un mundo paralelo, el
de mi libro, en un tiempo alterno que aún no llegaba: el de su culminación.
Dentro de la vida real y a la vez fuera de ella. Exactamente lo que describe Boris
Groys en su ensayo “La soledad del proyecto”.
Según el pensador alemán,
un proyecto es, sobre todo, la declaración de un futuro nuevo y alternativo; la
postulación y paulatina realización de algo que aún no existe: un libro, un
edificio, una filosofía, una vacuna. Para llevarlo a cabo, el realizador debe
aislarse de la sociedad y colocarse en una suerte de tiempo paralelo o
heterogéneo al de los demás miembros de su comunidad. Se trata de una de las pocas circunstancias de
la vida en que el aislamiento es justificado y bien visto. “El proyecto nos
transporta del presente a un futuro virtual, causando una ruptura entre su
ejecutor y aquellos que esperan que el futuro acontezca. El autor del proyecto
ya conoce el futuro, pues éste no es otra cosa que la descripción del mismo”.
Sin embargo, el porvenir, por más prefigurado que se encuentre en escrupulosos
cronogramas, siempre deparará sorpresas y, en cierto sentido, puede
considerarse, desde ahora, irrealizable, escurridizo. ¿Quién se atrevería a
decir con sensatez que lo planeado se cumple punto por punto? Ni siquiera
proyectos majestuosamente celebrados como el Sistema de Drenaje Profundo confirman
las expectativas. El 9 de junio de 1975, Luis Echeverría anunció que, gracias a
la inauguración de esa obra, “se ha liberado de forma definitiva a la metrópoli
de las inundaciones”. Hoy se sabe que no es cierto y, más aún, que el proyecto ni
siquiera ha sido terminado. Entonces sólo se puso en servicio la primera etapa,
compuesta de 68 kilómetros de túneles subterráneos. En la actualidad el Sistema
cuenta con alrededor de 110, y todavía faltan muchos más porque el proyecto ha
sido interrumpido en varias ocasiones debido a cambios administrativos. Sin
contar con que lo ya construido padece serios problemas. “A la postre”, escribió
el arquitecto Jorge Legorreta, “y como en el caso de otros grandes desagües de
la ciudad, los propósitos del Drenaje Profundo han sido limitados. En época de
lluvias el Emisor Central se encuentra saturado, y según las autoridades
encargadas se ha reducido su capacidad de desalojo de 210 a 150 m
de
agua por segundo”. Lo cual, siguiendo un informe del año 2005 publicado por la
Comisión Nacional de Agua, puede causar que “un área de 650 kilómetros
cuadrados del oriente del Valle de México, en donde viven unos 8 millones de
personas, quede inundada de aguas negras debido al riesgo de una falla
catastrófica en el Sistema”.
La historia que nos cuenta María del
Rosario no es la que yo esperaba.
“Como mayormente se nos niegan los
criterios que permiten determinar si la meta del proyecto ha sido o no
conseguida”, dice Groys, “nuestra atención se desplaza de la producción de la
obra a la vida-en-el-proyecto”.
Ángela Gurría participó en el concurso
para realizar en grande una escultura que celebrara la inauguración del Drenaje
Profundo en 1975. Envió su proyecto a la entidad gubernamental convocante: una
pieza escultórica a escala y un documento especificando el material requerido y
las dimensiones proyectadas: sobre una base circular de 138 metros cuadrados,
se levantarán cinco torres de concreto que representan, cada una, los dedos de
una mano; la más alta debe medir 30 metros y la más pequeña 13; sobre cada una
se colocará un anillo cortado de las cimbras utilizadas en las tuberías del
drenaje. / por lo tanto, tiene la
oportunidad de mirar el presente desde el futuro. estar en la realización de un
proyecto permite blandir una justificación para el autoaislamiento. Mientras
que la vida ordinaria
La ciudad se hunde de dos maneras. La
primera y más elemental consiste en las inundaciones causadas por lluvias o
desbordamientos de canales y drenajes. Fenómeno que ha ocurrido desde tiempos
de Tenochtitlan y contra el cual se ha luchado, durante siglos, a través de un
paradigma consistente en sacar todo el líquido de la Cuenca del Valle de México
por medio de distintos sistemas de desagüe.
La maestra María del
Rosario sigue hablando, o mejor dicho leyendo la hoja enmicada. Más que Jefa de
Servicios Escolares, parece alumna nerviosa. No puede evitar que su exposición
resulte monográfica y árida. Dice que esta institución se fundó en 1902 con el
nombre Escuela Oficial Primaria Superior con Sección en Comercio “Miguel Lerdo
de Tejada”. Era para puras señoritas y se encontraba en el Centro Histórico. En
un principio, se enseñaba a las niñas de 13 a 15 años a vender artículos de
papelería y librería. A finales de la década de 1920, la Secretaría de
Educación Pública amplió los planes de estudio, incorporando un mayor número de
asignaturas, siempre con inclinación hacia las habilidades técnicas
mercantiles: escritura en máquina, taquigrafía, aritmética, nociones de
contabilidad, lengua nacional, inglés. Después de 1937, el recién fundado IPN
convirtió a la escuela Lerdo de Tejada en vocacional para las ciencias sociales
y económicas. En 1952, volvió a estar bajo el control de la SEP. En 1967, se
mudó de instalaciones, a la calle Sabinos, en Iztacalco, donde la escuela vivió
en 1972 otra transformación administrativa debida a una reforma cuya finalidad
era graduar masivamente a jóvenes con habilidades técnicas, listos para
incorporarse al mercado laboral en el sector industrial y de servicios. Se creó
la Dirección General de Escuelas Técnicas Industriales (D.G.E.T.I)
“Cuando nos mudamos a
este predio, lo más urgente fue levantar la barda”. María del Rosario Ramírez
Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien me recibió con amabilidad y me
contó, leyendo una hoja enmicada, la historia del plantel: la escuela se fundó
en 1902 como instituto comercial para señoritas y estaba ubicada en el Centro
Histórico, en la calle del Carmen. Luego, en la década de 1970, convertida en
bachillerato técnico, se trasladó a la calle Sabinos, en Iztacalco, pero en
1985 el plantel sufrió daños por el terremoto y tuvo que ser desalojado. Fue en
1998 cuando maestros y alumnos llegaron a la colonia Solidaridad Nacional. Ese
mismo año se delimitó el perímetro con una reja de metal y poco después,
gracias al esfuerzo de los padres de familia, se levantaron los muros altos y
se colocó el plúmbeo portón de metal y postigo corredizo por donde,
inquisitivo, un guardia se asoma y pide credenciales para franquear el acceso.
