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domingo, 24 de mayo de 2015

Escoliastas

(Publicado en Este país)


Los escolios que encuentro en unas páginas abiertas al azar dentro de mi caro ejemplar de Rastros de carmín, de Greil Marcus

Para mí, leer jamás ha sido una actividad aséptica. Todos mis libros están maniáticamente anotados, manchados, subrayados. En los márgenes, entre líneas, en las páginas de adelante y de atrás. Eso sí: nunca con tinta. Sólo utilizo lápices de madera que, de preferencia, sean del número dos. Obviamente el tipo de papel tiene una importancia fundamental en este asunto: mientras que los libros corrientes o demasiado viejos hacen insatisfactoria toda anotación por el tacto burdo de una superficie casi refractaria al grafito, las ediciones finas vuelven una delicia el desplazamiento del lápiz sobre la hoja impoluta. El diletantismo del escoliasta.

En mi caso personal, los subrayados y anotaciones cumplen funciones de ex libris. En cambio, colocar mi nombre como marca de propiedad en una obra escrita por alguien más, eso sí me parece un acto de gandallismo. Por ello me enojé con mi madre el día en que llegué a casa y la sorprendí rotulando mis iniciales en los bordes superiores de varios de mis libros, “para que nadie te los robe, hijo”. Por fortuna sólo había rayado los volúmenes que caben en un metro de repisa. Por desgracia lo hizo con un plumón de aceite. Lo curioso fue la conclusión del incidente: me molesté tanto con ella y le recriminé con tal dureza, que después fui yo quien terminó pidiendo perdón…


Algunos de los polvosos libros que rotuló mi madre

“Hay lectores que rayan libros ajenos como si fueran propios. Es lo de siempre. Un abuso sobre otro. Esa gente ha de ser la misma que en los cuartos de hotel, en vez de ser la presencia efímera que no deja ningún rastro, se empeña en que los futuros huéspedes vean su paso por ahí. La estela de podredumbre que también somos”, dice Erik Alonso en Los procesos, y tiene razón. Escoliar se vuelve un abuso cuando los libros son de alguien más o conforman el acervo de una biblioteca pública. Cuando nosotros los compramos, la cosa cambia, o eso creemos. Se pone entonces en marcha la convencional idea de la propiedad, que desde siempre ha servido como pretexto para legitimar la profanación y justificar esa “estela de podredumbre que también somos”.

Pierre-Joseph Proudhon afirmaba que la propiedad es un robo. Yo digo que se trata más bien de un engaño, y los libros están ahí para demostrarlo. Si los compramos o heredamos, creemos que son inalienablemente nuestros, pero se trata de una ilusión porque ellos pertenecen desde ahora, al menos en potencia, a personas extrañas. Dormitando en el librero, esperan a que muramos para huir a manos de alguien más, al polvoso mercado de lo usado o a los estantes de alguna biblioteca pública, es decir, a continuar con la cadena de la cultura humanística que desde hace milenios se transmite gracias al trasiego de libros y manuscritos. La única manera de evitarlo sería prenderle fuego a nuestras bibliotecas personales y después arder a lo bonzo en una misma conflagración.

Esa característica de propiedad obsolescente que es consustancial a los libros hace que el dilema de anotar y subrayar adquiera un cariz ético. ¿Hasta qué punto es lícito mancillar algo que virtualmente ya pertenece a otra persona? La pregunta, como puede verse, va más allá de los simples hábitos lectores y pone en tela de juicio la totalidad de los actos humanos sobre la Tierra. Porque es innegable que nuestro progreso y conservación como especie desde siempre han dependido de la conculcación de lo ajeno. Vivimos en esta ciudad porque poco a poco aniquilamos unos majestuosos lagos que no nos pertenecían. La cultura misma es una cadena de apropiaciones, una guirnalda de plagios, de escolios en obras ajenas, de palimpsestos en los créditos autorales, de pentimentos abusivos y bellamente creativos. ¿No es acaso toda gran obra literaria una tachadura o un comentario realizado sobre letras ya existentes? Claro que sí.

