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martes, 7 de octubre de 2014

Trabajos por encargo

Esta pasión por retardar se convertiría no ya en el obstáculo
de la obra siempre diferida, sino en el motor esencial de
la obra en curso, la obra de actualidad, la que accede
a la publicación y a la fama.

Jean-Yves Jouannais, Artistas sin obra  

La película Adaptation, dirigida por Spike Jonze y escrita por Charlie Kaufman, es el mejor retrato que he visto del proceso creativo –a veces doloroso– por el que pasa un escritor cuando tiene que cumplir un trabajo por encargo. Supe de ella porque Erik Alonso la cita en un par de ocasiones dentro de su libro Los procesos, del cual, por cierto, debo entregar una reseña que no he terminado. La película me gustó tanto que la vi dos veces seguidas:

            Charlie Kaufman, interpretado por Nicolas Cage, es un guionista de Hollywood que se interna en un infierno personal al no poder adaptar para el cine el libro El ladrón de orquídeas, de Susan Orlean. Lucha consigo mismo, no consigue escribir, se masturba cada noche y luego se increpa por su infertilidad. Además, Charlie mantiene una tensa convivencia con la figura del doble, representada por su hermano gemelo Donald, un cándido y bobalicón hombre que, sin tener la menor idea del oficio, comienza a escribir un guion estúpido que alcanza un éxito arrollador. Todo eso lo coloca en el borde de un abismo mental.


            Lo interesante del filme es que su argumento es el proceso de escritura de Kaufman; las cosas que vemos en la pantalla son los avances y retrocesos que suceden en la cabeza del guionista, los tachones en su manuscrito, las prevaricaciones con que se flagela al ver en el calendario que la fecha de entrega ya se cumplió sin que él haya conseguido terminar la tarea. Ese drama interior, representado cinematográficamente a través de una forma “parcial, caleidoscópica, paradojal”  que “predica la fabricación como única salida literaria”, me parece genial.

            Claro que todo el tiempo Charlie Kaufman (tanto el personaje como el verdadero guionista, o la confusión indisociable de ambos) tiene el camino fácil a la mano: la posibilidad de escribir algo hollywoodesco, predecible, taquillero. Pero para él eso significa traicionarse. Un principio ético que conlleva angustia, insomnio, frustración, avance lento: en el minuto cincuenta y tres de la película, cuando la escritura se ha vuelto imposible y la presión lo despierta a las tres de la mañana, Charlie abre por milésima vez el libro de Orlean y lee lo siguiente: “Hay demasiadas ideas y cosas y gente, demasiadas direcciones que tomar. Estaba empezando a pensar que la razón por la que es bueno que algo te interese apasionadamente es que reduce el mundo a un tamaño más manejable”. Entonces Kaufman le dice a la foto de la escritora que se encuentra en la solapa del libro:

            –No sé cómo hacer esto. Tengo miedo de desilusionarte. Escribiste un libro precioso. No puedo dormir.

            Y la voz imaginaria de Orlean (interpretada por Meryl Streep) le contesta con un tono comprensivo, cariñoso:

          –Solamente trabájalo. Concéntrate en una cosa de la historia. Nada más encuentra esa cosa específica que te apasiona y escribe acerca de eso.

            El consejo de Susan es sabio, trae sosiego. Quizá todo se reduzca a encontrar los detalles que nos gustan y escribir sobre ellos. Ahora que lo pienso, esa fue la técnica que Karla Olvera utilizó en su libro La mùsica en un tranvìa checo: buscó en los diarios íntimos de Fernando Pessoa, Franz Kafka y Virginia Woolf nueve “hermosas y excéntricas nimiedades” que le interesaran apasionadamente y luego se puso a escribir, con una curiosidad deliciosa, acerca de ellas.

            Me despierto a las tres de la mañana, poseído por una angustia indescriptible. Como Charlie, yo tampoco he terminado el texto que me encargaron. Abro el libro de Erik Alonso y en la página veinticuatro leo lo siguiente: “Lo difícil no es buscar sino reconocer las cosas que nos hacen sentir que el mundo, aunque sea por un momento, es de nuestro tamaño.”



Este texto que me encargaron me parece enorme, como el mundo que jamás podré recorrer. Necesito encontrar algo que lo vuelva de mi talla.

En realidad es difícil.

martes, 18 de febrero de 2014

La música en el metro (o de cómo un libro de ensayos me llevó al negocio de la piratería)

(Por azares de las conexiones de internet, este texto llegó a manos de Karla Olvera, quien en su sitio web dijo lo siguiente: 
"Esta mañana me compartieron el vínculo a un texto muy original en su hibridación de géneros y por desembocar en una acción sonora performática (así la definió el músico Fernando Vigueras) a partir de la lectura de La música en un tranvía checo. Su autor es Diego Rodríguez Landeros [...] Agradezco al autor por su texto, cuya lectura disfruté y me puso de muy buen humor". 
También se puede leer este ensayo mío  aquí)




Hace poco, fui a una librería Educal y, por sesenta pesos, adquirí La música en un tranvía checo (Tierra Adentro, 2011), primer libro de Karla Olvera (Pachuca, 1981), donde ella reelabora en cada uno de sus ensayos un fragmento de los diarios íntimos de Franz Kafka, Fernando Pessoa y Virginia Woolf.


