martes, 26 de febrero de 2019

El síndrome Baudelaire


Dicho síndrome tiene su origen en el poema en prosa “Los ojos de los pobres”, que Baudelaire publicó en la Revue Nationale de París el 10 de junio de 1863. Con unos cuantos trazos magistrales y amargos describe, quizá por primera vez en la historia de la literatura, la sensación de vergüenza e incomodidad moral que surge en quienes disfrutamos ciertos placeres frente a personas que, por diferencias de clase social, no pueden hacerlo y cuya sola presencia es un recordatorio incómodo y acusador de nuestra posible complicidad en la desigualdad del mundo. El narrador cuenta cómo se encontraba con su amada en un lujoso y recién estrenado café parisino (esos años fueron los que vieron surgir en esa ciudad la cultura de los cafés, las tiendas y los bulevares). La iluminación de gas –aún no había electricidad en las ciudades– provocaba un ambiente rutilante, casi fantástico: “las paredes, cegadoras de blancura, las deslumbrantes superficies de los espejos, los oros de las medias cañas y de las cornisas”. La decoración, sobrecargada de pinturas cursis, grabados y tejidos de dudoso gusto, ponía “toda la historia y toda la mitología al servicio de la glotonería”. Ambiente de exquisitez comercial que de pronto se eclipsó por la aparición contrastante “de un hombre de unos cuarenta años, el rostro cansado, la barba grisácea, llevando de una mano a niño y sosteniendo con la otra a un pequeño ser demasiado débil para caminar”. Los tres personajes iban andrajosos y expresaban con la mirada el hambre de sus organismos. El narrador dice: “No sólo me había enternecido ante aquella familia de ojos, sino que además sentía cierta vergüenza por nuestros vasos y garrafas, mayores que nuestra sed”. A continuación busca en su amada una mirada de empatía y compasión hacia los recién llegados, pero ella, indignada, exclama: “¡Esa gente me resulta insoportable, con sus ojos abiertos como puertas de cochera! ¿No podrías rogar al dueño del café que los apartase de aquí?”
            Lo más interesante del poema es la manera sintética y sensual con que presenta las contradicciones psicológicas típicamente urbanas de la sociedad capitalista. Si en 1862 apareció la gigantesca novela Los miserables de Víctor Hugo, y si el primer mamotreto de El capital de Marx se editó en 1867 (libros pioneros y fundamentales para entender el fenómeno de la desigualdad a partir del siglo XIX), a Baudelaire le bastó publicar en 1863 un poema de dos páginas para inaugurar un tipo indispensable de mirada con la cual acercarse a la realidad que lo rodeaba. La mirada del artista. Una mirada sensible a las contradicciones de la belleza moderna. Porque el artista, tal y como lo encarna Baudelaire, se encuentra embelesado por la iluminación, la novedad rutilante de los cafés, el lujo, los placeres, los grandes espectáculos, las pinturas de los salones, la música, las drogas, la poesía, los armoniosos cuerpos humanos. Pero también –y eso lo diferencia del resto de la burguesía y pequeña burguesía– se siente fascinado, perturbado y adolorido por la miseria humana que, en ese caso, tiene características específicas: la producida por el nacimiento de la sociedad capitalista e industrial en las ciudades modernas, la miseria de los indigentes, los proletarios, los criminales, los habitantes de zonas periféricas. El artista baudeleriano sabe ver el dolor, dejarse invadir por él, mancharse con el fango del macadam y encontrar en ello una belleza terrible, en ocasiones insoportable y, por eso mismo, urgente de expresar. Sin embargo, su tragedia consiste en que no puede comunicarle a la persona que ama su paradoja emocional, su mayor tesoro como artista, porque ella no está dispuesta a escucharlo.
            En mi interpretación personal del poema, identifico a la figura de la amada con la del público. Tanto en su obra como en su biografía, Baudelaire mantuvo con ambas una compleja relación de deseo, necesidad, subordinación, incomprensión y desprecio. Amante de las prostitutas, dependía de su sensualidad, sus voces y su cariño para sentirse bien, pero ellas no lo entendían y al final él las despreciaba. Era igual con su madre, quien quedó viuda y se casó con un coronel aristocrático. Baudelaire, necesitado de protección y amor, la buscaba para solucionar sus perpetuos problemas económicos. Ella lo apoyaba pero era incapaz de comprender y validar la vida bohemia de su hijo, lo cual acarreaba discusiones que terminaban en desplantes de rabia por