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lunes, 5 de octubre de 2015

Apuntes mazatlecos

(Texto publicado en Este país)

Yo en la playa Olas Altas de Mazatlán (foto de mi compa el Pechán)

Las tardes pasadas en las playas de Mazatlán son, para mí, gruesos granos de arena que se cuelan en la memoria y con paso del tiempo (oscura y rumiante meditación de ostra, encallecimiento nostálgico de la mirada) se convierten en perlas que anidan en las concavidades del alma. Mi niñez y mi adolescencia son dos cofres rebosantes de esas perlas. Son tantas las que tengo –su oriente aún no se empaña– que no sé qué hacer con ellas: vacilo entre atesorarlas en soledad, usarlas para fabricar cursi bisutería literaria, arrojarlas a los muladares del presente o convertirlas en las cuentas añejadas del rosario que he de sobar incansablemente en la vejez.

***

(Advertencia: spoiler). Hace unos meses fui a ver a un teatro de la UNAM Melville en Mazatlán, obra escrita por Vicente Quirarte y dirigida por Eduardo Ruiz Saviñón. El fracaso y el desaliento contrapuestos a las gloriosas ambiciones que se engendran en el corazón de quien decide consagrar su vida al ejercicio a veces ingrato de la literatura están ahí encarnados en la figura de Herman Melville, quien en la obra de Quirarte tiene un encuentro borgiano consigo mismo: el Melville joven, entusiasta aspirante a novelista, se topa en un muelle de Nueva York con el Melville viejo, quien pese a haber escrito algunos de los textos cumbres de la literatura occidental, vive en la oscuridad, minado acremente por la tragedia personal y la incomprensión del mundo. Por sí solo, esto hubiera bastado para conmoverme (tengo una debilidad sentimental por la biografía y la obra de Melville), pero el argumento de Quirarte, representado por los actores Arturo Ríos y Pedro de Tavira Egurrola, me tenía preparado un detalle mazatleco y monstruoso que me estremeció:
            El joven Melville narra uno de sus viajes como marinero. Cuenta que en una ocasión, proveniente del sur y con rumbo hacia California, el barco en el que iba se detuvo frente a las costas de Mazatlán para esperar un cargamento de oro. Este evento ocurrió en la década de 1840, cuando el auge minero de la sierra sinaloense transformó a Mazatlán de un territorio inhóspito y casi inhabitable por falta de agua potable a un enclave privilegiado y floreciente para el contrabando. Mientras esperaban instrucciones para desembarcar, unos heraldos del puerto avisaron al capitán que tendría que esperar porque el oro no estaba listo aún. Con el barco anclado no lejos de la costa, la tripulación se resignó a ver desde la borda la pequeña ciudad, todos frenados por la orden tajante de que nadie desembarcara: los oficiales sabían que los trabajadores, desesperados por llevar semanas o meses en altamar, aprovecharían cualquier oportunidad para desertar si tocaban tierra.
Pero era miércoles de ceniza y unos marineros irlandeses suplicaron que les permitieran bajar para ir a la iglesia, permiso que, después de muchos ruegos, les fue otorgado con la condición de que regresaran al atardecer en una lancha que iría por ellos a la playa. Entre los irlandeses logró colarse Melville, que desembarcó en la arena mazatleca de la Bahía de San Félix (hoy Playa Norte), justo donde yo pasé, dada la cercanía de la casa de mis abuelos, innumerables tardes de mi infancia jugando entre las vísceras rojísimas y pestilentes que los pescadores arrojaban a los pelícanos cuando limpiaban el pescado. Aunque no lo dice el actor de la obra en su parlamento, es obvio que Melville caminó o avanzó en una carreta por la calle principal (hoy Belisario Domínguez) y llegó al corazón comercial del puerto.
               Pese a ser muy creyente, no fue a la iglesia y, por el contrario, se dedicó a conocer la ciudad, cuyo singular nombre de origen prehispánico lo atrapó desde el comienzo con una especie de embrujo fonético: “Ma-za-tlán”, repite una y otra vez, entusiasmado, el joven Melville ante los espectadores del teatro. Cuenta que con el dinero que llevaba, comió mariscos, pescados, visitó cantinas, bebió mezcal y entró a toda clase de tugurios concurridos por gente de baja estofa: gambusinos, cuchilleros, nigromantes, marineros pendencieros y prostitutas chimuelas. Más tarde, acompañado de un escocés que conoció ahí mismo, recorrió, sin importarle que había llegado la hora de regresar al barco, el paseo de Olas Altas y el agreste Cerro del Vigía, desde cuya cima contempló, a la luz de la luna que se reflejaba, plateada, sobre el mar, los dos islotes de piedra blanca (su extraño color polar se debe al milenario guano de las aves que los sobrevuelan) que emergen, colosales e intemporales, como fieros leviatanes calcificados frente a la ciudad pecadora. Fue en ese momento cuando Melville, impactado por el paisaje, tuvo una revelación, un relámpago mefistofélico que anidó en su pecho y lo marcó con el hierro candente de la obsesión, sí, la obsesión (él mismo fue su personaje Ahab) de escribir una novela sobre una ballena blanca tan monstruosa y titánica como los islotes que, ahí en Mazatlán, vio esa noche de juerga. Así surgió, entre las olas, el germen de Moby Dick. A la mañana siguiente, con una resaca tremenda, corrió hacia la Bahía de San Félix y comprobó, para su alivio, que los marineros irlandeses tampoco habían regresado a la hora convenida por el capitán. Para su buena suerte, la lancha del barco los esperaba aún. Todos los que desembarcaron habían pasado una noche tan estupenda que a nadie le importó los castigos y reprimendas que los esperaban en el barco.
            La estancia de Melville en Mazatlán no está documentada y pertenece más bien al ámbito de la leyenda, pero ¿alguna vez ha importado la veracidad del relato? Si Moby Dick es una deidad terrible e infernal ante la cual solo es posible postrarse reverente o lanzarse en su contra con ánimo deicida, para mí el argumento obviamente ficticio de Quirarte se ha convertido en un mito fundacional, una teogonía que suscribo como principio de fe.
El placer extático de ser coterráneo de un monstruo.