Tantos años de historia y
resistencia educativa para que el Cetis terminara semejando una penitenciaria
para que los alumnos no se vayan de pinta. O para proteger las instalaciones de
las amenazas externas del barrio: “Cuando llegamos, adentro del museo ya casi
no había nada: todo estaba saqueado”, puntualizó María del Rosario.
Sin embargo, no es por su
aspecto carcelario que he venido a visitar el remoto Cetis No. 7, escuela
pública que se encuentra en uno de los lugares más feos y menos prestigiosos de
la Ciudad de México.
una película
cómo se imagina si él,
chilango de toda la vida, le teme al lodo.
Me contesta que no. Tengo miedo a trabajar
en una empresa donde ser empleado del mes sea un estado de terror psicológico
inculcado por el gerente que te dice: eres el mejor de octubre, si sigues así
durante un año llegarás a subgerente de departamento, pero cuídate porque uno
de tus compañeros –no diré su nombre– viene con todo y te quiere desbancar; si
te refieres a ese lodo, a huevo que le temo, dice Shaggy. Pero tú trabajas en
un museo, le replico. Sí. ¿Entonces a qué viene eso del empleado del mes?Eso
era antes, ya regresé a la tienda de pinturas de mi papá. Le expongo mi teoría
sobre la pulsión de muerte de la Ciudad de México. Le digo que incluso el
Drenaje Profundo es profundo porque sólo así se garantizaba LA SEGURIDAD DE NO HUNDIRSE
SÓLO ENTERRÁNDONOS
EVITAREMOS HUNDIRNOS
10:11 horas: inicia la
ceremonia. Todos de pie a cantar el himno nacional mexicano. Inmediatamente
después, suena el de Rumania.
El conducător Ceaușescu
lleva toda la mañana oliendo mierda mexicana, pero en él siempre ha resultado
difícil identificar indicios de asco. Su rostro es una mueca permanente de
sonrisa bonachona –diríase infantil– e ironía indescifrable. Desde las 9:30
horas, guiado por su anfitrión, siguió la serie de acciones que pusieron en
servicio las instalaciones del Sistema de Drenaje. Antes de llegar aquí, estuvo
en el kilómetro 7 del Gran Canal (antigua e insuficiente cloaca de la ciudad),
donde atestiguó la abertura de la Obra de Toma, que dejó libre el paso de gran
parte del caudal de aguas negras hacia el Interceptor Oriente. En ese lugar, habitantes
de colonias aledañas (la Nueva Atzacoalco, la San Felipe de Jesús) escucharon el
agua escapando en torrente hacia el nuevo curso, dentro de las entrañas de la
tierra, lo cual garantizaba que ya no existiría ningún peligro de inundación
sobre sus casas por desbordamiento del Gran Canal. Tronaron los aplausos y Ceaușescu,
que para esa hora de la mañana lucía demacrado como vampiro abstemio, revivió. Un
rayo de energía le tensó el cuerpo. Porque él no es un ser humano normal: si su
viejo paisano el conde Drácula se alimentaba de sangre, Nicolae lo hace de
aplausos.
Eso lo sé desde antes de volar
a 1975, cuando vi un par de documentales en Youtube. Mi favorito es La autobiografía de Nicolae Ceaușescu,
realizado por Andrei Ujica. Se trata de una película en cierto sentido
exasperante (no hay narrador ni acotaciones informativas de ninguna naturaleza,
y gran parte del largometraje es mudo), compuesta sólo con material rescatado del
archivo de las oficinas de propaganda del gobierno de Ceaușescu. Pedazos de
filmes oficiales, grabaciones
que el presidente aprobaba y muy posiblemente dirigía. Es la película con más aplausos que he visto en mi vida. Cada cuatro
palabras, Nicolae se detiene y un alud de palmas inunda el aire. En la pantalla
el pueblo y los políticos ovacionan, sonríen, desfilan y aclaman hasta la
náusea. Y Ceaușescu recibe, goloso y con cara de pingüino diabólico,
esas demostraciones desmesuradas de afecto.
Ujica editó los archivos de manera que narran, con delicada malicia, la espectacular carrera política de Nicolae,
que no se explicaría.
Ceaușescu gozó de fama internacional durante casi veinte años gracias a
que en 1968 se opuso a la invasión soviética a Checoslovaquia. A partir de ese
momento, el mundo occidental lo recibió como el único dirigente comunista
civilizado. Durante sus años dorados, se creyó pieza clave dentro del frágil
jenga de la Guerra Fría, adoptando siempre una activa política de paz y no
intervención. Tenía relaciones con Mao Tse Tung, Richard Nixon, Fidel Castro y,
por qué no, con Luis Echeverría. En el set de la política mundial era prestigioso
tomarse una foto con él. Pero dentro de su país las cosas no iban bien. El
culto institucionalizado a su personalidad se había salido de control, la
policía secreta sumió en el terror a la población y la economía se desplomaba
mientras el “Héroe de trabajo socialista” ostentaba un báculo de oro y ordenaba
construir para su uso personal el palacio más grande del mundo.
Cuando
reprobó Desde la muerte de su predecesor en la dirigencia del Partido Comunista
Rumano, pasando por los desfiles patrióticos, las visitas a fábricas, campos,
ciudades, los discursos en el Congreso, los encuentros diplomáticos en y fuera
de Rumania, las vacaciones con su esposa Elena, hasta su derrocamiento tras los
disturbios de Timisoara, por los cuales fue acusado de genocidio y luego
fusilado. Veinticuatro años de poder. Fama internacional por haber repudiado la
invasión soviética a Checoslovaquia en 1968. El único dirigente comunista que
era bie recibido por el mundo occidental. Una pieza clave durante la Guerra
Fría.
Si alguien nos buscara en
el mapa, nos encontraría donde, siguiendo un test de Rorschach, la figura de la
capital levanta hacia el norte un inesperado pezón, o donde la silueta de la
pera chilanga tiene su trozo de rama, o donde el corazón infartado de la urbe
yergue hacia el cielo un pedazo de aorta rota.