parte del poeta. La misma dinámica ocurría con el público lector. Seducido por el éxito de sus colegas, por la fama y el dinero, Baudelaire anhelaba conquistar la atención de sus contemporáneos. Pero una y otra vez era rechazado, vilipendiado, ninguneado. Su carrera cuenta como uno de los grandes hitos del fracaso literario de todos los tiempo. Baudelaire llegó a ser tan pobre que hubo una temporada en que procuró no moverse por temor a romper su ropa. Basta recordar cómo su candidatura a la Academia fue una y otra vez rechazada, o cómo, cuando por fin pudo publicar Las flores del mal, lo acusaron de indecencia y lo sometieron a un juicio penal. Y es que el público, como las mujeres de su vida, no lo entendían. Cuando él quería hablar de las cosas que lo conmovían, lo mandaban callar.
            Por fortuna para él y para nosotros sus lectores, Baudelaire mantuvo siempre una actitud de beligerancia y orgullo hacia quienes lo despreciaban. Arrojaba sobre sus rostros los despojos de un desprecio aún más corrosivo. Paladinamente decía que no hay mayor estupidez y maldad que las de aquellos que, convencidos de obrar bien, son capaces de aniquilar a otras personas. Si el público, convencido de su bondad, lo acusaba de indecente y poco preparado, él adoptó y cultivó un aire de arrogancia provocadora que al final le granjeó una fama de malvado y maldito que por supuesto lo complacía. Baudelaire podía ser agresivo y soez, pero su superioridad consistía en que jamás lo ocultaba. Se sumergía en esos abismos de oscuridad para alcanzar el autoconocimiento, con la misma intención con que se sumergía en la belleza y el refinamiento. Por ello, con talante propio de un filósofo cínico, era capaz de insultar al público como lo hizo en “El perro y el frasco”, otro de sus famosos poemas en prosa, donde cuenta una escena de caricaturizada agresividad. El narrador se encuentra feliz porque ha comprado un excelente perfume en “la mejor perfumería de la ciudad”. Camina junto con su perro y, deseoso de compartir su reciente adquisición, le da a oler el frasco al animal. La respuesta del can es ladrar a manera de reproche, a lo cual el narrador contesta: “¡Ah¡, miserable perro; si te hubiera ofrecido un paquete de excrementos, lo habrías olfateado con deleite y hasta quizá devorado. De esta suerte, tú mismo, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, al que nunca debe presentársele delicados perfumes que lo exasperen, sino detritus cuidadosamente elegidos”.
            Baudelaire, como buen parisino y sibarita que era, sabía que los perfumes son, en realidad, mezclas de elementos contradictorios, destilados alquímicos de sustancias opuestas que confunden su valencia. Pócimas volátiles donde lo alto y lo bajo, lo floral y lo excrementicio, cohabitan en frascos de deletérea delicia. Como explica Florian Werner…..  La literatura de Baudelaire puede verse como una obra de perfumería. En sus textos siempre hay delicia, elegancia, aristocracia, pero también miseria, podredumbre. Nunca hay un solo elemento en estado puro: ni flores ni mierda. El ejemplo perfecto se encuentra en “Los ojos de los pobres”, donde el lujo y la pobreza colisionan en una epifanía deslumbrantemente moderna. En un primer momento, lo interesante consiste en que lo presentado como fuente de placeres termina avergonzando, mientras que el sufrimiento despierta sentimientos nobles. Pero no sólo eso, sino que la verdadera magia de Baudelaire se encuentra en una segunda vuelta de tuerca, la que lo hace genuinamente moderno, irónico, atroz. Si el narrador se avergüenza de los vasos y garrafas más grandes que su sed, y si tiene una revelación estética y moral gracias al hombre y los niños pobres, todo ese grandioso movimiento del espíritu se resuelve en una conclusión anticlimática, desencantada, desnuda como el colmillo de una bestia rapaz: la expresión insolente y estúpida de la amada. En la exigencia intransigente de ella se cifra todo porque aun cuando él haya tenido una revelación, la palabra definitiva es de la amada, pese a todo el paradójico desprecio que le pueda despertar al narrador (“¿Queréis saber por qué os odio hoy?”, le dice en un arranque de dolorida sinceridad).
            Amar lo que contradice nuestros descubrimientos más íntimos. Amar a alguien estúpido. Amar la fama. Amar la injusticia. Amar a algo o a alguien que es lo opuesto de lo íntimo, lo opuesto a la vocación poética, a la vocación por la cual, por otra parte, moriríamos. Tal es el síndrome Baudelaire.