***

Antes de conocer la obra de Witold Gombrowicz, pensaba que jamás volvería a vivir en Mazatlán porque su clima tropical de temperaturas elevadas y humedad sudorosa dilata los poros de mi piel, hace eclosionar los barros y las espinillas en mi rostro. Si viviera en Mazatlán –solía pensar–, regresaría a la adolescencia cutánea –mi acné en esos años fue severo– y eso me provocaría una angustia y un horror insoportables, espantosamente similares a los que viví en la secundaria y en la preparatoria, época de ansiedad, deseos insatisfechos, vergüenzas inexplicables e insuficiencia general y crónica.
            Hoy pienso diferente gracias al iluminador Gombrowicz, que reivindica la adolescencia como el estado perfecto de la humanidad, como una edad indeterminada, indecisa y balbuceante (“el balbuceo de Gombrowicz está siempre cerca de la afasia […] Gombrowicz trabaja sobre la afasia como condición del estilo”, dice Ricardo Piglia) que huye por convicción de los anquilosamientos rancios de la madurez. Por supuesto, Gombrowicz tenía una propuesta estética y filosófica para esto: una estrategia intelectual que permite traducir la angustia y la indeterminación adolescentes en un estilo real para el arte y la vida.
            Aquí un sueño que espero cumplir pronto: abandonar la Ciudad de México y mudarme a Mazatlán en los meses más cálidos del año, instalarme en una de las pequeñas casas de los suburbios mazatlecos donde pasé mi pobre adolescencia y leer los diarios y las novelas de Gombrowicz. Rodearme, como Witold lo hizo en Argentina, de jovencitos ignorantes, platicar con ellos, sumergirme de nuevo en lo más profundo de la adolescencia porteña mientras compruebo en el espejo que mi cara se cubre de acné y mi estilo literario comienza a cambiar, a perder los rasgos adultos que he ido aprendiendo en estos últimos años de profesionalización. Adquirir el acné como esos personajes de José Revueltas que se contagian adrede de sífilis: por convicción, como acto de protesta política –literaria.

Yo viví mi adolescencia en un fraccionamiento de los suburbios mazatlecos llamado La Campiña. Esta foto es de un asesinato ocurrido en dicho fraccionamiento, a unos metros de mi antigua casa. Puede verse el tipo de inmueble de interés social donde vivía.

***




Todas las novelas (menos La casa de las lobas, ubicada en Pompeya) de Juan José Rodríguez (Mazatlán, 1970) suceden en su ciudad natal. Asimismo, todas se caracterizan por ser historias de argumentos novelescos contadas con una prosa extremadamente cuidada, llena de imágenes poéticas que, pese a su abundancia, no frenan el rápido fluir de los acontecimientos. Digo “argumentos novelescos” porque siempre hay en ellos dosis bien medidas de amor, erotismo, aventuras, personajes exóticos, acción, crímenes y soluciones felices. Para ello, el autor trabaja con estructuras o sistemas narrativos provenientes de la cultura popular. Los esquemas narrativos más recurrentes en Rodríguez son los de las historias de amor imposible y de las novelas de aventuras o de misterio que, como todos saben, desarrollan (igual que en las telenovelas o en las películas de acción) una causalidad preestablecida. Cito dos ejemplos estrictamente anecdóticos, por ser los que más frescos tengo en la memoria:

En Sangre de familia (Planeta, 2011) una oscura y oculta mafia de vampiros asiáticos opera en los bajos fondos de Mazatlán, venden cocaína y son asechados por el villano Carlos Goldoni, que desea vengar un antiguo agravio cometido en el barrio chino de San Francisco. Por circunstancias extrañas, un joven mexicano de vida gris y mediocre entra en contacto con el clan de los vampiros, se enamora de la hermana del líder y, como es de esperarse, vive una serie de escollos (persecuciones, balazos, intrigas, asesinatos, problemas familiares) para concretar su amor. Al final los enamorados descubren que son almas gemelas y consuman su unión…
En La novia de Houdini (Océano, 2014), un grupo de extranjeros conformado por magos, cuchilleros y escapistas recorren los pueblos cercanos a Mazatlán. En una pequeña población minera se llevan con ellos a un apocado joven sinaloense que ha de servirles como guía. Para ello, Florissa, la afamada y bellísima novia de Houdini, lo seduce conforme a un plan dictado por el jefe de los saltimbanquis. Se dirigen al puerto y es entonces cuando le revelan al joven sus intenciones: van a robar un diamante mágico que, por rocambolescas circunstancias, pasó de mano en mano desde un lejano templo de la India —recorriendo las cortes de Francia y las filas del ejército español— hasta llegar a una opulenta casa mazatleca. Hay enseñanzas mágicas, homicidios, escapes funambulescos y, como coda, una intrincada red de soluciones para que el joven y Florissa, enamorados, logren escapar juntos.
El esquema narrativo, sobra decirlo, es el mismo de las películas de súper héroes.
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Como dice Ricardo Piglia, el antagonismo entre alta literatura y cultura de masas consiste en que mientras la primera tiene como fundamento la innovación y la originalidad, la otra tiende a repetir modelos y esquemas estructurales. “El problema –concluye Piglia– que se presenta al que trabaja con un sistema narrativo es cómo incorporar a una forma ya estructurada algunos elementos que no pertenecen a ella”. O lo que es lo mismo: cómo volver original y distinto, es decir, literario, artístico, un modelo ya existente. Pienso que en las novelas de Juan José Rodríguez el elemento original o artístico que se inserta es no tanto la complejidad psicológica de los personajes ni el retruécano del periplo –más afín al comic que a las novelas literarias–, sino la extraordinaria calidad de la prosa: historias de vampiros y magos gambusinos (guiño al cine de serie b) narradas con un lenguaje elegante y bello que resulta seductor por el contraste que establece con la trama. Lo cual causa posibles equívocos en la apreciación de su obra al grado de que lo primero que cierto sector del público resalta –guiado por las frases mercadotécnicas de las contraportadas– cuando habla de este autor es el entretenimiento que brota de su pluma y no la delicadeza del lenguaje. Equívoco que, por cierto, el propio Rodríguez parece interesado en mantener ya que en eso consiste –creo– su apuesta literaria.
Ahora bien, después de seis novelas publicadas (todas de la misma índole) y de haber consumado un estilo y una concepción del ejercicio narrativo identificable, considero que el mayor reto que tendría Juan José es crear una novela que no se sostenga gracias a esquemas narrativos preestablecidos; una novela que se levante únicamente por la complejidad psicológica de los personajes, la experimentación formal y una mayor confianza en la urdimbre lingüística, que es su verdadero capital literario. Imagino, por ejemplo, una narración que, para no abandonar el escenario mazatleco, cuente la vida fútil de un vendedor de pescado y que, pese a la carencia de eventos llamativos, resulte apasionante, profundamente humana. En ese tipo de historias yace el verdadero reto de la literatura.
 
