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jueves, 23 de enero de 2020

El más dormilón de nuestros barqueros


La escritura de un libro exige de atención sostenida. Investigar la mayor cantidad de material posible acerca del tema que uno está tratando. Sin embargo, también, para no enloquecer, exige descansos, la visitación de cosas diversas, libros ajenos al proyecto, obras que ventilen el recalentado cerebro.
Bajo esa premisa, hace unos días comencé a leer Conquista de lo inútil, el diario que, en su mayor parte, Werner Herzog escribió en el Amazonas, durante la rocambolesca, alucinante y titánica filmación de su película Fitzcarraldo. Ahí, mientras luchaba contra las inclemencias de la selva, Herzog consignó estar leyendo, entre otras cosas, Historia de la ciudad de Roma en la Edad Media, de Ferdinand Gregorovius, quizá con la intención de distraerse de los problemas cotidianos que la realización de su película le acarreaba y evitar el colapso de sus nervios.
De igual manera, la lectura de Conquista de lo inútil me ha ayudado a sobrellevar mis problemas de escritura. Cada vez que tengo algún impedimento literario, abro el diario del cineasta y me tranquilizo recordando que mi tarea es sencilla, que el cumplimiento de mi proyecto no incluye trasladar un barco a través de un cerro amazónico, ni soportar las locuras de Klaus Kinski, ni apaciguar los ánimos de tribus selváticas, ni vigilar que en mi cama no se meta una serpiente venenosa.
Mis obstáculos no son de esa magnitud. Pero son.
Hoy en la mañana, por ejemplo, tuve una crisis de emocional. ¿Cómo demonios puedo redactar un libro sobre la historia del desagüe del Valle de México cuando mi madre acaba de morir? ¿Cómo tejer argumentos que no tengan que ver con ella cuando la extraño tanto, cuando me hace tanta falta, cuando a cada momento recuerdo su rostro y la imagen de sus dolorosos últimos días me sepulta como un aluvión de tristeza, cuando su postrero gesto de dolor y despedida, como un fotograma colado en el celuloide del presente, se proyecta en mi memoria sin avisar y yo sólo puedo decir, con voz baja y entrecortada, mamá, mamá, mamá?
Después de llorar unos minutos, imposibilitado para seguir escribiendo, decidí refugiarme en la prosa de Herzog. Así llegué a la entrada correspondiente al día 12 de abril de 1981, donde el autor escribió lo siguiente:

El más dormilón de nuestros barqueros, ese que al atracar siempre colisiona con alguna cosa y que malinterpreta las instrucciones, no hace más que leer y releer, con el rostro abrumado y cada vez que tiene oportunidad, la misma carta ya casi desecha que esconde bajo la camiseta impregnada de un sudor ácido y rancio. Hoy, mientras leía, ha encallado por error contra un banco de arena, pero le he hecho saber que gracias a la carta cuenta con mi amistad y mi simpatía.

Se trata de una de las características demostraciones de empatía y fraternidad del autor, pero sobre todo, de una declaración de principios acerca de la supremacía de los sentimientos sobre la productividad, lo cual, en su caso, resulta especialmente importante. Por un lado está el hecho de que el cineasta se haya embarcado en una empresa tan grande y, desde ciertos puntos de vista, tan insensata, tiránica y megalómana como lo fue la producción de Fitzcarraldo, en la cual mucha gente salió herida, se gastaron miles de dólares, se taló un cerro y, entre otras cosas, se movilizaron varias tribus amazónicas. Por otro lado, como cimiento de lo anterior, están las impalpables motivaciones humanas, los anhelos, lo íntimo, lo inútil.
Cómo una persona puede impulsar un cúmulo de fuerzas que lo sobrepasan para ver cumplido un ensueño que se gestó en las profundidades de su imaginación, ya sea escuchar ópera en el Amazonas o cargar un barco a través de una montaña. Fitzcarraldo y Conquista de lo inútil hablan de eso. Ambas obras son los registros –una ficción fílmica y un diario de un proyecto artístico– de la puesta en marcha de un sentimiento poético, de la materialización de un deseo personal que Herzog atesoraba, por decirlo de alguna manera, en una cartita doblada muy cerca de su corazón.  
            Por ese motivo...