    

lunes, 25 de febrero de 2019

La lógica de los flujos trasvasados y la salinidad del lago de Texcoco


Cuando se drena un cuerpo de agua, existen tres posibilidades. La primera es que el líquido fluya hacia otro sitio donde, por efecto de la temperatura, termine evaporándose. La segunda es que, al llegar a su nuevo asiento, el agua se infiltre en el subsuelo, nutra a un manto acuífero o se convierta en un manantial que brote en otro lugar. La tercera, que al ser expulsada de su contenedor original, corra hacia otro cuerpo de agua más grande como un río, un lago o hacia el mar. Lo más probable, también, es que sucedan las tres cosas al mismo tiempo. Que en el proceso de ser drenada, el agua se evapore; luego, a lo largo de su recorrido hacia otro cuerpo de líquido más grande (donde al final, irremediablemente, se evaporará), se infiltre en el suelo. En cualquier caso –excepto en el de la evaporación–, el agua siempre arrastra consigo, en su camino hacia cotas cada vez más bajas, todo tipo de materiales sólidos. Así se explican tanto las gigantescas islas de basura en el océano como la salinidad del mar. Ese último fenómeno se debe a que la lluvia, al escurrir por las vertientes de los cerros, los deslava y acarrea sales y minerales que terminan en el océano. Como el agua se evapora y las sales no, al recibir ininterrumpidamente el liquido de los ríos, el mar se vuelve cada día más salado. Lo mismo pasó con el lago de Texcoco. Al estar ubicado en una cuenca endorreica, es decir, sin drenajes naturales, y al encontrarse en un sistema lacustre interconectado donde ocupaba la cota más baja respecto a los otros cuatro lagos, recibía de ellos su agua sobrante y con ésta también las sales, las cuales se sedimentaron, con el paso de los siglos, en su fondo, convirtiendo a sus aguas y sus tierras en poco propicias para la agricultura. Lo cual ha sido el argumento que, a lo largo de los siglos, se ha utilizado para expoliar a campesinos, ejidatarios y pequeños propietarios que viven en el vaso del lago de Texcoco...

martes, 22 de enero de 2019

Zoológico

27 de diciembre, 26 días después de la muerte de mi madre.

Traje al zoológico a la Jana, mi ahijada, de trece años.

En el mariposario, descubrimos que esos insectos viven dos semanas

Las tarántulas, en cambio, viven 20 años

Tú cuántos vivirás, Jana

Mamá tenía 61 años, seis meses y doce días de edad

Spinoza se divertía viendo peleas de tarántulas en cajas

El insecto palo sabe del sosiego porque puede ser aplastado como una varita cualquiera en el bosque

El mandril

El jaguar negro

Los úrsidos

El tapir -gigante-

Todos morirán

La sabiduría del orangután, ni por asomo puedo transmitir la expresión de su rostro, la hermosa tonalidad del pelaje, la abismal tristeza de sus ojos, la tersura lenta de los movimientos, la acariciadora fuerza de sus manos, la estrangulación latente y adormilada en sus dedos.

Una víbora amarilla y blanca, se mueve como la tripa de un monstruo helado, como un río fantástico, como una corriente de sangre fría

La onda china de los pandas gigantes

Imagino -deseo- un zoológico donde una de las reglas para los humanos sea callar. Mostrar nuestro respeto hacia la magnificencia animal

El tigre

El tigre se mostró. Poco hay que decir. Acaso intentar imitarlo en versión humana. Estaba cansado. yo. Él. Algo sé, ahora, de la vida. El tamaño, la grandeza. La delgadez y la fortaleza, la virilidad. Tigre. Esa palabra. El gesto de la jeta: filósofo desengañado. Todo lo conoce de la ferocidad inevitable de la existencia. Saberse el rey y, a la vez, saberse en riesgo, a merced de los rifles, de la destrucción de la selva. Esa es la sabiduría del tigre, el cazador.