***

La imagen de Mazatlán que proyecta la totalidad de las novelas de Juan José Rodríguez es un alucinante y distorsionado fresco tropical donde conviven detectives, narcotraficantes, piratas, magos, contrabandistas, forasteros misteriosos, vampiros: un Mazatlán que no existe y que por eso mismo es fascinante. Nunca ha estado en las intenciones de este autor crear una novela que, como La región más transparente de Carlos Fuentes con la Ciudad de México, se proponga reflejar la totalidad caleidoscópica de su espacio urbano nativo.
               ¿Hay una novela cuyo protagonista sea Mazatlán mismo? La respuesta es sí, se titula Patasaladas (Ediciones Sin Nombre, 2004) y su artífice es Juan Esmerio (Mazatlán, 1965), autor también de varios libros de cuento y de poesía. Se trata de una novela compuesta por breves capítulos que, protagonizados por distintos personajes, no necesariamente están unidos entre sí, lo cual produce un efecto coral que me recuerda la estrategia utilizada en libros como La feria de Juan José Arreola y, precisamente, La región más transparente de Fuentes, donde para dar vida a las múltiples realidades de una población se echa mano de pequeños fragmentos –casi estampas– que retratan momentos inconexos que, de manera global, se leen como una totalidad orgánica, palpitante. Por ello Patasaladas no tiene un argumento unívoco ni una estructura lineal (el final es tan sorpresivo, sugerente e independiente como el principio), lo cual la convierte en una novela moderna y arriesgada. 

          Sin embargo, pensándolo mejor y uniendo los cabos sueltos de la narración, se podría identificar en Patasaladas una historia que bien sirve de hilo conductor: los periplos ordinarios de un adolescente que constantemente funge como narrador, un humilde joven apasionado por la playa, las albercas, las turistas extranjeras y la pesca. Testigo y actor un tanto pasivo de una realidad que gira en torno a la costa mazatleca, este personaje se ve envuelto por el influjo de un ambiente complejo donde convergen intereses y figuras de diversa índole: trabajadores, pandilleros, pescadores, taxistas, empresarios. Forzando un poco la interpretación, no resulta tan descabellado aventurar la idea de que este joven es el símbolo de Mazatlán: despojado en su niñez, junto con su familia, de su hogar privilegiado cerca del mar, tiene que asentarse en los suburbios para dejar paso a los establecimientos de los ricos: su historia es la historia reciente de ciertas zonas de la ciudad, convertidas ahora en lujosos hoteles, campos de golf, clubes de yates…
            Se me ocurre pensar que si existe una larga tradición de literatura marítima (Melville, Conrad, Hemingway…), hay, por el contrario, una pequeña o casi nula literatura playera. En este sentido, Patasaladas merece un lugar de honor dentro de esta hipotética tradición. Pocos libros huelen tanto a brisa, arena y bloqueadores solares con aroma de coco como el de Esmerio, quien a cada momento demuestra su conocimiento diríase enciclopédico en materia de trajes de baño, moluscos comestibles, mareas, peces, aves, albercas, turistas, buceo… Leer esta novela como un manual de uso playero…
          Pero no sólo eso: Patasaladas es, ante todo, un festín lingüístico. Yo no he leído los dos libros de poesía de Esmerio (Mantarraya e Islas de mar y río), pero al sumergirme en las páginas de su novela me di cuenta de que estaba frente a un prosista que viene de la lírica. A cada momento, mezcladas con indiferencia entre la narración, uno encuentra imágenes deslumbrantes y descripciones estupendas. Abro el libro y copio dos, que encuentro al azar: un buzo ve un pulpo y el narrador dice: “La bestezuela extendía, opulenta, sus tentáculos en la piedra como un sultán su abultado cuerpo sobre la alfombra” (p. 20); unos pescadores tiran sus cuerdas al mar y quedan, según Esmerio, “umbilicados al agua por ese tramo de piola que bien podría servir para atar la eternidad” (p. 43). No cito más porque esas frases son multitud como los caracoles marinos que tapizan las rocas de la costa que en el libro se describen.
            Por todo lo anterior, me extraña que la obra de Juan Esmerio no sea muy conocida fuera de la región noroeste del país. Es cierto que no se trata de literatura complaciente ni comercial ­–en ocasiones su prosa, de tintes barrocos, se torna compleja por el lenguaje exuberante, los enormes paréntesis, las digresiones de más de dos páginas–, pero por eso mismo debería tener un lugar más visible dentro del canon mexicano, al lado de escritores como Daniel Sada, con quien, por cierto, comparte varios rasgos estilísticos.

