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sábado, 28 de febrero de 2015

Contra la extrema juventud

Resultado de imagen para los procesos erik alonso

Erik Alonso,
Los procesos,
México, Fondo Editorial Tierra Adentro,
2014, 98 pp.

Cuando no soporto la asfixia que me produce el aire de jovialidad forzada que hoy contamina a la vida y la cultura, recuerdo que, por su inherente ausencia de grandes propósitos y para evitar el ridículo involuntario, los geniales conjurados shandys de los que escribió Enrique Vila-Matas muy pronto se dieron cuenta, en la segunda década del siglo xx, que no podían permitir en las filas de su sociedad secreta las actitudes propias de la extrema juventud. Supongo que otra razón fue por el desagradable prurito de querer conquistar el mundo que muestran las personas que se consideran de espíritu joven, entre quienes se encuentran los empresarios voraces, las estrellas de la farándula, los escritores de best sellers, los que se dedican a proyectar planes que imponen a los demás y en general toda esas personas que creen que con ellas ha nacido el mundo y que, por esa razón, el mundo núbil necesita de su molesta huella. “Es lo de siempre. Un abuso sobre otro […] No sé de dónde saldrá ese empeño de hacernos violentamente visibles”, dice Erik Alonso (Ciudad de México, 1988) en la página 94 de su libro Los procesos, donde también hace  este otro comentario contra la juventud extrema:
Es indudable, escribía Macedonio Fernández, que los comienzos totales no existen, o que no inician cuando se les inventa; que el mundo, tal vez, ha nacido antiguo. Nosotros también nacemos viejos. Vamos inventando comienzos totales, creyendo que inauguramos el mundo. Domesticamos el pasado ante la idea de la memoria. (p.34)
            De lo anterior me llama la atención un punto en particular. El hecho de que, para enunciar su verdad indudable, EA utiliza unas palabras dichas por un autor que murió muchísimos años antes de que él naciera. En este sentido, la escritura ensayísitca que él practica, con las continuas referencias de las que echa mano, funciona como una forma de hacer evidente la idea de que el mundo ha nacido antiguo y con él también lo que queremos decir. Un ejercicio de urbanidad y respeto ante lo ya existente que poco tiene que ver con el impulso iconoclasta que se piensa encontrar un autor novel, cosa que me lleva a formular dos preguntas: ¿es necesario que los creadores emergentes nieguen lo que les antecede para desarrollar una obra original?, ¿al rechazar las actitudes de la extrema juventud, Erik Alonso hizo un libro conservador?
            Aun con la conciencia de que el mundo ha nacido antiguo, evidentemente Los procesos no es un libro de ensayos tradicional. Hay en su estructura (a veces fragmentaria y con un fuerte acento narrativo) y en sus preocupaciones (el arte contemporáneo es, por ejemplo, uno de los referentes más presentes) un afán rupturista que lo hace rebasar la convencional línea que en ocasiones mantiene al ensayo literario anclado exclusivamente en una petrificante función crítica. Se trata de un afán que, por su método y espectro de intereses, me recuerda una frase de Vila-Matas donde habla del “desvelo continuo […] por encontrar eso nuevo que siempre estuvo ahí”. Dicho desvelo es una de las virtudes literarias más apreciables de Los procesos, que de cierta manera se puede leer como una apasionada expedición de redescubrimiento por las vírgenes provincias de lo familiar: la vieja casa de los abuelos, las repeticiones de las series televisivas que vimos en la adolescencia, la ciudad natal que de pronto muestra un aspecto inesperado, la oscura herencia de gestos y nostalgias que por vía sanguínea nos transmiten nuestros padres…  
La escritura de Erik es muy consciente de su cognación (de ahí los constantes pasajes autobiográficos y las indagaciones en las vidas de personajes que le interesan), sin que esto se confunda con un encierro sordo en el pasado. De hecho, una de las mayores preocupaciones plasmadas en esta obra es la manera plural en que habitamos el presente, ya sea desde la duda (con la pregunta que significativamente cierra el libro: “dónde estaría yo si no estuviese, justo en este momento, aquí”), desde la evanescencia (“´No hay nada más difícil que habitar el presente´ escribió Henri Bergson; quizá por esa imposibilidad de habitar lo inaprensible: lo que sucede mientras sentimos” (p.30)) o desde la certeza de que “lo que sucede no es sólo lo que nos pasa directamente, frente a frente, sino también lo que se recuerda” (p.50), teniendo en cuenta que esa seguridad es también incierta, pues el olvido surge sin que nos apercibamos de su actividad infatigable.
Con esto último se da a entender que “uno es una suma mermada por infinitas restas”, como dice Sergio Pitol en El arte de la fuga, obra que escribió aproximadamente a los sesenta años y que, por cierto, Erik confiesa haber releído e intentado imitar más que a cualquier otro libro en su vida (p.90), lo cual, ahora que lo pienso, me parece sorprendente pues encuentro entre ambos una similitud de tono que se pensaría difícil hallar en la ópera prima de un escritor tan joven como él.
La primera sensación que experimentará quien se acerque a Los procesos será la de escuchar una voz antigua, de volumen bajo pero sorpresivamente audible, muy atenta a esas vitales sustracciones o posibilidades anuladas que nos conforman: “Cada paso, cada gesto, está antecedido por uno anterior. Y también, en un sentido inverso, cada paso es la omisión de un camino que ya no tomamos” (p.50); “Toda casa, todo edificio, siempre podría ser un poco más. Hace falta detenerse para crear la idea de lo familiar. Las azoteas nos recuerdan, con su espacio vacío que funciona como detenimiento, que todo pudo haber sido diferente, que el edificio de dos pisos pudo tener tres o cuatro” (p.22). Ahora bien, lo interesante es que de los  textos de Alonso se deduce que no es necesario atravesar los caminos clausurados que nos constituyen: hay en sus ideas un impulso de quietud, de habitar con serenidad la casa incompleta que cada quien es sin intentar culminar un proyecto arquitectónico que, por otra parte, nunca existió, como “los comienzos totales no existen”.