Estamos exactamente a
trece kilómetros del Zócalo, en una zona que, entre sus dudosos lugares de
interés, cuenta con la pirámide prehispánica de Tenayuca, el Reclusorio Norte
donde viven hacinados 11 mil reclusos, la escuela de misioneros mormones más
grande de Latinoamérica y este lugar: el Cetis No. 7 “Miguel Lerdo de Tejada”.
Visto desde la calle Luis
Espinosa, el Cetis tiene, por sus altos muros, aspecto de prisión, como si
quisiera parecerse al Reclusorio Norte o a su edificio vecino, el gigantesco Centro
de Capacitación Misional México de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días.
Tres instituciones disciplinarias en una zona con altos índices de marginalidad
y crimen; un mismo estilo arquitectónico que tiene en el levantamiento de
bardas uno de sus principios fundamentales. Lo cual no es extraño en una región
donde los cerros, considerados zonas ecológicas, necesitan muros de cemento
para evitar que las construcciones ilegales los cubran por completo.
“Cuando nos mudamos a
este predio, lo más urgente fue levantar la barda”. María del Rosario Ramírez
Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien me recibió con amabilidad y me contó,
leyendo una hoja enmicada, la historia del plantel: la escuela se fundó en 1902
como instituto comercial para señoritas y estaba ubicada en el Centro Histórico,
en la calle del Carmen. Luego, en la década de 1970, convertida en bachillerato
técnico, se trasladó a la calle Sabinos, en Iztacalco, pero en 1985 el plantel
sufrió daños por el terremoto y tuvo que ser desalojado. Fue en 1998 cuando
maestros y alumnos llegaron a la colonia Solidaridad Nacional. Ese mismo año se
delimitó el perímetro con una reja de metal y poco después, gracias al esfuerzo
de los padres de familia, se levantaron los muros altos y se colocó el plúmbeo
portón de metal y postigo corredizo por donde, inquisitivo, un guardia se asoma
y pide credenciales para franquear el acceso.
Tantos años de historia y
resistencia educativa para que el Cetis terminara semejando una penitenciaria para
que los alumnos no se vayan de pinta. O para proteger las instalaciones de las
amenazas externas del barrio: “Cuando llegamos, adentro del museo ya casi no
había nada: todo estaba saqueado”, puntualizó María del Rosario.
Sin embargo, no es por su
aspecto carcelario que he venido a visitar el remoto Cetis No. 7, escuela
pública que se encuentra en uno de los lugares más feos y menos prestigiosos de
la Ciudad de México.
No.
Recorrí varios kilómetros
para ver este sitio porque fue aquí donde el himno nacional de la República
Socialista de Rumania se escuchó a todo volumen el 9 de junio de 1975. Y fue
aquí donde e escuchó, amplificado por unas bocinas traídas para el himno
nacional de Rumania se celebró como logro nacional uno de los momentos más
determinantes de la agonía hidráulica de la Cuenca del Valle de México. Agonía
que, obviamente, hoy es más aguda que ayer y que, para sostenerse en el tiempo,
requiere de planes cada vez más grandes y faraónicos.
Entonces todo era distinto,
casi irreconocible para los ojos del presente. Para llegar hasta aquí se debían
tomar varios camiones desde el metro Tlatelolco, pues no existía la terminal
Indios Verdes. No existía el Cetis y aún no se inauguraba el Reclusorio Norte (los
reos de la ciudad purgaban todavía sus condenas en el viejo Lecumberri). La
mancha urbana apenas comenzaba a apoderarse de estos rumbos y el cerro de
enfrente aún no vestía su falda de casas cuando a las 10:10 horas de ese 9 de junio
Pero sin duda fue aquí, y
para comprobarlo basta ver.
donde la Cuenca de México, con sus millones de
habitantes a cuestas, se dio cuenta que deb.ería esperar impredecible tiempo
para .
Sedientas y mercúricas extensiones
de concreto que, más allá del horizonte, lo han invadido todo excepto la mitad
superior del cerro que tengo frente a mí. Cerro ocupado hasta la cintura por
casas grises, algunas de colores, y que en homenaje a su necia condición de
páramo, algún administrativo bautizó como Zona Ecológica número Ocho. ¿Y las
otras siete? Un terreno erosionado y seco; lo que ha quedado de ecología.
Aquí el espacio natural es
terquedad, reducto que desafía las probabilidades, relingo, barranco que el
prurito habitacional del humano desdeñó por imposible de fincar.
(llamada así en homenaje al
ingeniero mexicano que durante los siglos XIX y XX dirigió los trabajos del
desagüe de la ciudad),
viernes, 7 de agosto de 2015
Unos versos de Juan Ruíz de Alarcón
(Texto publicado en Este país)
| Juan Ruíz de Alarcón |
Empeñosos y diversos han sido los
argumentos esgrimidos para demostrar que la obra de Juan Ruíz de Alarcón
–dramaturgo nacido en Taxco en 1580 y muerto en Madrid en 1639–es uno de los
primeros ejemplos de literatura genuinamente mexicana escrita en español. Desde
los homenajes oficiales hasta las lecciones académicas, todo indica que debemos
sentirnos orgullosos de este genio vernáculo, sin embargo, conviene tener en
cuenta lo que Antonio Alatorre señaló en un breve pasaje de Los 1001 años de la lengua española: que Juan Ruíz sólo escribió un
pequeñísimo y muy forzado guiño de colorido mexicano en toda su extensa obra. ¿Intentaba
así ocultar su cognación americana ante el público ibérico que asistía a sus
representaciones dramáticas? Imposible saberlo y estéril devanarse los sesos chovinistas
con la intención de averiguarlo. Por el contrario, lo realmente fecundo es decir
unas palabras acerca del contenido de dicho guiño pues constituye –además de
una muestra de la adulación que sin escrúpulos practicaban en esa época los
escritores– una estupenda puerta para comprender un hecho histórico cuyas consecuencias
me sumen en la tristeza cada vez que camino por las calles secas de esta ciudad
fundada sobre lo que antes fue hermoso valle lleno de agua.
