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viernes, 3 de noviembre de 2017

Lascas

Gasterópodo II


Nietzsche pensaba que es imposible –o al menos falaz o superfluo– postular la existencia de cualquier objeto. “Un objeto, para Nietzsche”, explica Alexander Nehamas en su libro Nietzsche, la vida como literatura, “no es una sustancia permanente que subyace a sus características. Es, simplemente, un entramado de situaciones con el que otras pueden ser compatibles o armónicas; al que otras pueden incluso dañar; y al que otras pueden ayudar, o favorecer”.
     Ahora bien, quizá más importante que lo anterior, es necesario entender que los entramados de situaciones –es decir los objetos– no son esenciales: las cosas no mantienen relaciones por sí mismas; se entrelazan –mejor dicho: parecen entrelazarse– gracias al proceso interpretativo de quienes las observan. Y todos saben que los procesos interpretativos están siempre determinados por puntos de vista que incorporan intereses, necesidades y valores particulares.
     Aclaro lo anterior para evitar malentendidos y poder enunciar lo que, para mí, es un gasterópodo. Un gasterópodo es un entramado de situaciones que me ponen frente al símbolo del paraíso perdido. Calcárea huella helicoidal de un momento en que creí que la precariedad no existía o, al menos, de un momento en que no la percibí. O: huella de cuando supe que la tragedia sobrevuela sin descanso el cielo pero aún no me rozaba su tenebrosa ala.

Algún día narraré el entramado de situaciones que, acomodado por mi proceso interpretativo, me llevó a esa definición

Libros que cambian
Recuerdo una novela, Hocus Pocus, de Kurt Vonnegut, donde la presentación en primera persona del protagonista da varios giros de 180 grados antes de acabar el primer capítulo, lo cual produce un efecto de desconcierto y riesgo exquisito. Digo recuerdo porque de no estar refugiado en la enloquecida casa familiar, escribiendo sobre un burro de planchar que me sirve de escritorio, iría a mi librero, consultaría a Vonnegut y me aseguraría de citar los ejemplos correspondientes. Pero no puedo porque mi departamento está en riesgo de demolición tras el terremoto y, por si fuera poco, me veo obligado a hacer labores de enfermero porque mi madre se encuentra grave, gravísimamente enferma en la habitación de al lado. Así que forzosamente permanezco aquí, equivocando mis recuerdos y pensando que, ahora más que nunca, escribir equivale a planchar las arrugadas prendas del ropero de la mente. Tarea de mayordomo y no de literato, cosa que le va bien a mi nueva labor de enfermero. Procedo, entonces, a alisar pliegues y a explicar que fue a raíz de la lectura de Mac y su contratiempo, nueva novela de Enrique Vila-Matas, que intenté recordar libros que, como Hocus Pocus, cambien y retuerzan su mecanismo interno produciendo un efecto de desconcierto, riesgo exquisito y avance sin tregua.

Me gustan los libros que cambian y retuercen su mecanismo interno.


Vila-Matas y la vestimenta

Escribir equivale a alisar las arrugadas prendas del ropero de la mente. Eso me parece que hace Vila-Matas, a quien siempre me he imaginado en su estudio, sacando libros del librero como si descolgara camisas.   

Simple diarista

Pasa de simple diarista desocupado a detective de barrio, marido celoso, falso reportero, crítico literario, fantasma de sí mismo, intermediario entre el mundo pulcro de la gente con casa y la conjura de vagabundos que amenaza con apoderarse de la ciudad.

domingo, 12 de julio de 2015

Confesión por si algo malo nos sucede a mí, a mi madre y a mis manuscritos inéditos

Domingo 28 de junio

César Ávalos ha vuelto. Hace unas horas recibí un telefonema suyo en el que me dijo que vendría a casa en la madrugada y que lo esperara despierto. Sospecho que sabe que estoy por fin dando los últimos toques al libro que sobre el drenaje escribo desde hace tanto tiempo. Por eso ha regresado, como los muertos, a reclamarme el cumplimiento del pacto que hicimos en nuestros tiempos de universitarios. César es (o fue) mi mejor amigo, pero no sé nada de él desde hace un par de años, cuando se esfumó, prófugo de la justicia, acusado de homicidio. Lo imagino viviendo en la clandestinidad. Lo curioso e inquietante es que, desde su desaparición, he presentido su cercanía, de vez en vez me ha hecho temblar el roce de su brazo en la multitud. Podría jurar que sabe los pormenores de mi vida, que desde su clandestinidad estuvo más presente que nunca durante el proceso de publicación y difusión de El investigador perverso y otros ensayos, que se alegró por mi felicidad de autor novel, que leyó con interés las reseñas que comenzaron a aparecer en revistas y periódicos. En cierta feria de libros de una ciudad de provincia a la que me invitaron a participar en una mesa redonda de autores jóvenes, me pareció verlo, embozado, entre el público. No podía ser de otra manera, después de todo esa obra es en realidad suya. Él la escribió. Yo lo vi redactarla durante meses, luego estreché su mano cuando, terminada, me la dio y dijo: fírmala, hazla pasar por tuya, ya llegará mi parte cuando cumplas lo que te corresponde, que es escribir tu libro y dármelo a mí. Ahora viene por lo que, en teoría, le corresponde. Temo su reacción cuando escuche de mi boca que las cosas han cambiado. Es que ya nada es igual. Para empezar, él se convirtió en un asesino peligroso cuyo rostro apareció repetidas veces en los noticieros.

César vivió un tiempo en esta casa, conmigo y con mi madre. Eso fue después de que los dos acabamos la universidad. Durante un año los gastos de su manutención corrieron por cuenta de mi madre, que entonces trabajaba vendiendo comida en la calle y haciendo el aseo en casas de algunos parientes. En esa época, él y yo escribíamos mucho, obsesivamente, y nos corregíamos los textos mutuamente. César se había peleado con sus padres y no contó con nadie que le diera dinero hasta que consiguió ese excelente empleo nocturno en la morgue. Los siguientes meses, en casa vivimos casi exclusivamente con el monto que él comenzó a darle a mi madre a manera de renta. A raíz de esa nueva situación en la economía familiar, ella comenzó a cambiar su amable y abnegada actitud maternal por la de una arrendadora siniestra y mezquina. Simultáneamente, empezó también a perder salud. Con el paso del tiempo, después de que César huyó, mi madre me dijo que su enfermedad y mala actitud se debieron a los trastornos inevitables que produce la convivencia forzada con un asesino. Mi madre es una persona supersticiosa.