Aunque la propiedad sea un engaño, opino que escoliar libros es un acto positivo, casi un compromiso con el futuro. Para muestra un botón: en la Edad Media, cuando las lenguas romances se encontraban ya en pleno desarrollo pero todos los documentos estaban aún escritos en latín, los pocos lectores que había —en su mayoría estudiantes monásticos— tenían la buena o mala costumbre de hacer anotaciones en los manuscritos de las bibliotecas para explicar ciertos pasajes difíciles de comprender o para traducir frases latinas complicadas. En la actualidad, esos escolios, llamados “glosas”, tienen una enorme importancia para los estudios de lingüística histórica. En España, por ejemplo, destacan las glosas emilianenses y silenses, realizadas en el siglo XI dentro de los monasterios de San Milán y Santo Domingo de Silos, cerca de la ciudad de Burgos, por no estar escritas en latín sino en “la lengua navarro-aragonesa en su etapa arcaica”, es decir, una lengua bastante cercana al castellano. Hoy, gracias a esos estudiantes irrespetuosos que rayaban los libros que leían, tenemos una idea más clara de cómo fue la evolución de las lenguas romances en la península ibérica, evolución que nos atañe a todos los hablantes del español.

Por otro lado, los escolios, molestos y vandálicos para los defensores de lo aséptico, son en muchos casos verdaderos tesoros para los investigadores y críticos literarios. Un buen ejemplo de ello se ve en Llamadme Ismael, estupendo ensayo que sobre Herman Melville escribió Charles Olson. Cada vez que lo consulto, imagino al autor convertido en una suerte de detective consagrado a rastrear las huellas que dejó el creador de Moby Dick en cartas, viajes y aun en los márgenes de los libros que leía. Lo imagino convenciendo a los descendientes de Melville para que le permitieran consultar las obras de Shakespeare que aquél había comprado en una librería de Boston en febrero de 1849. Y casi lo puedo ver escrutando apasionadamente las páginas shakesperianas hasta dar con los escolios que en las guardas del último volumen hizo Melville, de los cuales los más importantes están mezclados con explicaciones referentes a la composición de Moby Dick: “estas notas —afirma Olson— se refieren a Ahab, Pip, Bulkington, Ismael, y son la clave respecto de las intenciones de Melville para con estos personajes”. El detective encontró ahí la evidencia literaria que buscaba. Tiempo después, al redactarLlamadme Ismael, consignó la conclusión a la que lo condujo su trabajo detectivesco, y lo hizo con cierto tono judicial, como de veredicto inapelable: “Aunado a los párrafos sobre Shakespeare en el artículo sobre Hawthorne, las notas en las obras de Shakespeare verifican lo que prueba Moby Dick: Melville y Shakespeare habían hecho un Corinto y de la quema salió Moby Dick, bronce”.

Para quien advierte su importancia, los escolios sirven como pistas y huellas que conducen a comprometedoras resoluciones: “Que Apolo mintió nos ayudan a descubrirlo escoliastas y lexicógrafos, esta legión de espías que nos informan sobre la vida secreta de los dioses”, dice Roberto Calasso en su ensayo “La locura que viene de las ninfas”. Claro que, en esos casos, se trata de anotaciones ilustres, disciplinadas, hechas por la aristocracia de los escoliastas, por decirlo de algún modo. Lamentablemente, somos mayoría los plebeyos que, cuando anotamos, sólo ponemos caritas felices para celebrar las frases que nos gustan mucho, o “pfffffs” onomatopéyicos cuando lo que leemos nos parece estúpido y vulgar. Cada quien deja la huella que su peso le permite.

