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lunes, 7 de septiembre de 2020

Fiestas de disfraces

 

Mi madre amaba las fiestas de disfraces. Cada aniversario suyo el tema variaba: década de los setenta, de los veinte, de buchones, del cine de oro mexicano… Ella organizaba, invitaba por teléfono a la familia, preparaba la comida, arreglaba el pequeño departamento del Multifamiliar Tlalpan donde vivíamos. Obviamente mi hermano y yo hacíamos todo con ella, pero durante mucho tiempo fuimos unos jóvenes puñeteros sin dinero ni voluntad de ahorro, así que la fecha solía sorprendernos con poca solvencia y por ende las fiestas resultaban modestísimas. Tampoco nos tomábamos demasiado en serio la elaboración de los disfraces: un par de días antes pepenábamos cualquier cosa y nos la poníamos encima. Su último cumpleaños, en 2018, fue de gitanos: el más bonito. Ese día ella lució espectacular. Se adornó profusamente, pero la realidad era que no le hacía falta: desde que tengo memoria mi madre parecía una gitana de cuento, aire que mi hermano heredó. Yo y el resto de la familia hicimos lo que pudimos con nuestros aspectos. Al final nos divertimos con plenitud. Sin embargo, un año después, ya huérfano y con los incendios sitiando la ciudad, me atormenté pensando que en esa ocasión yo había tenido clara conciencia de que ese aniversario era el último que mi madre viviría y de cualquier forma no me moví lo suficiente para organizar una gran fiesta como ella se merecía, La Fiesta De Gitanos Más Grande Del Siglo, con la cumpleañera riendo cantadora, barroca de abalorios, rodeada de funámbulos y cartomantes que la chulearan, total, conozco a mucha gente que aun sin disfraz hubiera conformado un elenco inolvidable…

jueves, 23 de enero de 2020

El más dormilón de nuestros barqueros


La escritura de un libro exige de atención sostenida. Investigar la mayor cantidad de material posible acerca del tema que uno está tratando. Sin embargo, también, para no enloquecer, exige descansos, la visitación de cosas diversas, libros ajenos al proyecto, obras que ventilen el recalentado cerebro.
Bajo esa premisa, hace unos días comencé a leer Conquista de lo inútil, el diario que, en su mayor parte, Werner Herzog escribió en el Amazonas, durante la rocambolesca, alucinante y titánica filmación de su película Fitzcarraldo. Ahí, mientras luchaba contra las inclemencias de la selva, Herzog consignó estar leyendo, entre otras cosas, Historia de la ciudad de Roma en la Edad Media, de Ferdinand Gregorovius, quizá con la intención de distraerse de los problemas cotidianos que la realización de su película le acarreaba y evitar el colapso de sus nervios.
De igual manera, la lectura de Conquista de lo inútil me ha ayudado a sobrellevar mis problemas de escritura. Cada vez que tengo algún impedimento literario, abro el diario del cineasta y me tranquilizo recordando que mi tarea es sencilla, que el cumplimiento de mi proyecto no incluye trasladar un barco a través de un cerro amazónico, ni soportar las locuras de Klaus Kinski, ni apaciguar los ánimos de tribus selváticas, ni vigilar que en mi cama no se meta una serpiente venenosa.
Mis obstáculos no son de esa magnitud. Pero son.
Hoy en la mañana, por ejemplo, tuve una crisis de emocional. ¿Cómo demonios puedo redactar un libro sobre la historia del desagüe del Valle de México cuando mi madre acaba de morir? ¿Cómo tejer argumentos que no tengan que ver con ella cuando la extraño tanto, cuando me hace tanta falta, cuando a cada momento recuerdo su rostro y la imagen de sus dolorosos últimos días me sepulta como un aluvión de tristeza, cuando su postrero gesto de dolor y despedida, como un fotograma colado en el celuloide del presente, se proyecta en mi memoria sin avisar y yo sólo puedo decir, con voz baja y entrecortada, mamá, mamá, mamá?
Después de llorar unos minutos, imposibilitado para seguir escribiendo, decidí refugiarme en la prosa de Herzog. Así llegué a la entrada correspondiente al día 12 de abril de 1981, donde el autor escribió lo siguiente:

El más dormilón de nuestros barqueros, ese que al atracar siempre colisiona con alguna cosa y que malinterpreta las instrucciones, no hace más que leer y releer, con el rostro abrumado y cada vez que tiene oportunidad, la misma carta ya casi desecha que esconde bajo la camiseta impregnada de un sudor ácido y rancio. Hoy, mientras leía, ha encallado por error contra un banco de arena, pero le he hecho saber que gracias a la carta cuenta con mi amistad y mi simpatía.