Aquí el guiño mexicano: en
el acto primero de la comedia El
semejante a sí mismo (redactada por Alarcón más o menos entre 1611 y 1616),
los personajes don Juan, don Leonardo y Sancho entran al escenario y festejan
el excelente tiempo que hace en Sevilla durante el mes de abril, clima al que
consideran la octava maravilla del mundo. A raíz de eso, discurren sobre otras
maravillas y cada uno expone las que, a su juicio, son las mejores. Don
Leonardo zanja la discusión con un discurso de sesenta y tres versos laudatorios
(los que van del verso 57 al 120) en los que habla de su maravilla que es (¡oh
sorpresa casi cómica para los lectores actuales que conocemos la verdadera
historia del asunto!) el desagüe del Valle de México. Primero narra las
peligrosas inundaciones que la capital de la Nueva España, establecida sobre un
lago, sufría con las inundaciones:
México, la celebrada
cabeza del indio mundo […]
tiene su asiento en un valle
toda de montes cercada
que a tan insigne ciudad
sirven de altivas murallas.
Todas las fuentes y ríos
que de aquestos montes manan,
mueren en una laguna
que la ciudad cerca y baña.
Luego dice que gracias a las gestiones del
inigualable virrey don Luis de Velasco y Castilla el segundo (“el gran marqués
de Salinas, / de Velasco heroica rama, / símbolo de la prudencia”) se solucionó
el estragador problema que amenazaba con sumergir a la ciudad:
después de mil consultas
de gente docta y ancïana,
cosmógrafos y alarifes,
de mil medidas y trazas,
resuelve el sabio virrey
que por la parte más baja
se dé en un monte una mina
de tres leguas de distancia,
con que por el centro de él
hasta la otra parte vayan
las aguas de la laguna
a dar a un río arrogancia.
Según don Leonardo, mil quinientos peones
en trabajo continuo durante tres años completaban un túnel revestido de
“cantería inmortal” por donde saldría el agua para salvar la ciudad, dar
“eterna paz al reino / y a su autor eterna fama”. Al terminar de hablar, quizá
por la manera declamatoria en que lo hizo, don Juan le contesta, persuadido:
“Tan insigne maravilla / muy justamente se alaba / por la primera del mundo”.
Hasta ahí el único guiño vernáculo
(según Alatorre) en toda la obra de Juan Ruíz de Alarcón. A partir del verso
121, el desarrollo dramático de El
semejante a sí mismo olvida por completo la mención mexicana, olvido que resalta
su condición de parche innecesario y fuera de lugar que, no obstante su
arbitrariedad –o quizá gracias a ella–, resulta una veta de incógnitas sabrosas
para los lectores curiosos: ¿Por qué Alarcón la escribió? ¿Cómo fue el tan
celebrado desagüe de México? ¿Con las mentadas obras emprendidas por el virrey
se solucionó en verdad el problema de la ciudad? ¿Por qué si el dramaturgo
anuncia esa obra como la maravilla superlativa del mundo los lectores raramente
habíamos escuchado antes de ella?
| El virrey don Luis de Velasco y Castilla |
Alarcón escribió esos
sesenta y tres versos de tema mexicano por dos razones. La primera fue porque con
ellos trataba de elogiar y tener grato al virrey Velasco, lo cual es más que
evidente con sendas adulaciones puestas en boca de don Leonardo. Y es que Juan
Ruíz se sentía en deuda con el alto funcionario porque éste –mucho antes de ser
nombrado virrey– fungió como testigo en la boda de sus padres, con el tiempo se
volvió su protector y le hizo varios favores invaluables. La otra razón fue que
el dramaturgo presenció una parte de la obra del desagüe, quedó impresionado
con su magnitud y además tuvo cierta relación de amistad con el verdadero
artífice y encargado del proyecto, aunque en la comedia borró injustamente su
nombre para darle el crédito absoluto al virrey. ¿Quién fue el ignorado encargado
y por qué Alarcón desdeñó su presencia?
El verdadero artífice de
la celebrada maravilla fue Enrico Martínez (Heinrich Martin, en alemán), un
hombre de biografía novelesca que tristemente perteneció a la estirpe de los
grandes personajes cuyo destino es el olvido, la ignominia y el desprecio de
sus contemporáneos. Individuo de orígenes oscuros (probablemente nació en
Hamburgo entre 1550 y 1560), se sabe que se graduó en la Universidad de París como
matemático y que impartió clases en Polonia y otros lugares de Europa. En 1589
llegó enigmáticamente a la Nueva España con el pomposo título de Cosmógrafo del
Rey al servicio de Felipe II. En México se desempeñó como traductor del alemán
para el Santo Oficio, escribió en castellano un libro de astronomía y astrología
que en su tiempo fue muy consultado, hizo mapas de América, tuvo una imprenta que
dio al público libros en latín, español y náhuatl, se desempeñó como médico, emprendió
una de las obras de ingeniería más ambiciosas de su siglo (el mentado desagüe) y
murió en el pueblo de Cuautitlán, derrotado, enfermo entre sus polvosos astrolabios,
injuriado por enemigos que lo acusaron de haber provocado la inundación más
terrible de la capital del virreinato novohispano.
El
dato por todos aceptado es que Enrico Martínez se embarcó con rumbo a la Nueva
España “en el año de 1589, en la flota que condujo a su amigo y protector el
virrey don Luis de Velasco el segundo y a Juan Ruíz de Alarcón, también su
amigo”. La imagen de un barco de la Corona española atravesando el encrespado
océano con una tripulación que, entre otras personas, contaba con un virrey
recién nombrado, un cosmógrafo real y un dramaturgo jorobado, me fascina y a
menudo he fantaseado con el tipo de pláticas que pudieron haber sostenido esos
tres personajes durante el largo viaje trasatlántico. Digo “fantaseado” porque
bien sé que dichas pláticas fueron improbables pues en 1589 Juan Ruíz tenía
nueve años y, tomando como cierto el dato –además bastante infundado– de que se
encontraba ahí, es obvio que era incapaz de polemizar con tan doctas
personalidades. Pero fantasear es lo único que se puede hacer en estos casos del
pasado y así lo demuestra Fabrizio Mejía Madrid en su inteligente y divertida novela
Hombre al agua, donde en el segundo
capítulo recrea y explica ficticiamente esa charla singular:
[Enrico Martínez] había conocido al
virrey justo en el barco que lo llevó a la ciudad lacustre de la Nueva España
en enero de 1590 [¿sic?]. Al final de
sus días, el cosmógrafo del rey se lamentó de haber sostenido con el nuevo
virrey, Luis de Velasco, y con el escritor Juan Ruíz de Alarcón, cierta charla
sobre ciencias en la que él, envalentonado por la precaria instrucción de ambos
en el tema, aseguró:
–No
existe problema alguno que no pueda ser resuelto por medio del cálculo preciso
y la acción humana.