Contemplar un tigre es ver una página escrita en un lenguaje de caligrafía incomprensible. Ver una página escrita en árabe. Admirarla sin esperanza ni pretensión de comprenderla.

Andar con el movimiento atigrado de los omóplatos. El tigre, las bielas de sus clavículas.

Una máquina enfundada en piel de tigre.

Ahora mismo


Cuando se está bajo el influjo de la mariguana (como ahora mismo), los mecanismos mentales se vuelven más caóticos y las ideas más irrecuperables. En su estudio sobre los efectos del hachís, Baudelaire llamó rapsódicos a los pensamientos narcotizados. Con ese adjetivo se refería tanto a los relatos compuestos por fragmentos misceláneos, como a la figura del rapsoda, recitador de epopeyas. Una historia contada por alguien que junta retazos de otras historias, tal es lo que sucede en la mente cuando se consume mariguana. Eretismo neuronal. ¿Dónde surgió la idea que ahora me ocupa?, se pregunta, perplejo, el mariguano, y su duda es en el fondo una preocupación por el origen de los pensamientos. Preocupación irresoluble porque ninguna idea, por independiente y disparatada que parezca, surge de la nada sino que es derivación de una previa que a su vez se originó en una anterior surgida de otra y otra: vertiginoso regressus que se remonta al primer impulso mental ocurrido al nacer o incluso antes. Derivaciones y contaminaciones de la primera sinapsis. Se necesitaría una memoria portentosa para llegar a ella, pero si alguien lo lograra se disolvería en su espantosa simpleza, semejante a una cegadora sensación amniótica. Aunque, bien vista, esa idea primordial no es el kilómetro cero de todas las ideas: su origen es previo a su propia existencia, se encuentra en la carga genética heredada de los antepasados, en la paulatina y paciente evolución que todos los seres vivos comparten, en la reminiscencia de los reptiles o en el sustrato ictiológico, en la forma de organización de las bacterias, en reacciones químicas sucedidas hace millones de años en los abismos de mares primitivos. Un pasado remoto que contiene en potencia todo lo que ocurre en la mente humana.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Historias de Lisboa


Antes del cine digital, filmar era desenrollar espirales de celuloide. Tiras de fotogramas nonatos donde el tiempo aún no ha ocurrido. Activarlos durante una fracción temporal de luz, hacer que su breve vida sea la huella de su extinción y volverlos a anudar en otro espiral que será su tumba. Vorágines de tiempo congelado en su nudo oscuro. Remolinos que resucitan al cruzar el haz lumínico del cinematógrafo.
Win Wenders, en Historias de Lisboa, registra el paso del cine analógico al digital. En esa película aparece Friedrich, el falso cineasta que graba con una cámara antigua cuyo funcionamiento es aún manual. Al mismo tiempo, los niños camarógrafos utilizan ya aparatos digitales, o semidigitales, con pantallas en la misma cámara.
Aunque talvez me equivoco. Puede ser que los aparatos que manejan los niños funcionen con pequeños rollos de celuloide en formato de casete. El mismo mecanismo de las cámaras antiguas. No lo sé.
De lo que sí estoy seguro es de que Wenders capta muy bien un momento de transformación de las imágenes cinematográficas en esa película, que en sí misma es un ensayo, una reflexión sobre el arte de hacer cine.
Los niños camarógrafos de Historias de Lisboa.
Quizá he escrito todo esto para decir que estoy saliendo con una chica muy interesante a la que le fascina el cine.
Para decir que ella escribió un ensayo acerca de la mirada infantil de Win Wenders.
El ensayo me gustó.
Ella me gusta.
Es hora de aceptar que mi corazón cambió de lo analógico a lo digital.

