Mostrando entradas con la etiqueta 2 de octubre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 2 de octubre. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de septiembre de 2018

Tlatelolco, aquella tarde


Me encargaron un texto sobre el 2 de octubre. Yo nací exactamente treinta años después de lo ocurrido en Tlatelolco. Creo pertenecer, aunque no me guste, a una generación, o mejor dicho a un sector social, poco interesado por el tema. Mis padres tenían diez años en el 68, no lo vivieron en carne propia y, por lo tanto, no me transmitieron la indignación. Además, yo crecí en provincia y nunca, hasta mis dieciocho años, cuando me mudé a la Ciudad de México y me inscribí en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, presencié ninguna marcha conmemorativa. No culpo a la provincia como entelequia: desde luego que en Mazatlán existen sectores que mantienen viva la memoria, pero mi familia no los frecuenta e incluso los rehúye: cuando llegó la hora de inscribirme en la preparatoria, frente a dos de las escuelas públicas disponibles, la Rubén Jaramillo y la José Vasconcelos, mis padres, asustados, eligieron para mí la segunda. Me culpo a mí por la falta de curiosidad, y culpo al ambiente donde me desenvolví. El mismo que, sólo por mencionar dos sucesos ampliamente difundidos, se ha mantenido indiferente ante los hechos del 3 y 4 de mayo de 2006 en Atenco y del 26 de septiembre de 2014 en Ayotzinapa. Pero eso sí: preocupados por el estado de derecho, se jalan los cabellos si los maestros o los electricistas, o cualquier otro sector agraviado: desplazados por megaproyectos, defensores de su territorio, etc., bloquean carreteras exigiendo alguna reivindicación.
            Lo anterior es un lugar común. Lo siento.
            Recomienzo: me invitaron a escribir un texto sobre el 2 de octubre y decidí, en esta ocasión, revisar a Luis González de Alba, el escritor suicida. La personalidad del 68 mexicano que me parece cada día más interesante. Contradictorio, a veces despreciable, hipersexual, solitario, brillante, insolente, joven y viejo, belicoso, disidente y reaccionario, seropositivo, multifacético. Leí uno de sus libros póstumos: Tlatelolco, aquella tarde.

martes, 14 de agosto de 2018

El caddie de Díaz Ordaz (1968)


Cuando Gustavo Díaz Ordaz asumió la presidencia, buscó rodearse de funcionarios obedientes. Era una persona rígida y desconfiada que necesitaba gente incondicional para sentirse seguro. Por eso nombró a Luis Echeverría secretario de gobernación. En la figura de ese hombre delgado, circunspecto y de postura corporal siempre recta que parecía además concentrar todos los rasgos de su personalidad en el ejercicio casi religioso de la eficacia y la obediencia, Díaz Ordaz creyó encontrar la mano derecha que necesitaba. Echeverría, como un robot, se esforzó en cumplir todo lo que el presidente le ordenara. Trabajaba más de lo esperado y, al observar en su jefe una irascible intolerancia contra las manifestaciones de protesta social (el movimiento de los médicos de 1964-65 fue ejemplo de ello), encontró en la facilitación burocrática del pretorianismo una forma de granjearse aún más la confianza del dirigente del país, con miras secretas a convertirse en su sucesor. Si a Díaz Ordaz le gustaba propinar garrotazos, Echeverría sería algo así como su caddie en el campo de golf: le tendría lista la bolsa de palos al presidente.
            El 22 julio de 1968, el movimiento estudiantil comenzó debido a un incidente ínfimo y más bien grosero (una pelea callejera entre alumnos de distintas escuelas) que devino en brutal golpiza por parte de la policía del Distrito Federal. El 26 de ese mes, los estudiantes protestaron con una marcha pacífica en la que exigían, entre otras cosas, la destitución de los altos mandos de la policía y la libertad de sus compañero presos. Díaz Ordaz se encontraba en una gira de trabajo en la costa del Pacífico mexicano y recibió una llamada en la que el secretario de gobernación, con voz indignada y servil, le describía los hechos como una amenaza para la seguridad nacional. La orden que dictó el presidente fue que alistaran la represión. Echeverría, en respuesta, se mostró particularmente solícito con los preparativos: propuso ataques, fuerzas del orden disponibles, fechas y lugares.
Así fue como el 30 de julio el Ejército ocupó las preparatorias 1 y 3 de la UNAM. Ese día los soldados derribaron la puerta del Antiguo Colegio de San Ildefonso con el disparo de una bazuka. El gobierno, como un padre autoritario y confiado en el efecto pavloviano que debería causar el chicotazo de su cinturón, esperaba el apaciguamiento arrepentido de los estudiantes. Pero la respuesta fue contraria. Los jóvenes, apoyados por personalidades como el rector de la UNAM Javier Barros Sierra y un grupo notable de profesores e intelectuales como Heberto Castillo y José Revueltas, formaron un movimiento que se opuso a los actos del gobierno pero al mismo tiempo accionó con peticiones y aspiraciones democráticas. Pedían un dialogo público con el presidente de la república y la derogación del artículo 145 bis del Código Penal Federal, que criminalizaba la organización ciudadana bajo el término de “disolución social”. Siguiendo ese programa, el Consejo Nacional de Huelga, conformado por estudiantes de muchas universidades del país, protagonizó mítines, plantones y manifestaciones durante los meses de agosto y septiembre de 1968. El gobierno contestó con tanques de guerra desalojando a estudiantes del Zócalo, con el Ejército allanando campus universitarios y con operaciones paramilitares.
            Mientras tanto, en la soledad de su despacho de Palacio Nacional, Díaz Ordaz, paranoico, se convencía de que el movimiento estudiantil era patrocinado por fuerzas socialistas internacionales que planeaban una invasión al país. Echeverría, por su parte, continuaba actuando: con gestos ensayados previamente en el espejo, poniendo en práctica las técnicas histriónicas que le enseñara su hermano mayor Rodolfo Landa cuando eran adolescentes, fingía, ante Díaz Ordaz, estar igual de preocupado y paranoico. Así fue como, durante noches eléctricas, apoyados por Marcelino García Barragán, entonces secretario de la Defensa Nacional, urdieron la Operación Galeana, cuya misión fue destruir el conflicto estudiantil el 2 de octubre, antes de que se inauguraran los Juegos Olímpicos. Por supuesto, Echeverría encontró la manera de añadir secretamente en el asunto algunos ingredientes propios. Contratar al cineasta Servando González para que grabara la Operación fue uno de ellos.