jueves, 6 de septiembre de 2018

Viaje al Monumento del Drenaje Profundo



Las cabezas son cascos de samurái; los cuerpos, torres de cemento de diferentes alturas. La más alta mide 30 metros y la más baja 18.   



(Enero 2018)
Estoy en la colonia Solidaridad Nacional, delegación Gustavo A. Madero, a unos cuantos pasos de la serpenteante frontera con el Estado de México. Acabo de ver a un perro callejero devorar las tripas rojas de un gato reventado y luego mirarme con ojos de animal zombi. Vi también, cuando me bajé del camión que tomé en el paradero Indios Verdes, a un grupo de hombres aceitosos que, en el patio de un taller mecánico, se abismaban dentro de unos tableros de ajedrez. Y a dos niñas con uniformes de secundaria que jugaban a enseñarse los calzones en el reflejo de un charco gris.
            Una precisión: no estoy solo; el Shaggy me acompaña. Lo encontré tirado en el piso de la estación del metro La Raza, comiéndose una mandarina. Hacía dos años que no nos veíamos y nos abrazamos con gusto. Él esperaba a un conocido suyo que le entregaría un fanzine anarquista: pero me pasa siempre lo mismo, lo espero y nunca llega, me dijo. Yo le comenté que iba en busca del Monumento al Drenaje Profundo y él, sin pensarlo dos veces, decidió acompañarme.
Shaggy me cae bien porque no es ningún tonto; sabe, por ejemplo, quién fue Nicolae Ceaușescu, y eso es más que suficiente para ser un buen compañero de viaje en esta ocasión. Pero él y yo no sólo hablamos del político rumano y su intrincada relación con el Drenaje Profundo de la Ciudad de México (tema que hoy me obsesiona), ni de monumentos olvidados, ni de Boris Groys –a quien a quien menciono varias veces para explicar el proyecto que quiero realizar. También platicamos de la tristeza, de la falta de ternura en nuestras vidas, de la arenisca que se acumula en las pegajosas esquinas del alma: soy una calaca y se me mete el smog de la melancolía en los huesos porque no tengo médula, le confieso en una pausa del metro. 
En Indios Verdes, después de perdernos un rato entre filas de combis, vapores de tacos y puestos de fayuca electrónica, abordamos la ruta 68, unos camiones amarillos y grandes con rótulos que dicen “Reclusorio Norte” y que cuestan siete pesos. El chofer arrancó cuando ya no cabía una persona más.
Traqueteando, pasamos frente al campus Ticomán del IPN, donde las rejas guindas separan la calle de los oasis de pastos verdes. Después el camión se internó en barrios quebrados y sucios, cruzó el río de los Remedios (un cauce de gelatina color cemento) y siguió por colonias donde la gente detesta a los vegetales, a juzgar por la falta de árboles y jardines.
Las instrucciones para llegar a nuestro destino decían que debíamos descender en el crucero de Chalma, pero ni Shaggy ni yo sabíamos dónde quedaba eso, así que le pregunté a una muchacha de lentes. Vamos al Cetis No. 7, precisé. Faltan cuatro minutos, respondió ella como si estuviéramos en un tren alemán. Bájense en la esquina, agregó después con precisión sorprendente, mientras el estéreo del chofer hacía sonar una cumbia de rima fácil: “Ven, acércate a mí, que yo me muero por ti”.
Pero no se vayan caminando, hace mucho sol, mejor tomen el camión que va a metro Politécnico, insistió, con voz angustiada, lo cual nos pareció enigmático, pues ni el sol estaba fuerte ni era necesario abordar otro transporte: el Monumento al Drenaje Profundo se veía, titánico, a no más de doscientos metros del crucero de Chalma. Pensé dos cosas: o ella deseaba protegernos maternalmente de la insolación, o su advertencia tenía un significado oculto. Algo así como: si se van a pie los van a apuñalar.
No hicimos caso y caminamos por la avenida Benito Juárez (frontera entre la Ciudad y el Estado), donde encontramos al perro zombi. En la calle Luis Espinosa (llamada así en homenaje al ingeniero mexicano que durante los siglos XIX y XX dirigió los trabajos del desagüe del Valle de México), giramos a la izquierda y llegamos a este lugar, donde el Monumento del Drenaje Profundo asoma su gigantismo detrás de los muros del Cetis.
Permanecemos un rato en silencio, observando la ilógica estructura: si estuviera en el espacio escultórico de la UNAM, o en algún lugar parecido al de las Torres de Satélite, no se vería tan extraña, tan fuera de sitio. En cambio aquí, en una zona olvidada por los urbanistas, donde la gente apenas tiene agua potable, entre calles estrechas, encerrada tras las bardas de un bachillerato técnico de baja estofa, resulta un cultismo sofisticado y mamón dentro del sintagma elemental y burdo de la periferia. Pero así es esta ciudad. Aquí los panzones grasosos juegan ajedrez como sultanes árabes y las niñas se erotizan en espejos de agua sucia. Aquí estuvo Nicolae Ceaușescu, le digo a Shaggy.
Pasa una patrulla, dos autobuses y varios peatones. Entonces aprieto el botón de la turbina que llevo en la mochila y vuelo hacia la parte más alta de las torres de concreto del monumento: 30 metros sobre el piso. Encima de las torres, veo las cimbras, hechas del mismo material con que se construyeron los túneles del drenaje. Ahí viven las palomas, que se espantan al verme, ahí crece el musgo y se encuentra un inesperado balón de fútbol ponchado que algún estudiante pateó hasta acá. Vuelo más alto. Pierdo de vista a Shaggy. Examino las nubes, olfateo el smog. Tan arriba me encuentro que comienzo a ver todo no como una toma satelital de Google Maps sino como un mapa dibujado con tinta negra. Me divierto imaginando que realizo un test de Rorschach. ¿Qué formas identifica usted en los límites políticos de la CDMX? Hace un momento estaba parado donde la figura de la capital levanta hacia el norte un inesperado cuernito, o donde la silueta de la pera chilanga tiene su trozo de rama, o donde el corazón infartado de la urbe yergue un pedazo de aorta rota, respondo.
Sigo elevándome. Tanto que inicio un viaje en el tiempo. Hacia el pasado. Maniobro con precaución mi aeromochila, regulo la velocidad de la turbina para aterrizar exactamente el 9 de junio de 1975 a las 10:10 horas en la base del monumento. Lo consigo.
Es una mañana hermosa y fresca de primavera.
El Cetis aún no existe y el cerro de enfrente, verde por las lluvias, todavía no ostenta la falda de casas grises que lo vestirá en el año 2017. Tampoco hay bardas. En este terreno sólo se ven, armónicos, el monumento sobre una base circular de concreto, un área de césped, el museo semicircular de las obras hidráulicas dedicado a la memoria de los trabajadores que perdieron su vida durante la construcción, y un evento multitudinario a punto de comenzar, algo parecido a un mitin político. Pancartas de apoyo al PRI, gente sentada y de pie, flores, banderas tricolores, ingenieros, obreros, policías secretos, periodistas. Al frente, un podio, una mesa larga cubierta con mantel rojo y varios funcionarios públicos a los que se les empiezan a calentar las cabezas por el sol. En medio distingo a Luis Echeverría –traje gris claro, lentes, calvicie bruñida, cuerpo rígido– y, a la izquierda, a su homólogo, el conducător Nicolae Ceaușescu, presidente de la República Socialista de Rumania. Se encuentra de visita oficial en México; sonriente y silencioso, cumple su papel de padrino extranjero del Sistema de Drenaje Profundo del Distrito Federal, obra que el gobierno mexicano inaugura con la esperanza de desalojar las aguas negras y fluviales de la Cuenca del Valle de México y dar fin a la obsesión que desvela a la ciudad desde los tiempos de Tenochtitlan: el pánico a hundirse en el lodo.
Porque cada urbe tiene sus pesadillas (¿cuál será la de Bucarest?), sus terrores íntimos, y la Ciudad de México le teme, más que a los terremotos, al fango. Su historia se define como una lucha contra la imagen de sí misma hundiéndose en el caldo lodoso de la inexistencia, en su propia diarrea disolvente: las chinampas, los albarradones de Nezahualcóyotl, los desesperados desagües novohispanos, las inundaciones de la capital independiente, los faraónicos canales y túneles de Porfirio Díaz, los edificios succionados por el flan del tepetate, el Drenaje Profundo. Imagen de pesadilla que, tal vez, constituya un deseo inconfesado, colectiva pulsión de muerte: ¿no sería más conveniente ahogarnos en el cieno y acabar de una vez por todas con la angustia? No, en lugar de eso, la terca permanencia, la neurosis del asfalto: quedarse aquí a secar el agua, llenar camiones de volteo con toneladas de lodo y cubrir todo lo que antes eran lagos con losas de cemento hasta el horizonte, también las montañas, que todo sea banqueta. Lo cual ha traído inconvenientes: cuando llueve, el líquido de los cerros pavimentados corre hacia la cuenca y la ciudad se convierte en alberca que es necesario drenar con coladeras. Por eso la construcción de esta obra, la tubería más grande del mundo que el presidente rumano apadrina esta mañana como un gesto de amistad a este pueblo al que le aterroriza hundirse.