Tlatelolco, aquella tarde


Me encargaron un texto sobre el 2 de octubre. Yo nací exactamente treinta años después de lo ocurrido en Tlatelolco. Creo pertenecer, aunque no me guste, a una generación, o mejor dicho a un sector social, poco interesado por el tema. Mis padres tenían diez años en el 68, no lo vivieron en carne propia y, por lo tanto, no me transmitieron la indignación. Además, yo crecí en provincia y nunca, hasta mis dieciocho años, cuando me mudé a la Ciudad de México y me inscribí en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, presencié ninguna marcha conmemorativa. No culpo a la provincia como entelequia: desde luego que en Mazatlán existen sectores que mantienen viva la memoria, pero mi familia no los frecuenta e incluso los rehúye: cuando llegó la hora de inscribirme en la preparatoria, frente a dos de las escuelas públicas disponibles, la Rubén Jaramillo y la José Vasconcelos, mis padres, asustados, eligieron para mí la segunda. Me culpo a mí por la falta de curiosidad, y culpo al ambiente donde me desenvolví. El mismo que, sólo por mencionar dos sucesos ampliamente difundidos, se ha mantenido indiferente ante los hechos del 3 y 4 de mayo de 2006 en Atenco y del 26 de septiembre de 2014 en Ayotzinapa. Pero eso sí: preocupados por el estado de derecho, se jalan los cabellos si los maestros o los electricistas, o cualquier otro sector agraviado: desplazados por megaproyectos, defensores de su territorio, etc., bloquean carreteras exigiendo alguna reivindicación.
            Lo anterior es un lugar común. Lo siento.
            Recomienzo: me invitaron a escribir un texto sobre el 2 de octubre y decidí, en esta ocasión, revisar a Luis González de Alba, el escritor suicida. La personalidad del 68 mexicano que me parece cada día más interesante. Contradictorio, a veces despreciable, hipersexual, solitario, brillante, insolente, joven y viejo, belicoso, disidente y reaccionario, seropositivo, multifacético. Leí uno de sus libros póstumos: Tlatelolco, aquella tarde.

Miedo a hablar



Cinco siglos de soledad en nueve proyectos hidráulicos

Los nueve textos que componen este libro huyen de las temáticas personales. Si acaso hablo de mí, es como sujeto ensayístico frente a una realidad ­–aspectos particulares de la historia hidráulica del Valle de México– que intento comprender, eso sí, de una forma absolutamente personal, no como lo haría un historiador, sino como literato: haciendo uso de juegos librescos, impresiones derivadas de visitas a lugares, soluciones imaginarias respecto a circunstancias y personajes verdaderos, opiniones de aficionado, expresiones de maravilla ante la inverosimilitud de la historia que intento narrar. Ni cuaderno de notas ni diario personal, sólo textos que intentan explicar pequeñas facetas del mundo o, mejor dicho, de la historia y realidad de la Ciudad de México.
            Lo repito: en ningún momento menciono mi pasado familiar, ni mis relaciones amorosas o amistosas, ni mis manías o traumas. Y como no lo hago en el cuerpo propiamente dicho del libro, me permito hacerlo aquí, en este espacio que escribo a manera de prólogo y coloco al comienzo de estas páginas, como si de un rostro o máscara se tratara, con la doble intención de darle personalidad a la obra y de explicarme a mí mismo y al lector las razones, lejanas y a primera vista extrañas, por las cuales decidí embarcarme en este proyecto.
            Quien no quiera asomarse a la caverna fibrosa y coagulada donde laten los motivos ocultos del escritor, obvie el proemio y vaya sin intermediarios al primer ensayo, que trata sobre la vida y obra de Enrico Martínez, matemático graduado en París, cosmógrafo del rey, interprete del Santo Oficio, impresor, astrólogo y encargado de la primera gran obra hidráulica encaminada a secar los lagos de la Cuenca del Valle de México.
            Quien tenga curiosidad, sepa que el principal problema de mi vida es el miedo a hablar. De él se deriva la mayoría de inconvenientes que, tergiversados, mutados y oblicuos, atormentan, de un modo u otro, mi existencia. Obviamente, no nací con tal condición; el entrono la produjo.
Cuando era pequeño, en mi familia campeaba la creencia de que era sano e instructivo prohibir a los niños la participación en las pláticas de los adultos. Recuerdo haber escuchado a mi madre reprobar, con aspavientos jactanciosos, ejemplos contrarios, observados en clanes externos.
Desconozco las consecuencias que semejante ordenanza operó en la psique y la autoestima de mi hermano, o en la de mis primos. Quizá la ignoraron. Recuerdo, de hecho, a uno de ellos intervenir sin descanso en los cónclaves de mayores, valiéndole madres la prohibición.
Es posible que, por subyugación innata a los mandatos superyoicos o encarnizamiento azaroso de la ley familiar sobre mi persona, únicamente yo, de entre todos los pequeños que me rodeaban, haya elevado la censura al puesto de los traumas personales.
El recuerdo es incierto y, aún más, puede tratarse de una ficción. Eran las vacaciones de navidad, yo tenía nueve o diez años y quise participar en una charla presumiblemente seria  que se llevaba a cabo en el comedor de la casa del abuelo paterno. Entonces mi madre me silenció frente a todos, como queriendo dar una lección. Dijo que yo no tenía nada que agregar a la conversación de adultos. Que no sabía nada. Que permaneciera ahí, si así lo quería, pero no hablara.
Petrificado, me mantuve de pie y simulé prestar atención a lo que se decía –la plática, como es lógico, no se detuvo por el incidente. Sin embargo, mis pensamientos habían caído ya en las aguas del ridículo mientras el yate de la reunión se alejaba, primero con lentitud soñolienta, luego con rapidez desconcertante, hacia el horizonte.
Desde entonces me encuentro varado en un piélago de silencio. A veces, una embarcación pasa cerca y yo intento platicar, pero entre el sonido de las olas y lo alto de la obra muerta de los barcos, mi voz no es escuchada. 
No comprendo a los escritores lenguaraces. Si para ellos hablar no implica ninguna dificultad, la literatura se vuelve exceso. En cambio yo la utilizo como única vía de comunicación. Escribir para decir lo que en la vida cotidiana no puedo.