¿De qué depende la trascendencia de los escolios? Quizá, como la literaria, se deba más a factores azarosos que de mérito. Llegados a este punto, como con los hipotéticos libros geniales que nadie leerá porque desaparecieron antes de llegar a las manos de un editor que los salvara de la destrucción, cabe suspirar por las anotaciones estupendas que lectores agudísimos se han negado a realizar por exceso de timidez o de respeto a la propiedad ajena. Lo cual, por supuesto, tiene su reverso en la ingente cantidad de escolios estúpidos que inundan millares de libros y que han pasado a la historia gracias a las noticias que nos hacen llegar los bibliófilos. Un ejemplo ciertamente simpático es el que da a conocer Francisco de la Maza en su estudio titulado Enrico Martínez, cosmógrafo e impresor de la Nueva España. Ahí, después de hacer un escrupuloso catálogo de las obras que publicó en su imprenta el sabio Enrico, describe un ejemplar del único libro que éste escribió: el Reportorio de los Tiempos y Historia Natural desta Nueva España, del año 1606Me parece que la descripción que hace De la Maza es, por su amor al detalle, adecuada para cerrar este texto donde he querido hacer un breve repaso de lo que significa para mí ser un escoliasta. Espero que el público, después de leerlo, se atreva a subrayar y tachar las cosas que no sean de su agrado, que sospecho son varias.

La palabra es, pues, de Francisco de la Maza:

Se conocen varios ejemplares del Reportorio: el del Museo Nacional, que perteneció al licenciado Paz del Valle, que puso en la portada su nombre y esta tontera: “cumple este año de 1666, 60 años de edad”. Quizá de su mano sean también los inmensos subrayados y las muchas e impertinentes notas del texto. Perteneció después a don Domingo de Zúñiga, que puso en la página 152: “Este libro es de uso de Domingo de Zúñiga”, a la moda frailuna; abajo dice con distinta letra: “es borracho y loco”. En la página 156 dice: “Soy de Christóbal de Zúñiga y Ontiveros, año de 1731 y lo empeñé en dos reales de tepache con el que alucinado medía yo mexor las estrellas”. ¡Cómo se hubiera lastimado Enrico Martínez de esta burla de su compañero de oficio del siglo XVIII, el impresor Zúñiga y Ontiveros! Por último, en la página 177 dice: “Leí este libro en el mes de febrero de 1660. Mariano de Lizardi”.
Mis fotocopias del libro de Francisco de la Maza, donde se reproduce la portada del Reportorio de Enrico Martínez

sábado, 28 de febrero de 2015

Contra la extrema juventud

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Erik Alonso,
Los procesos,
México, Fondo Editorial Tierra Adentro,
2014, 98 pp.