Regreso al año 2017 para sacar a Shaggy de su contemplación del monumento y decirle que la primera escena de nuestra película “La soledad de la ciudad desecada” deberá realizarse con objetos a escala: en un lugar lodoso clavaremos réplicas de edificios emblemáticos del Distrito Federal, de manera que transmitan la sensación de una catástrofe pantanosa: la Torre Latinoamericana rota y medio sumergida en el fango, el Monumento a la Revolución cubierto hasta la cúpula, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes naufragando cual buque fantasma en un piélago de hormigón reblandecido. Las tomas serán en blanco y negro, la cámara del celular dará vueltas sobre la estragada ciudad de juguete, simulando un mareado viaje en helicóptero. Y después hacemos un corte para meter esto: la imagen del Monumento al Drenaje tras las bardas del Cetis, como un monstruoso ferdydurke de cuatro cabezas condenado a cursar por siempre el bachillerato técnico, pese a ser él, se supone, el encargado de salvar a la ciudad de las inundaciones desde 1975. Mostrarlo como un prisionero de cemento y acero denigrado por lo naif de los recreos estudiantiles. Y mientras tanto, un narrador dirá las siguientes palabras de Hugo Hiriart: “Erigidos para hacer perdurar hazañas, los monumentos, entes melancólicos y paradójicos, refutan su intención y prueban siempre la fugacidad y la calidad efímera de todas las cosas humanas. Aun los dioses pavorosos envejecen y mueren. Pero el arte perdura. De la devoción, el terror o la reverencia nada más sobreviven ingenio de artesano y misterio. Por eso los monumentos más puros son aquellos cuyo significado se ha perdido”.   
            Está mamalón, comenta Shaggy con un tono de voz indescifrable: no sé si le entusiasma o me da el avión o ya quiere irse. Entonces cruzamos la calle Luis Espinosa y nos dirigimos al portón metálico del Cetis. Las incontables capas de pintura de aceite color rojo disminuyen la sensación metálica en mis nudillos. De pronto, un guardia abre un postigo carcelario para preguntar qué deseamos. Le explico que me encuentro haciendo una investigación sobre la historia hidráulica de la ciudad y, por ello, me interesa ver el monumento que hay adentro. Cierra el postigo. Al cabo de un rato, franquea la plúmbea entrada y se muestra acompañado por una señora de rostro amable y moreno; su nombre es María del Rosario Ramírez Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien nos pide anotarnos en una libreta y dejar con el guardia una identificación. Sólo en este momento pienso que el aspecto y los modos punks de Shaggy pueden resultar inconvenientes: es un sujeto que jamás saluda ni da las gracias. Sin embargo, a María del Rosario no parece importarle y nos entrega, como señal de ambigua hospitalidad, un gafete de visitante a cada uno: ¿esas marcas de forastero sirven para obtener respeto como huésped, o para vigilarte con mayor facilidad? Pese a las excesivas normatividades que María de Rosario nos obliga a cumplir con aplomo policiaco, la noto nerviosa, como si estuviera frente al pizarrón en su primer día de clases. Advierto que tiene en sus manos una hoja enmicada con todos los datos históricos del Cetis No. 7 Miguel Lerdo de Tejada. Una especie de acordeón para no fallar en su paseo guiado por el plantel.
Para romper el hielo, pregunto si viene mucha gente a ver el monumento. Me dice que no. Las últimas personas interesadas vinieron en 2005; hacían un libro para la UNAM, uno sobre lugares extraños de la ciudad: el Cetis les pareció exótico. ¡Ah, los citámbulos!, le digo, entusiasmado. Sí, creo que así se llaman, me contesta. Entonces, de golpe, recuerdo un montón de cosas olvidadas. Me abstraigo de María de Rosario, de Shaggy, de la historia de Nicolae Ceaușescu y Luis Echeverría. Recuerdo: hubo un tiempo, hace algunos años, que con Vladimir, La Mami, La Güera y El Púas, me dediqué a ir a los lugares de antiturismo señalados en la guía Citámbulos. Casi todos parecían inventados. Recuerdo haber visto consignado, por ejemplo, el inverosímil Monumento al Drenaje Profundo, pero no venimos. En cambio, fuimos a buscar el secreto jardín de orquídeas que, supuestamente, se encuentra en una bodega abandonada de la colonia Industrial Vallejo, entre dos calles larguísimas. Es una zona de naves industriales, trailers estacionados en la calle, fábricas viejas de zapatos y vías de ferrocarril que se internan por estrechos pasillos y se pierden en pasadizos rematados con portones oxidados. Era domingo, así que el barrio tenía un aire fantasmagórico, abandonado. Se nos hizo tarde peinando las calles, saltando bardas, huyendo de los perros guardianes, interrogando a los veladores, siguiendo arabescas vías férreas. Al final, concluimos que el jardín de orquídeas era el lugar comodín del que se advertía en el prólogo de Citámbulos: “todos los sitios son verdaderos, excepto uno; el explorador lo descubrirá”. Cansados, fuimos a la casa de Vladimir, que vive en la colonia San José de la Escalera, cerca de ahí. En su patio hay dos lavadoras inservibles, tres perros (Goliath, Séneca y La Concha) y en medio crece un árbol de mango –rareza botánica en la Ciudad de México– bajo el cual su familia colocó una mesa y seis sillas. Ahí comimos, bebimos cerveza y mezcal. Dentro de su habitación, Ana, hermana de Vladimir, discutía con Shaggy, que en ese tiempo era su novio. Él y yo no éramos amigos directos, pero cuando nos encontrábamos platicábamos de películas y libros. La nuestra era una amistad en potencia: sospechábamos que podríamos convertirnos en compas inseparables porque desde que nos conocimos experimentamos atracción, pero nunca dimos el paso decisivo. De pronto, Shaggy salió del cuarto de Ana. Habían terminado definitivamente su noviazgo. Él tenía los ojos llorosos. Me saludó y se despidió al mismo tiempo. Lo abracé, lo confieso, sin prestarle demasiada atención. Salió de la casa. Era de noche. Al cabo de un rato, Ana se unió a nuestra tertulia. Tratamos de animarla. Le dimos mezcal. A las tres de la mañana, ella y yo nos fuimos a su cama. Me pidió que la abrazara y a mí me dieron ganas de hacer el amor, pero Ana me dijo que estaba triste y sólo quería dormir. Me sentí como un canalla oportunista, pero traté de solucionarlo comportándome como un hermano responsable, como un pastorcito que vela el sueño de una cabra enferma. Eso fue todo. Un par de días después, olvidé el asunto. Sin embargo, a partir de ese momento le perdí la pista a Shaggy. Fue como si las arenas movedizas de la ciudad se lo hubieran tragado. Eliminó incluso su cuenta de Facebook. Ana se fue a Francia y al poco tiempo se consiguió un novio normando llamado Vincent, de modo que Shaggy se borró aún más del círculo de amigos (nunca imaginé que lo volvería a ver, tres años después, en una estación del metro, justo hoy). Mientras tanto, la vida siguió y yo continué con lo mío: por esas fechas comenzaba a interesarme la historia de los desagües de la Cuenca de México. Poco después, obtuve una beca de dos años gracias a la cual escribí una novela cuyo título es, precisamente, Desagüe: algo así como una biografía mutante del Gran Canal construido por Porfirio Díaz. El proyecto, en un principio, era distinto. Planeaba hacer un libro de ensayos histórico-literarios sobre el tema, pero me sentí encorsetado. En cambio cuando debrayaba, cuando inventaba personajes y me iba por las ramas –las cloacas– la escritura fluía. Decidí que mi proyecto se transformaría en una narración ficticia. No puedo decir si el resultado es bueno o malo –eso en realidad no importa–, pero sí afirmar que durante el tiempo en que redacté, borré y corregí fui relativamente feliz. Tenía una ocupación que me dispensaba de cumplir con otras responsabilidades más mundanas, más verdaderas, enfadosas y presentes. Vivía en un mundo paralelo, el de mi libro, en un tiempo alterno que aún no llegaba: el de su culminación. Dentro de la vida real y a la vez fuera de ella. Exactamente lo que describe Boris Groys en su ensayo “La soledad del proyecto”.
Según el pensador alemán, un proyecto es, sobre todo, la declaración de un futuro nuevo y alternativo; la postulación y paulatina realización de algo que aún no existe: un libro, un edificio, una filosofía, una vacuna. Para llevarlo a cabo, el realizador debe aislarse de la sociedad y colocarse en una suerte de tiempo paralelo o heterogéneo al de los demás miembros de su comunidad.  Se trata de una de las pocas circunstancias de la vida en que el aislamiento es justificado y bien visto. “El proyecto nos transporta del presente a un futuro virtual, causando una ruptura entre su ejecutor y aquellos que esperan que el futuro acontezca. El autor del proyecto ya conoce el futuro, pues éste no es otra cosa que la descripción del mismo”. Sin embargo, el porvenir, por más prefigurado que se encuentre en escrupulosos cronogramas, siempre deparará sorpresas y, en cierto sentido, puede considerarse, desde ahora, irrealizable, escurridizo. ¿Quién se atrevería a decir con sensatez que lo planeado se cumple punto por punto? Ni siquiera proyectos majestuosamente celebrados como el Sistema de Drenaje Profundo confirman las expectativas. El 9 de junio de 1975, Luis Echeverría anunció que, gracias a la inauguración de esa obra, “se ha liberado de forma definitiva a la metrópoli de las inundaciones”. Hoy se sabe que no es cierto y, más aún, que el proyecto ni siquiera ha sido terminado. Entonces sólo se puso en servicio la primera etapa, compuesta de 68 kilómetros de túneles subterráneos. En la actualidad el Sistema cuenta con alrededor de 110, y todavía faltan muchos más porque el proyecto ha sido interrumpido en varias ocasiones debido a cambios administrativos. Sin contar con que lo ya construido padece serios problemas. “A la postre”, escribió el arquitecto Jorge Legorreta, “y como en el caso de otros grandes desagües de la ciudad, los propósitos del Drenaje Profundo han sido limitados. En época de lluvias el Emisor Central se encuentra saturado, y según las autoridades encargadas se ha reducido su capacidad de desalojo de 210 a 150 m  de agua por segundo”. Lo cual, siguiendo un informe del año 2005 publicado por la Comisión Nacional de Agua, puede causar que “un área de 650 kilómetros cuadrados del oriente del Valle de México, en donde viven unos 8 millones de personas, quede inundada de aguas negras debido al riesgo de una falla catastrófica en el Sistema”.




La historia que nos cuenta María del Rosario no es la que yo esperaba.

“Como mayormente se nos niegan los criterios que permiten determinar si la meta del proyecto ha sido o no conseguida”, dice Groys, “nuestra atención se desplaza de la producción de la obra a la vida-en-el-proyecto”.


 Ángela Gurría participó en el concurso para realizar en grande una escultura que celebrara la inauguración del Drenaje Profundo en 1975. Envió su proyecto a la entidad gubernamental convocante: una pieza escultórica a escala y un documento especificando el material requerido y las dimensiones proyectadas: sobre una base circular de 138 metros cuadrados, se levantarán cinco torres de concreto que representan, cada una, los dedos de una mano; la más alta debe medir 30 metros y la más pequeña 13; sobre cada una se colocará un anillo cortado de las cimbras utilizadas en las tuberías del drenaje.  / por lo tanto, tiene la oportunidad de mirar el presente desde el futuro. estar en la realización de un proyecto permite blandir una justificación para el autoaislamiento. Mientras que la vida ordinaria     



La ciudad se hunde de dos maneras. La primera y más elemental consiste en las inundaciones causadas por lluvias o desbordamientos de canales y drenajes. Fenómeno que ha ocurrido desde tiempos de Tenochtitlan y contra el cual se ha luchado, durante siglos, a través de un paradigma consistente en sacar todo el líquido de la Cuenca del Valle de México por medio de distintos sistemas de desagüe.  
La maestra María del Rosario sigue hablando, o mejor dicho leyendo la hoja enmicada. Más que Jefa de Servicios Escolares, parece alumna nerviosa. No puede evitar que su exposición resulte monográfica y árida. Dice que esta institución se fundó en 1902 con el nombre Escuela Oficial Primaria Superior con Sección en Comercio “Miguel Lerdo de Tejada”. Era para puras señoritas y se encontraba en el Centro Histórico. En un principio, se enseñaba a las niñas de 13 a 15 años a vender artículos de papelería y librería. A finales de la década de 1920, la Secretaría de Educación Pública amplió los planes de estudio, incorporando un mayor número de asignaturas, siempre con inclinación hacia las habilidades técnicas mercantiles: escritura en máquina, taquigrafía, aritmética, nociones de contabilidad, lengua nacional, inglés. Después de 1937, el recién fundado IPN convirtió a la escuela Lerdo de Tejada en vocacional para las ciencias sociales y económicas. En 1952, volvió a estar bajo el control de la SEP. En 1967, se mudó de instalaciones, a la calle Sabinos, en Iztacalco, donde la escuela vivió en 1972 otra transformación administrativa debida a una reforma cuya finalidad era graduar masivamente a jóvenes con habilidades técnicas, listos para incorporarse al mercado laboral en el sector industrial y de servicios. Se creó la Dirección General de Escuelas Técnicas Industriales (D.G.E.T.I) 
 