Pero el hecho es verdadero, convivimos sin saberlo con un asesino: César salía de noche en sus días de descanso y estrangulaba, según nos enteramos después, mujeres en hoteles de la zona de la Merced. Mi madre quedó muy afectada por esos truculentos acontecimientos. No ha recuperado del todo su salud ni la capacidad tremenda que tenía para trabajar. Sobre nuestra casa cayeron calamidades diversas: pobreza, segregación social y familiar, acusaciones de todo tipo. Se decía que habíamos solapado y ocultado al asesino de mujeres. Hubo quienes me señalaron como cómplice. Sin embargo, hemos salido adelante. Un día, decidí enviar a una editorial del Estado el manuscrito de El investigador perverso que César me había dado. Fue aceptado para publicación. Ese logro animó mucho a mi madre, le hizo tener un motivo de orgullo y sentir que no todo iba tan mal. A ella le resultaba reconfortante decir ante los demás que tenía un hijo escritor que publicaría un libro. A partir de ahí, comenzamos a superar el abismo moral, pero seguíamos sin solucionar el problema monetario.

Teníamos la esperanza de que me pagaran un poco por la publicación, pero pronto supe que no recibiría ni un peso. La editorial sólo me daría doscientos cincuenta ejemplares, por lo cual tuvimos que recurrir, muy a mi pesar, a los hermanos y demás parientes de mi madre. Los convencimos de que sería buena idea realizar una presentación del libro en el Club Social Vasco, del que ellos son socios. Sería una especie de evento social y cultural que limpiaría las máculas que nuestra convivencia con el asesino había infligido a la hasta entonces impoluta reputación de nuestro apellido. A mi madre y a mí nos convenía porque así podríamos vender el libro a un precio exageradamente oneroso.

Algunos de los ejemplares de El investigador perverso colocados en el suelo. Foto tomada afuera del departamento donde vivo.

Los parientes de mi madre son unos adinerados repugnantes que van al Club Social Vasco aunque no son en absoluto vascos. Yo procuro no tener nada que ver con ellos, pero invariablemente tengo que pasar las navidades, por una debilidad nostálgica de mi madre, en la mansión familiar que el tío Alfonso heredó cuando los abuelos murieron. Es ahí donde, después de cenar, los Landeros se reúnen al calor de una espléndida y cálida chimenea para hacer el intercambio de regalos, ritual que siempre ha significado para mí una horrenda tortura. Año con año me obsequian a nombre de toda la familia —cicateros viles— un traje de baño y unas aletas para nadar cuya principal aunque velada función es causarme tormentos psicológicos. Porque con tales objetos los torvos parientes buscan resucitar el pecado adolescente de mi madre, la locura que en su orgiástica juventud la hizo enamorarse perdidamente de ese hippie lamentable que fue mi padre, ese greñudo apestoso que se la llevó a ella —que entonces era una señorita hermosa, perfumada y grácil que jugaba tenis en el Club Social Vasco— a vivir a un campamento de surfistas en una playa remota del país donde después yo nací y crecí en el más completo de los abandonos, todo el tiempo presa fácil de los crueles mosquitos debido a que mi única prenda de ropa era un traje de baño remendado. Siempre carecí de camisetas, zapatos y cortes de cabello (por esos años tenía yo unas larguísimas rastas que me hacían parecer nieto de Bob Marley), y no pocas veces cargué con la responsabilidad de pescar con mis propias manos la cena y llevarla a mis progenitores, que casi todas las tardes me esperaban tendidos en la arena, sumidos en su delirio de cannabis, hambrientos hasta la desesperación a causa de la droga.

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A los traumáticos recuerdos de mi infancia debo el instintivo odio que les profeso a los trajes de baño y a los ambientes playeros. Tan grande es mi aversión por todo lo que tenga que ver con el océano y la arena, que confieso haber experimentado una felicidad inmensa cuando, después de que sepultamos bajo un cocotero el torso de mi padre —no pudimos enterrar todo su cadáver porque papá fue trágicamente devorado por un tiburón mientras surfeaba—, escuché a mi madre decir que iríamos a vivir de nuevo a la ciudad. Hoy estoy convencido de que estudié la licenciatura en Letras porque el olor polvoso de los libros y la circunspección pálida de la gente asidua a las bibliotecas se encuentran en las antípodas de las pieles bronceadas y de las fiestas tropicales que celebraban los iletrados amigos de mi padre. Creo que también por eso el libro que estoy a punto de terminar y que César Ávalos me quiere expropiar es una inmersión radical en el tema del drenaje y la porquería vistos desde una perspectiva literaria, libresca e histórica; en el fondo se trata de una diatriba contra las playas de aguas cristalinas en la cual se pueden leer poéticas descripciones de los caudalosos ríos de aguas negras que desembocan en el mar y echan a perder el idilio naturista de las comunidades hippies.

Si digo todo lo anterior no es por querer infundir en los improbables lectores de este diario compasión por mi penoso pasado familiar, sino para señalar que mi libro sobre el drenaje no debe quedárselo el asesino César porque es profundamente mío. Por otro lado, si me he extendido también en la narración de mis navidades tristes en compañía de los Landeros, se debe a que sólo así se comprenderá cuán agradable resultó al final embaucarlos con la presentación de El investigador perverso en el Club Social Vasco y ahí mismo venderles, a un precio elevadísimo, ese libro escrito por un homicida prófugo.

Pocos recuerdos me producen tan exaltado estado de felicidad como esa imagen mía autografiando y dedicando libros al mismo tiempo que cobraba los ejemplares. Arrebataba los billetes de las manos de los compradores y, antes de guardarlos en los bolsillos de mi saco y de mi pantalón, los arrugaba como si fueran algo despreciable para disimular mi avidez crematística. Pocas veces he vivido una plenitud tan burbujeante y embriagadora como la de ese momento, plenitud que maridaba a la perfección con el rebosante champán que los meseros del Club Social Vasco no cesaban de servirme y yo de apurar en unas esbeltas copas de cristal que, ya vacías, dejaba caer, con falso descuido, en el piso. Ese día conocí el éxito, droga poderosa y sin parangón que no quiero abandonar. Desde entonces me he imaginado que asesino a César Ávalos. Sí, me he imaginado asesinando al asesino que viene a arrebatarme la dicha de volver a presentar un libro, dicha que presiento doble o triple por el hecho de que la próxima publicación será en verdad mía, fruto auténtico de mis desvelos, de mi inmersión terrible en la infancia y de mis dioptrías sacrificadas en el altar del implacable dios de la escritura.

De la presentación familiar obtuve el dinero suficiente para que mi madre y yo viviéramos cuatro meses en completo desahogo. Además, El investigador perverso resultó estar magistralmente escrito, por lo que fue con entusiasmo acogido por la crítica. Adquirí cierta fama y no tardaron en ofrecerme trabajo como columnista en dos renombradas revistas, empleos modestos gracias a los cuales podemos sobrevivir en esta casa. Mi madre recupera de manera notable su salud y tiene puestas todas sus ilusiones en la futura publicación de mi libro, que una editora famosa prometió leer con atención cuando estuviera terminado. Nuestras vidas mejoran en todos los sentidos y podría decir que el destino se redime conmigo de no ser porque César apareció de nuevo como un heraldo negro portador de desgracias y ruinas.