Cuando no soporto la asfixia que me produce el aire de jovialidad forzada que hoy contamina a la vida y la cultura, recuerdo que, por su inherente ausencia de grandes propósitos y para evitar el ridículo involuntario, los geniales conjurados shandys de los que escribió Enrique Vila-Matas muy pronto se dieron cuenta, en la segunda década del siglo xx, que no podían permitir en las filas de su sociedad secreta las actitudes propias de la extrema juventud. Supongo que otra razón fue por el desagradable prurito de querer conquistar el mundo que muestran las personas que se consideran de espíritu joven, entre quienes se encuentran los empresarios voraces, las estrellas de la farándula, los escritores de best sellers, los que se dedican a proyectar planes que imponen a los demás y en general toda esas personas que creen que con ellas ha nacido el mundo y que, por esa razón, el mundo núbil necesita de su molesta huella. “Es lo de siempre. Un abuso sobre otro […] No sé de dónde saldrá ese empeño de hacernos violentamente visibles”, dice Erik Alonso (Ciudad de México, 1988) en la página 94 de su libro Los procesos, donde también hace  este otro comentario contra la juventud extrema:
Es indudable, escribía Macedonio Fernández, que los comienzos totales no existen, o que no inician cuando se les inventa; que el mundo, tal vez, ha nacido antiguo. Nosotros también nacemos viejos. Vamos inventando comienzos totales, creyendo que inauguramos el mundo. Domesticamos el pasado ante la idea de la memoria. (p.34)
            De lo anterior me llama la atención un punto en particular. El hecho de que, para enunciar su verdad indudable, EA utiliza unas palabras dichas por un autor que murió muchísimos años antes de que él naciera. En este sentido, la escritura ensayísitca que él practica, con las continuas referencias de las que echa mano, funciona como una forma de hacer evidente la idea de que el mundo ha nacido antiguo y con él también lo que queremos decir. Un ejercicio de urbanidad y respeto ante lo ya existente que poco tiene que ver con el impulso iconoclasta que se piensa encontrar un autor novel, cosa que me lleva a formular dos preguntas: ¿es necesario que los creadores emergentes nieguen lo que les antecede para desarrollar una obra original?, ¿al rechazar las actitudes de la extrema juventud, Erik Alonso hizo un libro conservador?
            Aun con la conciencia de que el mundo ha nacido antiguo, evidentemente Los procesos no es un libro de ensayos tradicional. Hay en su estructura (a veces fragmentaria y con un fuerte acento narrativo) y en sus preocupaciones (el arte contemporáneo es, por ejemplo, uno de los referentes más presentes) un afán rupturista que lo hace rebasar la convencional línea que en ocasiones mantiene al ensayo literario anclado exclusivamente en una petrificante función crítica. Se trata de un afán que, por su método y espectro de intereses, me recuerda una frase de Vila-Matas donde habla del “desvelo continuo […] por encontrar eso nuevo que siempre estuvo ahí”. Dicho desvelo es una de las virtudes literarias más apreciables de Los procesos, que de cierta manera se puede leer como una apasionada expedición de redescubrimiento por las vírgenes provincias de lo familiar: la vieja casa de los abuelos, las repeticiones de las series televisivas que vimos en la adolescencia, la ciudad natal que de pronto muestra un aspecto inesperado, la oscura herencia de gestos y nostalgias que por vía sanguínea nos transmiten nuestros padres…  
La escritura de Erik es muy consciente de su cognación (de ahí los constantes pasajes autobiográficos y las indagaciones en las vidas de personajes que le interesan), sin que esto se confunda con un encierro sordo en el pasado. De hecho, una de las mayores preocupaciones plasmadas en esta obra es la manera plural en que habitamos el presente, ya sea desde la duda (con la pregunta que significativamente cierra el libro: “dónde estaría yo si no estuviese, justo en este momento, aquí”), desde la evanescencia (“´No hay nada más difícil que habitar el presente´ escribió Henri Bergson; quizá por esa imposibilidad de habitar lo inaprensible: lo que sucede mientras sentimos” (p.30)) o desde la certeza de que “lo que sucede no es sólo lo que nos pasa directamente, frente a frente, sino también lo que se recuerda” (p.50), teniendo en cuenta que esa seguridad es también incierta, pues el olvido surge sin que nos apercibamos de su actividad infatigable.
Con esto último se da a entender que “uno es una suma mermada por infinitas restas”, como dice Sergio Pitol en El arte de la fuga, obra que escribió aproximadamente a los sesenta años y que, por cierto, Erik confiesa haber releído e intentado imitar más que a cualquier otro libro en su vida (p.90), lo cual, ahora que lo pienso, me parece sorprendente pues encuentro entre ambos una similitud de tono que se pensaría difícil hallar en la ópera prima de un escritor tan joven como él.
La primera sensación que experimentará quien se acerque a Los procesos será la de escuchar una voz antigua, de volumen bajo pero sorpresivamente audible, muy atenta a esas vitales sustracciones o posibilidades anuladas que nos conforman: “Cada paso, cada gesto, está antecedido por uno anterior. Y también, en un sentido inverso, cada paso es la omisión de un camino que ya no tomamos” (p.50); “Toda casa, todo edificio, siempre podría ser un poco más. Hace falta detenerse para crear la idea de lo familiar. Las azoteas nos recuerdan, con su espacio vacío que funciona como detenimiento, que todo pudo haber sido diferente, que el edificio de dos pisos pudo tener tres o cuatro” (p.22). Ahora bien, lo interesante es que de los  textos de Alonso se deduce que no es necesario atravesar los caminos clausurados que nos constituyen: hay en sus ideas un impulso de quietud, de habitar con serenidad la casa incompleta que cada quien es sin intentar culminar un proyecto arquitectónico que, por otra parte, nunca existió, como “los comienzos totales no existen”.