             
“Cuando nos mudamos a este predio, lo más urgente fue levantar la barda”. María del Rosario Ramírez Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien me recibió con amabilidad y me contó, leyendo una hoja enmicada, la historia del plantel: la escuela se fundó en 1902 como instituto comercial para señoritas y estaba ubicada en el Centro Histórico, en la calle del Carmen. Luego, en la década de 1970, convertida en bachillerato técnico, se trasladó a la calle Sabinos, en Iztacalco, pero en 1985 el plantel sufrió daños por el terremoto y tuvo que ser desalojado. Fue en 1998 cuando maestros y alumnos llegaron a la colonia Solidaridad Nacional. Ese mismo año se delimitó el perímetro con una reja de metal y poco después, gracias al esfuerzo de los padres de familia, se levantaron los muros altos y se colocó el plúmbeo portón de metal y postigo corredizo por donde, inquisitivo, un guardia se asoma y pide credenciales para franquear el acceso.
Tantos años de historia y resistencia educativa para que el Cetis terminara semejando una penitenciaria para que los alumnos no se vayan de pinta. O para proteger las instalaciones de las amenazas externas del barrio: “Cuando llegamos, adentro del museo ya casi no había nada: todo estaba saqueado”, puntualizó María del Rosario.
Sin embargo, no es por su aspecto carcelario que he venido a visitar el remoto Cetis No. 7, escuela pública que se encuentra en uno de los lugares más feos y menos prestigiosos de la Ciudad de México.



una película
cómo se imagina si él,
chilango de toda la vida, le teme al lodo.
Me contesta que no. Tengo miedo a trabajar en una empresa donde ser empleado del mes sea un estado de terror psicológico inculcado por el gerente que te dice: eres el mejor de octubre, si sigues así durante un año llegarás a subgerente de departamento, pero cuídate porque uno de tus compañeros –no diré su nombre– viene con todo y te quiere desbancar; si te refieres a ese lodo, a huevo que le temo, dice Shaggy. Pero tú trabajas en un museo, le replico. Sí. ¿Entonces a qué viene eso del empleado del mes?Eso era antes, ya regresé a la tienda de pinturas de mi papá. Le expongo mi teoría sobre la pulsión de muerte de la Ciudad de México. Le digo que incluso el Drenaje Profundo es profundo porque sólo así se garantizaba LA SEGURIDAD DE NO HUNDIRSE

SÓLO ENTERRÁNDONOS 
EVITAREMOS HUNDIRNOS

10:11 horas: inicia la ceremonia. Todos de pie a cantar el himno nacional mexicano. Inmediatamente después, suena el de Rumania.

El conducător Ceaușescu lleva toda la mañana oliendo mierda mexicana, pero en él siempre ha resultado difícil identificar indicios de asco. Su rostro es una mueca permanente de sonrisa bonachona –diríase infantil– e ironía indescifrable. Desde las 9:30 horas, guiado por su anfitrión, siguió la serie de acciones que pusieron en servicio las instalaciones del Sistema de Drenaje. Antes de llegar aquí, estuvo en el kilómetro 7 del Gran Canal (antigua e insuficiente cloaca de la ciudad), donde atestiguó la abertura de la Obra de Toma, que dejó libre el paso de gran parte del caudal de aguas negras hacia el Interceptor Oriente. En ese lugar, habitantes de colonias aledañas (la Nueva Atzacoalco, la San Felipe de Jesús) escucharon el agua escapando en torrente hacia el nuevo curso, dentro de las entrañas de la tierra, lo cual garantizaba que ya no existiría ningún peligro de inundación sobre sus casas por desbordamiento del Gran Canal. Tronaron los aplausos y Ceaușescu, que para esa hora de la mañana lucía demacrado como vampiro abstemio, revivió. Un rayo de energía le tensó el cuerpo. Porque él no es un ser humano normal: si su viejo paisano el conde Drácula se alimentaba de sangre, Nicolae lo hace de aplausos.

Eso lo sé desde antes de volar a 1975, cuando vi un par de documentales en Youtube. Mi favorito es La autobiografía de Nicolae Ceaușescu, realizado por Andrei Ujica. Se trata de una película en cierto sentido exasperante (no hay narrador ni acotaciones informativas de ninguna naturaleza, y gran parte del largometraje es mudo), compuesta sólo con material rescatado del archivo de las oficinas de propaganda del gobierno de Ceaușescu. Pedazos de filmes oficiales, grabaciones que el presidente aprobaba y muy posiblemente dirigía. Es la película con más aplausos que he visto en mi vida. Cada cuatro palabras, Nicolae se detiene y un alud de palmas inunda el aire. En la pantalla el pueblo y los políticos ovacionan, sonríen, desfilan y aclaman hasta la náusea. Y Ceaușescu recibe, goloso y con cara de pingüino diabólico, esas demostraciones desmesuradas de afecto.
Ujica editó los archivos de manera que narran, con delicada malicia, la espectacular carrera política de Nicolae, que no se explicaría.
Ceaușescu gozó de fama internacional durante casi veinte años gracias a que en 1968 se opuso a la invasión soviética a Checoslovaquia. A partir de ese momento, el mundo occidental lo recibió como el único dirigente comunista civilizado. Durante sus años dorados, se creyó pieza clave dentro del frágil jenga de la Guerra Fría, adoptando siempre una activa política de paz y no intervención. Tenía relaciones con Mao Tse Tung, Richard Nixon, Fidel Castro y, por qué no, con Luis Echeverría. En el set de la política mundial era prestigioso tomarse una foto con él. Pero dentro de su país las cosas no iban bien. El culto institucionalizado a su personalidad se había salido de control, la policía secreta sumió en el terror a la población y la economía se desplomaba mientras el “Héroe de trabajo socialista” ostentaba un báculo de oro y ordenaba construir para su uso personal el palacio más grande del mundo.
 Cuando reprobó Desde la muerte de su predecesor en la dirigencia del Partido Comunista Rumano, pasando por los desfiles patrióticos, las visitas a fábricas, campos, ciudades, los discursos en el Congreso, los encuentros diplomáticos en y fuera de Rumania, las vacaciones con su esposa Elena, hasta su derrocamiento tras los disturbios de Timisoara, por los cuales fue acusado de genocidio y luego fusilado. Veinticuatro años de poder. Fama internacional por haber repudiado la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968. El único dirigente comunista que era bie recibido por el mundo occidental. Una pieza clave durante la Guerra Fría.
      

Si alguien nos buscara en el mapa, nos encontraría donde, siguiendo un test de Rorschach, la figura de la capital levanta hacia el norte un inesperado pezón, o donde la silueta de la pera chilanga tiene su trozo de rama, o donde el corazón infartado de la urbe yergue hacia el cielo un pedazo de aorta rota.
Estamos exactamente a trece kilómetros del Zócalo, en una zona que, entre sus dudosos lugares de interés, cuenta con la pirámide prehispánica de Tenayuca, el Reclusorio Norte donde viven hacinados 11 mil reclusos, la escuela de misioneros mormones más grande de Latinoamérica y este lugar: el Cetis No. 7 “Miguel Lerdo de Tejada”.
Visto desde la calle Luis Espinosa, el Cetis tiene, por sus altos muros, aspecto de prisión, como si quisiera parecerse al Reclusorio Norte o a su edificio vecino, el gigantesco Centro de Capacitación Misional México de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Tres instituciones disciplinarias en una zona con altos índices de marginalidad y crimen; un mismo estilo arquitectónico que tiene en el levantamiento de bardas uno de sus principios fundamentales. Lo cual no es extraño en una región donde los cerros, considerados zonas ecológicas, necesitan muros de cemento para evitar que las construcciones ilegales los cubran por completo.
“Cuando nos mudamos a este predio, lo más urgente fue levantar la barda”. María del Rosario Ramírez Coronado, jefa de Servicios Escolares, quien me recibió con amabilidad y me contó, leyendo una hoja enmicada, la historia del plantel: la escuela se fundó en 1902 como instituto comercial para señoritas y estaba ubicada en el Centro Histórico, en la calle del Carmen. Luego, en la década de 1970, convertida en bachillerato técnico, se trasladó a la calle Sabinos, en Iztacalco, pero en 1985 el plantel sufrió daños por el terremoto y tuvo que ser desalojado. Fue en 1998 cuando maestros y alumnos llegaron a la colonia Solidaridad Nacional. Ese mismo año se delimitó el perímetro con una reja de metal y poco después, gracias al esfuerzo de los padres de familia, se levantaron los muros altos y se colocó el plúmbeo portón de metal y postigo corredizo por donde, inquisitivo, un guardia se asoma y pide credenciales para franquear el acceso.
Tantos años de historia y resistencia educativa para que el Cetis terminara semejando una penitenciaria para que los alumnos no se vayan de pinta. O para proteger las instalaciones de las amenazas externas del barrio: “Cuando llegamos, adentro del museo ya casi no había nada: todo estaba saqueado”, puntualizó María del Rosario.
Sin embargo, no es por su aspecto carcelario que he venido a visitar el remoto Cetis No. 7, escuela pública que se encuentra en uno de los lugares más feos y menos prestigiosos de la Ciudad de México.
No.
Recorrí varios kilómetros para ver este sitio porque fue aquí donde el himno nacional de la República Socialista de Rumania se escuchó a todo volumen el 9 de junio de 1975. Y fue aquí donde e escuchó, amplificado por unas bocinas traídas para el himno nacional de Rumania se celebró como logro nacional uno de los momentos más determinantes de la agonía hidráulica de la Cuenca del Valle de México. Agonía que, obviamente, hoy es más aguda que ayer y que, para sostenerse en el tiempo, requiere de planes cada vez más grandes y faraónicos.
Entonces todo era distinto, casi irreconocible para los ojos del presente. Para llegar hasta aquí se debían tomar varios camiones desde el metro Tlatelolco, pues no existía la terminal Indios Verdes. No existía el Cetis y aún no se inauguraba el Reclusorio Norte (los reos de la ciudad purgaban todavía sus condenas en el viejo Lecumberri). La mancha urbana apenas comenzaba a apoderarse de estos rumbos y el cerro de enfrente aún no vestía su falda de casas cuando a las 10:10 horas de ese 9 de junio
Pero sin duda fue aquí, y para comprobarlo basta ver.




 donde la Cuenca de México, con sus millones de habitantes a cuestas, se dio cuenta que deb.ería esperar impredecible tiempo para .

Sedientas y mercúricas extensiones de concreto que, más allá del horizonte, lo han invadido todo excepto la mitad superior del cerro que tengo frente a mí. Cerro ocupado hasta la cintura por casas grises, algunas de colores, y que en homenaje a su necia condición de páramo, algún administrativo bautizó como Zona Ecológica número Ocho. ¿Y las otras siete? Un terreno erosionado y seco; lo que ha quedado de ecología.

Aquí el espacio natural es terquedad, reducto que desafía las probabilidades, relingo, barranco que el prurito habitacional del humano desdeñó por imposible de fincar.