Irónicamente, fue mi supuesto éxito el que me hizo bajar la guardia y me impidió darme cuenta de la tormenta que se avecinaba. Estaba tan convencido del buen tiempo, que caí en la trampa que me tendió, quizá sin saberlo, el reportero que me entrevistó hace unas semanas para el suplemento cultural de un diario de la ciudad. Él quería saber si yo estaba reservando mi “arrollador talento” para un próximo libro, e insinuó que las reseñas mediocres y los seudoensayos que ahora yo redactaba sobre diversos temas como la muerte de los gasterópodos o la inveterada costumbre de subrayar libros eran mucho menores que las piezas de El investigador perverso. No supe ver que en esa pregunta se cifraba mi realidad, el aviso de que estaba arruinado, o más bien la señal de que siempre lo había estado y de que si fugazmente la suerte me sonreía era gracias al mérito de César Ávalos. Más fácil de lo que pensaba podía descubrirse que soy una subrogación ridícula e insuficiente, un badulaque que ni siquiera puede cumplir con su trabajo de sosias literario. Con total irresponsabilidad, le respondí al preguntón que, en efecto, estaba terminando un nuevo libro, una colección de textos unidos entre sí con un inconsútil hilo autobiográfico que me permite reflexionar sobre el tema del drenaje sin que la disquisición ensayística se torne plúmbea. “Creo que será una obra sin parecido alguno con las de mis connacionales; tiene mayor afinidad con los libros de W.G. Sebald”, dije al reportero, quien apenas pudo contener una risilla sardónica ante mi gratuita ampulosidad.

En este cuaderno azul se encuentran la mayoría de mis apuntes sobre el drenaje: bibliografía imprescindible, anotaciones inspiradas, escorzos a lápiz, odas a la pestilencia, varios índices tentativos...

Esa respuesta fue mi perdición. Estoy seguro de que César leyó la entrevista y por ella se enteró de que rompí nuestro antiguo pacto. Anuncié paladinamente estar terminando el libro que en teoría le corresponde y es obvio que eso le molestó y que, en consecuencia, viene esta madrugada a vengarse de mí con gran uso de violencia, como corresponde a su naturaleza criminal. Temo que también le haga daño a mi madre, pues después de todo no hay que olvidar que ella se comportó alguna vez con él como una arrendadora mezquina y siniestra.

Estoy en una encrucijada. No puedo llamar a la policía porque si atrapan a César él no tardará en confesar la verdad sobre la autoría de El investigador perverso. No dudo de que cuente con pruebas contundentes en su argumentación. Todo lo que he construido se derrumbará: mi reputación de escritor, el precario equilibrio de las finanzas domésticas, la salud de mamá, la confianza de la editora famosa que prometió leer con atención mi manuscrito. Quizá lo único que me quede sea esperar a César con un cuchillo en mano y asesinarlo, deshacerme para siempre de su incómoda sombra. Tendría que ser un ataque rápido y silencioso, directo al cuello. Luego limpiaría su sangre asquerosa y desaparecería el cadáver, o mejor aún lo dejaría tirado en la sala y ahora sí llamaría a la policía. Alegaría defensa propia, diría que él era un maniático peligroso y que vino a mi domicilio a atacarme. El único peligro sería alterar el frágil y asustadizo corazón de mi madre que, como el de un canario, por el tremendo susto que le causaría dicho espectáculo podría paralizarse, lo cual me dejaría abatido en el desconsuelo: mi progenitora muerta sin haber gozado del verdadero triunfo de su único hijo. Ni siquiera puedo imaginarlo y preferiría quitarme yo mismo la vida antes que tener que soportarlo.

Aunque, por otra parte, bien pensadas las cosas, no dejan de resultar misteriosas las razones que tiene César para querer arrebatarme el manuscrito sobre el drenaje. ¿Dónde lo publicaría? Nadie estaría dispuesto a cerrar un trato con el asesino prófugo. Tendría que buscar otro prestanombres como yo y hacer un pacto parecido al que realizó conmigo. Una interminable cadena de asesinatos y falsificaciones autorales absolutamente inverosímil. Además, eso significaría que César, el auténtico y genial artífice de El investigador perverso, confía en que mi libro tiene la calidad suficiente para triunfar y que esa calidad es tan grande que justifica mi aniquilamiento y expoliación, cosa que por supuesto me halaga pero también me aterroriza.

No, definitivamente César no viene a eso. Tal vez durante su descenso a los infiernos del hampa y los feminicidios escribió su tan anhelada novela que desde los tiempos de la universidad planeaba y que, ya terminada, debe ser un impresionante espejo o pozo abismal donde los lectores podrán asomarse a las escalofriantes tinieblas del alma humana. Conociendo como de hecho conozco a César, no dudo que su incursión en el crimen y la ignominia hayan sido los medios más adecuados que encontró para poder escribir algo insólito que ahora viene a ofrecerme para que yo lo publique con mi nombre. Quizá en esta madrugada me proponga un nuevo pacto: él escribirá desde la clandestinidad y yo publicaré. Un sistema con el que todos ganamos: él satisface su extraña vocación de autor maldito y mi madre y yo gozamos los beneficios materiales. Además, gracias a la celebridad adquirida podré de vez en cuando sacar a la luz algunos libros propios.


Casi es de madrugada. Mi madre duerme en su habitación. No puedo prever lo que pasará. Por si las dudas, tendré a la mano un cuchillo filoso. Escucho en el silencio de la noche unos pasos lejanos que suben la escalera del edificio. Me apresuro a guardar este diario con mis confesiones en un lugar de mi biblioteca. Pase lo que pase, sólo el curioso que algún día escrute mis libros y descubra este diario en el estante conocerá la verdad. En la entrada de la casa se escuchan ya cuatro golpes suaves. Mi vida no volverá a ser la misma después de abrir la puerta. Me tiembla el cuerpo. De pronto un pensamiento se cuela, como una brisa marina, en mi cabeza. Pienso: “Cualquier cosa, aun la más terrible, es preferible a ser devorado por un tiburón”. Repito la frase y luego pienso en esta otra: “Nuestra vidas son los ríos que van a dar al mar, que es el morir”. Maldigo una vez más la playa de mi infancia, pienso en el drenaje y con un solo movimiento abro la puerta para franquearle el paso a mi destino.