Se trata de una de las características demostraciones de empatía y fraternidad del autor, pero sobre todo, de una declaración de principios acerca de la supremacía de los sentimientos sobre la productividad, lo cual, en su caso, resulta especialmente importante. Por un lado está el hecho de que el cineasta se haya embarcado en una empresa tan grande y, desde ciertos puntos de vista, tan insensata, tiránica y megalómana como lo fue la producción de Fitzcarraldo, en la cual mucha gente salió herida, se gastaron miles de dólares, se taló un cerro y, entre otras cosas, se movilizaron varias tribus amazónicas. Por otro lado, como cimiento de lo anterior, están las impalpables motivaciones humanas, los anhelos, lo íntimo, lo inútil.
Cómo una persona puede impulsar un cúmulo de fuerzas que lo sobrepasan para ver cumplido un ensueño que se gestó en las profundidades de su imaginación, ya sea escuchar ópera en el Amazonas o cargar un barco a través de una montaña. Fitzcarraldo y Conquista de lo inútil hablan de eso. Ambas obras son los registros –una ficción fílmica y un diario de un proyecto artístico– de la puesta en marcha de un sentimiento poético, de la materialización de un deseo personal que Herzog atesoraba, por decirlo de alguna manera, en una cartita doblada muy cerca de su corazón.  
            Por ese motivo...



martes, 22 de enero de 2019

Zoológico

27 de diciembre, 26 días después de la muerte de mi madre.

Traje al zoológico a la Jana, mi ahijada, de trece años.

En el mariposario, descubrimos que esos insectos viven dos semanas

Las tarántulas, en cambio, viven 20 años

Tú cuántos vivirás, Jana

Mamá tenía 61 años, seis meses y doce días de edad

Spinoza se divertía viendo peleas de tarántulas en cajas

El insecto palo sabe del sosiego porque puede ser aplastado como una varita cualquiera en el bosque

El mandril

El jaguar negro

Los úrsidos

El tapir -gigante-

Todos morirán

La sabiduría del orangután, ni por asomo puedo transmitir la expresión de su rostro, la hermosa tonalidad del pelaje, la abismal tristeza de sus ojos, la tersura lenta de los movimientos, la acariciadora fuerza de sus manos, la estrangulación latente y adormilada en sus dedos.

Una víbora amarilla y blanca, se mueve como la tripa de un monstruo helado, como un río fantástico, como una corriente de sangre fría

La onda china de los pandas gigantes

Imagino -deseo- un zoológico donde una de las reglas para los humanos sea callar. Mostrar nuestro respeto hacia la magnificencia animal

El tigre

El tigre se mostró. Poco hay que decir. Acaso intentar imitarlo en versión humana. Estaba cansado. yo. Él. Algo sé, ahora, de la vida. El tamaño, la grandeza. La delgadez y la fortaleza, la virilidad. Tigre. Esa palabra. El gesto de la jeta: filósofo desengañado. Todo lo conoce de la ferocidad inevitable de la existencia. Saberse el rey y, a la vez, saberse en riesgo, a merced de los rifles, de la destrucción de la selva. Esa es la sabiduría del tigre, el cazador.

Contemplar un tigre es ver una página escrita en un lenguaje de caligrafía incomprensible. Ver una página escrita en árabe. Admirarla sin esperanza ni pretensión de comprenderla.

Andar con el movimiento atigrado de los omóplatos. El tigre, las bielas de sus clavículas.

Una máquina enfundada en piel de tigre.