(llamada así en homenaje al ingeniero mexicano que durante los siglos XIX y XX dirigió los trabajos del desagüe de la ciudad),

martes, 14 de agosto de 2018

El agua y las matanzas


Tenochtitlán, fundada sobre un islote ubicado en un lago salobre, necesitó infraestructuras que, por un lado, mantuvieran a raya las inundaciones, y por el otro, abastecieran de líquido potable a los habitantes. En la década de 1460, Nezahualcóyotl diseñó dos obras indispensables. Una barrera dentro del lago para evitar que las crecidas sumergieran a la ciudad, y un acueducto de piedra que transportaba agua limpia desde Chapultepec.
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En 1498, el tlatoani mexica Ahuizótl, al ver que su ciudad crecía, decidió construir otro acueducto, ahora para trasvasar el agua de los pueblos ribereños de Coyoacán y Churubusco. Sin embargo, se encontró con la oposición de Tzotzoma, señor de esos territorios, quien organizó a los pobladores para defender sus recursos. Ahuizótl, que en muchos sentidos se parecía a Gustavo Díaz Ordaz, no dudó en enviar a sus guerreros para aplastar el movimiento de resistencia. Aquello fue una masacre. Poco después los arquitectos de Ahuizótl terminaron el acueducto y Tenochtitlán contó, una vez más, con agua suficiente. Sin embargo, un día de 1502, como por acto de magia, el caudal de los manantiales de Churubusco multiplicó su potencia y provocó una de las más grandes inundaciones de la capital mexica. Se cumplía así uno de los presagios de Tzotzoma, quien antes de morir asesinado había previsto grandes calamidades para el imperio. Ahuizótl murió ese año, víctima de un golpe que se dio en la cabeza al tratar de resguardarse en tal inundación.
            El acueducto tuvo que ser destruido.  
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En 1520, los conquistadores españoles se encontraban ya en Tenochtitlán, alojados por el emperador Moctezuma II. La guerra aún no había comenzado. De pronto, a Hernán Cortés se le informó que su enemigo Pánfilo de Narváez, en Veracruz, lo buscaba para arrestarlo o asesinarlo. Cortés preparó un pequeño ejército para ir a combatirlo y dejó en Tenochtitlán a Pero de Alvarado y sus hombres.
            La noche del 20 de mayo de ese año, los aristócratas mexicas celebraron en el Templo Mayor un homenaje a sus dioses Tezcatlipoca y Huitzilopochtli. Entonces Pedro de Alvarado, argumentando una amenaza de asesinato, orquestó una matanza contra los celebrantes. Como los mexicas se hallaban desarmados, la masacre fue brutal.
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El 26 de mayo de 1521, Hernán Cortés ordenó a los capitanes Cristóbal de Olid y Pedro de Alvarado romper el acueducto de Chapultepec que Nezahualcóyotl había construido. La intención era cortar el suministro de agua potable de Tenochtitlán y de esa manera rendir a la ciudad para apoderarse del territorio.
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La capital de la Nueva España, sitio donde se concentraron las riquezas del virreinato antes de ser trasladadas a la metrópoli. Cabeza de la economía colonial, centro financiero de tezontle y argamasa sobre una ciudad azteca destruida. Y alrededor, los lagos siempre dispuestos a recuperar su espacio. Desde comienzos del siglo XVII, se consideró más barato emprender las descomunales obras de desagüe de la Cuenca de México que trasladar la ciudad, con su creciente aspecto palaciego, a un lugar más apacible. Cada minuto que pasaba se volvía menos reversible lo decidido. Aquí las inundaciones, por más catastróficas que sean, nunca han disuadido.

El caddie de Díaz Ordaz (1968)


Cuando Gustavo Díaz Ordaz asumió la presidencia, buscó rodearse de funcionarios obedientes. Era una persona rígida y desconfiada que necesitaba gente incondicional para sentirse seguro. Por eso nombró a Luis Echeverría secretario de gobernación. En la figura de ese hombre delgado, circunspecto y de postura corporal siempre recta que parecía además concentrar todos los rasgos de su personalidad en el ejercicio casi religioso de la eficacia y la obediencia, Díaz Ordaz creyó encontrar la mano derecha que necesitaba. Echeverría, como un robot, se esforzó en cumplir todo lo que el presidente le ordenara. Trabajaba más de lo esperado y, al observar en su jefe una irascible intolerancia contra las manifestaciones de protesta social (el movimiento de los médicos de 1964-65 fue ejemplo de ello), encontró en la facilitación burocrática del pretorianismo una forma de granjearse aún más la confianza del dirigente del país, con miras secretas a convertirse en su sucesor. Si a Díaz Ordaz le gustaba propinar garrotazos, Echeverría sería algo así como su caddie en el campo de golf: le tendría lista la bolsa de palos al presidente.
            El 22 julio de 1968, el movimiento estudiantil comenzó debido a un incidente ínfimo y más bien grosero (una pelea callejera entre alumnos de distintas escuelas) que devino en brutal golpiza por parte de la policía del Distrito Federal. El 26 de ese mes, los estudiantes protestaron con una marcha pacífica en la que exigían, entre otras cosas, la destitución de los altos mandos de la policía y la libertad de sus compañero presos. Díaz Ordaz se encontraba en una gira de trabajo en la costa del Pacífico mexicano y recibió una llamada en la que el secretario de gobernación, con voz indignada y servil, le describía los hechos como una amenaza para la seguridad nacional. La orden que dictó el presidente fue que alistaran la represión. Echeverría, en respuesta, se mostró particularmente solícito con los preparativos: propuso ataques, fuerzas del orden disponibles, fechas y lugares.
Así fue como el 30 de julio el Ejército ocupó las preparatorias 1 y 3 de la UNAM. Ese día los soldados derribaron la puerta del Antiguo Colegio de San Ildefonso con el disparo de una bazuka. El gobierno, como un padre autoritario y confiado en el efecto pavloviano que debería causar el chicotazo de su cinturón, esperaba el apaciguamiento arrepentido de los estudiantes. Pero la respuesta fue contraria. Los jóvenes, apoyados por personalidades como el rector de la UNAM Javier Barros Sierra y un grupo notable de profesores e intelectuales como Heberto Castillo y José Revueltas, formaron un movimiento que se opuso a los actos del gobierno pero al mismo tiempo accionó con peticiones y aspiraciones democráticas. Pedían un dialogo público con el presidente de la república y la derogación del artículo 145 bis del Código Penal Federal, que criminalizaba la organización ciudadana bajo el término de “disolución social”. Siguiendo ese programa, el Consejo Nacional de Huelga, conformado por estudiantes de muchas universidades del país, protagonizó mítines, plantones y manifestaciones durante los meses de agosto y septiembre de 1968. El gobierno contestó con tanques de guerra desalojando a estudiantes del Zócalo, con el Ejército allanando campus universitarios y con operaciones paramilitares.
            Mientras tanto, en la soledad de su despacho de Palacio Nacional, Díaz Ordaz, paranoico, se convencía de que el movimiento estudiantil era patrocinado por fuerzas socialistas internacionales que planeaban una invasión al país. Echeverría, por su parte, continuaba actuando: con gestos ensayados previamente en el espejo, poniendo en práctica las técnicas histriónicas que le enseñara su hermano mayor Rodolfo Landa cuando eran adolescentes, fingía, ante Díaz Ordaz, estar igual de preocupado y paranoico. Así fue como, durante noches eléctricas, apoyados por Marcelino García Barragán, entonces secretario de la Defensa Nacional, urdieron la Operación Galeana, cuya misión fue destruir el conflicto estudiantil el 2 de octubre, antes de que se inauguraran los Juegos Olímpicos. Por supuesto, Echeverría encontró la manera de añadir secretamente en el asunto algunos ingredientes propios. Contratar al cineasta Servando González para que grabara la Operación fue uno de ellos.

Registrar la realidad


Lo que me atrae de Shei Shônagon, Jean Cocteau, Gombrowicz y Kafka en sus facetas de escritores de diarios, es la intención de dar cuenta del mundo y de la vida sin (tantos) filtros literarios.
Admiro la escritura como simple herramienta para acercarse a la realidad y asirla, entenderla. Sobre todo cuando lo consignado adquiere el tono seco y exacto de los cuadernos de bitácora: anotar estrictamente lo visto, lo escuchado, y no agregar más.
Pienso que tal atracción es, más que una preferencia estilística, una preocupación epistemológica: cómo registrar, para no dejarlo ir, para asimilarlo y conocerlo, lo que sucede en la vida.
     Lo cual se debe, supongo, a que una de las sensaciones más molestas y recurrentes en mi existencia es la de sentir que la realidad se me escapa. No lograr, por las noches, decir con exactitud qué fue lo que pasó en el día.
Pienso que en su más pura expresión, todo diario íntimo debería aspirar a ser un inventario, minuta de lo acontecido, documento para aclarar dudas respecto a lo pretérito. Sin embargo, no tengo temple de escribiente judicial. Se me dificulta vivir y al mismo tiempo registrar los hechos. Mi personalidad no es múltiple y carezco de la energía para mantener una organizada burocracia interna.  
     Pienso que en su más pura expresión, un diario íntimo debería ser un inventario. Algo similar a las listas de Shônagon. Ahí se encuentra el primer paso de la escalera que lleva al entendimiento de la realidad. Contar con la minuta de lo acontecido para poder dar fe de ello. Antes que nada, etiquetar, dar nombre a las cosas. Después vendrá la invención de la sintaxis, la construcción de un discurso dador de sentido. Más o menos como sucede en el proceso de realización de una reseña literaria: primero se debe subrayar, consignar que en ciertos puntos hay cosas importantes, dignas de mención. Luego viene la revisión de los escolios y subrayados, con base en los cuales se construirá el texto. 
     Nunca he tenido la paciencia necesaria para llevar un diario, pero tampoco la incuria para que tal descuido no se traduzca, fatalmente, en ansiedad devoradora. Como un maniático, pienso que debería escribir, en este preciso momento, lo que pasa frente a mí. Envidio a quienes sí lo hacen y, más aún, a quienes descubren métodos nuevos para lograrlo.
     En Conjunto vacío (Almadía, 2015), Verónica Gerber Bicecci pone en la pluma de la narradora y protagonista de su libro –escrito, por cierto, como un diario personal– dos métodos para registrar los hechos de la vida cotidiana y las relaciones que se tejen entre ellos.
El primero es el de los diagramas de Venn, esquemas usados en la teoría de conjuntos para representar, por medio de líneas y figuras, los rasgos compartidos entre una colección de cosas heterogéneas. En el caso de Conjunto vacío –libro de literatura ilustrado–, se representa a personajes de la trama con círculos rotulados con las iniciales de sus nombres. A veces las figuras están separadas, otras juntas. En ocasiones varios círculos se tocan en una circunstancia específica que indica que todos ellos comparten algún sentimiento, obligación o padecimiento. Puede ser que diversos círculos orbiten en torno a uno en particular, señalando con ello una relación de gravitación moral.
Los diagramas de Venn son, más que la prosa inmediata y frontal de los diarios personales, una forma sencilla, gráfica e inteligente para consignar realidades desde una perspectiva cenital. “A través de ellos se puede ver el mundo ´desde arriba´”, escribe Verónica Gerber. Y visto así, “el mundo revela relaciones y funciones que no son del todo evidentes”.
     Comencé a leer Conjunto vacío el 15 de octubre de 2017, día en que mi madre se internó por segunda vez en oncología. Llevé el libro conmigo y lo leí durante los ratos en que ella dormía. Poco después dibujé, en el cuaderno que utilizo como irregular diario personal, mis propios diagramas, gracias a los cuales pude ver, como en una vista panorámica, el acomodo las personas a mi alrededor. Me conmovió darme cuenta de que un montón de círculos disímiles intersectaban sus circunferencias en un círculo común: el deseo de que mi mamá se alivie. Entendí, con un golpe de tinta, el mecanismo del amor, la solidaridad de mi familia.
     El segundo método que en el libro de Gerber se utiliza para registrar la realidad, es el de las llamadas hojas de observación. La protagonista ve, desde su casa y con un telescopio, el exterior de la ciudad. Anota en la hoja los siguientes datos: localización, fecha, contaminación lumínica en una escala del 1 al 10, objeto, constelación (con referencia a qué se contempla el objeto), tamaño, hora local, equipo con que se observa. Abajo hace un dibujo o esquema de lo observado y escribe unos cuantos renglones de notas. En algún lugar del libro, menciona la existencia de signos de puntuación para describir el estado del tiempo:
    