–No lo creo, Marino –lo desdeñó Ruíz de
Alarcón, equivocando su apellido.
[…] Pero un
día de 1607, exactamente un año después de que publicara su canon de los
eclipses que vendrían, cuando el ya octogenario virrey de Velasco fue llamado
para un segundo periodo al frente de la Nueva España, su desafío le fue
recordado con precisión. El virrey lo mandó sacar de sus cálculos en el cielo para
que solucionara permanentemente el problema de las inundaciones de la ciudad
que, tres años antes, habían puesto en duda su existencia.
–Usted me
dijo que cualquier problema puede resolverse usando la cabeza –le recordó el
virrey a Enrico–. Llegó el momento de que lo pruebe.
Si el novelista cuenta que Martínez se
lamentó de haber sostenido esa plática trasatlántica de 1589 que ocasionó que
el virrey le pidiera en 1607 solucionar “permanentemente el problema de las
inundaciones de la ciudad”, es porque esa petición le arruinó a la larga la
vida al cosmógrafo. Como dije, la biografía de Enrico es novelesca, pero no
tanto por sus orígenes oscuros ni sus rocambolescos conocimientos científicos
aplicados en Francia, Polonia y México, sino por el dramático fracaso que vivió
en sus últimos años gracias a la malograda empresa del desagüe, empresa que aceptó
e interiorizó como su principal obsesión, su imperativo categórico, su Moby
Dick personal que, como a un Ahab novohispano, lo condujo al naufragio de su
vida.
En
la novela Hombre al agua, Martínez ocupa
un pequeño y fugaz espacio al lado de otras figuras ficticias y reales como
Joaquín de la Cantolla (pionero de los globos aerostáticos en nuestro país) y
Francisco de Viana (autor del primer reglamento contra incendios que hubo en
México), por lo tanto, para conocer mejor su biografía el libro que recomiendo
leer es el que escribió el célebre historiador Francisco de la Maza en 1943: Enrico Martínez: cosmógrafo e impresor de
Nueva España. Auténtica joya de la historiografía mexicana, esta obra es
una relación puntillosa y amena que reúne toda la información existente acerca
del sabio Enrico. A pesar de su erudición notable, no es un texto para
especialistas: su inicio es bellísimo y a ratos se lee como una novela de
misterio. La edición que los lectores contemporáneos podemos consultar es la
facsimilar que la UNAM imprimió en 1991: un hermoso volumen de tamaño grande y
letra amplia que permite disfrutar sin dificultades de una prosa ligera y
trufada con datos exquisitos e ilustraciones tanto de los libros que publicó
Martínez como de un bello y antiguo mapa del valle mexicano. Es en esta obra
donde también se encuentra copiosa información acerca de las obras del desagüe exaltadas
por Juan Ruíz de Alarcón y cuyos antecedentes pueden resumirse así:
Desde
que llegaron al Valle de México, impelidos por motivos religiosos, políticos y
económicos, los habitantes prehispánicos supieron medrar y convivir
armónicamente con el ecosistema lacustre originalmente compuesto por los lagos
de Texcoco, Xaltocan, Zumpango, Xochimilco y Chalco, los cuales, en tiempo de
lluvias, podían peligrosamente crecer hasta unirse y formar un “pequeño mar
cerrado”. Entre otras medidas para poder vivir aquí, los aztecas construyeron un
enorme albarradón que resguardó óptimamente y por mucho tiempo a su ciudad. Por
el contrario, desde la caída de Tenochtitlán, los españoles tuvieron problemas
con el agua a tal grado que Hernán Cortés pensó ubicar la ciudad en otro lugar,
lo cual hubiera sido quizá lo más sensato. A lo largo de los años, numerosas
inundaciones hicieron urgente la presentación de un plan efectivo para drenar
el territorio ocupado –con necedad, ciertamente– por la capital novohispana. En
1555 un tal Francisco Gudiel propuso un proyecto de desagüe que no se realizó.
En 1579 hubo otro, pero fue desechado por el entonces virrey Martín Enríquez
debido a su elevado costo. En 1604 sucedió lo mismo. Fue hasta 1607 cuando,
obligado por la peligrosa inundación que azotaba a la capital, el virrey Luis
de Velasco y Castilla convocó democráticamente a un concurso para elegir un
proyecto que solucionara el problema (no mandó llamar al cosmógrafo
personalmente, como se narra en la novela de Mejía Madrid). El ganador fue
Enrico Martínez, cuya propuesta constituyó la primera gran acción de drenaje
del Valle de México que se puso en marcha.
| Detalle del mapa en el libro de Francisco de la Maza |
El
manuscrito del plan original presentado por el cosmógrafo (“sencillo, barato y
adecuado”, a juicio de Francisco de la Maza) se perdió, pero se sabe por
distintas relaciones históricas que consistía en varias obras encaminadas a que
“las aguas del lago de México se vaciaran, por medio de una zanja, en las del
lago de San Cristóbal o Xaltocan; las de éste en las del lago de Zumpango y las
de éste, por medio de un tajo en Nochistongo, en el río Tula, que las llevaría,
por fin, al mar, en el golfo de México”. La última parte del proyecto, en
especial, parecía ser la más acertada, pues al drenar el lago de Zumpango (el
más alto del valle y además alimentado por el río Cuautitlán, el más caudaloso
entonces) se evitaba que las aguas de éste se desbordaran sobre los otros lagos
y anegaran –como había sucedido en ese año de 1607– la ciudad, ubicada en la
parte más baja del valle. El mismo Enrico advirtió que quizá lo más conveniente
y sencillo era empezar por el desagüe de Zumpango para después y con más calma “quitar
de la laguna de México el agua que fuese necesaria para asegurar la ciudad de
la ynundación que se teme”. Las autoridades aceptaron la propuesta y de
inmediato buscaron a los peones para comenzar. Escribe De la Maza:
Se mandó pregonar por las calles
(con el pregonero en canoa, evidentemente) de toda la ciudad “para que todos
los negros, mulatos y mestizos y otras cualquier género de gentes que quisiesen
alquilarse para trabajar en el desagüe, acudiesen dentro de ocho días y hazer
asiento ante el corregidor de esta ciudad, con suficiente paga y para que asi
mesmo todos los vecinos e interesados que quisiesen dar esclavos para ello los
diesen, a los cuales se les daría de comer y alguna satisfacción”.