A contracorriente de la imperante dinámica actual que rapta a nuestras vidas en su vértigo de celeridad e inmediatez –y cuyo correlato en el ámbito de la cultura es la ininterrumpida avalancha de libros, series televisivas y películas de tramas rápidas y comerciales que saturan el sistema nervioso del público–, la aparición de un libro como el de Erik significa la valiosa irrupción de una pausa, de un remanso en el que es posible detenerse para “crear la idea de lo familiar”, para pensar, esperar, respirar entre líneas. “Ante la tiranía de la búsqueda, podría decirse que no hay nada más difícil que la espera”, dice Erik (p.53), y formalmente lleva a cabo esta propuesta a través de los breves espacios en blanco que coloca entre muchos de sus párrafos, dando a la composición espacial del texto una rítmica serie de silencios y de tiempos vacíos para que la vista del lector repose y los pensamientos se sedimenten.
Tanto en la forma como en el contenido, su proyecto literario está basado en la utilización de las esperas, la trama soterrada, la construcción permanente contrapuesta al imperativo de lo concluido (“Contra el empeño de terminar todos los proyectos que iniciamos, mejor concluir los que podemos terminar. La vida no es una carrera de obstáculos” (p.24)) y la renuncia como oposición al ejercicio del control: “Haría falta, en vez de apelar tanto a la voluntad, esbozar una teoría fallida sobre lo inevitable” (p.26). Una postura ante la vida cuya piedra de toque es la pregunta filosófica que plantea la dicotomía entre actuar y no hacerlo, entre cooperar y darle la espalda al mundo: “hay ocasiones en que no queremos ser salvados, en que rehuimos a la trascendencia, en que el mundo es demasiado burdo para seguirle la pista” (p.53). Y pese a que Alonso diga: “Yo no tengo aplomo de Bartleby: hago lo que me piden aunque siempre preferiría no hacerlo” (p.27), es claro de qué lado de la decisión se encuentra.
            Me detengo. No sé que cómo serán recibidas las palabras que hasta ahora he redactado. Temo que, a ojos del público, no sean muy favorables, que muchos piensen que hablo de un aburrido y anacrónico autor de preocupaciones y maneras ascéticas, consideración que tal vez, para como están las cosas en el lamentable escaparate de la literatura y el mundo, sea un halago. Un halago que se podría aplicar también a otros libros geniales que han aparecido recientemente en México. Cuatro libros que, como el de Erik, renunciaron a ser el tipo de narrativa de entretenimiento que exige el mercado editorial y en cuyas páginas se respira un ánimo de negación generalizada. Me refiero a La escuela del aburrimiento, de Luigi Amara, La música en un tranvía checo, de Karla Olvera, Escritos para desocupados, de Vivian Abenshushan y Paraísos vulnerables, de Edgar Yepez.