(.) precipitación alcanzando el suelo
      ,  llovizna intermitente
     ,,  llovizna continua
      .  lluvia suave intermitente
      :  lluvia moderada intermitente
      ;  lluvia y llovizna intermitentes
      S  polvo esparcido en el aire

Y, si no recuerdo mal, también habla de otro tipo de métodos para anotar las características del ambiente, como la escala de Beaufort, que es una medida empírica de la intensidad del viento, basada principalmente en el estado del mar, de sus olas y de las copas de los árboles.
Ahora mismo (17:40 horas de este miércoles de diciembre) me asomo al balcón de la casa de mi tía y observo los eucaliptos sembrados en una de las jardineras del Viaducto Miguel Alemán. Me parece que estamos en el número 4 de la escala de Beaufort, cuya denominación es “Bonacible (brisa moderada)”, porque “se levanta polvo y papeles, se agitan las copas de los árboles”. Lo cual quiere decir, según los parámetros correspondientes, que el viento sopla de 20 a 28 km/h, y que si estuviera en el océano vería “borreguillos numerosos, olas cada vez más largas”.
Imagino a un maniático obsesionado con la idea de medirlo todo. Una persona armada permanentemente con termómetros, barómetros, relojes, notificaciones que, en tiempo real, llegan a su celular y le informan sobre la calidad del aire, los imperceptibles movimientos telúricos. Alguien siempre ocupado en llenar hojas de observación y en dibujar diagramas de Venn para identificar las relaciones de los sujetos que lo rodean. Un obseso de las listas y los inventarios.
Si esa persona fuera escritor de literatura, perpetraría libros exasperantes y, la verdad, yo no lo leería. Porque es hora de confesarlo: aunque admire la escritura de los diarios donde se intenta registrar sin filtros la realidad y los hechos, aunque yo mismo quiera hacer en mis cuadernos un inventario verídico y serio de la realidad, siempre me inclino hacia el lado de los discursos parciales, falaces, ficticios. Siempre termino haciendo y leyendo literatura, aunque eso me mantenga en una situación en la que el sentido del mundo, en su conjunto, se me escapa dejándome en las manos unos cuantos jirones de relatos incompletos.
En el fondo siempre he sospechado que los objetos de la realidad no son sustancias cuyas características, inmutables, puedo consignar con transparencia, sino un entramado de situaciones que determinado proceso interpretativo –determinado cuento– coloca en un espacio ficcional inteligible. Desconfío incluso de la veracidad de las relaciones expuestas en los diagramas de Venn. Sin embargo, jamás abandonaría el relato del amor y la solidaridad familiar. Si pusiera en una balanza la documentación de la vida y su transformación en novela, me quedaría con la novela, aunque ésta contara una mentira.  
Desde hace algún tiempo me he clavado con una idea de Boris Groys. Según él, en el mundo del arte contemporáneo la práctica artística ha dejado de entenderse como la producción de obras. Ahora se concibe como la documentación de la vida del artista durante la realización de procesos determinados (la escritura de una novela, la planeación de una escultura…). “Cada vez con más frecuencia, somos confrontados en los espacios de arte, no sólo con obras de arte sino con documentación de arte”, dice Groys. Con frecuencia se presentan exposiciones donde no hay obras artísticas, sino instructivos, cronogramas, bitácoras, fotografías o videos donde se ve la vida de los artistas mientras realizan una obra que en el espacio de la exposición se encuentra ausente. “La documentación de arte señala así el uso de materiales artísticos en los espacios de arte en referencia a la vida misma”. En el ámbito literario sucede igual. Hay muchos libros que son descripciones de la vida del escritor que intenta redactarlos. Mac y su contratiempo tiene esa estructura: los contratiempos, consignados en un diario íntimo, que padece Mac a la hora de escribir la novela del ventrílocuo.
“La documentación de arte como tal”, dice Groys, “sólo podría haber evolucionado bajo las condiciones de nuestra era biopolítica, en la que la vida misma se ha vuelto el objeto de la creatividad técnica y artística”. Para él, la biopolítica es el tránsito de una concepción de la vida como evento elemental y primitivo o resultado del tiempo que acaece indistintamente, a una concepción de la misma como actividad, como suceso organizado y tiempo que puede ser formado de manera artificial.
La dicotomía es interesante. ¿Cuándo comenzó a concebirse la vida como actividad artificial, como algo regulado y modificable? Aunque parezca que esto data de la época de los recientes experimentos genéticos gracias a los cuales, en efecto, se puede producir vida dentro de laboratorios, creo que la biopolítica inició mucho antes. Quizá cuando los homínidos, tras abandonar su atemporal vida sobre los árboles, descubrieron que, al ponerse de pie, podían observar con mejor perspectiva lo que había en la sabana y decidieron internarse en ella, para lo cual fue necesario establecer jornadas y roles, es decir, organizar el tiempo y la vida de manera artificial, fuera de los circuitos del instinto ciego. A partir de ese momento –o de otro igual de fundacional–, la existencia humana fue producida y vivida de manera consciente, conforme a obligaciones, jerarquías, reglamentos, tabúes, horarios, proyectos, finalidades o construcciones sociales, o sea, conforme a narraciones inventadas.
Ningún ser humano –salvo los niños muy pequeños o individuos con patologías específicas– vive una vida absolutamente natural como la de las plantas. Todos existimos en función a un proyecto artificial, ya sea la salvación religiosa, la acumulación de capital, la sobrevivencia tribal, la realización de una obra artística, el amor de familia, la iluminación, la batalla contra una enfermedad, la neurosis, el orgullo, la depresión.
Por eso cuando dije que entre la documentación de la vida y su transformación en novela prefería el segundo inciso, estaba confundido. La vida, por sí misma, ya es una novela, y los diarios o bitácoras que la gente escribe no son más que el registro de su realización, los planos heredados al futuro para que alguien más levante su propia trama.
 

Una literatura hecha sólo de hojas de observación e inventarios de objetos encontrados en circunstancias determinadas, ¿seguiría siendo literatura?

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Pierre Herrera, Olivia Teroba, Canek Zapata, Sabina Orozco, Carmen Amat, David Martínez, Andrea Muriel, Ana Emilia Felker y yo conformamos un grupo de amigos autodenominado Deriva Tropical. Una de nuestras primeras actividades como colectivo fue un paseo al Gran Canal del Desagüe del Valle de México, llevado a cabo el 12 de junio de 2016. Con el propósito de que más gente nos acompañara, escribimos la siguiente invitación (evidente homenaje a la que, el 14 de abril de 1921, el grupo dada publicó con objeto de su excursión a Saint-Julien le Pauvre, uno de los lugares más anodinos y menos turísticos de París) y la publicamos en facebook:

Los tropicalistas, queriendo subsanar la incompetencia de las campañas de turismo, decidimos emprender una serie de excursiones a las entrañas ocultas de la urbe. Hartos de ver una y otra vez el fálico Ángel de la Independencia, el Palacio-Mausoleo de Bellas Artes y las vetustas piedras del Centro Histórico, queremos saciar nuestra sed de escenarios nuevos con una refrescante visita al Gran Canal del Desagüe. Colosal monumento al caño, memorial inmarcesible de nuestros desechos, espacio donde las gigantescas tuberías se vuelven esculturas abstractas y donde los perros callejeros han levantado ya la piedra inaugural de su futuro reino, el Gran Canal será el primer destino de las derivas tropicalistas. Conozcamos a fondo la realidad y derivemos, bajo el tórrido sol de mayo, por uno de los lugares más perfumados de la ciudad.

     La convocatoria resultó exitosa y acudimos aproximadamente treinta personas. Caminamos por el Canal, tomamos fotografías, recolectamos objetos y, al final, dije un discurso improvisado sobre el tema de la mierda. Cuando la deriva se dio por terminada, pedí quedarme con los objetos que cada uno había recolectado para escribir el inventario. Desde entonces pensé que sería una buena forma de cerrar un libro de ensayos. 

lunes, 16 de julio de 2018

El diario del tiempo (julio de 2017)


Día uno  (El comienzo)                   

En días pasados intenté hacer la reseña de un libro cuyo tema es la aceleración temporal como rasgo definitorio de la contemporaneidad. Ayer, viendo que no avanzaba, reformulé el plan y me propuse redactar una serie de notas diarias sobre el tiempo. Varios textos cuyo método de realización será el sistema de los diarios personales o las bitácoras. Registrar mis ideas sobre el tiempo a través de su paso en mi vida. Sin pretensiones de profundidad, correcciones ni planes preestablecidos. No sé cuánto días escribiré. Sólo puedo decir que hoy comienzo.

Todo empezó porque hace un par de meses no podía escribir. La capacidad de hacerlo había desaparecido. También los temas. Era como si me hubieran dejado solo y lobotomizado en la blancura infinita de un documento de Word. Lo cual hubiera sido menos cruel si no tuviera una beca y el plazo de entrega de los textos no me hubiera urgido a redactar algo, lo que fuera.
Tras varias semanas de angustiosa infertilidad, pensé que podía utilizar las reseñas de libros como método para desatascar el paro creativo. La recensión, esa manera de ejercer la literatura sin entrar de pleno en ella: pasarse la vida acudiendo a fiestas de otros y jamás celebrar lo propio.
Por esos días el ambiente literario mexicano estaba conmocionado debido a la publicación de Contra el tiempo, escrito por Luciano Concheiro, un autor cuatro años más joven que yo, finalista de un premio internacional, a quien los medios de comunicación no tardaron en catapultarlo al firmamento iluminado con los reflectores de los elogios. De un día para otro Concheiro salía en televisión, presentadores y articulistas recitaban su flamante y precoz currículum como el non plus ultra de las glorias nacionales, y todos comentaban con evidente superficialidad el contenido de su obra. Todos menos un joven historiador que hizo una reseña bastante incisiva… Mientras tanto yo, poseído por la envidia, me dediqué a seguir el caso desde mi computadora.
Soy asiduo lector de libros de ensayo de autores mexicanos jóvenes (Jazmina Barrera, Mariana Oliver, Pierre Herrera, Yunuen Díaz). Yo mismo soy un ensayista mexicano joven y suelo torturarme con las obras que mis contemporáneos, a diferencia mía, logran producir y publicar. Por esa razón y pensando que podía escribir al respecto, fui por el elogiado libro. En la sección de novedades se elevaba una pila de ejemplares con un letrero que decía “copias autografiadas por el autor”. Me lo llevé aunque me pareció demasiado costoso para sus pocas páginas y el tamaño grande de su letra.
La experiencia de lectura y reflexiones que desató en mí las consignaré un día de estos, cuando logre redactar la reseña. Por el momento, prefiero hablar de Volcán. También se dedica a escribir y yo la admiro. En verdad estoy loco por ella. Desde todos los puntos de vista me parece talentosa, bellísima, sensual y perfecta. Lo único malo es que siempre me critica por expresarme hiperbólicamente. Nuestro pasatiempo favorito consiste en subir a las azoteas de edificios emblemáticos de la ciudad y contemplar el paisaje desde las alturas. Hace cuatro sábados me invitó a la Feria del Libro y la Rosa de la UNAM porque se presentaría el dossier de una revista donde ella había participado. La noche anterior habíamos tomado mezcal y bailado reggaetón en casa de una amiga hasta las cuatro de la mañana, por lo cual el sábado tuvimos que abordar un taxi para evitar que el bochorno abarrotado del metro hiciera eclosionar nuestra resaca.
Teníamos que evitarla a toda costa porque estar crudo es lo más cercano a estar muerto. La cruda es poner un pie en la muerte sin lograr, aunque se quiera, abandonar la vida. Algo quemante y podrido dentro del cuerpo. Es un tormento sicológico vuelto entraña, es una garra, un tubo, una varilla clavada tras los ojos. Es un pesado casco de arrepentimiento y hierro que aprisiona las sienes, una mandíbula de jaguar rompiéndonos el cráneo. El reverso letal de la adrenalina, la náusea elevada a desastre meteorológico. Es como tener caries en todo el cuerpo.
Por fortuna y gracias a que le dijimos al taxista que se detuviera en un Oxxo para comprar un par de botellas de Gatorade, el día de la Feria del Libro no sufrimos los síntomas. Ojalá mañana tenga tiempo para contar lo que sucedió después. Hoy no lo tengo porque quedé de cenar con mi madre. Es una lástima abandonar la escritura justo ahora, cuando la mano se me estaba aflojando y yo comenzaba a disfrutar la narración.