La “suficiente paga” consistía, por edicto
del virrey, en un pago individual de cinco reales cada siete días, un almud de
maíz a la semana, una libra de carne diaria, una fanega de chile para cada cien
indios, además de transporte de ida y vuelta a sus respectivos pueblos y los
servicios de un hospital construido en Huehuetoca para los trabajadores que se
enfermaran. Con estas disposiciones dictadas (benevolentes, hay que decirlo, en
comparación con otros trabajos similares), el 28 de noviembre de 1607 se
inauguraron con emoción y suma esperanza las obras. Como curioso dato libresco,
me gusta comparar las dos narraciones que conozco de este suceso. La primera es
de 1637 y se encuentra consignada en un libro de título tan largo que sólo transcribiré
sus primeras veintiún palabras: Relación
universal, legítima y verdadera del sitio en que está fundada la muy noble,
insigne, y muy leal Ciudad de México…:
Y habiendo llegado al dicho sitio
de Nochistongo y habiéndose dicho misa a las once del día en un jacal, que para
el efecto estaba ahí hecho, y teniendo prevenidos como mil quinientos indios,
se comenzó la obra del desagüe y algunas lumbreras, tomando el virrey una azada
en las manos y dado algunas azadonadas, con las que se animaron los indios al
trabajo.
Me gusta por la escena de la misa en un
jacal precario y del anciano y aristocrático virrey dando azadonadas sobre la
tierra arcillosa de Nochistongo. La otra narración es la que hace Mejía Madrid
en su novela, publicada en 2004:
[…] para financiar el desagüe, la
ciudad se valuó en veinte millones de pesos en oro y se le cobró el uno por
ciento de ese valor a los pobladores, junto con un tributo especial a las cajas
de vino que, de inmediato, dejaron de llegar. Ésa es una de las razones por las
que el vino jamás llegó al paladar de la ciudad y, en cambio, la cerveza lo
inundó. El virrey de Velasco, quien se mandó a construir una casa en Huehuetoca
para supervisar, inauguró las obras del desagüe el 29 de noviembre. Se dijeron
algunas palabras sobre el futuro seco de la ciudad, una banda de música tocó y
luego el arzobispo bendijo el lodo. Como no había vino para consagrar, el
sacerdote vertió en su vaso, de espaldas a la audiencia, un poco de cerveza.
Es obvio que el novelista se tomó ahí varias
licencias ficticias que, por lo demás, resultan bastante divertidas. El detalle
de la cerveza escandida a hurtadillas en el cáliz del sacerdote, por ejemplo,
es maravillosamente literario, pero no por eso deja de alumbrar ciertos
aspectos verídicos referentes a las condiciones prácticas de las obras del
desagüe. En efecto, para su realización se cobraron dos impuestos nuevos a la
población de la ciudad. Conforme a un avalúo realizado por el arquitecto Andrés
de Concha para calcular el valor de las propiedades, se obtuvo la cantidad de
300,000 pesos. Además, como menciona Mejía Madrid, se impuso una contribución
al vino, cosa que disgustó mucho a la espirituosa población y a la larga volvió
impopular el tortuoso trabajo del desagüe. Quizá en esa ocasión los mexicanos
padecimos por primera vez la terrible mezcla gubernamental de contribuciones
fiscales elevadas y obras públicas inciertas que, con el paso de los siglos, se
ha vuelto el pan de cada sexenio (recuérdese el caso de la línea 12 del metro).
| La capital de la Nueva España |
Al
principio todo salió de maravilla. A esta primera etapa de éxito del desagüe
corresponden los versos de Juan Ruíz de Alarcón. El 16 de junio de 1608, sin
haber acabado aún el socavón, se inauguró el tajo (8,600 varas de longitud, es
decir, siete kilómetros más o menos). Enrico Martínez, acompañado solemnemente
por el virrey, el mayordomo Pedro de Altamirano y el padre jesuita Juan Sánchez
que lo había ayudado a hacer las primeras nivelaciones, abrió las compuertas y
el agua entró al tajo “con grandísima furia y raudal”. Se dice que las aguas
del lago de Zumpango descendieron ostensiblemente su nivel ante los ojos de los
testigos. El cosmógrafo, orondo y conmovido, recibió agradecido y de hinojos
una cadena de oro en su cuello que simbolizaba el agradecimiento de la ciudad.
En
septiembre de ese mismo año, las aguas del tajo pudieron por fin entrar al
túnel que las llevó exitosamente al río Tula. El socavón, de aproximadamente
6,600 varas de longitud (cinco kilómetros y medio más o menos), fue justamente
alabado por Juan Ruiz pues en ese tiempo se trató de una obra de ingeniería sin
parangón en todo el mundo. Cuando en el siglo XIX el barón de Humboldt visitó
la Nueva España e hizo exploraciones geográficas e investigaciones históricas acerca
de las obras de Enrico Martínez, concluyó lo siguiente: “Un paso o camino
subterráneo que sirve de canal de desagüe, acabado en menos de un año, de 6,600
metros de largo, con un claro de diez y
medio metros cuadrados de perfil, es una obra hidráulica tal, que en nuestros
días y en Europa llamaría mucho la atención de los ingenieros”. Gracias al
socavón, la laguna de Zumpango se desaguó en su totalidad y se cantó victoria
en los campanarios de la capital de la Nueva España. Se dejó de temer que las
aguas de Zumpango y del río Cuautitlán se desbordaran sobre la ciudad. Como
pasa con frecuencia en México, se creyó que los problemas estaban solucionados
para siempre y que no habría más de que preocuparse, pero no fue así.
En teoría y a juzgar por
los primeros resultados, el proyecto era impecable, magistral, pero bien examinada
su realización acusaba mil fisuras y defectos. Ya desde los comienzos, unos
peritos enviados por el virrey avisaron que el tajo se debía hacer más ancho y
reforzado con taludes de piedra y madera en los costados para evitar los
derrumbes. También recomendaron recubrir con mampostería el interior del celebrado
socavón. Enrico no hizo caso. Los versos de Alarcón que dicen
Después,
porque la corriente
humedeciendo
cavaba
el
monte, que el acueducto
cegar
al fin amenaza,
de
cantería inmortal
de
parte a parte se labra
son mendaces, pues nunca se recubrió con
piedra “de parte a parte” el túnel. Para siempre será un misterio el porqué de
los oídos sordos de Enrico ante las recomendaciones que se le hicieron. De lo
que podemos estar seguros es que de haber sido más receptivo a las críticas, se
hubiera ahorrado muchos problemas y ataques de sus enemigos.