En su libro, Amara cuenta que, antes de encerrarse en su cuarto por varios días con la intención de darle la espalda al mundo y aburrirse en soledad, recordó estas palabras de Fernando Pessoa: “Desprécialo todo, pero de modo que el despreciar no te cause molestias. No te juzgues superior a tu despreciar. El arte del desprecio está en eso”. Olvera, a propósito de las famosas palabras del Bartleby de Melville, escribió: “´Preferiría no hacerlo´ ha dejado de ser tan sólo una frase famosa en la literatura y se ha convertido en una postura vital que la gente asume en el mundo no ficcional”. Abenshushan, reflexionando sobre las maneras en que los escritores pueden “formular nuevas tácticas para superar la cultura de la decepción”, es decir, del mercado, propone renunciar al nombre y a la imagen propios y adoptar un pseudónimo, una personalidad afantasmada. Yepez no tiene reparos en confesar que las pocas veces que ha trabajado ha sido como subalterno: “acepté esos empleos porque, al igual que Walser, únicamente me siento cómodo y libre ´en las regiones inferiores´”. Y Alonso dice que sus aspiraciones no son grandes, que sólo “quisiera encontrar algo pequeño, como una orquídea, que me apasionara profundamente” (p.57).
Por su arte del desprecio, por la negación que practican y por su ausencia de grandes propósitos, se puede entender que a estos escritores les suceda lo mismo que Jean-Yves Jouannais, en el capítulo “El ascetismo olímpico” de su libro Artistas sin obra, dice que con frecuencia le pasa a las reputaciones de Felix Fénéon, Marcel Duchamp, Armand Robin o André Cadare, todos ellos artistas que, por haber optado en algún punto de sus carreras a favor del silencio y la renuncia, son catalogados dentro de “la categoría de la ascesis”, de la búsqueda de la virtud mediante la castración o la flagelación monástica. Sin embargo, acota Jouannais, la renuncia “no es para ellos una deflación de la vida, sino que, por el contrario, procede de un tiempo más largo, incluso exclusivo, consagrado a la vida misma”. Basta recordar las declaraciones de Duchamp, desertor por excelencia: “Me gusta más vivir, respirar, que trabajar”.
Del mismo modo, es erróneo considerar como muestras de debilidad o desprecio por la vida las ideas de Erik sobre el abandono de la voluntad. Ese error es el mismo que desde siempre se ha utilizado para descalificar a los que, desviándose ligeramente de la corriente general, son capaces de ver e inconformarse. Su tono antiguo y sus modales pausados son más bien un acto crítico: hay que recordar que la razón por la cual confiesa no querer perseguir al mundo no es simple abulia, sino rechazo militante a ese mundo que se ha vuelto “demasiado burdo para seguirle la pista”. Y si en la página veintisiete se atreve a decir: “Estúpida juventud. A esta edad, dicen todos, la vida apenas comienza”, es porque con esas palabras –según mi lectura– acusa a la idea de la extrema juventud de ser una dictadura que nos asfixia con  el “eterno reproche por no disfrutar suficiente” (p.49), con la obligación insensata de querer ser gigantes que lo abarquen todo.
Como diría Jouannais, las posturas negativas de Erik no significan una deflación de lo vital. Provienen, por el contrario, de un tiempo dedicado con sensibilidad a la existencia, una existencia cuyo verdadero goce radica en la modestia de saber que somos seres pequeños y no jóvenes estúpidamente prometedores, que la felicidad no nos espera en las ambiciones rutilantes sino en lo insignificante que tenemos al alcance de la mano. El sabio reconocimiento de que “no sólo el amor, [sino] la vida también es más grande que nosotros” (p.24).
Ya lo escribió Erik en un diminuto y hermoso párrafo de su libro (p.24):
“Lo difícil no es buscar sino reconocer las cosas que nos hacen sentir que el mundo, aunque sea por un momento, es de nuestro tamaño”.
Yo reconozco a Los procesos como una obra que le quitó al apabullante mundo en el que vivo mucho del horrendo peso que, a veces, amenaza con aplastarme. ¿Qué más se puede pedir?   


(Este texto fue publicado en el número de enero de 2015 de la revista Este País)


jueves, 9 de octubre de 2014

En el café Louvre-Port Actif


Tenía una cita a las tres de la tarde en el centro de la ciudad con Erik Alonso, quien, según me dijo, se reúne todas las semanas en ese lugar con Edgar Yepez para platicar y acusar al mundo, como lo hacían Thomas Bernhard y Paul Wittgenstein en los cafetines de Viena. La perspectiva del encuentro tenía, para mí, cierto encanto, ya que las personas que vería escribieron dos libros portátiles y hermosos, adjetivos prohibidos en la crítica literaria pero que a mí me gusta usar como conjuro que ahuyenta la idea de convertirme en un ejemplar hacedor de reseñas y no en un escritor de ensayos del estilo, precisamente, de Erik y Edgar, con quienes esa tarde tomaría un café en una charla que desde un principio imaginé alegre, voluble y un poco chiflada, quizá presidida por el espíritu paseante de Montaigne.