Día dos (Brillat-Savarin y los sentidos)

En la mañana recibí un correo electrónico donde un amigo me invitaba a colaborar en la revista donde trabaja. Me sugería que enviara una reseña sobre un libro recientemente publicado. Explicaba que las colaboraciones son remuneradas: $2000 por texto. La suerte no quiere que abandone la reseña de Contra el tiempo.

Para subsanar mi carencia de conceptos científicos o filosóficos, compré Breve historia del tiempo, de Stephen W. Hawking. El volumen tiene una introducción escrita por Carl Sagan. Su papel es muy blanco y despide un aroma desagradable, químico. Espero leerlo pronto y que el aroma no sea un impedimento.


Quizá porque no huelen mal, hoy leí cien páginas de Fisiología del gusto, de Jean Anthelme Brillat-Savarin, gastrónomo, abogado y político francés nacido en París en 1755 y muerto en la misma ciudad en 1826, quien elevó a la gastronomía a la categoría del arte y la ciencia.
Fisiología del gusto me sorprende por su científica organización de tratado dieciochesco que, mezclada con una fuerte propensión al debraye imaginativo, se adereza con ráfagas de donaire y agudezas aptas para una tertulia sibarita. Me gustaría poder escribir un libro así; algo opuesto a este diario del tiempo donde hago gala de mi desorden e ignorancia. Compuesta por un diálogo, unos aforismos, un prefacio, treinta meditaciones o capítulos y una misiva final, esa obra es como un banquete donde cada fragmento –cada tiempo– es un platillo con muchas capas, texturas y sabores.  
Cátedra de composición: tanto en gastronomía como en escritura, el producto final será bien recibido y aprovechado si las partes se encuentran adecuadamente espaciadas, contrastadas y a la vez asimiladas en un conjunto congruente. Asimismo, cada tiempo debe incluir sorpresas, recodos y mudanzas. A manera de recepción, antes de pasar a la mesa, Brillat-Savarin ofrece, como aperitivo, un diálogo ingenioso sobre los orígenes de su libro y la forma en que llegó a publicarlo. Después, destapa la bandeja de aforismos, diminutos canapés de verdad. Luego, indica que es hora de tomar asiento para leer el prefacio, suerte de menú y carta de bebidas. Sólo entonces comienza a servir las meditaciones, cada una distinta a la otra. La primera, titulada “De los sentidos”, tiene cierto sabor filosófico y está dividida, a su vez, en cinco fragmentos condimentados de maneras diversas.
El primero es una enumeración de los cinco sentidos conocidos y la propuesta de un sexto: el generador o amor físico que, según Brillat-Savarin, tiene “como fin la propagación de la especie”. Idea sugestiva y polémica (¿el amor físico debe tener como fin la procreación?), hace que me pregunte cuál será el sentido que ocupará oficialmente el sexto lugar en nuestro horizonte perceptivo. ¿La capacidad de ver a los muertos, el instinto cazador, la intuición, el desenvolvimiento social o comercial? El número de sentidos aceptados es una convención, y si no hemos desarrollado otros es porque existe una alambrada civil que nos separa de ellos. ¿Qué pasaría si descubriéramos que el dolor no es simple manifestación del tacto sino un sentido perfectible en sí mismo, como sucede en el cuento “Fragmento de un diario”, de Amparo Dávila? ¿En qué medida se modificarían nuestros conocimientos y conductas? ¿Cambiaría la relación con el fuego, los filos y el frío? Con toda seguridad nuestra manera de vivir en el mundo sufriría una revolución. Incluso se producirían cambios en los conceptos de recepción artística: dejaríamos de ver los actos del estadunidense Ron Athey (anzuelos, navajas, vidrios ensangrentados, pirámides de piedra en el ano) como performances y los aceptaríamos como recitales de piano: alguien ejecutando las notas de su propio dolor para el deleite de los demás.*
Ojalá fuéramos tan curiosos e insatisfechos como los personajes intergalácticos del cuento de Voltaire, “Micromegas”, quienes se lamentaban de lo insuficientes que les resultaban sus sentidos: “Tenemos setenta y dos y no se pasa un día sin quejarnos por tener tan pocos”. Quizá la capacidad de percibir el tiempo sea nuestro verdadero sexto, pero aún nos falta mucho para perfeccionarlo. Es probable que, en ese ámbito, nos parezcamos al recién nacido cuya vista, acostumbrada a la penumbra amniótica, distingue sólo manchas lumínicas. Hoy los humanos calculamos el tiempo a través de fenómenos externos (la marcha de los relojes, las puestas de sol, el giro de los calendarios), pero llegará el día en que podamos medirlo con la táctil y muy íntima sensación que produce el envejecimiento de nuestras células. Percibiremos también sus accidentes meteorológicos: tormentas, calmas chichas, relámpagos, golpes de calor, lluvias y sequías de tiempo.
En el segundo fragmento de la primera meditación de Fisiología del gusto se especula cómo se conformaron los sentidos en la especie humana. Quizá en los comienzos se percibía el mundo de manera confusa: uno veía con vaguedad, olía sin elegir, comía sin paladear y fornicaba a manera de los brutos. Luego los sentidos se complementaron y corrigieron entre sí hasta evolucionar al estado en que los conocemos ahora: la vista y el olfato auxiliaron al gusto; el oído comparó los sonidos para calcular las distancias y ayudar a la vista en sus predicciones. Los avances culturales y civilizatorios son, en su origen, exigencias sensoriales: la vista produjo la pintura; el oído, la música; el gusto, la gastronomía. El sentido generador ocasionó el surgimiento de la moda, la coquetería y también –afirma Brillat-Savarin– ha influido enérgicamente sobre todas las ciencias, cuyas partes más ingeniosas y sutiles, atentamente examinadas, resultan debidas al deseo, a la esperanza o al agradecimiento que de la unión sexual nace.
Escribo esto y pienso en qué medida mi sentido generador repercute en lo que hago. Estoy enamorado, o al menos así califico mis sentimientos: una apretada soga de afectos, aspiraciones, devociones y deseos. Sin embargo, puede ser que todo ello no sea más que un medio para canalizar la misión sangrienta e impersonal de la procreación. He ahí una imagen objetiva para entender el amor, aunque menos llamativa desde el punto de vista sentimental. No tengo claridad al respecto, pero en ocasiones siento –como si mi corazón fuera atravesado por una flecha primitiva– que mis ocupaciones son pueriles, y que tener un hijo me salvaría del absurdo. Otras veces pienso absolutamente lo contrario. Como sea, las circunstancias y vicisitudes de eso que he experimentado como amor han incidido en la escritura de este diario.
Es muy posible que, en un principio, haya querido hablar del tiempo para llamar mi atención sobre algo de lo que me he negado a escribir por miedo a que se concrete, como si hacerlo adelantara el momento en que ocurrirá. Confieso que se me dificulta tomar decisiones. Sobre todo si se trata de lo que, supongo, son aspectos trascendentales en mi existencia. Sobre todo si está en juego la superación de la inmadurez, mi estilo de vida adolescente, tiempo estadizo, neotenia que me ancla a una bahía sin compromisos. Es muy posible que haya iniciado este diario para obligarme a afrontar el hecho de que Volcán se irá a vivir a otro país dentro de veintiún días y, por lo tanto, yo deberé tomar una postura.
Lo sé desde hace cuatro meses, cuando la aceptaron en un doctorado de la Universidad de Austin. Han sido tiempos difíciles, pautados por charlas donde hemos discutido lo que haremos, las estrategias para seguir juntos aunque sea a la distancia, el inminente fin de mi beca, la necesidad de trabajar, ahorrar dinero, tener tiempo para visitarnos. La urgencia de obtener mi título de licenciado y buscar un posgrado quizá en la misma ciudad que ella. Aprender inglés, no dejar de escribir. A veces, de manera soterrada y oblicua, hemos discutido sobre el sentido generador y el miedo al absurdo. El tiempo está siempre detrás de estas cosas.  
El tiempo corre, es cuenta regresiva, vela con dos pabilos encendidos. El tiempo es un celular con miles de actualizaciones que me cuesta atender porque me encuentro viendo las fotos del pasado, el video del presente que se va. El tiempo es un smarthphone biológico, obsolescencia corporal. El tiempo es amor migrante, pueblo vacío, potencial glaucoma de nuestro sexto sentido.
El tiempo nos ciega, pero también agudiza los sentidos restantes.

Día tres (La escritura del debraye)

Lo ideal sería practicar una escritura del debraye, discurrir acerca de temas distantes, irme por las ramas hasta llegar a una altura donde pueda otear el horizonte y olvidar la tierra que piso, lo humilde y fermentada que resulta la realidad. Olvidar las preocupaciones.

Hoy pasé el día con ella. El mejor de los tiempos posibles.

Día cuatro (El espectáculo del universo)

Sigo sin leer a Hawking. La reseña continúa en nada. El tiempo también es postergación.