A contracorriente de la imperante dinámica actual que rapta a nuestras vidas en su vértigo de celeridad e inmediatez –y cuyo correlato en el ámbito de la cultura es la ininterrumpida avalancha de libros, series televisivas y películas de tramas rápidas y comerciales que saturan el sistema nervioso del público–, la aparición de un libro como el de Erik significa la valiosa irrupción de una pausa, de un remanso en el que es posible detenerse para “crear la idea de lo familiar”, para pensar, esperar, respirar entre líneas. “Ante la tiranía de la búsqueda, podría decirse que no hay nada más difícil que la espera”, dice Erik (p.53), y formalmente lleva a cabo esta propuesta a través de los breves espacios en blanco que coloca entre muchos de sus párrafos, dando a la composición espacial del texto una rítmica serie de silencios y de tiempos vacíos para que la vista del lector repose y los pensamientos se sedimenten.
Tanto en la forma como en el contenido, su proyecto literario está basado en la utilización de las esperas, la trama soterrada, la construcción permanente contrapuesta al imperativo de lo concluido (“Contra el empeño de terminar todos los proyectos que iniciamos, mejor concluir los que podemos terminar. La vida no es una carrera de obstáculos” (p.24)) y la renuncia como oposición al ejercicio del control: “Haría falta, en vez de apelar tanto a la voluntad, esbozar una teoría fallida sobre lo inevitable” (p.26). Una postura ante la vida cuya piedra de toque es la pregunta filosófica que plantea la dicotomía entre actuar y no hacerlo, entre cooperar y darle la espalda al mundo: “hay ocasiones en que no queremos ser salvados, en que rehuimos a la trascendencia, en que el mundo es demasiado burdo para seguirle la pista” (p.53). Y pese a que Alonso diga: “Yo no tengo aplomo de Bartleby: hago lo que me piden aunque siempre preferiría no hacerlo” (p.27), es claro de qué lado de la decisión se encuentra.
            Me detengo. No sé que cómo serán recibidas las palabras que hasta ahora he redactado. Temo que, a ojos del público, no sean muy favorables, que muchos piensen que hablo de un aburrido y anacrónico autor de preocupaciones y maneras ascéticas, consideración que tal vez, para como están las cosas en el lamentable escaparate de la literatura y el mundo, sea un halago. Un halago que se podría aplicar también a otros libros geniales que han aparecido recientemente en México. Cuatro libros que, como el de Erik, renunciaron a ser el tipo de narrativa de entretenimiento que exige el mercado editorial y en cuyas páginas se respira un ánimo de negación generalizada. Me refiero a La escuela del aburrimiento, de Luigi Amara, La música en un tranvía checo, de Karla Olvera, Escritos para desocupados, de Vivian Abenshushan y Paraísos vulnerables, de Edgar Yepez.