(Publicado en Este país)

domingo, 24 de mayo de 2015

Bajo capas de un polvo rutinario

(Publicado en Gaceta Frontal )
Celene Guzmán, Días de chicle,
Instituto Sinaloense de Cultura, 2014,

101 pp.

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El principal defecto que encuentro en muchas novelas radica en que son demasiado novelescas. Se diría que, con docilidad ovejuna, algunos narradores se sienten obligados a cumplir con las cuotas de misterio, intriga, violencia, sexo, personajes históricos y situaciones extraordinarias que, sin decirlo, muchas editoriales, obedientes a los parámetros de espectacularidad del mercado del entretenimiento, imponen como condición para publicar un libro. ¿El resultado? Una proliferación de escritores y lectores que, reacios a aceptar que la condición humana está mejor representada en una hora de aburrimiento e iridiscente banalidad que en un periplo colmado de aventuras, ignoran los brotes literarios que germinan en las llanuras de una vida sin sobresaltos.
Y es que, paradójicamente, lo más complicado y arriesgado es escribir una buena historia (es decir legible, interesante) en la que los acontecimientos sean anodinos y, sin embargo, como sucede en la vida real, absolutamente relevantes. Una historia construida a partir de las pequeñas cosas que, a veces sin nosotros sospecharlo, ponen en juego nuestra existencia. Una historia, en fin, contada con la certeza de que, como dijo Cioran, “no son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan tan meticulosamente como el Tiempo”.
Por eso me emocionó tanto descubrir a Celene Guzmán (Mazatlán, 1979) y a su ópera prima Días de chicle, novela breve en la que, bajo la forma de un diario íntimo, la narradora y protagonista, una joven mazatleca de aproximadamente veinticinco años, se dedica a consignar, con sencilla belleza y lenguaje coloquial, los detalles pasmosamente anodinos de su vida cotidiana desde un miércoles dos de junio hasta un sábado once de septiembre, lo cual, por sí solo, es interesante, pues el lector asiste a un raro fenómeno literario en el que las insignificancias ordinarias conforman una narrativa ágil y tensa que se sostiene sin necesidad de que intervengan hechos demasiado dramáticos (a través de las canciones que la protagonista escucha, por ejemplo, se puede reconstruir una parte de sus experiencias personales). Y es que, a primera vista, la historia de Guzmán parece compartir un aire de familia con textos como El libro de la almohada, de Sei Shônagon, obra escrita en el Japón del siglo xi en la que no hay una trama sino tan sólo un compendio de anotaciones cotidianas cuya singular estética radica en la fulgurante simplicidad de los detalles ordinarios e inconexos. Sin embargo, conforme uno va pasando las páginas se da cuenta de que definitivamente en Días de chicle sí hay una trama compuesta por acontecimientos determinantes y dramáticos. Lo notable es que, gracias a un juego de biombos, permanecen ocultos debido a cierta resistencia a contarlos por parte de la narradora, que con esa evasión parece insinuar que lo crucial de la existencia sucede bajo capas de un polvo rutinario y sin importancia.
¿A qué se debe ese impulso por ocultar algunas cosas? Sospecho que no se trata únicamente de una consciente inversión de la jerarquía literaria dominante que dicta qué es importante contar en una historia y qué no lo es –aunque estoy casi seguro que Celene Guzmán tiene una convicción heterodoxa al respecto. Creo que más bien la cuestión se debe colocar bajo el lente de los problemas y los métodos narrativos. Porque el ocultamiento que aquí se lleva a cabo mucho tiene que ver con la teoría del iceberg que acuñó Hemingway, según la cual una buena historia debe mostrar sólo una pequeña parte de los sucesos y la información, mientras que lo demás –quizá lo más importante– permanece oculto para producir un efecto de suspenso, duda e incertidumbre en el lector.
Siguiendo esa lección de escritura, Celene escamoteó el suceso más determinante de su historia, el trauma que justifica la evolución psicológica de la protagonista (sólo se puede saber que ocurrió en el lapso que va del veinticinco de junio al dieciocho de julio, durante los únicos días en que ella dejó de escribir en su diario), y en su lugar colocó los detalles cotidianos de los que he hablado, entre los que se pueden encontrar algunos indicios esporádicos que arrojan pistas sobre el trauma sucedido: «mi zafada de tuercas» (p.53), «afligida por todo lo que pasó y porque aún mucha gente sigue sacada de onda conmigo» (61)… Con esa poca información, el lector muerde el anzuelo y a partir de ese momento no puede dejar de conjeturar: ¿la narradora sufrió una crisis depresiva, se intentó suicidar, se emborrachó sin tregua?, y sobre todo: ¿qué la llevó a esa situación? La incógnita permanece sin respuesta a lo largo del libro, pero la falta de resolución no debe entenderse como defecto o imperfección, sino como su principal motivo. Porque se sabe que en literatura las respuestas importan menos que la enmarañada evolución de los problemas, que en sí mismos y en la resistencia que oponen para ser resueltos encuentran sus cualidades tanto estéticas como morales.
Pero Días de chicle no sólo es un artefacto narrativo ágil y bien escrito que además reivindica los detalles de la vida cotidiana. También es un agudo texto sobre los conflictos que surgen cuando la singularidad de un individuo choca con los arbitrarios y coercitivos parámetros de normalidad y salud mental dominantes. Esa fricción, que atraviesa de manera subterránea toda la obra y que en buena medida constituye lo que podría considerarse su tema principal, en ocasiones se vuelve invisible y por momentos eclosiona en pasajes específicos. Un ejemplo es cuando, después de haber pasado la crisis de la que no se habla totalmente, se producen las desorbitadas y condenatorias reacciones de las personas que rodean a la narradora: la someten a un tratamiento psiquiátrico que incluye la obligación de ingerir todos los días una pastilla que produce sueño, sus compañeros de trabajo se comportan como si a ella algo extraordinario y monstruoso le hubiera sucedido y, en un episodio que parece cómico pero que bien visto resulta estúpidamente estremecedor, su madre le prohíbe ver una película de Quentin Tarantino porque la considera poco apta para su salud: «mamá dijo que NO, que cosas que me confunden NO»(p. 41).
Lo interesante es que, sin necesidad de argumentar ni de utilizar un tono panfletario, Celene Guzmán se vale únicamente de la narración para denunciar la falsa y estandarizada idea de la normalidad y sus dinámicas de discriminación hacia todos aquellos que, por ser melancólicos, distraídos o por estar confundidos en la vida, son considerados bichos raros e indeseables. Así, cuando el psiquiatra que atiende a la narradora dictamina que el estado de su paciente no ha mejorado y que, por el contrario, se estancó en «un periodo de confusión, en un estado onírico», ella contesta: «Lo que no entiendo es, ¿qué de anormal puede tener que algunas cosas te confundan?, y mucho menos puedo concebir, por más vueltas y vueltas que le doy, ¿qué de locura puede haber en alguien al que le guste soñar?»(p. 64).
Por último, quiero destacar el juego ficcional que, a manera de cajas chinas, se insinúa en Días de chicle. Muy al principio del libro, la narradora escribe en su diario acerca de una convocatoria para un premio de novela que, por razones curiosas, comienza a hacerse muy presente en su vida. A raíz de esa situación, ella, que no es novelista ni muestra veleidades literarias mayores que las exigidas por la redacción de su diario, vacila entre concursar y no hacerlo: ¿qué cosas importantes podría ella abordar en una novela? Cuando por fin se decide a intentarlo, descubre en carne propia la frustración que conlleva la dificultad –incluso la imposibilidad– de la escritura, sobre todo al darse cuenta de que las preocupaciones y apremios cotidianos absorben toda su energía. A fin de cuentas, el libro termina sin que la narradora logre escribir la ficción para el concurso, y el asunto se diluye sin aspavientos entre otras cosas más relevantes para la trama, aunque no del todo pues, al terminar las páginas, uno se cuestiona qué fue lo que realmente acaba de leer: a) una novela que Celene Guzmán escribió con la forma de un diario íntimo, b) un diario ficticio que, pese a ser entretenido y estar bien escrito, no llega a ser una novela, c) la novela que la narradora hizo para el concurso y que, en una vuelta de tuerca, presentó bajo la forma de un diario que es una ficción dentro de la ficción, d) el diario personal de Celene Guzmán que ella misma formateó con la intención de publicarlo como una novela, e) todos los incisos anteriores. Sea como fuere, sorprende que una obra tan breve y, sobre todo, de una apariencia tan sencilla, sea capaz de producir tales preguntas y efectos.
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La autora
Hasta aquí mis comentarios. Me gustaría que sirvieran para que el público se acercara a leer a Celene Guzmán, pero sé que mi deseo es difícil de cumplir porque comprar Días de chicle es una tarea casi imposible, aunque su tiraje, amplio, consta de mil ejemplares. La razón es que este libro fue publicado por el Instituto Sinaloense de Cultura y el CONACULTA, instituciones gubernamentales que, si bien es cierto que se esfuerzan por cumplir el noble propósito de estimular la producción literaria y artística, lamentablemente no difunden las obras valiosas y bien editadas que ellos mismos publican, lo cual vuelve inútil todo el esfuerzo realizado. Aquí unas preguntas al respecto: ¿por qué la red de librerías Educal, esparcida por casi todas las ciudades del país, no tiene una sección de obras publicadas por los institutos de cultura de los estados?, ¿por qué no se cuenta con los recursos necesarios para promover estas obras por medio de reseñas, presentaciones, lecturas y una presencia más fuerte en las cada vez más proliferantes ferias de libros? Nadie lo sabe.