¿Se trata de una experiencia cuyas características puedo consignar por escrito?
Yo creo que sí. Sobre tal presupuesto descansan las siguientes reflexiones. Sin embargo, también he pensado que el tiempo es incognoscible; una plataforma fantástica y escurridiza sobre la cual, sin explicaciones de por medio, ocurre la vida.
Puede ser que el tiempo sea la vida. He ahí la manera más sencilla de pensar el asunto. Nadie duda que la vida exista ni que sea descriptible. El hecho de que haya cosas en ella es, quizá, la principal evidencia de la realidad del tiempo porque las cosas se crean, están y desaparecen: ocupan secuencias temporales. Cuando digo cosas me refiero a mí mismo, a plantas, aire, átomos, bacterias, piedras, botes de plástico, animales, estrellas.
Imagino un mundo donde la vida, de repente, evanesciera, donde ni siquiera pudiera haber moho. Me pregunto si en un lugar así soplaría el viento. Un aire cadavérico, tal vez, letal, el aire de la muerte. O ni eso porque, quizá, el viento es un efecto de los agentes vivos. Si en la Tierra perdiéramos la vida, dejaría de haber tiempo y habría sólo espacio. O quedarían el tiempo y el espacio solos, como una pareja de viejos inmortales confinados en su granja estéril.  
A propósito, queda pendiente definir si el espacio es una cosa y, por lo tanto, algo inferior al tiempo, o si es algo parecido a éste pero a la vez de naturaleza distinta. Ayer, hojeando mi archivo de libretas de apuntes, encontré una frase de Joseph Brodsky acerca de la ciudad de Venecia: “Es como si el espacio, más consciente aquí que en ningún otro lugar de su inferioridad frente al tiempo, le respondiera con la única propiedad que éste no posee, con la belleza”. Idea interesante, me hace pensar que Brodsky confundió el espacio con las cosas. Éstas, incluida la ciudad acuática, no son en sí mismas el espacio sino los objetos que lo ocupan. Por un lado hay que considerar el espacio (el universo en su calidad de llanura vacía) y por otro lo que se encuentra en él. El espacio, al igual que el tiempo, es refractario a los adjetivos. A diferencia de las cosas, no tiene belleza, ni horror, ni mediocridad. Sólo es.
Todo parece indicar que tiempo y espacio están al mismo nivel ontológico. He oído decir que ambos son las dimensiones fundamentales sin las cuales nada es posible. La realidad existe gracias a que hay tiempo y espacio. La realidad es el conjunto de cosas que los amueblan.
Amueblar es una palabra afortunada. En primer lugar es un verbo, acción que ocurre en el tiempo y en el espacio. Un verbo existencial. En segundo lugar, esa acción (la vida de las cosas-muebles) da sentido a las dos dimensiones fundamentales. Juntos, tiempo y espacio son la mansión primordial que permite existir a las cosas dentro de sus dominios. Pero su palaciega potestad sería nada sin los muebles que la ocupan. O poco más que nada: solitaria pareja de viejos inmortales y aburridos.
En el inicio –fantasía cosmogónica– tiempo y espacio se aburrían en la casa increada y vacía que eran ellos mismos. Puesto que no había nada ni nunca había sucedido algo, se confundían entre sí como fetos siameses que flotaran en el vacío. Llamar amniótico a ese estado sería barroquismo. Eternidad, tal vez, funcionaría, pero aun el concepto implica traición, exceso frente a la oquedad que invoco. Nadie ha sabido ni sabrá cómo fue, pero lo cierto es que aconteció: para dejar de aburrirse, el tiempo y el espacio crearon a la materia. Primero un átomo, después una molécula, luego una descarga de energía, y se sentaron a observar lo que pasara. Así nació el espectáculo, que es la vida del universo y que no ha dejado de diversificarse, aunque muchos dicen, probablemente con razón, que mengua sin descanso. Sea como fuere (ya que en ese momento hayan creado todo lo ahora existente, ya que concibieran al primer átomo a partir del cual lo demás se formó trabajosamente), el espacio y el tiempo acabaron así con el tedio y el vacío, se volvieron autoconscientes, exploraron con los sentidos sus insospechados placeres, rincones y dilataciones. Se erotizaron.
Al principio, maravillados y voraces, quisieron ver con simultaneidad cuanto había en su casa. El espacio abarcó de un vistazo –imagen absoluta y ubicua– toda la materia, las formas, sistemas planetarios, las galaxias de polvo y saliva que se crean en los estornudos de los alérgicos, multitudes humanas, los pixeles, páginas de libros. El tiempo, de golpe, percibió y calendarizó pasado, presente y futuro, deshizo nudos, congeló lapsos, revirtió prolepsis, cronometró lo que pasa, hubo y pasará, puntos, líneas, mareas de segundos. Entre ambos, lograron una instantánea, un aleph, un fotograma que contenía en sí la totalidad de los spoilers. Entonces lo comprendieron todo y descubrieron que no había ya nada más que ver. Y volvieron a aburrirse igual que un par de niños sin imaginación.
Padeciendo una resaca tremenda por lo que habían visto, el espacio y el tiempo decidieron olvidarlo y evitar la percepción simultánea a toda costa porque su efecto era similar al que producen las drogas duras: euforia, voracidad, placer fugaz y luego un estado de abatimiento y tristeza. Como solución, inventaron los canales de percepción focalizada, similares a los canales de televisión que transmiten una cosa a la vez, y estipularon un manual de uso para espectadores, que eran ellos mismos. Decretaron que ya no verían juntos el espectáculo del universo, sino que cada uno elegiría lo que deseara observar en el momento en que así lo quisiera. Para ello crearon un par de pantallas individuales donde era posible sintonizar cualquier cosa. Al espacio se le prohibió prestar el don de la ubicuidad a los canales de transmisión y al tiempo la capacidad de ver el futuro. Segmentando la percepción y eliminando los spoilers, podrían, como espectadores, mantener el interés, el suspenso y garantizar las sorpresas. Había canales para todo, como un sistema de streaming cibernético. Por ejemplo, si el espacio o el tiempo querían ver cómo era la existencia de una roca roja del planeta Marte, ponían ese canal en cualquier momento del pasado o el presente.
Cuando el tiempo y el espacio no veían cosas en las pantallas, platicaban entre ellos acerca de lo que podríamos llamar sus gustos cinematográficos. Discutían qué era más apasionante de ver: las formaciones y colores de la galaxia EGS8p7 desde una distancia de 13,200 millones de años luz, o los pausados procesos metabólicos de los microbios del planeta z9HT, el más caliente y pequeño de la galaxia z8GND5296; la cristalización milenaria de las sales en los mares de Saturno o las explosiones nucleares del Sol. Algunas veces decían preferir los efectos de la luz sobre las atmósferas radioactivas, otras el movimiento de los asteroides, en ciertas ocasiones se sentían cautivados por los procesos evolutivos de algunas especies vivas o por el comportamiento volcánico de los planetas jóvenes.
Cierto día, mientras charlaban acerca de lo que se podía ver en el planeta Tierra, coincidieron en que la vida de los humanos era espectacular. Como esos amigos que de pronto descubren que son fanáticos de la misma serie televisiva, el espacio y el tiempo compartieron la información que tenían sobre los humanos. Dijeron haber visto todos los canales de la especie: vistas panorámicas de los continentes habitados, de los países, ciudades, pueblos, barrios y casas. Habían observado la vida completa de cada individuo, así como la de sus órganos vitales, tejidos y células. Dijeron ser seguidores de las formas milenarias de socialización y de las muchas culturas. Gustaban de las agonías, los nacimientos, los largos intermedios. El espacio y el tiempo estuvieron de acuerdo en que el espectáculo humano era fascinante porque, a diferencia de otras realidades, tenía tramas. También fenómenos complejos y procesos con reglas propias que se alejaban de lo natural. Decían: si los seres humanos tuvieran nuestra capacidad de observar el universo por canales de transmisión, ya hubieran condenado a los pobres a ver el monótono canal de las piedras. Lo decían y les causaba gran risa, se desternillaban al grado de que les faltaba el aire y sufrían dolor abdominal.
Otro día, el espacio y el tiempo comentaban la curiosa afición de los humanos a considerarse superiores a las otras especies de su planeta. Fue cuando el espacio sacó a colación la historia de Jean Anthelme Brillat-Savarin, autor del famoso tratado Fisiología del gusto, quien intentó demostrar la supremacía del hombre con base en un análisis del sentido gustativo. Los peces, decía Savarin, tienen como lengua un hueso móvil; las aves, un cartílago membranoso, y los cuadrúpedos un órgano revestido de escamas y asperezas que, por lo general, es incapaz de efectuar movimientos circunflejos. La lengua del hombre, al contrario, está dotada con gran fuerza muscular y tiene tres movimientos desconocidos en los animales: movimientos de espicación (del latín spica, “espiga”), de rotación y de barrido. El primero se efectúa cuando la lengua sale formando espiga y atraviesa los labios que la comprimen; el segundo, al moverse circularmente en el espacio comprendido entre el interior de las mejillas y el paladar, y el tercero, cuando se encorva por arriba y por abajo a fin de recoger las partículas que se hallan depositadas en el canal semicircular formado por los labios y las encías.
El aparato del gusto en el humano, continuaba Brillat-Savarin, es de una rara perfección, y para convencernos de ello basta verlo funcionar. Así que se ha introducido en la boca cualquier cuerpo comestible, éste sufre confiscación total, extensiva a los gases y jugos que contenga, y a que vuelva a salir se oponen los labios. Los dientes, por su parte, lo desgarran y trituran, lo empapa la saliva y la lengua lo amasa y lo revuelve. Así se extrae de los alimentos un jugo con partículas sápidas que, disueltas en agua, saliva y otros fluidos hipoglósticos, pueden ser absorbidas por los lóbulos nerviosos, papilas o chupadores de que está sembrada interiormente la delicada contextura de la lengua.
Si encontramos determinados animales con lengua más gruesa, paladar más desarrollado y gaznate de mayor latitud, es porque les sirve la lengua de músculo para remover objetos de gran peso, el paladar de prensa y el gaznate para tragar cantidades grandes; pero cualquier analogía razonable que se establezca, impide deducir que el sentido en cuestión sea más perfecto.
Además, el gusto de los animales está limitado porque unos se alimentan con vegetales, otros comen carne únicamente, los hay que se sustentan en exclusiva con granos, y todos desconocen los sabores compuestos. A la inversa, el hombre es omnívoro, y cuanto es comible está sometido a su vasto apetito, lo que lo obliga, por consiguiente, a poseer facultades gustativas proporcionadas al uso general en que se han de ejercitar.
Asimismo, como el gusto ha de estimarse por la naturaleza de la sensación que transporta a los nervios centrales del cerebro, es inadmisible comparación alguna entre la manera como los animales reciben impresiones y aquéllas propias del humano. Porque resultando las del último a la vez más claras y precisas, hay que suponer necesariamente cualidades superiores en el órgano que sirve para transmitirlas.
A consecuencia de semejante perfección, puede establecerse que la gastronomía es propiedad exclusiva del hombre, a quien hay que proclamar como el gran gastrónomo de la naturaleza. Además –concluía, orondo, Savarin–, esta gastronomía humana es contagiosa y la transmitimos prontamente a los animales que hemos domesticado y que hasta cierto punto nos acompañan, como a elefantes, perros, gatos y aun a las cotorras.
Llegados a este punto de la conversación, el espacio y el tiempo, excitados por los argumentos del gastrónomo francés, quisieron ver cómo eran las costumbres alimenticias de esos animales alterados por el hombre. Observaron entonces a elefantes alcohólicos, ratas citadinas que metabolizan el veneno, gatos que sólo comen ostiones ahumados, perros cebados con carne humana de prisioneros moribundos, cacatúas de lengua azul aficionadas a las macedonias de piña y kiwi estadunidense, cucarachas glotonas del cochambre, peces empachados de plástico, pollos inflados a base de purina, camarones traslúcidos que en tinacos se hartan de algas sintéticas. Los observaron y les parecieron fantásticos. Las obras humanas son impredecibles y aterradoramente hermosas, dijeron y, por primera vez desde que habían visto la totalidad del universo en un instante, pensaron en romper las reglas de percepción que se habían autoimpuesto. Si esto pasa en el presente, imagínate lo que sucederá en el futuro de la humanidad, ¿no te gustaría observarlo?, le preguntó el tiempo al espacio.
Semanas más tarde, el espacio y el tiempo se habían preparado para ver, juntos, el porvenir de los humanos como quienes planean ver la nueva temporada de una serie. Estaban emocionados y cada uno exponía sus conjeturas sobre lo que pasaría. Discutieron largos días, perfeccionaron sus argumentos, hicieron apuestas. Llegado el momento, sintonizaron el canal del futuro humano y sus rostros se iluminaron con el resplandor mortecino de la pantalla. Nadie sabe qué fue exactamente lo que vieron. Algunos dicen, sin embargo, que las expresiones de sus caras iluminadas fueron cambiando a lo largo de la transmisión. Se rumora que pasaron de la excitación, la ternura y la risa, al llanto, al asco, al coraje y al terror absoluto. Otros dicen que fue al revés. Algunos afirman que el espacio y el tiempo tenían, al final, las caras de quienes han visto una película snuff. Otros, una película romántica con final feliz. Algunos, un filme incomprensible pero hermoso. Cierta minoría sostiene que se quedaron dormidos. Sólo alguien ha dicho que, después de ver lo que vieron, el tiempo y el espacio temieron por su propia existencia. Todas son habladurías y nadie más que ellos conoce la verdad. Mientras tanto yo, desde mi estrecha condición de ser humano atado al presente, lo único que puedo afirmar es que, como dice el primero de los veinte aforismos de Brillat-Savarin, “el universo no es nada sin la vida, y cuanto vive se alimenta”. Por ello termino aquí esta entrada de mi diario y me preparo para la hora de la comida.
Es martes e iré con Volcán al bufet chino que se encuentra en la esquina de las calles Milán y Atenas, en la colonia Juárez. El costo es de 120 pesos por persona y, la verdad, lo que sirven sabe delicioso.