***
           
Para quienes no lo sepan, es hora de anunciarlo: mi más ambicioso proyecto literario consiste en la escritura de un libro de ensayos que aborden el tema del drenaje y las aguas negras desde una perspectiva histórica, literaria y artística. Ya tengo un par de textos redactados y considero que mi investigación se encuentra bastante avanzada. Sin embargo, desde que tuve la idea del proyecto, no he dejado de buscar en mi interior una explicación que justifique el interés quizá mórbido que tengo por los albañales y la suciedad. Hoy, después de redactar estos apuntes mazatlecos, descubro que un antecedente importante se encuentra en uno de mis pasatiempos favoritos de la niñez:
                 Recuerdo que mi hermano y yo, acompañados de otros niños, bajábamos del cerro donde vivíamos en el Callejón del Sapo y nos dirigíamos al mar. La Playa de los Pinitos era la más cercana pero ahí casi no había olas, por lo cual nos aburría ese pedazo de agua que parecía alberca. En la Playa Norte definitivamente no podíamos nadar porque estaba llena de lanchas de pescadores. Por eso caminábamos por el malecón hacia el norte y elegíamos la playa que está bajo el monumento llamado Los Monos Bichis. Ese tramo de playa, justo donde comienza la bahía más grande de la ciudad, es conocido por los lugareños con el bucólico nombre de El Cagadazo, porque en décadas anteriores ahí desembocaba una enorme tubería del drenaje. Recuerdo con nostalgia esas alegres tardes en El Cagadazo, nadando y preguntándome a dónde iba ahora toda el agua contaminada de Mazatlán. Y es que en el puerto, como en todas las ciudades del mundo, el problema de las aguas negras ha sido un verdadero dolor de cabeza para sus habitantes.

               En Grandeza mazatleca, ese accesible libro de historia escrito por Mario Martini que curiosamente se vendía en las farmacias de Mazatlán, se lee que en el siglo XIX, a partir de que el puerto fue abierto para la navegación internacional y el contrabando de metales preciosos se convirtió en una actividad floreciente, la ciudad comenzó a crecer con exceso y, consecuentemente, se padecieron numerosos problemas urbanos:

Era de esperarse –dice Martini– que aquel impresionante auge de la economía regional prohijara el crecimiento anárquico, descuidado y geométrico de una población a la que cada día le resultaba más costoso y difícil instalar servicios públicos elementales: había que traer el agua desde el río Presidio; construir un complejo sistema de drenaje para bombear hacia el océano los ríos de aguas negras que corrían sobre las calles; y ganar terrenos al mar, lagunas, esteros y marismas para construir viviendas, muelles y casas comerciales.

Me impresiona la frase “bombear hacia el océano los ríos de aguas negras que corrían sobre las calles”. Pero la pesadilla pestilente apenas comenzaba. Apunta Martini:

En medio de esa anarquía, el 4 de mayo de 1890 se echó a volar el sueño de la gran ciudad: llegó al puerto el agua entubada, una maravilla técnica que eclipsó el asunto del drenaje. Embriagados por una obra de tal envergadura, los constructores pasaron por alto que al aumentar el consumo de agua se incrementaría directa y proporcionalmente el volumen de aguas negras.
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La bahía

Ese siglo y todavía parte del XX estuvieron marcados por las llagas de los azotes epidemiológicos. La insalubridad de las omnipresentes heces, radicalizada por las altas temperaturas del ambiente, atrajo al cólera morbus, la tifoidea, el paludismo, los múltiples trastornos intestinales y la fiebre amarilla, que cuenta entre sus víctimas más famosas a la célebre cantante de ópera Ángela Peralta, quien antes de fallecer en Mazatlán (1883) había conquistado los más reputados escenarios europeos. Sea como sea, más de un siglo ha pasado y el problema del drenaje continua. ¿A dónde si no es al mar desemboca la podredumbre mazatleca, enfermando a los peces y a los bañistas? Los únicos que cambian son los métodos de expulsión: ahora se utilizan grandes ductos subterráneos que terminan lejos de la vista de los turistas y de las playas más concurridas.
                  Mi fotografía favorita entre las que se pueden ver en el libro de Martini es la que, en blanco y negro, muestra, en Olas Altas, a dos hombres con sombreros que cargan entre ambos un pesado barril que llevan hacia la playa. El pie de foto dice: “Al incrementarse el consumo de agua potable se duplicaron las descargas de aguas negras. A falta de drenaje, los mayates siguieron arrojando el excremento al mar”.
                    La historia es la de siempre: ensuciamos lo que más amamos, esa imponente y sublime masa acuática creadora de los más sorprendentes leviatanes acerca de la cual José Gorostiza dijo:

A veces me dan ganas de llorar,
pero las suple el mar.

      

domingo, 28 de junio de 2015

Novo, Leduc y las huellas imposibles del shandysmo en México

(Publicado en Este país)

Además de haber sido estupendos poetas y prosistas que, según la opinión maliciosa de muchos, desperdiciaron su vida y talento en el periodismo, Salvador Novo y Renato Leduc tienen en común el haber sido los únicos escritores mexicanos que estuvieron relativamente cerca de formar parte de la internacional conjura shandy que cobijó en Europa, entre 1924 y 1927, a un selecto grupo de artistas autodenominados “portátiles”, entre los que se encontraban, por citar sólo algunos nombres, Marcel Duchamp, César Vallejo, Walter Benjamin, Georgia O’Keeffe, Salvador Dalí, Jorge Luis Borges, Aleister Crowley y Cyril Connolly.