El recuerdo es incierto. Muy probablemente ocurrió en casa de mi abuelo, en el Distrito Federal, talvez en navidad. Había reunión: tíos, tías –sobre todo ellas–, primos, alguna amistad de siempre. El escenario es importante. Casi veo las paredes de la sala recubiertas con madera, las lámparas modestas y presuntuosas al mismo tiempo, la declaración de principios de una familia que, habiendo asegurado un puesto en la clase media apenas un par de décadas atrás, expresaba su pequeña posición en cada pieza del parqué, cada silla abullonada de terciopelo rojo, cada postal comprada en un viaje al extranjero y luego pegada, como collage, en la cantina. Lo cual me impresionaba, pues mi familia nuclear, afincada en Mazatlán, era pobre: en la sala de nuestra casa había, en lugar de sillones, sillas blancas de plástico, no conocíamos el lujo de los cuadros adornando las paredes, los armarios era desnudos tubos de fierro. La culpa era de mi padre: aunque es arquitecto graduado, nunca triunfó. Pero la pobreza jamás se tradujo, para mí, en penuria. Dentro de casa, mi madre no hacía valer la ley de la no intervención en pláticas adultas...


Era hasta cierto punto natural que, en casa de su padre, rodeada de sus hermanas y alejada durante unos días de la pobreza de nuestra casa de Mazatlán, me callara.

Todo es natural.