Por mi parte, como lector, lo único que se me ocurrió hacer fue escribir y lanzar esta botella al mar con la esperanza de que alguien adecuado, algún día, la reciba. Navegue, pues, esta reseña. Y esperemos que la pista de Celene Guzmán no se difumine en el silencio.

viernes, 24 de abril de 2015

Gombrowicz, Kafka y los peligros que acechan en lo cotidiano

(Publicado en Este País y aquí)


Jueves por la tarde

Hechizado, fascinado —perturbado—, leo el Diario argentino de Witold Gombrowicz. Me detengo en un fragmento donde narra un viaje en barco por el río Paraná. Como en casi todos los pasajes del libro, comienza a describir esa característica inacabada de la vida gracias a la cual sentimos que el tiempo avanza… pero no lo bastante, que estamos despiertos… pero no por entero, que al dormir soñamos… pero no del todo, que existimos… pero no lo suficiente. Leo que la navegación sobre el Paraná fluía sin mucha acción hasta que, de pronto, aparentemente, algo ocurrió, o “—para decirlo con mayor precisión— algo estalló, tal vez algo se rompió… en realidad no sé qué ocurrió”, dice Gombrowicz, “y es más, a decir verdad, nada ocurrió… pero precisamente eso, el que no hubiera ocurrido nada es más significativo y más horrible que si algo hubiera ocurrido.”

Gombrowicz con mirada perspicaz
Desconcierto, duda, incertidumbre ante lo que sucede y, al mismo tiempo, no sucede con determinación, es decir, desconcierto ante la vida misma. Para comprender un poco mejor todo esto, es necesario tener en cuenta que la principal preocupación intelectual, estética, filosófica y moral de Gombrowicz fue la inmadurez, lo vulgar, la perenne indecisión de lo que no llega a cuajar ni a perfeccionarse. Su estado favorito de la materia era el plasma; su edad, la adolescencia. Hasta su nacionalidad fue inestable: un polaco desterrado casualmente en Argentina. Quizá por ello alcanzaba grados deslumbrantes de lucidez cuando hablaba de la fascinación que producen las cosas que no llegan a ser notables y cuyo único poder consiste en emitir débiles insinuaciones misteriosas.

Sigue la navegación por el Paraná:

“¿Qué hay de extraño en todo esto?”, se pregunta Gombrowicz, “¿Qué barco podría ser más ordinario? Qué cubierta más banal? Pero precisamente por eso, sí, por eso precisamente, nos encontramos del todo indefensos… frente a algo que nos amenaza… no podemos actuar porque ni siquiera hay razón para la más ligera inquietud, todo está en orden, un orden absoluto… sí, todo está en orden, hasta que bajo esta presión irresistible que se ha venido formando no reviente la cuerda, la cuerda, ¡¡¡la cuerda!!!”.

Es en esta capacidad para desconfiar de lo seguro, de lo común, donde creo que Gombrowicz coincide con Kafka. Porque ambos advirtieron que en el sendero de la vida vulgar surgen “secretas bifurcaciones que conducen a paraderos incógnitos”. Porque los dos se dieron cuenta de que en la pradera de la existencia banal acechan absurdos que, precisamente por no ser comprobables, ponen en jaque la validez y la certidumbre de eso que llamamos vida normal.

Por ejemplo, si uno lee El proceso de Kafka, advierte que lo terrible de la novela radica en que postula la existencia de una realidad hostil dentro de los pliegues de la realidad cotidiana. Esa realidad hostil está encarnada por el tribunal que acusa a Josef K., tribunal que es enorme y se hace presente en todas partes (Josef abre casualmente un armario de su propia casa y encuentra oficinas, abogados y jueces), pero que al mismo tiempo pasa inadvertido por la mayoría de las personas que, al no tener un proceso acusatorio en su contra, jamás se percatan de que una instancia judicial trabaja casi enfrente de sus narices. A propósito de esa característica omnipresente y mimética del tribunal kafkiano, Roberto Calasso comenta: “Este es el verdadero terror: que exista una vida normal y proceda sin sobresaltos, pero que en el interior (en los armarios, en la buhardillas de edificios ruinosos) exista otra vida con objetivos completamente distintos y opere con toda tranquilidad, como protegida por la envoltura de la vida normal. Si es así, ya no será posible referirse a una normalidad, y todavía menos a una naturaleza, porque una y otra serán sospechosas de servir tan sólo de cobertura a otro proceso, que sigue su propia dirección y que tiene otro significado.” Sencillamente espeluznante.