Ambos reunieron en sus personas y en sus obras los requisitos necesarios para ingresar a la sociedad secreta shandy,[1]pero ninguno estuvo en el lugar adecuado ni en el momento preciso. Es imposible calibrar las consecuencias que hubiera tenido para el desarrollo de las letras mexicanas el que cuando menos uno de ellos militara en la revolucionaria conjura o que, como mínimo, fuera un fiel epiloguista de la misma; seguramente nuestra literatura habría evolucionado de manera similar a la argentina, la cual, según afirma Graciela Speranza en su libro Fuera de campo: Literatura y arte argentinos después de Duchamp, tomó un rumbo vanguardista y excéntrico dentro del ámbito latinoamericano gracias a que en ese país vivieron tres artistas shandys: Borges, Duchamp (entre 1918 y 1919) y Witold Gombrowicz (de 1939 a 1963).

¿Por qué los mexicanos no lo lograron? Las razones son tan abismalmente banales como pueden ser el hecho de embarcarse en el océano Pacífico en lugar del Atlántico (en el caso de Novo), y el hecho —típicamente mexicano— de llegar tarde a una ciudad y, además, arruinar las cosas tanto por un idiota arranque de homofobia como por una broma inocente que fue demasiado lejos (el caso de Leduc). Las siguientes líneas son un breve recuento de esos acontecimientos.

salvador novo
Salvador Novo

Salvador Novo, que en 1927 tenía veintitrés años y ya conocía las obras de algunos conjurados (en la revista Contemporáneos se publicaban a menudo traducciones de los shandys), tuvo la intención, la oportunidad y los medios necesarios para embarcarse hacia el viejo continente y coincidir con ellos. De hecho, a finales de 1926, recibió una carta de Jean Cocteau en la que éste lo invitaba personalmente a formar parte de la conjura que en ese momento se congregaba en Praga. El joven Salvador respondió con una breve misiva en la que se comprometía a partir en marzo de 1927 a Europa para encontrarse con él.[2]Sin embargo, debido a un extravagante compromiso burocrático, Novo salió del país ese mismo año con un rumbo diametralmente opuesto: se dirigió en tren a San Francisco y ahí tomó un barco a Hawái junto con un equipo de la Secretaría de Educación Pública que iba a representar a México en un congreso tropical en Honolulu (de ese viaje resultó, por cierto, su segundo y delgado libro titulado Return ticket, una verdadera joya de ingenio, frivolidad e inteligencia que, irónicamente, hubiera sido la delicia de los shandys si la hubieran leído). En este caso, como en muchos otros a lo largo de su vida, la perdición de Novo fue estar demasiado atado a los compromisos institucionales que le imponía el gobierno mexicano, los cuales lo arruinaron como artista y como personaje público respetable.

Jean Cocteau a 25 ans lorsque la Première Guerre Mondiale éclate ...
Jean Cocteau

Como en diciembre de 1927 se disolvió para siempre la conjura shandy, Novo perdió la oportunidad de sumarse a sus filas, lo cual es una verdadera lástima porque él más que nadie hubiera encajado a la perfección en la sociedad secreta. Contaba con todo lo necesario: desde muy joven fue un lector cosmopolita; su obra literaria se caracteriza por ser ligera y transportable (fue un gran escritor de relatos de viajes); demostró ser un insolente y un provocador nato; practicó una de las sexualidades más extremas de la primera mitad del siglo XX en México (entre otros gustos, era aficionado al coito con choferes de autobuses, gremio del que, por cierto, redactaba la revista El chafirete); permaneció siempre en la más intachable y desahogada de las solterías…

Por su parte, la relación entre Leduc y el shandysmo fue, aunque anacrónica, más compleja y comprometedora: hizo y deshizo un par de matrimonios. Él, que en los años veinte, a diferencia de Novo, desconocía casi por completo la existencia de los portátiles (su lamentable ignorancia se debía a la aversión que le profesaba a los Contemporáneos y a su revista, que por aquellos años publicaba en México, como ya dije, algunas obras shandys), se embarcó en 1929 con rumbo a París en unas vacaciones que le cambiaron la vida, pues fue entonces cuando escuchó por primera vez, en un café del Barrio Latino, que apenas hacía poco más de un año se había disuelto una sociedad secreta de artistas y poetas cuyos votos inviolables eran la sexualidad extrema y la soltería. Esto último llamó mucho su atención, ya que desde meses atrás se sentía atormentado y arrepentido por haberle prometido a una joven de Chihuahua que se casaría con ella después de que él terminara la licenciatura en Derecho, carrera que le aburría tanto que durante las clases, en lugar de poner atención a los maestros, se entretenía escribiendo poemas satíricos (quizá por ellos su primer libro se titula El aula). Era natural que cualquier cosa que predicara en contra del matrimonio y a favor de la promiscuidad cautivara su interés.
Renato Leduc retratado por Fernando Leal