Los émulos de Martínez eran
legión. Tal vez lo odiaban por ser extranjero y lo envidiaban porque don Luis
de Velasco y Castilla lo protegió y favoreció al otorgarle la obra. Por esa
razón, cuando el virrey terminó su mandato en México y regresó a España, varios
peritos se atrevieron a escribir rabiosos libelos en contra del cosmógrafo. El
redactado por Alonso Arias, su archienemigo, fue el más enconado. Esos informes
se enviaron al rey de España que, ignorante y posiblemente ahíto del asunto, mandó
a México en 1614 a un ingeniero holandés para que solucionara el problema. Ese
sujeto, de nombre Adrian Boot, dictaminó en enero de 1615 que el desagüe de Enrico
Martínez “no valía nada”, dijo que lo adecuado era que todo volviera a su
estado original y que lo que debía hacerse era engrosar las calzadas y reparar
los diques existentes, medidas a todas luces insuficientes para frenar las
inundaciones. La discusión se tornó bizantina. Hubo gente a favor del holandés
y a favor de Martínez. Legajos, discusiones escolásticas de alarifes, oidores,
funcionarios, amanuenses a los que se les iba la mano en sus opiniones,
críticas de la población a los impuestos sobre el vino... Al final, para
desembarazarse del asunto, el nuevo virrey ordenó que el río Cuautitlán
volviera a su cauce natural y poco a poco la laguna se llenó de nuevo sin que las
autoridades repararan en ello.
No
obstante su fracaso, el cosmógrafo continuó con sus complicados cálculos
matemáticos y en ese mismo año de 1615 presentó un plan para arreglar los
desperfectos de su obra, prometiendo que en dos años la concluiría. La
Audiencia lo aceptó otra vez, pero con la cruel condición de que pagara una
fianza de 12,000 pesos en veinticuatro horas, lo cual Enrico no pudo cumplir y
terminó en la cárcel. Desde una oscura celda, el matemático graduado en París
pidió su libertad ofreciendo el treinta por ciento de su salario. Cuando salió,
dispuesto a comenzar las obras, nuevas discusiones e intrigas propiciadas por
Alonso Arias entorpecieron los trabajos, que después de muchas zancadillas
pudieron reiniciarse, pero con una lentitud tan desesperante que para 1623 casi
no se había avanzado nada, razón que llevó al nuevo e irreflexivo virrey
marqués de Gelves y conde de Priego a cancelar definitivamente las labores del
desagüe.
Pasaron
los años y en 1628 Enrico presentó ante las autoridades un tercer plan, mucho
más pensado y completo que los anteriores. En éste informaba de los logros por
él alcanzados y presumía que hasta ese momento “sólo habían muerto veintiún
indios, de los muchos miles que trabajaban y que si se atacaba la obra por
enemigos envidiosos, era solamente por
codicia, pues ella implicaba una desatención de los indios en las labores de
los campos y haciendas de los ricos”. Nuevamente se aceptaron sus servicios de
ingeniería y el cosmógrafo trabajó con vehemencia. Lamentablemente, para
septiembre de 1629 los lagos habían crecido en exceso. Venganza líquida de un ecosistema
lacustre invadido por calzadas y templos de piedra, el agua se desbordó y
cubrió primero calles, luego ventanas, naves de iglesias, salones, plazas,
bibliotecas. Con la sensatez que en ocasiones produce el miedo, al ver el
aluvión mucha gente abandonó para siempre la ciudad –medida que quizá hubiera
sido la más adecuada desde el principio– y se mudó a Puebla. El desastre era
inminente. Se dice que a partir del once de septiembre diluvió bíblicamente y
sin interrupción durante treinta y seis horas. A causa de las crecidas, treinta
mil personas –sobre todo indios– murieron ahogados. También fallecieron
multitud de animales, cuyos cadáveres seguramente flotaron durante semanas
enteras, cubiertos de moscas y gusanos acostumbrados al agua. Los ciudadanos
sobrevivientes adoptaron las canoas para no hundirse. En una simpática crónica
–donaire en medio del caos– escrita por el dominico Alonso Franco y citada por
Francisco de la Maza se lee lo siguiente:
Las canoas sirvieron de todo y fue
el remedio y medio con que se negociaba y trajinaba y así en breves días
concurrieron a México infinidad de canoas y remeros. Las calles y plazas
estaban llenas de estos barcos y ellos sirvieron de todo cuanto hay imaginable
para la provisión de una tan gran república; y llegó, lo que era trabajo, a ser
alivio, comodidad y recreación. Una sola canoa cargaba lo que necesitaba de
muchos arrieros y bestias mulares. Fue
lenguaje común decir todos: andamos ahora
en carrozas, porque pobres y ricos paseaban en la ciudad con mucho descanso
y sentados en las canoas, que eran carrozas de menos costo, por lo mucho que
tiene sustentar carroza y animales que la tiren. En canoas se llevaban los
cuerpos de los difuntos a las iglesias y en barcos curiosos y con mucha
decencia se llevaba el Santísimo Sacramento a los enfermos. Vi de la catedral
muy pintado y dorado, su tapete y silla en que iba el cura sentado y haciéndole
sombra otro con un quitasol de seda; acompañábanle otras canoas en que iban
gentes que llevaban luces y la campanilla que se acostumbra iba adelante para
avisar a los menos atentos […]
Pero mientras algunos se divertían en sus
paseos de remos, la noche del dieciocho de septiembre, en medio de un ambiente
apocalíptico y una tormenta inclemente, las autoridades encarcelaron al ya
anciano Enrico Martínez. Chivo expiatorio de una ciudad llena de ahogados, se
le acusó ridículamente de haber cerrado la boca del desagüe que él mismo había
construido. Muchos dijeron que, ante las leviatánicas aguas que evidentemente
no podrían caber por el socavón sin destruirlo, el cosmógrafo mandó tapar su
entrada para no arruinar el trabajo de tantos años. Otros maledicentes
aseguraron que, con ánimo maquiavélico, lo cegó para demostrar a sus émulos que
sin drenar la laguna de Zumpango la inundación sería catastrófica. Por su
parte, Enrico dijo que habían sido las avenidas violentas las que taparon con
lajas la entrada del desagüe.