lunes, 27 de noviembre de 2017

El inicio de la vuelta de tuerca

La vuelta de tuerca comienza a girar, según el autor, en la década de 1970 con la industrialización del municipio, cuando las fábricas y las viviendas pobres le fueron ganando espacio al campo. Yo opino, sin embargo, que debería remontarse al decreto presidencial que Ruíz Cortines dio a conocer en 1952. Pero ya se han visto los excesos causados por el deseo de llegar al origen de las cosas, así que digamos que esta historia urbana comienza en los setenta, al mismo tiempo que los trabajadores del corredor industrial de San Pedro Xalostoc (ubicado a quince kilómetros de Guadalupe Victoria) se unían al circuito de huelgas nacionales que por esos años conformaron una época conocida como “la insurgencia obrera”.
La inconformidad era una corriente que barría las calles, sobre todo en un lugar cuyo topónimo significa “En el cerro del viento”. El 12 de noviembre de 1971, un grupo de guerrilla urbana asaltó –“expropiaciones al capitalismo”, llamaban a ese tipo de acciones– Aceros Ecatepec, y poco después explotó una huelga masiva en Sosa Texcoco, una de las empresas ecatepenses más grandes y exitosas. Simultáneamente, El Chango peleaba por los suyos y en decenas de lugares la gente respondía ante los abusos. Aunque Luis Echeverría decía que el país iba “arriba y adelante”, no se respiraba calma por ningún lado. Dice Ruíz Parra: “El campo mexicano caía en la bancarrota y arrojaba a miles de jornaleros a un éxodo silencioso hacia Estados Unidos. Los campesinos de Guadalupe Victoria, privados de sus tierras, buscaron otros oficios. Se hicieron artesanos. Algunos de ellos se contrataron como obreros en la zona fabril. Otros se emplearon como albañiles. Muchas mujeres se hicieron sirvientas en hogares de clase media en la Ciudad de México. Vivían cinco días en las casa de sus patrones y regresaban sábados y domingos a su pueblo”.

            La vida, de por sí difícil, se precarizó, exactamente como sucede hoy en día. El terremoto de 1985 dejó sin casa a miles de capitalinos que tuvieron que ir a vivir a las periferias. Lo mismo pasó debido a la crisis económica de 1995. Y los terrenos de Potrero del Rey y La Laguna continuaban en litigio, fértiles y apetecibles para cientos de personas sin hogar y para unos cuantos abusadores.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Lascas

Gasterópodo II


Nietzsche pensaba que es imposible –o al menos falaz o superfluo– postular la existencia de cualquier objeto. “Un objeto, para Nietzsche”, explica Alexander Nehamas en su libro Nietzsche, la vida como literatura, “no es una sustancia permanente que subyace a sus características. Es, simplemente, un entramado de situaciones con el que otras pueden ser compatibles o armónicas; al que otras pueden incluso dañar; y al que otras pueden ayudar, o favorecer”.
     Ahora bien, quizá más importante que lo anterior, es necesario entender que los entramados de situaciones –es decir los objetos– no son esenciales: las cosas no mantienen relaciones por sí mismas; se entrelazan –mejor dicho: parecen entrelazarse– gracias al proceso interpretativo de quienes las observan. Y todos saben que los procesos interpretativos están siempre determinados por puntos de vista que incorporan intereses, necesidades y valores particulares.
     Aclaro lo anterior para evitar malentendidos y poder enunciar lo que, para mí, es un gasterópodo. Un gasterópodo es un entramado de situaciones que me ponen frente al símbolo del paraíso perdido. Calcárea huella helicoidal de un momento en que creí que la precariedad no existía o, al menos, de un momento en que no la percibí. O: huella de cuando supe que la tragedia sobrevuela sin descanso el cielo pero aún no me rozaba su tenebrosa ala.

Algún día narraré el entramado de situaciones que, acomodado por mi proceso interpretativo, me llevó a esa definición

Libros que cambian
Recuerdo una novela, Hocus Pocus, de Kurt Vonnegut, donde la presentación en primera persona del protagonista da varios giros de 180 grados antes de acabar el primer capítulo, lo cual produce un efecto de desconcierto y riesgo exquisito. Digo recuerdo porque de no estar refugiado en la enloquecida casa familiar, escribiendo sobre un burro de planchar que me sirve de escritorio, iría a mi librero, consultaría a Vonnegut y me aseguraría de citar los ejemplos correspondientes. Pero no puedo porque mi departamento está en riesgo de demolición tras el terremoto y, por si fuera poco, me veo obligado a hacer labores de enfermero porque mi madre se encuentra grave, gravísimamente enferma en la habitación de al lado. Así que forzosamente permanezco aquí, equivocando mis recuerdos y pensando que, ahora más que nunca, escribir equivale a planchar las arrugadas prendas del ropero de la mente. Tarea de mayordomo y no de literato, cosa que le va bien a mi nueva labor de enfermero. Procedo, entonces, a alisar pliegues y a explicar que fue a raíz de la lectura de Mac y su contratiempo, nueva novela de Enrique Vila-Matas, que intenté recordar libros que, como Hocus Pocus, cambien y retuerzan su mecanismo interno produciendo un efecto de desconcierto, riesgo exquisito y avance sin tregua.