***

Cinco siglos de soledad en nueve proyectos hidráulicos

Un mundo de ciudades replicantes. Como en la novela de Philip K. Dick, pero en lugar de seres humanos falsos, urbes recién hechas funcionando con recuerdos de metrópolis ajenas. Fingiendo tener historia propia, inconvenientes causados por malas decisiones del pasado, privilegios forjados por un paciente acomodo con el entorno. Como en esa suposición de Russel que Borges citaba cada tanto: “el planeta ha sido creado hace pocos minutos, provisto de una humanidad que ‘recuerda’ un pasado ilusorio”.
            Dado que vivo en la Ciudad de México, lugar que se sostiene con estructuras peligrosas y descabelladas, sitio que para no morir de sed ni ahogarse en sus propios detritus desafía olímpicamente los más elementales principios de economía, esa posibilidad me da náuseas, como cuando uno se enferma del estómago y prueba de nuevo lo que le hizo mal: un asco reflejo.
¿A qué clase de arquitecto enloquecido se le ocurriría crear el infierno desde cero? ¿Qué tipo de instrucciones se deberían seguir para llegar a este resultado? ¿Con qué clase de prosa abstrusa, barroca y necia estaría redactado ese proyecto?
            En primer lugar, recorrer el mundo en busca de un sitio con semejantes condiciones geográficas.  Lagos de altura rodeados de montañas almenadas de bosques.
            El temor no es injustificado. Si bien la ciudad no se ha construido ex nihilo obedeciendo una ordenanza autoritaria, sí se eligieron conscientemente ciertos caminos por encima de otros. A lo largo de cinco siglos de vida urbana occidental –desde la caída de Tenochtitlan y la fundación de la capital del virreinato de Nueva España–, la ciudad ha sido construida con base en criterios que dejaron fuera alternativas no experimentadas, futuros desconocidos que dejan en el aire, escrita con letras de humo, una nostálgica certeza: este lugar pudo ser diferente. Como pasa en Fedora, una de las ciudades invisibles de Italo Calvino.
En Fedora existe un museo que resguarda modelos con las formas que la ciudad hubiera podido llegar a tener si no fuese como es en la actualidad. Maquetas de proyectos que los habitantes hicieron alguna vez con la intención de transformar su patria en un lugar ideal, pero que se volvieron irrealizables porque, mientras ellos preparaban los modelos, Fedora se transformaba y ya se había transformado y lo que hasta hace unos momentos había sido posible futuro no pasaba de ser un simple juguete. Al museo de las posibilidades truncas de Fedora, dice Calvino, llega cada uno de sus habitantes y “escoge la ciudad que corresponde a sus deseos, la contempla imaginando que se refleja en el estanque de las medusas que debía recoger las aguas del canal (si no lo hubiesen secado), que recorre subido a lo alto del baldaquín la avenida reservada a los elefantes (ahora proscritos de la ciudad), que se desliza a lo largo de la espiral del minarete de caracol (que no volvió a encontrar la base desde donde se levantaría)”.
            De la Ciudad de México yo escogería el modelo ideado por Adrian Boot, ingeniero holandés contratado en 1613 por Felipe III con el propósito de viajar a México a supervisar las obras del desagüe que dirigía, desde 1607, Enrico Martínez, cosmógrafo y matemático. Martínez había sido comisionado por el virrey Luis de Velasco II para solucionar las inundaciones que constantemente amenazaban la existencia de la capital de la Nueva España, ciudad ubicada en el centro de un inmenso sistema lacustre. Su propuesta fue construir un desagüe para secar los lagos de la Cuenca del Valle de México y así eliminar por completo los estragos hidráulicos. Sin embargo, los trabajos que dirigía se complicaron más de lo previsto y, para evitar complicaciones mayores, fue necesario traer a un perito externo. Así llegó Boot, quien el 17 de noviembre de 1614 visitó las obras que Martínez realizaba en Nochistongo, a las que descalificó (“No valen nada”, dijo) por considerarlas onerosas y plagadas de defectos técnicos. Poco después, presentó su propio proyecto urbanístico, notablemente influenciado por las obras que en aquellos años se realizaban en Ámsterdam: el impresionante sistema de canales en forma de abanico que todavía hoy le hacen merecer a esa ciudad el título de “Venecia del Norte”.  
            Los documentos de la propuesta de Boot se perdieron (quizá algún día los historiadores los rescaten de algún archivo histórico), pero por distintas fuentes se sabe que consistían en varias medidas cuya finalidad era conservar el entorno acuático, evitar el hundimiento del terreno y salvar los edificios. Para ello, planeó construir un sistema de pólderes, un dique alrededor de la ciudad semejante al que Nezahualcóyotl realizó en su tiempo, levantar calzadas, abrir canales de mampostería que sirvieran para la navegación urbana, esclusas, compuertas y traer máquinas (bombas hidráulicas accionadas con molinos de viento) como las que se usaban en Holanda para expulsar el líquido sobrante y utilizarlo en la irrigación de huertos. De esa mañanera, afirmaba, la Ciudad de México sería “maestre y señora del agua”.   
            Al final, la propuesta de Boot no se realizó. Pese a tropezar mil veces y heredar las dificultades a los siglos venideros, el paradigma inaugurado por Enrico Martínez, consistente en drenar el agua y ganar terreno seco para la ciudad, fue el vencedor. Así se perdió la oportunidad de crear un entorno urbano en armonía con el ambiente natural, hecho que redundó, poco a poco, en el horror que hoy se vivecon  el horror que hoy rige a esta urbe: tormentas de polvo, hundimientos por excesiva extracción de agua del subsuelo, contaminación del aire, muerte paulatina del ecosistema lacustre, aniquilamiento ecológico de regiones vecinas desde donde ahora se trae agua para consumo humano.