La
eterna paz del reino tan cacareada por Juan Ruíz parecía, en tales condiciones
infernales, una burla. Asustado porque el agua seguía subiendo y le llegaba ya
al cuello, el virrey, arrepentido, mandó sacar al cosmógrafo de la cárcel y, al
comprobar que era el único capaz de solucionar el problema, le suplicó que
hiciera lo necesario para salvar a la ciudad. Desde luego no se disculpó por el
presidio al que lo había sometido, pero le dio 15,000 pesos y con esa cantidad
Enrico trabajó una vez más en Nochistongo y amplió sus obras para desviar
arroyos y ríos por la parte de Chimalhuacán, Coyoacán, Mixcoac y Xochimilco. El
cosmógrafo se fue a vivir al pueblo de Cuautitlán para supervisar más de cerca
el desagüe. Ahí trabajó incansablemente hasta 1632, fecha en que consideró
concluida la obra que se había convertido en su obsesión durante más de veinticuatro
años.
La
hora de la verdad llegó. Ante la expectativa de todos, se abrieron otra vez las
compuertas del desagüe. Enrico, enfermo y disminuido pero con la certeza de que
por fin recibiría el premio por sus esfuerzos, esperó desde la orilla del lago
de Zumpango a que las aguas descendieran, sin embargo resultó que el conducto
era demasiado estrecho para vaciar el volumen ingente de líquido que se había
acumulado. Las cosas fallaron otra vez. Aquello parecía un castigo divino de no
ser porque había sido consecuencia del cálculo humano. Como era de esperarse,
anatemas y acusaciones cayeron sobre la envejecida cabeza del matemático. La
versión aceptada por los historiadores es que, humillado, Martínez murió a
causa de los insultos que el oidor Villalona y el fraile Andrés de San Miguel
le escribieron. Villalona lo tachó de inepto, embaucador, hipocondriaco,
fracasado y extranjero arribista, mientras que Andrés de San Miguel se
lamentaba de que alguna autoridad competente no hubiera mandado a ahorcar a
tiempo a Enrico, a la vez que señalaba al difunto virrey Luis de Velasco como
culpable por haber protegido a un rufián. Al enterarse de esas palabras, “su
espíritu debe de haberse doblegado ante esta última y terrible decepción
–escribe De la Maza–, de tal manera, que a los pocos meses moría en su triste y
lóbrego aposento del pueblo de Cuautitlán, rodeado de su libros y sus
instrumentos científicos, que fueron, más que otra cosa, el centro y amor de su
vida”.
![]() |
| En el centro de Cuatitlán |
Enrico
murió en la nochebuena de 1632. No quiso regresar a la Ciudad de México porque
ahí lo odiaban. Se desconoce el lugar exacto donde yacen sus restos. Su figura
tuvo que esperar a que en el siglo XIX, gracias a los comentarios benevolentes
y admirativos de Humboldt, se levantara un monumento en su honor, el cual se
encuentra en el costado poniente de la Catedral Metropolitana. Carece de efigie
porque nadie sabe cómo era su aspecto físico. En Cuautitlán, frente a la
catedral de San Buenaventura y a un lado de la imponente cruz de piedra que
ostenta la cabeza labrada de Carlos V, una pequeña calle de tan sólo una cuadra
se llama Enrico Martínez: en una esquina hay una heladería y en la otra una
cantina de mala nota. En el Distrito Federal una calle cercana a la Biblioteca
de México lleva su nombre, ese nombre que su contemporáneo Juan Ruíz de Alarcón
no tuvo empacho en borrar cuando alabó las obras que al cosmógrafo le trajeron
desagracias y sin sabores y que al final, más que una maravilla digna de
celebración, significaron una calamidad para todos.
| La placa del monumento dedicado a Enrico Martínez |
El
desagüe del Valle de México se completó definitivamente hasta el siglo XX.
Porfirio Díaz fue el último personaje empeñado obsesivamente en esa tarea. Después
de la muerte de Martínez, se abandonó la idea de desaguar por el lado de
Nochistongo. En los siglos siguientes se presentaron y realizaron diversos
planes al respecto y se padecieron también numerosas inundaciones. En la
actualidad, las obras hidráulicas del valle no están encaminadas a secar lagos,
porque ya no los hay, salvo pequeños y degradados cuerpos de agua que son la
excepción. El principal problema que se afronta es traer a la ciudad desde muy
lejos el agua limpia para uso cotidiano y luego sacarla en condición de
porquería tóxica.
Viajé a la laguna de
Zumpango. Todavía es grande, aunque no tanto como en siglo XVII, cuando el
pueblo del mismo nombre se encontraba en su ribera y Enrico Martínez se
esforzaba en secarla. Tiene a la vista un aspecto hermoso, imponente y sereno
debido a las garzas blanquísimas que la habitan, pero es desagradable para el
olfato. Algunas lanchas de motor, ancladas no lejos de donde me encontraba, se
mecían por el viento como dando vida a una pintura de Monet. Contemplé largo
rato el paisaje. Pensé en los cadáveres de gente asesinada que a menudo se
encuentran en los canales contaminados de la comarca. Me pregunté cuántos de
esos canales desembocan en Zumpango. El cielo se oscureció y, junto con las
sombras y el frío, la pestilencia se volvió más intensa. Me marché pensando que
la terca permanencia de la laguna y la blancura de sus aves tienen algo de
milagroso y de estremecedor. Mientras caminaba para tomar el camión de regreso
que me llevaría al tren suburbano de Cuautitlán, vi que en un changarro de
comida vendían truchas. ¿Las pescan ahí? Por la ventanilla del autobús observé
que la luna había salido. Intenté imaginar cómo se vería reflejada sobre el
agua. Avanzamos. Las milpas dieron lugar a las casas, a la zona industrial, a
los suburbios interminables. Luego, ya en el tren, llegué a la ciudad desecada.
Una hora más tarde, entré a mi casa en Coyoacán. Cansado, me desvestí y en la
ducha contemplé cómo el agua se iba por la coladera con rumbo, quizá, a donde
había yo pasado el día.
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