Me gustan los libros que cambian y retuercen su mecanismo interno.


Vila-Matas y la vestimenta

Escribir equivale a alisar las arrugadas prendas del ropero de la mente. Eso me parece que hace Vila-Matas, a quien siempre me he imaginado en su estudio, sacando libros del librero como si descolgara camisas.   

Simple diarista

Pasa de simple diarista desocupado a detective de barrio, marido celoso, falso reportero, crítico literario, fantasma de sí mismo, intermediario entre el mundo pulcro de la gente con casa y la conjura de vagabundos que amenaza con apoderarse de la ciudad.

martes, 7 de octubre de 2014

Trabajos por encargo

Esta pasión por retardar se convertiría no ya en el obstáculo
de la obra siempre diferida, sino en el motor esencial de
la obra en curso, la obra de actualidad, la que accede
a la publicación y a la fama.

Jean-Yves Jouannais, Artistas sin obra  

La película Adaptation, dirigida por Spike Jonze y escrita por Charlie Kaufman, es el mejor retrato que he visto del proceso creativo –a veces doloroso– por el que pasa un escritor cuando tiene que cumplir un trabajo por encargo. Supe de ella porque Erik Alonso la cita en un par de ocasiones dentro de su libro Los procesos, del cual, por cierto, debo entregar una reseña que no he terminado. La película me gustó tanto que la vi dos veces seguidas:

            Charlie Kaufman, interpretado por Nicolas Cage, es un guionista de Hollywood que se interna en un infierno personal al no poder adaptar para el cine el libro El ladrón de orquídeas, de Susan Orlean. Lucha consigo mismo, no consigue escribir, se masturba cada noche y luego se increpa por su infertilidad. Además, Charlie mantiene una tensa convivencia con la figura del doble, representada por su hermano gemelo Donald, un cándido y bobalicón hombre que, sin tener la menor idea del oficio, comienza a escribir un guion estúpido que alcanza un éxito arrollador. Todo eso lo coloca en el borde de un abismo mental.


            Lo interesante del filme es que su argumento es el proceso de escritura de Kaufman; las cosas que vemos en la pantalla son los avances y retrocesos que suceden en la cabeza del guionista, los tachones en su manuscrito, las prevaricaciones con que se flagela al ver en el calendario que la fecha de entrega ya se cumplió sin que él haya conseguido terminar la tarea. Ese drama interior, representado cinematográficamente a través de una forma “parcial, caleidoscópica, paradojal”  que “predica la fabricación como única salida literaria”, me parece genial.

            Claro que todo el tiempo Charlie Kaufman (tanto el personaje como el verdadero guionista, o la confusión indisociable de ambos) tiene el camino fácil a la mano: la posibilidad de escribir algo hollywoodesco, predecible, taquillero. Pero para él eso significa traicionarse. Un principio ético que conlleva angustia, insomnio, frustración, avance lento: en el minuto cincuenta y tres de la película, cuando la escritura se ha vuelto imposible y la presión lo despierta a las tres de la mañana, Charlie abre por milésima vez el libro de Orlean y lee lo siguiente: “Hay demasiadas ideas y cosas y gente, demasiadas direcciones que tomar. Estaba empezando a pensar que la razón por la que es bueno que algo te interese apasionadamente es que reduce el mundo a un tamaño más manejable”. Entonces Kaufman le dice a la foto de la escritora que se encuentra en la solapa del libro:

            –No sé cómo hacer esto. Tengo miedo de desilusionarte. Escribiste un libro precioso. No puedo dormir.

            Y la voz imaginaria de Orlean (interpretada por Meryl Streep) le contesta con un tono comprensivo, cariñoso:

          –Solamente trabájalo. Concéntrate en una cosa de la historia. Nada más encuentra esa cosa específica que te apasiona y escribe acerca de eso.