Aguijoneado por lo que acababa de escuchar, durante sus breves vacaciones se dedicó a informarse lo más que pudo acerca de la desaparecida conjura de los solteros, de la cual, por ser muy reciente, se hablaba con frecuencia en los bares parisinos. En una de sus indagaciones, escuchó a un sujeto que decía haber sido un conjurado afirmar que un verdadero shandy era “una persona célibe, imposible, gratuita y delirante, es decir: un artista portátil, o, lo que es lo mismo, alguien a quien uno puede llevar tranquilamente a cualquier parte”. Esas palabras se le quedaron grabadas en el corazón a Renato y, a partir de ese momento, tuvo la firme determinación de vivir el resto de sus días como uno de esos misteriosos artistas portátiles, cosa que no se le dificultó: desde muy joven él había sido alguien a quien se podía transportar tranquilamente a cualquier lugar sin necesidad de pedir permiso ni hacer preparativos para el viaje. Basta revisar su biografía y comprobar cómo un día de 1914, siendo todavía un adolescente, se fue intempestivamente, sin avisarle a su madre, con el ejército mexicano a Veracruz a prestar sus servicios de telegrafista durante la invasión norteamericana al puerto; o cómo se sumó sin vacilaciones a las fuerzas de la División del Norte y anduvo de un lado a otro con los revolucionarios; o, para no ir más lejos, cómo había llegado a París en esas vacaciones que le salieron como de sorpresa después de haber ganado un dinero imprevisto…

Inspirado por su descubrimiento shandy, lo primero que hizo Leduc al regresar de Europa fue enfriar las relaciones con su prometida de Chihuahua. Asimismo, parapetado en su recién adquirido celibato y renunciando a los grandes propósitos, abandonó la carrera de Leyes (de haberse graduado hubiera tenido una carrera política importante pues sus condiscípulos y amigos fueron, ni más ni menos, Miguel Alemán y Adolfo López Mateos) y se dedicó en la Ciudad de México a realizar seis inocuas actividades: escribir poemas obscenos e insolentes, deambular por las calles, cotorrear en las cantinas, ir a las corridas de toros, visitar a las prostitutas y trabajar por las mañanas en la Secretaría de Hacienda, donde un buen día de 1934 un funcionario le ofreció la oportunidad de regresar a París, pero no como turista sino a laborar como burócrata de bajo rango en el consulado mexicano, ofrecimiento que aceptó inmediatamente, aun antes de que el funcionario terminara de hablar. Así, semanas después de escuchar la propuesta de trabajo, Renato se encontraba de nuevo embarcado con rumbo a Europa, con la firme convicción de llevar una vida shandy en la ciudad más shandy del mundo.

Leduc permaneció felizmente en París diez años, hospedado en un hotelito llamado Saint Pierre y haciendo básicamente lo miso que hacía en México: solo cambió las corridas de toros por unas visitas asiduas al zoológico, las cuales lo inspiraron para escribir uno de sus mejores poemas: “Epístola a una dama que nunca en su vida conoció los elefantes”. La Ciudad Luz fue para Leduc un verdadero paraíso desbordante de turistas nórdicas y placeres gastronómicos, un centro de operaciones ideal para la alegre futilidad que tanto le gustaba. De hecho, como él mismo confesó, fueron únicamente las circunstancias históricas las que lo obligaron a irse de ahí: “de no haber mediado la ocupación alemana en Francia, juro que me habría quedado a vivir en París el resto de mis días…”.

Pues bien, de esa década parisina datan los verdaderos encuentros y desencuentros de Leduc con el shandysmo, movimiento que, pese a estar extinto desde 1927, contaba aún con numerosos epígonos y grupos de amigos que se reunían alrededor de algunos veteranos de la conjura para emular a los shandys. Aproximadamente a mediados de 1937, es decir, tres años después de su llegada a la ciudad, recordando que un artista portátil debía profesar simpatía por la negritud, Renato comenzó a visitar el cabaret de Eduardo Castellanos, un negro caribeño que ponía música cubana para ambientar a sus clientes. Dicho tugurio se encontraba en la rue de la Fontaine, precisamente en el sótano del edificio donde vivía el exshandy André Breton, a quien Leduc le pidió una noche cerillos para encender un cigarro. Breton, que según Renato “era un tipo alto y corpulento, de melena y extremadamente inteligente que, no obstante, se sorprendía de cualquier cosa y por momentos parecía ser un muchacho”, de inmediato sintió simpatía por ese mexicano que, una vez encendido su tabaco, comenzó a relatarle con mucha gracia cierta anécdota casi surrealista de cuando Pancho Villa, rodeado de jinetes sanguinarios que bebían tequila e inhalaban pólvora directamente de sus pistolas como si fuera cocaína, prendió un habano con la mecha de una carga de dinamita que segundos después destruiría un puente ferroviario. Fascinado por lo que acaba de escuchar, Breton decidió a invitar al mexicano a las fiestas que celebraba el grupo de los surrealistas, donde, entre otras personalidades, Renato pudo conocer a Benjamin Peret, Remedios Varo, Max Ernst, Pablo Picasso y Leonora Carrington.

Andre Breton
Breton

Fue en una de esas fiestas donde sucedió algo desastroso para las pretensiones shandys de Leduc. Estaban todos reunidos en casa de Peret. Picasso y Renato se encontraban ligeramente apartados de los demás, cerca de un balcón, platicando acerca de los murales de Diego Rivera. De repente, Breton, que por esos días ya estaba planeando su posteriormente célebre viaje a México, se acercó y quiso de buena voluntad intervenir en la conversación sobre artistas mexicanos diciendo que él, por unas charlas que había tenido con Jean Cocteau, deseaba conocer a un escritor llamado Salvador Novo y a sus amigos los Contemporáneos. Al escuchar eso, Renato, que había bebido algunos coñacs de más, le contestó lo siguiente creyendo estar emitiendo un comentario simpático:

—Carajo, André, no sabía que usted estuviera interesado en la mariconería. Desconozco si es su amigo de verdad, pero le recomiendo que evite el contacto con ese Cocteau que lo empuja a visitar a los culos más hospitalarios de mi país, no vaya a ser que usted, irónicamente, se contagie en México de un vicio que nosotros consideramos típicamente francés.