En su libro, Amara cuenta que, antes de encerrarse en su cuarto por varios días con la intención de darle la espalda al mundo y aburrirse en soledad, recordó estas palabras de Fernando Pessoa: “Desprécialo todo, pero de modo que el despreciar no te cause molestias. No te juzgues superior a tu despreciar. El arte del desprecio está en eso”. Olvera, a propósito de las famosas palabras del Bartleby de Melville, escribió: “´Preferiría no hacerlo´ ha dejado de ser tan sólo una frase famosa en la literatura y se ha convertido en una postura vital que la gente asume en el mundo no ficcional”. Abenshushan, reflexionando sobre las maneras en que los escritores pueden “formular nuevas tácticas para superar la cultura de la decepción”, es decir, del mercado, propone renunciar al nombre y a la imagen propios y adoptar un pseudónimo, una personalidad afantasmada. Yepez no tiene reparos en confesar que las pocas veces que ha trabajado ha sido como subalterno: “acepté esos empleos porque, al igual que Walser, únicamente me siento cómodo y libre ´en las regiones inferiores´”. Y Alonso dice que sus aspiraciones no son grandes, que sólo “quisiera encontrar algo pequeño, como una orquídea, que me apasionara profundamente” (p.57).
Por su arte del desprecio, por la negación que practican y por su ausencia de grandes propósitos, se puede entender que a estos escritores les suceda lo mismo que Jean-Yves Jouannais, en el capítulo “El ascetismo olímpico” de su libro Artistas sin obra, dice que con frecuencia le pasa a las reputaciones de Felix Fénéon, Marcel Duchamp, Armand Robin o André Cadare, todos ellos artistas que, por haber optado en algún punto de sus carreras a favor del silencio y la renuncia, son catalogados dentro de “la categoría de la ascesis”, de la búsqueda de la virtud mediante la castración o la flagelación monástica. Sin embargo, acota Jouannais, la renuncia “no es para ellos una deflación de la vida, sino que, por el contrario, procede de un tiempo más largo, incluso exclusivo, consagrado a la vida misma”. Basta recordar las declaraciones de Duchamp, desertor por excelencia: “Me gusta más vivir, respirar, que trabajar”.
Del mismo modo, es erróneo considerar como muestras de debilidad o desprecio por la vida las ideas de Erik sobre el abandono de la voluntad. Ese error es el mismo que desde siempre se ha utilizado para descalificar a los que, desviándose ligeramente de la corriente general, son capaces de ver e inconformarse. Su tono antiguo y sus modales pausados son más bien un acto crítico: hay que recordar que la razón por la cual confiesa no querer perseguir al mundo no es simple abulia, sino rechazo militante a ese mundo que se ha vuelto “demasiado burdo para seguirle la pista”. Y si en la página veintisiete se atreve a decir: “Estúpida juventud. A esta edad, dicen todos, la vida apenas comienza”, es porque con esas palabras –según mi lectura– acusa a la idea de la extrema juventud de ser una dictadura que nos asfixia con  el “eterno reproche por no disfrutar suficiente” (p.49), con la obligación insensata de querer ser gigantes que lo abarquen todo.
Como diría Jouannais, las posturas negativas de Erik no significan una deflación de lo vital. Provienen, por el contrario, de un tiempo dedicado con sensibilidad a la existencia, una existencia cuyo verdadero goce radica en la modestia de saber que somos seres pequeños y no jóvenes estúpidamente prometedores, que la felicidad no nos espera en las ambiciones rutilantes sino en lo insignificante que tenemos al alcance de la mano. El sabio reconocimiento de que “no sólo el amor, [sino] la vida también es más grande que nosotros” (p.24).
Ya lo escribió Erik en un diminuto y hermoso párrafo de su libro (p.24):
“Lo difícil no es buscar sino reconocer las cosas que nos hacen sentir que el mundo, aunque sea por un momento, es de nuestro tamaño”.
Yo reconozco a Los procesos como una obra que le quitó al apabullante mundo en el que vivo mucho del horrendo peso que, a veces, amenaza con aplastarme. ¿Qué más se puede pedir?   