Recuerdo poco de los temas que tocamos en el Louvre-Port Actif de la calle Regina, donde degustamos unos magníficos micris, que son granos de café de Harar, recubiertos de una espesa capa de azúcar. Casi no hablamos de literatura, pero todo fue, desde mi punto de vista, muy literario. Disfruté, por ejemplo, de las esporádicas intervenciones de Edgar, quien, además de mencionar al oscuro hermano gemelo de Superman (personaje que aparece en la película Superman III, cuya existencia yo desconocía y que ahora me parece un espécimen notable de Doppelgänger), hizo varios comentarios sobre la importancia de permanecer soltero o, al menos, de actuar como si uno lo fuera: “en el fondo, eso es lo principal”, concluyó Yepez, y sus tres interlocutores fingimos no darnos cuenta de que citaba textualmente las famosas palabras de Marcel Duchamp referentes al celibato. Digo tres interlocutores porque a la parte final de la reunión llegó el escritor Juan Pablo Anaya vestido cómicamente como el profesor Aníbal Acha-Benavides, uno de los personajes de su excelente libro Kant y los extraterrestres. 

Café Louvre-Port Actif, ubicado en el cruce de las calles Regina e Isabel la Católica

Las cosas sucedían como magnetizadas por una energía rara e insolente: en el preciso momento en que Yepez terminó de hablar, Anaya vio pasar a una mujer hermosa y se lanzó a correr tras ella, a lo cual Edgar reaccionó diciendo que no debíamos dejarlo solo, que lo correcto era acompañarlo en su persecución galante. Yo asentí. Por su parte, Erik se disculpó y dijo que, aunque de todos modos preferiría no ser parte de la persecución, no podía ir con nosotros porque tenía un compromiso en la librería Rosario Castellanos, donde participaría en una mesa de diálogo en torno a lo que suele considerarse escritura de ficción y de no ficción. Nos advirtió, sin embargo, que él no creía en esa dicotomía forzada, pero que le parecía interesante el hecho de que, por ser ensayista, lo clasificaran como escritor de no ficción. Los tres hicimos movimientos pensativos con la cabeza y permanecimos en silencio unos segundos mientras Juan Pablo desaparecía en la esquina de la calle. Con paciencia y cortesía, Edgar y yo esperamos a que Erik abordara un taxi. Luego corrimos en busca de Anaya pero ya no lo encontramos; se internó en la arabesca medina chilanga, se metió en alguno de los muchos Pasajes del Noroeste que existen en esta ciudad y sólo se supo de él días después, cuando alguien dijo haberlo visto disfrazado de Jaime Maussan en un plantel de la Universidad Autónoma Metropolitana.

No tuvimos más opción que dirigirnos al metro. Yo iba a Taxqueña; Edgar, a la estación Cuatro Caminos, donde todavía tendría que tomar un camión rumbo a su casa, en el Estado de México. En tono de críptica complicidad, le dije que se fijara bien para no subir al autobús equivocado. Él me miró y con fraternidad respondió que no me preocupara, que esas cosas pasan, que todas las rutas son erróneas y, por esa razón, correctas al mismo tiempo, que no hay nada que temer puesto que, como bien dijo Eugenio Montale, “Puedes confiar en la oscuridad cuando la luz miente.”

Nos dimos un apretón de manos y nos separamos en el andén, que de golpe y de una manera totalmente cinematográfica se oscureció por la presencia de una multitud que se puso a luchar para poder ocupar un lugar en los vagones que acababan de abrir sus puertas.

martes, 7 de octubre de 2014

Trabajos por encargo

Esta pasión por retardar se convertiría no ya en el obstáculo
de la obra siempre diferida, sino en el motor esencial de
la obra en curso, la obra de actualidad, la que accede
a la publicación y a la fama.