Día cinco (Norbert Elias)

Antes de ir a la fiesta de la amiga donde hubo reggaetón y mezcal, yo había estado revisando las reseñas de Contra el tiempo y una, sobre todas, llamó mi atención. En ella el crítico (un joven historiador llamado Camilo Ruiz Tassinari) señalaba que Concheiro, al reflexionar sobre el tiempo, había omitido u olvidado o desconocido las aportaciones fundamentales de estudiosos como Norbert Elias y Barbara Adam: “es como hablar del boom latinoamericano y no mencionar a García Márquez”, decía.
Al día siguiente, en la Feria del Libro y la Rosa, después de asistir a la presentación del dossier de la revista, caminé por los pasillos mientras Volcán hablaba en las cabinas de Radio UNAM. Para consolarme del absoluto desinterés que yo despertaba, intenté convencerme de las ventajas de no ser entrevistado. Al cabo de un par de minutos, concluí que la mayoría de los escritores desconocidos, inéditos o noveles como yo mataríamos por una entrevista. ¿Cuál es el verdadero rostro de esa neurosis cuya máscara es la necesidad ser tomados en cuenta? También reflexioné acerca de las rivalidades de ego en las parejas dedicadas a la misma profesión. ¿Qué se sentirá pasar la vida caminando como un desconocido por los pasillos de las ferias mientras la otra persona es aclamada en todas las mesas? ¿Cómo lidiar con la envidia y los celos, tumores de la miseria humana? ¿De qué manera manifiesto yo esas pasiones que me roen las vísceras? Tales cosas me preguntaba cuando de pronto, entre los stands, bajo las piernas de los asistentes, sobre libros apilados o mejor dicho tras las cuencas de mis ojos, advertí el acecho de una bestia, un felino brutal y cauteloso. Era la cruda que me perseguía a cierta distancia, esperando verme flaquear, pero indecisa a emprender el ataque. Cuando la vi de frente, sentí un piquete en las cienes y debilidad en las piernas, pero me armé de valor con el último trago de Gatorade que quedaba en la botella y dirigí mis pasos al stand del Fondo de Cultura Económica, dispuesto a sobrevivir.
Pregunté por Sobre el tiempo, de Norbert Elias. Dijeron tener disponible, del mismo autor, El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, un mamotreto de 686 páginas que, me aseguraron, era la obra maestra del sociólogo. En la contraportada se leía un párrafo donde Gina Zabludovsky hablaba maravillas del título, al que consideraba “el último de los clásicos” debido a sus alcances intelectuales, el amplio periodo histórico en él analizado y su intención de llevar a cabo grandes síntesis. Sin embargo, no fueron las ponderadas virtudes las que me hicieron pagar los 460 pesos que costó, sino la acechanza de la cruda. En el fondo de mi ser pensaba que llevarme el libro era parte de la estrategia que me permitiría huir de ella, cruzar un abismo y dinamitar el puente tras de mí para evitar que me alcanzara. Saqué la billetera con velocidad de subasta, pagué y, casi corriendo, como en las películas de persecuciones, dejé atrás a la cruda que, confundida, me perdió el rastro entre lectores y escritores desvelados.
Caminé hacia las cabinas de Radio UNAM. Había mucha gente y, como siempre me pasa cuando me encuentro rodeado de desconocidos, me sentí abandonado en un planeta extraño. A lo lejos, vi a Volcán platicando con el escritor Emiliano Ruíz Parra, quien había coordinado el dossier. Con la mano, ella me hizo una señal para que me acercara y entonces yo temí que sucediera lo que en efecto pasó. Emiliano nos invitaba, junto con los otros cronistas, a tomar unas chelas en su departamento. No es que a mí me desagraden las invitaciones, pero en ese momento, con la sombra de la cruda pisándome los talones, yo hubiera preferido ir a casa, cerrar las cortinas y dormir el resto de la tarde. Afortunadamente aceptamos ir, pues en la reunión, además de curar la resaca con fuertes dosis de micheladas, escuchamos algunos chismes sobre Luciano Concheiro que, aun cuando mis escrúpulos me aconsejan no reproducir, pienso relatar en este diario del tiempo que, dicho sea de paso, en ningún sentido es privado (quizá ni siquiera sea un diario): lo escribo para que los demás lo lean.
Hoy me pregunto de qué manera uno puede acudir a más reuniones y conocer más personas. Siendo soltero, alguien portátil a quien, por falta de compromisos maritales, se puede llevar tranquilamente a cualquier sitio; o viviendo en pareja, aprovechando las oportunidades sociales que ofrece la otra persona. Difícil pregunta, no todas las relaciones amorosas desembocan en una vida social amplia, ni todos los solteros son siempre invitados a las fiestas. Norbert Elias (Breslau 1897-Ámsterdam 1990), conocido por los estudiosos como “el gran solitario de la sociología contemporánea” (del latín solitariu deriva la palabra soltero), detestó siempre las reuniones. De hecho, vivió como un exiliado perpetuo, nunca se mostró locuaz, jamás se casó ni tuvo una importante relación de pareja, no procreó, él mismo fue unigénito y también el único miembro de su familia que sobrevivió al Holocausto. De joven fue boxeador semi profesional, pero nunca aceptó sparring; entrenaba con su propia sombra y un costal de arena. Además, pese a haber escrito una de las obras hoy consideradas más importantes del siglo XX, estuvo casi toda su vida confinado en una férrea soledad intelectual, como un silencioso, diríase insignificante, profesor universitario.
Por algún motivo más parecido a la circunspección innata que a la soberbia, Elias consideraba el debate con sus colegas como un objetivo muy secundario que “distrae del verdadero trabajo sociológico”. Asumir acríticamente las corrientes intelectuales y las modas de la época le parecía una falta de carácter. La única vez en que discutió por escrito con uno de sus contemporáneos fue durante el proceso de la segunda edición de su obra maestra. Ahí criticó a Talcott Parsons, un sociólogo muy exitoso cuyas ideas, ampliamente difundidas y aceptadas pero erróneas e insuficientes según Elias, impedían que el modelo propuesto en El proceso de la civilización fuera, después de 30 años de haberse publicado por primera vez, adecuadamente estudiado. Con dicho modelo, Elias se esforzó en demostrar que las diversas actividades humanas están imbricadas y, por lo tanto, el acercamiento sociológico a ellas no debe desmembrarlas analíticamente, como lo hacía Parsons. Aseguraba, por ejemplo, que los hábitos de etiqueta son expresiones de las estructuras psicológicas y políticas y de las concepciones éticas y filosóficas de una época. Explicó que hay una evidente relación entre las estructuras individuales de la personalidad y las composiciones que constituyen muchos individuos interdependientes, esto es, las estructuras sociales.
El trabajo de Elias consistió en estudiar esos dos ámbitos en periodos de larga duración. Con base en observaciones históricas (desde la Edad Media en adelante), comprobó que las estructuras de la personalidad sufren cambios orientados hacia un mayor autocontrol individual de las emociones: vio que los modos de comportamiento se rigen, cada vez más, por sentimientos de vergüenza, escrúpulos y diplomacia. Asimismo, demostró que las composiciones sociales han evolucionado tanto en una dirección de progresiva y masiva integración de los individuos dentro del cuerpo del Estado, como en una simultánea diferenciación entre ellos debido a los límites instaurados por la privatización de la vida cotidiana y a la vigilancia ejercida por instituciones encargadas de mantener esos mismos límites. El aporte que Elias hizo a la sociología histórica consistió en comprobar que la evolución de las estructuras de la personalidad y de las composiciones sociales están imbricadas y, juntas, conforman eso que en Occidente se puede llamar “el proceso de la civilización”.
Aquí dos aclaraciones. Primera: el término civilizado o civilización –del que Norbert Elias hace un cuidadoso rastreo histórico en el primer capítulo de su libro– no se refiere a un concepto de superioridad frente a aquello que podría considerarse primitivo o retrasado. Es más bien un término que sirve para designar ciertas formas de comportamiento que, en determinado momento de la modernidad occidental, se tienen con respecto a la expresión de los afectos, el modo de discutir con los otros, la manera de asimilar las experiencias, los usos particulares de vestir, comer, cohabitar, desear. Con el término de “civilización”, la sociedad occidental trata de caracterizar aquello que expresa su peculiaridad y de lo que se siente orgullosa. Lo que se consideraba civilizado a principios del siglo XIX es distinto que lo civilizado de hoy. El objetivo de Elias consistió en saber cómo, en qué sentido y por qué ha llegado a ser así.
Segunda aclaración. Cuando Elias utiliza la palabra evolución, lo hace ajeno a connotaciones teleológicas, así como a la idea decimonónica de un progreso automático o una necesidad mecánica de mejoramiento. Sin embargo, afirma que sí hay ciertos cambios sociales cuya dirección va en un sentido determinado, más allá de la valoración positiva o negativa que, a posteriori, se le pueda dar. Entonces es factible hablar de evolución. Es el caso de las estructuras de la personalidad y las composiciones sociales que él estudia. Para entenderlo, decía Norbert, es necesario distinguir entre cambios que se refieren a la estructura de una sociedad y cambios parciales que no afectan a tal estructura, así como entre cambios estructurales sin una dirección determinada y cambios estructurales que a lo largo de muchas generaciones mantienen, con sus ires y venires, con sus movimientos progresivos y regresivos, una dirección cierta, ya sea la del aumento o la disminución de la complejidad.
Tener en cuenta los diversos tipos de cambios puede servir para entender mejor los acontecimientos de la vida privada. Pienso en Volcán y su próxima partida a Austin. Se trata de un cambio inequívocamente estructural que, conforme pase el tiempo, tomará dos posibles direcciones: a) la distancia hará que nos echemos de menos y decidamos estar juntos, trenzar proyectos que, llegado el momento, sufrirán cambios, mutarán y se volverán más complejos; b) la complejidad de nuestra relación disminuirá y, eventualmente, se disolverá en la entropía del universo.
Decirlo suena fácil, pero a mí me produce vértigo.



* Post scriptum del día TAL: en el hospital, con mi madre y con la vecina de cama descubrí los ritmos del dolor. No se trata de una sensación continua, sino de pleamar y bajamar. El rimo, base para cualquier arte.