(Este texto fue publicado en el número de enero de 2015 de la revista Este País)


jueves, 9 de octubre de 2014

En el café Louvre-Port Actif


Tenía una cita a las tres de la tarde en el centro de la ciudad con Erik Alonso, quien, según me dijo, se reúne todas las semanas en ese lugar con Edgar Yepez para platicar y acusar al mundo, como lo hacían Thomas Bernhard y Paul Wittgenstein en los cafetines de Viena. La perspectiva del encuentro tenía, para mí, cierto encanto, ya que las personas que vería escribieron dos libros portátiles y hermosos, adjetivos prohibidos en la crítica literaria pero que a mí me gusta usar como conjuro que ahuyenta la idea de convertirme en un ejemplar hacedor de reseñas y no en un escritor de ensayos del estilo, precisamente, de Erik y Edgar, con quienes esa tarde tomaría un café en una charla que desde un principio imaginé alegre, voluble y un poco chiflada, quizá presidida por el espíritu paseante de Montaigne.

Recuerdo poco de los temas que tocamos en el Louvre-Port Actif de la calle Regina, donde degustamos unos magníficos micris, que son granos de café de Harar, recubiertos de una espesa capa de azúcar. Casi no hablamos de literatura, pero todo fue, desde mi punto de vista, muy literario. Disfruté, por ejemplo, de las esporádicas intervenciones de Edgar, quien, además de mencionar al oscuro hermano gemelo de Superman (personaje que aparece en la película Superman III, cuya existencia yo desconocía y que ahora me parece un espécimen notable de Doppelgänger), hizo varios comentarios sobre la importancia de permanecer soltero o, al menos, de actuar como si uno lo fuera: “en el fondo, eso es lo principal”, concluyó Yepez, y sus tres interlocutores fingimos no darnos cuenta de que citaba textualmente las famosas palabras de Marcel Duchamp referentes al celibato. Digo tres interlocutores porque a la parte final de la reunión llegó el escritor Juan Pablo Anaya vestido cómicamente como el profesor Aníbal Acha-Benavides, uno de los personajes de su excelente libro Kant y los extraterrestres. 

Café Louvre-Port Actif, ubicado en el cruce de las calles Regina e Isabel la Católica

Las cosas sucedían como magnetizadas por una energía rara e insolente: en el preciso momento en que Yepez terminó de hablar, Anaya vio pasar a una mujer hermosa y se lanzó a correr tras ella, a lo cual Edgar reaccionó diciendo que no debíamos dejarlo solo, que lo correcto era acompañarlo en su persecución galante. Yo asentí. Por su parte, Erik se disculpó y dijo que, aunque de todos modos preferiría no ser parte de la persecución, no podía ir con nosotros porque tenía un compromiso en la librería Rosario Castellanos, donde participaría en una mesa de diálogo en torno a lo que suele considerarse escritura de ficción y de no ficción. Nos advirtió, sin embargo, que él no creía en esa dicotomía forzada, pero que le parecía interesante el hecho de que, por ser ensayista, lo clasificaran como escritor de no ficción. Los tres hicimos movimientos pensativos con la cabeza y permanecimos en silencio unos segundos mientras Juan Pablo desaparecía en la esquina de la calle. Con paciencia y cortesía, Edgar y yo esperamos a que Erik abordara un taxi. Luego corrimos en busca de Anaya pero ya no lo encontramos; se internó en la arabesca medina chilanga, se metió en alguno de los muchos Pasajes del Noroeste que existen en esta ciudad y sólo se supo de él días después, cuando alguien dijo haberlo visto disfrazado de Jaime Maussan en un plantel de la Universidad Autónoma Metropolitana.

No tuvimos más opción que dirigirnos al metro. Yo iba a Taxqueña; Edgar, a la estación Cuatro Caminos, donde todavía tendría que tomar un camión rumbo a su casa, en el Estado de México. En tono de críptica complicidad, le dije que se fijara bien para no subir al autobús equivocado. Él me miró y con fraternidad respondió que no me preocupara, que esas cosas pasan, que todas las rutas son erróneas y, por esa razón, correctas al mismo tiempo, que no hay nada que temer puesto que, como bien dijo Eugenio Montale, “Puedes confiar en la oscuridad cuando la luz miente.”