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Kafka y su mirada que se introduce en las fisuras de lo cotidiano

Ahora, si bien es cierto que tanto Kafka como Gombrowicz sabían que la vida ordinaria no es tan inofensiva como suele creerse, la diferencia entre ellos se encuentra en que el checo advertía en el muro de lo cotidiano pequeñas fisuras que conducen a otra realidad a menudo amenazante, punitiva y excluyente, mientras que el polaco —fascinado y perplejo— presentía inconsistencias en el indeciso fluir de la existencia, en el hecho de que la vida ordinaria —única realidad que para él había— jamás lograra trascender el estado de absurda inmadurez que, por otro lado, es lo único que se puede esperar del mundo.


Viernes por la mañana

Ayer, después de escribir mis inmaduras impresiones sobre Kafka y Gombrowicz, cené tacos en un puesto callejero. Me disponía a servirme salsa verde cuando vi a un hombre salir de lo que me pareció una puerta pintada en la pared. Lo repito: no una puerta de verdad sino una puerta pintada.

Vi con asombró cómo el hombre caminaba hacia mí y me decía que tuviera cuidado con la salsa porque picaba mucho. Lo escuché claramente pero me pareció que en realidad no fuera eso… como si hubiera querido decirme algo distinto… como si hubiera hablado de la salsa para no decir lo que realmente tenía que decir.

El hombre se detuvo a mi lado durante unos segundos —aunque también pudieron ser minutos enteros— hasta que se decidió a pedir unos tacos. Entonces, casi estoy seguro, hizo lo siguiente: se sirvió salsa… pero con indecisión, exprimió un par de limones… pero no lo suficiente, devoró con vehemencia… pero no lo bastante, pagó su consumo… ¡pero no del todo!, y luego se fue por donde había llegado.


Sí, es cierto que el hombre se fue, caminó de regreso y de nuevo entró en la puerta pintada. Eso, creo, es innegable. Sin embargo —tengo que confesarlo—, su presencia aún no me abandona, la siento aquí, insistente, veleidosa, pegada a mi costado.

jueves, 16 de abril de 2015

Gasterópodo

(Publicado en Este país)

Pesadillescos heraldos negros, mensajes plenos de un significado ulterior que no he podido descifrar, los cadáveres de animales que solía encontrar con macabra frecuencia tirados en la calle dejaron de pronto de aparecer en mi vida. De esos tétricos despojos hoy sólo quedan registros escritos (quien lo desee puede leer “El gato” y “Cadáver de gallina”, dos textos que hablan al respecto), como la siguiente anotación de mi diario fechada el sábado trece de septiembre de 2014: “Acabo de ver un caracol muerto, aplastado en la banqueta, secándose al sol.”
Leo la pequeña entrada (ese día no escribí nada más) y un golpe de recuerdos acude a mi cabeza. Revivo el momento e imagino la escena:

Embellecido por la empresa descomunal de atravesar la acera del edificio, babosamente ufano de su frágil –grácil– armadura, dejando tras de sí una esforzada estela apenas cinética, el gasterópodo fue sorprendido por la suela eclipsante de un zapato. Desproporción casi divina de los cuerpos. Indolencia o ignorancia del asesino que, lo más seguro, llevaba prisa por llegar a algún sitio. Imperceptible crujido óseo de la concha (¿el sonido se disolvió en la entropía acústica del universo o aún viaja discreto hasta llegar a un oído que fugazmente lo escuchará como un quejido de hojas secas?). Una vida cuya heroica bandera era la lentitud fue detenida y sus despojos quedaron abandonados sin respeto.

No es lo mismo ver un caracol muerto que una rata destripada. Las emociones suscitadas divergen. Mientras que ante un roedor sin vida se puede llegar a sentir felicidad y sevicia, el cadáver de un caracol (único molusco que ha conquistado el espacio terrestre) produce desesperanza y tristeza. Para nosotros, las ratas son sucias, voraces y portadoras de enfermedades. “La rata obesa de exquisito pelambre, la malhechora / que se come el cereal del pobre, la muy canalla / que devora recién nacidos arrojados a los baldíos”, se lee en un poema de José Emilio Pacheco. Hay investigaciones que afirman que una rata copula aproximadamente 35 mil veces en su vida, cifra inalcanzable para un humano. ¡Alimañas crapulosas! Es precisamente su promiscuidad la que despierta nuestro odio, y no es descabellado aventurar que la especie humana se ha reproducido con tanto afán como respuesta defensiva ante la idea de que algún día esos roedores dominen el orbe y, ¡oh pesadilla!, seamos nosotros los que tengamos que vivir perseguidos en las cloacas, alimentándonos con lo que podamos sustraer de sus bodegas, sufriendo “la espantosa agonía del veneno”…

Patricia Highsmith, autora de más de veinte novelas y de un gran número de relatos, era tan prolífica en su trabajo literario que decía tener “tantas ideas como orgasmos tienen las ratas”. Acostada en su cama, abastecida de cigarrillos, café, rosquillas y a menudo una botella de vodka, lograba redactar dos mil palabras “en un día bueno”, récord verdaderamente envidiable. Además de pasar a la historia como la artífice de una excelente y extensa obra donde el misterio, el crimen y los tormentos psicológicos se mezclan en perturbadora armonía, la escritora estadounidense hoy es recordada como un persona ligeramente misántropa o, por lo menos, como alguien que prefería la compañía de los animales a la de los humanos. Tenía una predilección especial por los gatos (tal vez porque se comen a las ratas) y, cosa llamativa, por los caracoles, que criaba en su casa (llegó a tener más de trescientos en su jardín cuando vivía en Inglaterra). “Me transmiten una especie de calma”, le dijo a un entrevistador.

Cuando Highsmith se mudó a Francia, tuvo que cruzar la frontera varias veces con seis o diez caracoles escondidos en cada seno para burlar la prohibición aduanera de ingresar gasterópodos vivos al país. No quería abandonar a ninguno. Conocía la importancia de la vida de cada uno de esos seres, era capaz de apreciar su perfecta belleza y de no sentir asco cuando los viscosos cuerpos se deslizaban sobre su piel. ¿Cuál hubiera sido su reacción al descubrir el cadáver que yo vi el trece de septiembre?, ¿lo habría tomado en sus manos?