Aunque todos en la fiesta escucharon las agresivas palabras de Renato, nadie, por evitar una gresca, dijo nada. Dejaron pasar el incidente homofóbico pero, en compensación, se alejaron del mexicano y lo reprobaron en silencio, lo cual era predecible pues una de las características que siempre marcó a los shandys —a quienes todos ahí trataban de imitar— fue una gran simpatía por quienes practicaban sexualidades no heteronormativas como Duchamp, que gustaba disfrazarse de mujer bajo el nombre de Rose Sélavy, o como Gombrowicz, quien años después espiaría excitado a los jóvenes y musculosos marineros argentinos, o como el mismísimo Cocteau, que era abiertamente homosexual. Renato había hecho el ridículo.

Rrose Selavy alias Marcel Duchamp
Duchamp como Rose Sélavy

Y es que el mayor defecto que tuvo Leduc fue la homofobia, que no solo se manifestó en su vida personal sino que eclosionó también en su literatura, llegando a ensuciar su reputación de buen escritor. A propósito, comenta Enrique Serna: “de los textos reunidos en su Obra literaria, solo uno de ellos huele a rancio, la cuasi novela Los Banquetes, donde hace gala de una homofobia tan visceral que llega a resultar sospechosa. Al parecer, en los años treinta Leduc se sintió amenazado por el predominio de los homosexuales en la vida cultural mexicana y creyó necesario escribir un AntiCorydon que en pleno siglo XXI se lee como una curiosidad arqueológica”.

Si en París, por el comentario de la fiesta, había quedado como un tonto, por fortuna para él, cuando tiempo después regresó a México, el defecto de su homofobia dejó de contar como tal, pues en este país, a mediados del siglo XX, sobraban los idiotas que incluso celebraban sus bromas y comentarios discriminatorios. Sea como fuere, hoy ocurre un fenómeno inverso en el que muchos lectores, al enterarse de la homofobia del escritor, lo arrojan vengativamente al cadalso del olvido, con lo cual quienes salen perdiendo son los verdugos puesto que renuncian a la oportunidad de poder disfrutar algunos de los textos más sabrosos y antisolemnes de la literatura mexicana, como el excelentemente obsceno poema Prometeo sifilítico o los ensayos recopilados en ese breve y bello libro que es Historia de lo inmediato, de donde los jóvenes prosistas de la actualidad pueden tomar una inigualable lección de cómo la labor venal del periodismo puede convertirse, con un poco de amor y entrega al oficio, en la mejor y más literaria de las escrituras ensayísticas…

Además, condenar al olvido a la figura de Renato Leduc por su homofobia solo es posible con el costo elevadísimo que implica borrar a uno de los personajes más interesantes y divertidos de la centuria pasada en México. Porque él, como pocos, tuvo el talento necesario para convertirse a sí mismo en un personaje novelesco, talento que, por cierto, tiene mucho del impulso vanguardista que busca destruir las fronteras que separan artificialmente arte y vida. Hay que leer, para tener una idea cabal de lo anterior, las conversaciones autobiográficas que sostuvo con José Ramón Garmabella y que fueron publicadas con el título de Renato por Leduc: Apuntes de una vida singular. Ese libro es la novela que Renato nunca pudo escribir porque se dedicó a vivirla, una narración detallada y divertida de su longeva vida que, por momentos, adquiere tonos de ficción de espionaje, libro de Historia, crónica deportiva, ensayo literario, biografía descarnada y declaración sin culpas de un gran gusto por la vida, la amistad y la poesía.

Es precisamente en ese libro conversacional donde se consiga el segundo incidente que hizo que los admiradores de los shandys se enojaran definitivamente con Renato. Resulta que en los días en que París se encontraba tomada por los nazis, Leduc iba platicando con una amiga suya que se llamaba Herminia por la avenida Kleber que va desde el Arco del Triunfo hasta Trocadero. Fue ahí cuando vio a lo lejos unas motocicletas alemanas que se acercaban custodiando a un automóvil descubierto. Entonces él, que siempre fue un bromista irresponsable, pensó que si saludaba a la escolta con un “Heil Hitler”, su amiga se desconcertaría y se reiría. Lo hizo: alzó el brazo derecho y con insolencia gritó. La consecuencia inesperada fue que las motocicletas y el automóvil se detuvieron. Del asiento del vehículo se levantó un hombre que resultó ser Hitler en persona, quien respondió al saludo de Renato con las mismas palabras e inmediatamente siguió su escoltado camino. Efectivamente, Herminia se desconcertó, pero en lugar de reírse abofeteó a su amigo. Cuenta Leduc: “Traté, en vano, de explicarle que yo no sabía que ese tipo era Hitler y que, si lo había saludado, era únicamente por cabrón pues, al igual que ella, también yo odiaba a los nazis… Empero, furiosa como estaba, mi amiga no solo no entendió razones, sino que se echó a correr calle abajo dejándome con un palmo en las narices”. Sin embargo, las cosas no acabaron ahí, sino que Renato tuvo la pésima suerte de que en ese momento pasaran por la calle Breton, Max Ernst y Leonora Carrington, quienes no podían creer lo que veían. Se acercaron a él y le reprocharon con desdén: “Es usted un fascista. Le pedimos por favor que de ahora en adelante se evite la molestia de hablarnos porque nosotros no le responderemos el saludo”, y también se fueron calle abajo.