Nos dimos un apretón de manos y nos separamos en el andén, que de golpe y de una manera totalmente cinematográfica se oscureció por la presencia de una multitud que se puso a luchar para poder ocupar un lugar en los vagones que acababan de abrir sus puertas.

martes, 8 de abril de 2014

ACNÉ


***"La única función de un diario o un cuaderno de notas es su forma: cómo se escribe lo que se escribe -escribir sin ningún propósito más que escribir, castrando la trama, el argumento, la imágen poética-. Pero Martín Caparrós: ´nada más mortal que la pureza pura´, y con eso el recreo de escribir sin que lo escrito necesite realizar una función precisa de deshace". (Edgar Yepez, Paraísos vulnerables)

***Cuando me preguntan si pienso volver a Mazatlán y vivir allá, suelo contestar equivocadamente: aduzco razones culturales (en provincia no hay librerías, ni cines interesantes, ni bibliotecas, ni museos) que en realidad no tocan el punto principal de mi decisión de no moverme de la Ciudad de México, a saber, que el clima de aquí -templado la mayoría de las veces- mantiene a raya la eclosión de mi acné. Por el contrario, cada vez que regreso a Mazatlán, por las temperaturas elevadas que dilatan los poros de mi piel, los barros y las espinillas brotan en mi rostro, lo invaden. Si viviera en Mazatlán o en cualquier otra ciudad tórrida, volvería a la adolescencia cutánea, y eso me provocaría una angustia y un horror insoportables.

***(Una bitácora de lectura de El zafarrancho aquél de vía Merulana). El 13 de febrero fue ardua la lectura. Me quedé dormido. Un día antes (12 de febrero) la lectura fue apasionante. No puedo decir más al respecto de mi experiencia.

***Pienso que este tipo de lecturas son como las sopas concentradas, nutritivas. La necesidad de consultar el diccionario me hace sentir que abrevo de nuevo -como en mi adolescencia, cuando desconocía más que ahora las palabras y hacía listas léxicas en hojas de papel y aun en las sábanas de mi cama- en una fuente del lenguaje, lo cual se opone a las experiencias producidas por los textos de prosa transparente. ¿El zafarrancho es un libro difícil? Establecer una diferencia entre los libros difíciles de literatura y los libros difíciles de filosofía o teoría. Difícil como querer comprender el acimut armado sólo con una exigua definición leída en el Pequeño Larousse.

***La multiplicidad que explica Italo Calvino, además de ser inherente a la personalidad, al modo intelectual y a las intenciones de Gadda, se hace patente y práctica en el lector: El zafarrancho no es un libro en el que uno se pueda sumergir unívocamente, absorta y alelada la atención por los efectos de la trama, sino que todo el tiempo es indispensable tejer relaciones múltiples con las páginas del diccionario, donde uno se encuetra con un universo de imágenes, definiciones, lugares... Es necesaria una concentración dispersa, como de mosaico; si me detengo -como frecuentemente me ocurre- a observar algún detalle en un recodo cualquiera del diccionario, la lectura se vuelve cosa de nunca acabar, pues como bien decía Calvino del estilo gaddiano: “Cualquiera que sea el punto de partida, el discurso se ensancha para abarcar horizontes cada vez más vastos, y si pudiera seguir desarrollándose en todas direcciones llegaría a abarcar el universo entero”.  La multiplicidad manifestada en la experiencia del lector que no puede prescindir del diccionario.

***acimut.
(Del ár. assumūtpl. de samt).


1. m. Astr. Ángulo que con el meridiano forma el círculo vertical que pasa por un punto de la esfera celeste o del globo terráqueo.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados   

***Se me ocurre que puedo hacer tangenciales comentarios como los que hace Gadda acerca del Testa de Muerto (Mussolini), comentarios sobre la realidad sociopolítica circundante. El sábado veintidós de febrero agarraron al Chapo. Mala idea. Me importa poco la realidad sociopolítica circundante. O mejor dicho, creo que, de alguna manera, esa realidad se filtra en lo que escribo sin que yo me aperciba de ella. ¿Cuál es la importancia que debe tener en la literatura lo que pasa en el mundo? En una entrada de su diario, Kafka escribió: "Alemania ha declarado la guerra a Rusia, por la tarde clase de natación". Me parece una buena respuesta.