A mí los gasterópodos me fascinan visual y gastronómicamente, sin embargo, el tacto de sus antenas babosas me produce espeluzno. Por eso, al leer la fantástica novela Galaor de Hugo Hiriart, entendí el desánimo que experimentó el protagonista cuando, en su misión para salvar a la doncella Brunilda, se internó en los mortíferos jardines diseñados por el excéntrico don Diomedes, donde “el jardín de los caracoles –de todos los tamaños, todas las formas y todos los colores– le ocasionó, pese a su belleza irrecusable, tan grande repugnancia que pensó en el regreso”. Afortunadamente, Galaor venció el asco y pudo continuar su heroico camino… Llama mucho mi atención que el héroe, célebre por haber asesinado al temible puerco gigante del Automedonte, haya pensado en la deserción debido al espectáculo ofrecido por unos caracoles de “belleza irrecusable”.

La anécdota me hace pensar que los caminos de la hermosura, la repugnancia y la cobardía no corren muy separados uno del otro. Y quizá no importe, pues esos caminos, como los del amor, el odio y el éxito, se vuelven indiscernibles y vacuos cuando de golpe se interrumpe la espiral de nuestras vidas. Interrupción siempre abrupta que se manifiesta con la fuerza fulminante de un zapato descomunal que nos aplasta en la mitad de una banqueta y nos reduce, en el mejor de los casos, a un breve comentario anotado en un cuaderno sin importancia, a una línea que, aparte de quien la garrapateó, nunca nadie jamás leerá.

martes, 20 de enero de 2015

Hacer caso a lo que veo

Caminar y hablar de las cosas que uno encuentra abandonadas en la calle.
        Es rarísimo hallar dinero tirado. La basura es lo más común: envolturas de comida chatarra, latas, botes de plástico, papeles sucios, periódicos viejos, huesos de elote con un palito ensartado. Ya he escrito sobre la perturbadora cantidad de animales muertos que uno puede ver en la vía pública (pulse aquí y aquí si quiere leer al respecto).
        De vez en cuando, se puede ver algún mueble, una televisión, sillones. También libros, zapatos, comida, objetos de todo tipo, generalmente rotos, despostillados y en una etapa de su existencia en la que se han vuelto inservibles para lo que fueron creados. Sin embargo, la utilidad de lo que yace despreciado en la calle sorprende por el dispendio y la arrogancia de quienes lo desecharon.
        Es hermoso y poco común descubrir algo nuevo y lustroso que podemos estrenar.
        La mierda, por supuesto, ocupa un lugar especial, si no es que el primero en la lista de las cosas tiradas por los caminos de la ciudad.
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Una pelota rosa de plástico y un frasco de pintura color verde marca Vinci, a poca distancia uno del otro, yacen en un parque cualquiera de la Ciudad de México

En el cruce del Paseo de la Reforma y el Eje 1 norte, a unos cuantos pasos de la estación Garibaldi del metro, se encontraba ayer una camisa negra de rayas

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Después de una noche lluviosa y conversadora durante la que juré ante mi primo no volver a comprar un paquete completo de cigarrillos, el sol matinal caía con vitalidad sobre la banqueta húmeda del edificio donde vivo. Yo caminaba con mi perro en nuestro paseo consuetudinario y de pronto vi una cajetilla de tabaco que, lustrosa y geométrica, yacía en el suelo ostentando la llamativa tipografía de su marca comercial.
Con un puntapié escrutador, comprobé que estaba sellada. Rápidamente la guardé en mi pantalón. De inmediato supe que, al escuchar lo sucedido, mi primo no lo creería. Diría que soy un fingidor que urde mentiras para justificar ese tabaquismo que terminará por conducirme, después de un lapso no muy prolongado, a la muerte y al horno funerario, de donde mi cuerpo saldrá convertido en algo repugnante y parecido a lo que contienen los numerosos ceniceros que suelo rebozar por todos los rincones del departamento.

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En su novela Ciudad de cristal, Paul Auster cuenta cómo el escritor Daniel Quinn, en un demencial periplo donde la ficción se confunde con la realidad, se convierte de un día para otro en un detective privado. Su misión es vigilar a Peter Stillman, así que Quinn lo espía en sus extrañas caminatas diarias:

Lo que Stillman hacía en aquellos paseos continuaba siendo una especie de misterio para Quinn. Naturalmente, veía con sus propios ojos lo que sucedía, y lo anotaba todo cuidadosamente en su cuaderno rojo. […]
Mientras caminaba, Stillman no levantaba la vista. Mantenía los ojos siempre fijos en la acera, como si estuviera buscando algo. De hecho, de vez en cuando se agachaba, recogía algún objeto del suelo y lo examinaba atentamente, dándole vueltas y vueltas en la mano. A Quinn le hacía pensar en un arqueólogo inspeccionando un fragmento de una ruina prehistórica. En ocasiones, después de estudiar así un objeto, Stillman lo tiraba a la acera. Pero generalmente abría su bolsa y guardaba en ella el objeto cuidadosamente. Luego, metiendo la mano en uno de los bolsillos de su abrigo, sacaba un cuaderno rojo ­­–parecido al de Quinn pero más pequeño– y escribía en él con gran concentración durante un minuto o dos. […]
Según Quinn podía ver, los objetos que Stillman recogía carecían de valor. Parecían ser solamente cosas rotas, desechadas, trastos viejos. A lo largo de los días Quinn anotó un paraguas plegable despojado de la tela, la cabeza de una muñeca de goma, un guante negro, el casquillo de una bombilla rota, varios ejemplares de papel impreso (revistas empapadas, periódicos hechos pedazos), una fotografía rasgada, piezas de maquinaria y diversos desechos que no pudo identificar. El hecho de que Stillman se tomara tan en serio esta recogida de basura intrigaba a Quinn, pero no podía hacer otra cosa que observar, anotar en el cuaderno rojo lo que veía y quedarse estúpidamente en la superficie de las cosas. Al mismo tiempo le complacía saber que también Stillman tenía un cuaderno rojo, como si eso creara un vínculo secreto entre ellos. Quinn sospechaba que el cuaderno rojo de Stillman contenía respuestas a las preguntas que se habían ido acumulando en su cabeza, y empezó a planear diversas estratagemas para robárselo al viejo. Pero aún no había llegado el momento de dar ese paso.

***

Yo no tengo un cuaderno rojo, pero sí uno negro, lo cual me complace porque me lleva a pensar que quizás exista un vínculo que me une con Daniel Quinn y, sobre todo, con Peter Stillman, pues mi cuaderno negro cumple la misma función que la bolsa donde él guardaba los objetos que encontraba en la calle.