Hitler visite Paris le 28 juin 1940 au petit matin ©Heinrich HOFFMANN ...
Hitler en París

En realidad se trataba de una sentencia falsa, como a continuación podrá verse: cuando la situación en Francia, por la ocupación nazi, se volvió irrespirable, mucha gente huyó a España con la intención de después pasar a Lisboa y ahí embarcarse a América. Coincidencias curiosas, en Lisboa, Renato encontró a Carrington, quien le contó, un poco desesperada, sus desgracias: había estado internada en un manicomio de Santander porque unos bombardeos que presenció en Inglaterra la pusieron en un estado de crisis nerviosa y, para complicar las cosas, su visa estaba vencida, por lo cual las autoridades portuguesas la urgían a que regresara a Francia o a Inglaterra. En fin, para abreviar los acontecimientos, Leduc y Leonora terminaron casándose en la capital lusa para regularizar la situación migratoria de la pintora y así poder salir del continente lo más rápido posible, propósito que lograron a bordo de un barquito llamado Exeter, donde viajaron hacia Nueva York “amontonados como sardinas”. Algo cercano a una luna de miel.

Leonora Carrington

Es irónico que la aventura soltera de Renato en Europa terminara de esa manera. Sin embargo, no fue esa una verdadera renuncia al celibato shandy porque, como ambos cónyuges afirmaron varias veces, se trató de un matrimonio realizado con fines meramente prácticos que, además, duró solo un año. Por su parte, Leduc permaneció el resto de vida tan fiel a sus principios solteros que en una ocasión, cuando su gran amiga María Félix le propuso casarse con ella, él le dijo que no, que muchas gracias, que, como Bartleby el escribiente, preferiría no hacerlo: “como eso del matrimonio está del carajo y el enamorarse en serio es de la chingada, prefiero no hacer ninguna de las dos cosas para no tener que fletarme”.

Pero regresando al momento preciso en que Leduc llegó otra vez a México, es preciso anotar que lo hizo desempleado y en una situación económica crítica que solo pudo solucionar metiéndose a trabajar como columnista en el periódico Excélsior. A partir de ese momento, el periodismo se convirtió en su forma de vida, en un oficio sin descanso que le proporcionó sustento monetario, la posibilidad de viajar a muchas partes del mundo como representante mexicano del gremio y, algo totalmente insospechado, el medio ideal para convertirse en un escritor genuinamente portátil, pues durante décadas su obra se transportó, ligera, bajo el brazo de miles de lectores que compraban los diarios con la intención de leer la popular columna de Renato, el mexicano que coqueteó con la sombra enloquecida del shandysmo y se casó fugazmente con ella.



Bibliografía
Bradu, Fabienne, André Breton en México. México: Fondo de Cultura Económica, 2012.
Garmabella, José Ramón, Renato por Leduc: Apuntes de una vida singular. México: Ediciones Océano, 1983.
Leduc, Renato, Obra literaria. Selección de Edith Negrín y prólogo de Carlos Monsiváis. México: Fondo de Cultura Económica, 2000.
Monsiváis, Carlos, Salvador Novo: Lo marginal en el centro. México: Editorial ERA, 2004.
Novo, Salvador, Viajes y ensayos I. Selección e introducción de Sergio González Rodríguez y Antonio Saborit. México: Fondo de Cultura Económica, 1996.
Schneider, Luis Mario, “El affaire Jean y Salvador”, en Epistolarios mexicanos del siglo XX. Selección de Evodio Escalante, Hernán Lara Zavala y Federico Patán. México: UNAM, 2001.
Serna, Enrique, “Renato Leduc: el pase del desdén”, en www.letraslibres.com/revista/tertulia/renato-leduc-el-pase-del-desden.
Speranza, Graciela, Fuera de campo: Literatura y arte argentinos después de Duchamp. Barcelona: Anagrama, 2006.
Vila-Matas, Enrique, Historia abreviada de la literatura portátil.Barcelona: Anagrama, 2009.


[1]Enrique Vila-Matas, el más destacado historiador de la conjura, señala en su fundamental y ya clásica Historia abreviada de la literatura portátil que para ser admitido en la sociedad secreta shandy era imprescindible contar con las siguientes características: “funcionar como una máquina soltera” (ser célibe), “que la obra de uno no fuera pesada y cupiera fácilmente en un maletín” (esto incluía la capacidad de transportar a cualquier lugar las cosas necesarias para realizar el trabajo artístico), “tener un alto grado de locura” así como “espíritu innovador, sexualidad extrema, ausencia de grandes propósitos, nomadismo infatigable, tensa convivencia con la figura del doble, simpatía por la negritud” y el talento necesario para “cultivar el arte de la insolencia”. Fuera de esas exigencias, cualquier artista podía ser un shandy, siempre y cuando mantuviera en silencio su filiación.

[2]De la interesante correspondencia que mantuvieron Cocteau y Novo nos informa Luis Mario Schneider en su artículo “El affaire Jean y Salvador”, donde apunta que el intercambio de cartas entre ambos comenzó cuando el grupo de teatro Ulises, patrocinado por Antonieta Rivas Mercado y conformado por varios miembros del grupo de los Contemporáneos, deseaba poner en escena algunas obras de Cocteau. Novo se propuso, pese a no escribir muy bien en francés –siempre prefirió la lengua inglesa–, comunicarse postalmente con el dramaturgo, quien le contestó con amabilidad y apoyó en todo lo que pudo a las representaciones teatrales mexicanas, de las cuales siempre procuró mantenerse informado, como hace constar el siguiente pasaje de su libro Opium donde relata algunas vicisitudes misteriosas: “Se representaba Orfeo en español, en México. Un terremoto interrumpió la escena de las bacantes, demolió el teatro e hirió a algunas personas. Una vez reconstruido el teatro, vuelven a representar Orfeo. De repente, el regidor anuncia que el espectáculo no puede continuar. El actor que representa a Orfeo, antes de volver a salir del espejo, había caído muerto entre bastidores”.