            El consejo de Susan es sabio, trae sosiego. Quizá todo se reduzca a encontrar los detalles que nos gustan y escribir sobre ellos. Ahora que lo pienso, esa fue la técnica que Karla Olvera utilizó en su libro La mùsica en un tranvìa checo: buscó en los diarios íntimos de Fernando Pessoa, Franz Kafka y Virginia Woolf nueve “hermosas y excéntricas nimiedades” que le interesaran apasionadamente y luego se puso a escribir, con una curiosidad deliciosa, acerca de ellas.

            Me despierto a las tres de la mañana, poseído por una angustia indescriptible. Como Charlie, yo tampoco he terminado el texto que me encargaron. Abro el libro de Erik Alonso y en la página veinticuatro leo lo siguiente: “Lo difícil no es buscar sino reconocer las cosas que nos hacen sentir que el mundo, aunque sea por un momento, es de nuestro tamaño.”



Este texto que me encargaron me parece enorme, como el mundo que jamás podré recorrer. Necesito encontrar algo que lo vuelva de mi talla.

En realidad es difícil.

martes, 21 de enero de 2014

Salvador Novo

Salvador Novo (1904-1974)



Desde diciembre del año pasado, me propuse escribir un ensayo sobre Salvador Novo, el cual tendría que estar terminado antes del 13 de enero del 2014, fecha de su cuarenta aniversario luctuoso. Obviamente, no logré mi plan, que incluía la publicación del texto nonato en alguna revista electrónica... Siempre me sucede lo mismo: tengo un cúmulo de ensayos en la cabeza que nunca escribo. Podría hacer una antología personal de escritos frustrados, lo cual, supongo, no es tan malo, pues el mismísimo Baudelaire hizo largas listas de proyectos que jamás realizó...

La razón de ser de ese texto aún incierto es mi admiración por Novo y, más que nada, por sus libros de juventud, llenos de un humor y una inteligencia que yo no tengo: mis ensayos carecen de la chispa de sus Ensayos. La más auténtica veneración nace de la envidia. Me gustaría poder escribir una obra como Return ticket, mezcla de relato autobiográfico, crónica de viaje y ensayo libre. Quisiera ser frívolo y despectivo como él. Mataría por conseguir algún día la suficiencia para mostrar el desenfado literario que Novo ostentaba a los veintiún años.

En fin. Sigo trabajando en dicho texto, que se basará principalmente en tres de sus libros de prosa: Ensayos (1925), Return ticket (1928) y En defensa de lo usado (1938). Prometo publicar el resultado en este blog. Por el momento, y gracias a la desvergüenza que me confiere la autoridad de ser el responsable de este sitio electrónico que nadie lee, copio a continuación uno de los XX poemas que mi autor incluyó en su primer libro. Lo hago mientras cuento mis propias canas, que aunque son ya más de tres me asustan menos que la calvicie que, como a Novo, me asecha desde la más tierna juventud. 




Primera cana

Primera cana

súbita
has sido como un saludo frío
de la que se ama más.

Pronto te me perdiste en el tumulto
no te he vuelto a encontrar,
pero te busco
indiferentemente
como se busca la casualidad.

No he de ocultarte a nadie
todo el mundo pasará junto a mí
sin sospecharte, absurda.
Sólo yo he de saber de ese tesoro.

Ahora escribiré algunas cosas humorísticas;
te me olvidarás en tanto
saludo a numerosas personas
y si el peluquero te descubre
me explicará científicamente tu presencia
y me recetará una loción.

Será el único que te sepa
pero lo callará por discreto y descreído
y serás en mí como un pensamiento
en medio de numerosa concurrencia.

Dentro de veinte años
te habrás perdido por el mundo
pero entonces ya será natural
que no se te encuentre
a la edad adecuada, entre las otras.

lunes, 20 de enero de 2014

Aviso

Eliminé varios de las entradas de este blog porque quería cambiar el rumbo de mi escritura, renunciar a la pretensión de publicar textos que me costaban días de elaboración y aburrimiento. 

Por un aspecto de mi personalidad, me resulta difícil escribir lo que pienso; todo en mí debe pasar por filtros de corrección, todo debe tener una forma que, por el esmero que invierto en su concepción, deja de ser mía y pierde su original sinceridad.

Decido entonces, a partir de aquí, aventurarme en algo distinto, más parecido a un diario o una bitácora. Practicar la escritura de cosas que me vienen a la cabeza, de recuerdos y sensaciones que experimento en la traslación de cabotaje de mi vida sin gracia.

Sé que no lo cumpliré.