***Yo no puedo decir que Carlo Emilio Gadda es el Joyce italiano porque no he leído a Joyce, pero sí puedo decir, como reverso, que Daniel Sada es el Gadda mexicano. Aquí el tema para un ensayo de literatura comparada: las similitudes evidentes entre estos dos autores, el gusto por el lenguaje singular, por las situaciones risibles: Gadda y Sada comparten aspectos de sus voces y de sus hábitos.

***Definitivamente Gadda y Joyce no se parecen en lo físico. Gadda y Sada tienen un aspecto más familiar: los dos eran gordos y, en lo general -aunque a mí me parezca que eran más bien sujetos un poco locos-, parecían hombres de lo más normales. Sin embargo, el mayor parecido es el que encuentro entre algunas fotos de Gadda y otras de Hitchcok. Pienso que esto del aspecto físico de los escritores es una estupidez irrelevenate, pero no en el caso particular de Gadda, que en su ensayo "Cómo trabajo" dice que las razones por las que siempre que iba a la peluquería pedía que le dejaran el pelo bien corto eran de naturaleza literaria. Gadda sentía una aversión profunda hacia lo que él llamaba la “imagen tradicional y ab aeterno romántica del escritor-creador, del ingenioso demiurgo”, según la cual se pretende que “el escritor, en comparación con el hombre común, con el llamado hombre normal, tendría un suplemento de energía crítica y de razón clarividente”. Él decía que esa creencia romántica comenzó en el año de 1840, justo cuando Thomas Carlyle -un escritor "romántico, de vicios y virtudes plebeyas", según Borges- dictó ante un público boquiabierto sus conferencias sobre los poetas y los hombres de letras, a quienes identificaba como vates y profetas mesiánicamente enviados para comunicarnos a los lectores, seres simples e ignorantes, “el divino misterio que reside en todas partes, en todos los Seres, la Idea Divina del Mundo, la que está en el fondo de la Apariencia”. Todo ese rollo romántico e increíble le producía a Gadda una repulsión incontrolable, y lo hacía odiar a sus colegas contemporáneos que aún creían en las palabras de Carlyle y que, por esas razones,
"procuraban valorar su legitimidad ante la opinión ciudadana, con gestos y actitudes vatescos, es decir, adecuados a la calificación; con vestiduras y sombreros de insólitas formas, pero aptos para el fin propuesto. Además, procuraban recurrir lo más raramente a los servicios de su desgraciado peluquero [...] La estirpe de los poetas-profetas  y de los escritores cabelludos no se extinguió con el extinguido siglo XIX; ¡sí, sí! [...] Un vate del ochocientos nunca se habría atrevido a afrontar a su público, en ninguna ocasión, con los cabellos a la americana o a la alemana, como yo le exijo a mi recalcitrante fígaro"
Carlo Emilio Gadda con el pelo bien
corto 
Nunca antes había escuchado una razón tan elaborada para una decisión que, a primera vista, puede resultar banal y superflua. Gadda lucía siempre el cabello corto porque detestaba la imagen romántica de los vates-profetas. Lo que aprendo con esta lección gaddiana es que nada es baladí: cualquier cosa es digna de volverse desmesuradamente compleja. Muestra de ello es la escritura de El zafarrancho, la novela más exagerada que he leído, donde cada detalle insignificante crece, se problematiza y se sale de control porque todo en esta vida es así: un pequeño punto que puede devorarnos y enloquecernos.