           Mi cuaderno negro es un álbum donde pego papeles, trozos de publicidad, boletos viejos y demás basura que encuentro. Es la bitácora caótica de mis movimientos, el revés de mi diario íntimo, la costura de mi autobiografía, el electrocardiograma de mi bote de basura, mi pasatiempo favorito, la estrategia más eficaz para limpiar mi escritorio, una vía para el autoconocimiento, un autorretrato abstracto, un libro de artista. 








 ***

Paul Auster continúa:
Aparte de recoger objetos en la calle, Stillman no parecía hacer nada. De vez en cuando se detenía en alguna parte para comer. […] La mayoría de los días pasaba por lo menos varias horas en Riverside Park, paseando metódicamente por los caminos asfaltados o abriéndose paso por entre los arbustos con un palo. Su búsqueda de objetos no cesaba entre el follaje. Piedras, hojas y ramitas acababan en su bolsa.

Y luego mi parte favorita:
Una vez, observó Quinn, incluso se agachó para recoger un cagallón seco de perro, lo olfateó cuidadosamente y se lo guardó.
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La mierda fresca de perro es caliente como la de todos los animales. Viene del interior del cuerpo, donde se mantiene una temperatura superior a la de la piel. En eso pienso mientras, con una bolsa de plástico a manera de guante, recojo la deyección de mi mascota. Entonces, acompañado de un escalofrío profundo, llega el recuerdo de las veces en que me ha cagado alguna ave: sobre mi brazo cae y resbala esa caca tibia y blanca, veteada de verde, muy parecida al material que el pintor extrae de los tubos de acrílico y, con el pincel, se dispone a desparramar en el lienzo para crear un bodegón:  mesa con mantel, utensilios diversos de cocina, recipientes con frutas y, en el centro, asediado por las moscas, un plato que contiene eso que es la imagen futura de todo lo que masticamos y deglutimos. La excelencia del pintor logra transmitir un efecto de calidez semejante al de la hedionda realidad. La obra es tan perfecta que se diría que apesta.
Bodegón #1
Acrílico y mierda de ave sobre tela

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 Me gustaría tocar la mierda de los reptiles. Tal vez sea fría, igual que su sangre.

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Si yo fuera una mierda callejera, me gustaría participar en los corros de las que se divierten embarrando zapatos.

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Fécula de arroz con agua… Sé que es un asunto muy vulgar
y que todos se disgustarán porque lo menciono. Pero lo hago
igual, de hecho me siento con libertad de incluir todo, incluso las tenazas
de despedida de las almas. Después de todo, estos objetos existen
 en nuestro mundo y todos los conocen. Admito que no figurarían
en una lista que otros puedan ver. Pero nunca pensé que estas  
notas serían leídas por nadie salvo yo misma, y por eso incluí todo lo que
se me ocurrió, por extraño o desagradable que fuera.

Sei Shônagon, El libro de la almohada, fragmento 92

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Es sumamente molesto que las suelas de los zapatos guarden la mierda que pisamos días atrás, sobre todo si tenemos la mala costumbre de acostarnos en la cama con los zapatos puestos.

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Mi prima C., que vive cerca de mi casa, me habló hace unos días para decirme que se iría de viaje el fin de semana, y que necesitaba saber si le podía hacer el favor de sacar a defecar a Fantom, su pequeño perro anciano. Le dije que sí, que no tenía ningún inconveniente. Cuando llegué a su departamento, vi un sobre con mi nombre encima de la mesa. Adentro había un billete de quinientos pesos y una nota de agradecimiento. Me pareció que el pago por mi favor era excesivo. En ese momento dejó de ser un favor y se convirtió en un trabajo remunerado. Ese mismo día me gasté el dinero en libros y cerveza. ¿Debería incluir esa actividad en mi lista de trabajos raros?


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Prima, te dedico este texto en agradecimiento por tu generosidad.

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Las heces de Fantom son pequeñísimas si las comparo con las de Bolillo, mi perro bulldog inglés. Parecen unas diminutas crayolas color café.

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Siempre me ha parecido estúpido recoger mierda y guardarla en bolsitas de plástico.

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Recuerdo el fragmento de un capítulo de Seinfeld: Jerry cuenta un chiste en el que los extraterrestres espían lo que sucede en el planeta Tierra, ven cómo algunas naciones someten a otras, cómo se ejerce el poder en este mundo. Entonces se preguntan quién es aquí el gran jefe. De pronto, observan las calles de Nueva York y descubren algo impensable y quizás humillante: los hombres sacan a pasear a las mascotas y se agachan para recoger con las manos sus heces, como si fueran esclavos. Los extraterrestres descubren cuál especie animal es la que domina el mundo…

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 Con frecuencia me viene a la mente esa tarde cuando, después de haber defecado en el baño de mi casa, salí a caminar por el sendero arbolado que conduce al hogar de quien era mi novia. El cielo se veía luminoso; el sol, oblicuo pero no invernal: lo que suele llamarse una hermosa tarde de estío. Recuerdo que mantuve en mi cuerpo largo tiempo la sensación de haber vaciado los intestinos y que por eso –más que por el inmejorable clima– me sentí lleno de vida.

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¿Las heces sufren también esa amenaza interior, vaga e incomprensible que nosotros llamamos “ansiedad”?

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En el trasfondo de toda fe, religiosa o política, está el primer capítulo del Génesis, del que se desprende que el mundo fue creado correctamente, que el ser humano es bueno y que, por lo tanto, es correcto multiplicarse. A esta fe la denominamos acuerdo categórico con el ser.
        Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros con puntos suspensivos, no era por motivos  morales. ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral!El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del váter!), o hemos sido creados de un modo inaceptable.
          De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch.
         Es una palabra alemana que nació a mediados del siglo xix y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.
Milan Kundera, La insoportable levedad del ser, sexta parte

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El kitsch es, según Jean-Yves Jouannais, “la invención, carente de originalidad por definición, del lugar común más corriente posible –el arte de la felicidad para uso de una amplia mayoría.” (Artistas sin obra, p. 122 de la edición de Acantildo).

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 Hay ciertas mierdas callejeras –las he examinado muy bien– cuya autoestima es bajísima, literalmente está por los suelos. Se nota que viven atormentadas por la humillación excesiva que infligen los peatones.

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"Hubo un tiempo, un tiempo prolongado, en el cual los hombres y las mujeres no dejaban sobre la tierra más que excrementos, gas carbónico, un poco de agua, algunas imágenes y las huellas de sus pies."  (Las sombras errantes, Pascal Quignard, p. 76 de la edición de La cifra).

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Bajo la manta de lo cotidiano luchan, como dos pequeños monstruos, la salvación y la perdición de la existencia.