Jean-Yves Jouannais, Artistas sin obra  

La película Adaptation, dirigida por Spike Jonze y escrita por Charlie Kaufman, es el mejor retrato que he visto del proceso creativo –a veces doloroso– por el que pasa un escritor cuando tiene que cumplir un trabajo por encargo. Supe de ella porque Erik Alonso la cita en un par de ocasiones dentro de su libro Los procesos, del cual, por cierto, debo entregar una reseña que no he terminado. La película me gustó tanto que la vi dos veces seguidas:

            Charlie Kaufman, interpretado por Nicolas Cage, es un guionista de Hollywood que se interna en un infierno personal al no poder adaptar para el cine el libro El ladrón de orquídeas, de Susan Orlean. Lucha consigo mismo, no consigue escribir, se masturba cada noche y luego se increpa por su infertilidad. Además, Charlie mantiene una tensa convivencia con la figura del doble, representada por su hermano gemelo Donald, un cándido y bobalicón hombre que, sin tener la menor idea del oficio, comienza a escribir un guion estúpido que alcanza un éxito arrollador. Todo eso lo coloca en el borde de un abismo mental.


            Lo interesante del filme es que su argumento es el proceso de escritura de Kaufman; las cosas que vemos en la pantalla son los avances y retrocesos que suceden en la cabeza del guionista, los tachones en su manuscrito, las prevaricaciones con que se flagela al ver en el calendario que la fecha de entrega ya se cumplió sin que él haya conseguido terminar la tarea. Ese drama interior, representado cinematográficamente a través de una forma “parcial, caleidoscópica, paradojal”  que “predica la fabricación como única salida literaria”, me parece genial.

            Claro que todo el tiempo Charlie Kaufman (tanto el personaje como el verdadero guionista, o la confusión indisociable de ambos) tiene el camino fácil a la mano: la posibilidad de escribir algo hollywoodesco, predecible, taquillero. Pero para él eso significa traicionarse. Un principio ético que conlleva angustia, insomnio, frustración, avance lento: en el minuto cincuenta y tres de la película, cuando la escritura se ha vuelto imposible y la presión lo despierta a las tres de la mañana, Charlie abre por milésima vez el libro de Orlean y lee lo siguiente: “Hay demasiadas ideas y cosas y gente, demasiadas direcciones que tomar. Estaba empezando a pensar que la razón por la que es bueno que algo te interese apasionadamente es que reduce el mundo a un tamaño más manejable”. Entonces Kaufman le dice a la foto de la escritora que se encuentra en la solapa del libro:

            –No sé cómo hacer esto. Tengo miedo de desilusionarte. Escribiste un libro precioso. No puedo dormir.

            Y la voz imaginaria de Orlean (interpretada por Meryl Streep) le contesta con un tono comprensivo, cariñoso:

          –Solamente trabájalo. Concéntrate en una cosa de la historia. Nada más encuentra esa cosa específica que te apasiona y escribe acerca de eso.

            El consejo de Susan es sabio, trae sosiego. Quizá todo se reduzca a encontrar los detalles que nos gustan y escribir sobre ellos. Ahora que lo pienso, esa fue la técnica que Karla Olvera utilizó en su libro La mùsica en un tranvìa checo: buscó en los diarios íntimos de Fernando Pessoa, Franz Kafka y Virginia Woolf nueve “hermosas y excéntricas nimiedades” que le interesaran apasionadamente y luego se puso a escribir, con una curiosidad deliciosa, acerca de ellas.

            Me despierto a las tres de la mañana, poseído por una angustia indescriptible. Como Charlie, yo tampoco he terminado el texto que me encargaron. Abro el libro de Erik Alonso y en la página veinticuatro leo lo siguiente: “Lo difícil no es buscar sino reconocer las cosas que nos hacen sentir que el mundo, aunque sea por un momento, es de nuestro tamaño.”



Este texto que me encargaron me parece enorme, como el mundo que jamás podré recorrer. Necesito encontrar algo que lo vuelva de mi talla.

En realidad es difícil.