Este libro, de un agradable sabor vilamatasiano, ganó el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2011

Por su extravagancia imaginativa, el texto que da nombre a la colección me resulta particularmente atractivo. Surge a raíz de una anotación que Kafka hizo en 1910 a propósito de una escena que vivió en un tranvía de Praga, donde la entonces célebre bailarina Eduardova viajaba acompañada de dos violinistas que tocaban música para complacerla. En su diario, el escritor checo se limitó a plasmar brevemente la anécdota y a decir que los violines, acompañados de “una fuerte corriente de aire y en una calle tranquila”, suenan bonito. Y nada más. A partir de ahí, la imaginación de Olvera teje una teoría sobre Praga que, por su carácter esmeradamente indemostrable y lúdico, termina por volverse seductora y, más aún, produce el deseo de querer aplicarla a la ciudad en la que uno se encuentre.

La ensayista afirma que Praga es un lugar donde la vida ocurre “con un efecto de cámara lenta”, y que esa cualidad armoniza a la perfección con la lentitud de los tranvías que la recorren. Cuenta también que cuando ella viajó en uno de esos vehículos, concibió el desenvolvimiento de la ciudad “como una velocidad matrioshka [muñeca rusa], que dentro de sí llevaba otra y ésta a su vez otra y así”. Por último, Olvera realiza, con base en la anotación de Kafka, el siguiente esquema de su teoría praguense: la primera velocidad-realidad de Praga es Praga misma; la segunda, el tranvía; la tercera, el vagón del tranvía; la cuarta, la música de los violines que acompañaban a Eduardova; y la quinta (la más verdadera), la emoción que Kafka expresó con las palabras “suena bonito”.



Como ya dije, quise aplicar esa teoría al lugar donde vivo. Fue por eso que salí a comprobarla en carne propia. Esto fue lo que descubrí:

Es mentira que la ciudad de México transcurra para todos sus habitantes a una velocidad siempre desquiciada. Yo vivo aquí desde hace siete años y sólo un par de veces he experimentado la prisa, lo cual no me ha impedido ver a algunos de mis conciudadanos despeñarse en el abismo histérico de la aceleración desmedida, del que generalmente regresan con sus psiques aniquiladas. Séneca diría de ellos que “su carrera es sin consejo y vana, como la de las hormigas”, y que “no es la industria quien mueve a los inquietos, sino que, como a los locos, los agitan las falsas imágenes de las cosas”. En efecto, una falsa imagen de urgencia empaña la percepción temporal de muchos citadinos, y los impele a cometer atropellos en nombre de la infame divisa que afirma que el tiempo es dinero, totalmente falsa, por cierto, pues es comprobable que, en esta época aciaga, por mucho tiempo que se le dedique al trabajo, cada vez son menores las ganancias.

Si uno camina por ciertas calles sin bullicio, comprobará que vive en una ciudad donde la gente decente toma siestas a media tarde y donde hay bibliotecas enormes en las que ninis y desempleados se dedican todo el día a leer por placer. Como bien dijo Olvera, dentro de una urbe hay otras, regidas por velocidades distintas. De hecho, se puede ir más lejos y afirmar que cada habitante es una pequeña muñeca rusa guardada bajo matrioshkas más grandes. A ese nivel individual, la sensatez y la responsabilidad cívica dependen de la lentitud que cada quien le imprima a sus propios pasos, así como del arrojo que se tenga para sabotear el raudo mecanismo de la vida cotidiana con gestos tan revolucionarios como el dedicarse a la inmovilidad absoluta (en este sentido, es aleccionador el ensayo “Del derecho a estar aburrido”, también de Olvera, el cual tiene como epígrafe la siguiente frase de Óscar Wilde: “No hacer nada es la cosa más difícil del mundo; la más difícil, y la más intelectual”).

Sin embargo, cierto día no pude dejar de pensar, mientras viajaba en el metro y mis oídos eran torturados por zafios comerciantes de discos piratas que hacían sonar las bocinas en las que promocionaban su acelerada música, que era mi deber hacer algo para rebelarme y, de paso, obtener unas monedas. Si el metro era una realidad dentro de otra, y a su vez la rápida música de cumbia, reggaetón y banda sinaloense era otra realidad, yo podía crear una que, a su manera, desacelerara el enloquecido estruendo que conspiraba contra mi propósito de vivir lenta y tranquilamente.

No cabía duda, el arma perfecta era esa obra de Erik Satie llamada Vexations, sucesión de 152 notas que, para cumplir el proyecto de su compositor, deben ser ejecutadas una y otra vez, con la exasperante lentitud de un mantra, durante catorce horas, a la cual Luigi Amara, en su libro La escuela del aburrimiento, llamó “obra recalcitrante”, composición que “merecería ser considerada una de las piezas más aburridas de la historia de la música”.

En la computadora de mi casa descargué Vexations y la grabé, en formato mp3, repetidas veces en varios discos. Compré estuches de celofán e imprimí en papel bond unas portadas bastante insulsas. Conecté una bocina a un reproductor portátil de discos compactos y, al día siguiente, mercancía y equipo listos, entré de lleno al negocio ambulante de piratería en el metro:

“Apresurado pasajero, en esta ocasión se va a llevar a la venta la música más lenta y aburrida del mundo. Formato mp3, diez pesos vale”. Es interesante ver el desconcierto que se genera cuando reproduzco durante uno o dos minutos la obra de Satie. Se crea una micro realidad ralentizada dentro del vagón en la que, producto de la sorpresa, la confusión y el aburrimiento pleno, flota un tiempo distinto, afantasmado, detenido. Pero lo sorprendente es que hay gente que me compra, y que hasta el momento he vendido más de veinte discos.

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(Publicado en Vícam Switch)