Alfred Hitchcock














***Me pregunto por la relación que se establece entre mi aspecto físico -soy un tipo que tiene veinticinco años y que no ha podido dejar atrás la adolescencia cutánea: mi cara está infestada por el acné- y mi escritura. Quizá yo sea un adolescente perpetuo, es decir, un hombre que no podrá jamás volverse adulto y, por eso mismo, no podrá tener un estilo propio y maduro. Un adolescente está en continuo desasosiego porque nunca es lo suficientemente bueno en algo, nunca es del todo guapo, jamás podrá escribir un texto con pericia ni solvencia, y eso lo lleva a todos los días intentar un peinado nuevo, una moda que no había probado. Un adolescente es, en definitiva, un individuo sin estilo. Literariamente, yo soy un escritor sin estilo. Me leo y me releo y encuentro que no tengo una manera particular de escribir. Quiero parecerme a todos. Ayer terminé de leer el excelente libro de Edgar Yepez Paraísos vulnerables. Quiero ser como él, pero me siento un poco incompetente. Leo la entrevista que Erik Alonso le hizo a Yepez y, colmado de admiración y envidia, siento de nuevo lo que experimentaba cuando en la secundaria veía a esos compañeros que ya tenían barba y ya no les salía acné. Erik y Edgar, por sus palabras, me parecen escritores que han dejado la adolescencia estilística, aunque digan lo contrario y afirmen que uno debería defender ese estado de adolescencia perpetua en el que volverse bueno o profesional es casi un error literario (las palabras son de Yepez):
"me parece que la cuestión es -o sería-: cómo hacer para no “volverte bueno”, no confiarte y utilizar siempre los dos o tres truquitos literarios que ya dominas y te festejan, o el puñado de recursos que ya tienes bien afinado y sabes perfectamente los efectos que produce. ¿Cómo resetear la propia práctica, revitalizarla? A mí esa condición de la escritura -o de cualquier otra actividad- me entusiasma, al mismo tiempo que me paraliza, significativamente, cuando me siento a escribir: hay siempre en ese proceso un perverso equilibrio de inseguridad, duda, angustia, y una insondable confianza en la propia intuición. Carlos Fuentes en su entrevista en The Paris Review, en 1981, dice que por fin aprendió a escribir cuando fue burócrata, (¡embajador en Francia, papá!) que antes no sabía hacerlo. Cuenta que entonces tenía, mentalmente, mucho tiempo libre, y que escribía en su cabeza. “Ahora puedo escribir, antes de sentarme a escribir. Puedo usar la página en blanco de un modo que antes no podía”. Fuentes a sus 53 años, reseteando la práctica literaria. Y está Barragán que edificaba un muro, y si no estaba donde él sentía que debía estar, lo derrumbaba y de nuevo lo levantaba diez centímetros atrás o adelante de donde estaba: volvía a comenzar. Eso encarecía sus obras y también las hacía muy lentas pero, como dice el Dr. Quirarte que dice Luis Cernuda: “la hermosura es paciencia”. No aprender a escribir, darse el tiempo para no aprender a hacerlo y confiar en lo que eso implica, tiene una diversa y sólida tradición; casi que es un género literario".

*** Man Ray tenía una opinión semejante: "Empezaba a cansarme de la pintura; de hecho, como ya lo he dicho, resulta un poco exagerado el dominar un procedimiento que hemos llegado a despreciar".
Cansado de utilizar los pinceles, Man Ray comenzó a pintar con elementos nuevos, por ejemplo, con el polvo acumulado.
"En otras palabras", continuaba el artista, "uno acaba por estar tan seguro de sí mismo, por volverse tan experto en determinada técnica, que acaba por perderle el gusto y el interés. Se vuelve un peso. Por eso me decidí a pintar sin pincel, sin tela y sin paleta".

***Ser un ajolote.

El ajolote es un animal que sigue los consejos de Edgar Yepez y Man Ray. Nunca termina de desarrollarse por completo. Vive con la ligereza acuática de los no profesionales, su estilo es fluctuante y jamás se fija. Es el perfecto adolescente.






***Pero recuerdo esta frase de Mario Bellatin en su libro Salón de Belleza: "Lo desconcertante de los Axolotes era su estilo repudiable que, aunado a su desagradable aspecto, daba al asunto de criar peses un carácter diabólico".


***"Tengo una fuerte predisposición a no cuestionar si una nota cualquiera debe transformarse en un texto útil, doy por sentado que sí y lo que anoto quiero mutarlo en ensayo, narración o puñado de versos. [...] ¿La escritura de diarios y notas -oscura hermana gemela de la puesta al servicio de una narración o imagen poética- se hace ignorando esa mortalidad o más bien, a pesar de ella?" (E.Y., Paraísos vulnerables)